El inicio del Demonio de la Radio

Summary

La historia nos cuenta la historia del asesino Alastor y sus trabajos desde mesero hasta locutor luego de pedirle un favor al mismísimo Rey del infierno encontraría el amor en el abismo.

Genre
Lgbtq
Author
Yukachan
Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

En el corazón de los pantanos de Luisiana, donde la humedad se pega a la piel como una sentencia, nació el mito.

Esta es la leyenda de Alastor el asesino, un hombre cuya sonrisa ocultaba un abismo que nadie se atrevía a cruzar.

A sus 28 años, ya cargaba con el peso de la sangre en sus manos; había matado a su propio padre, un acto de justicia o de locura que quedó enterrado bajo el lodo del bayou.

Alastor vivía en una cabaña apartada con su madre, Alana, la única persona por la que sentía un respeto genuino.

Fue allí donde el destino llamó a su puerta bajo la forma de Mimzy, una mujer de risa ruidosa que le habló de una oportunidad: un trabajo como mesero en el club donde ella cantaba.

Alana, viendo en ello una forma de que su hijo se integrara al mundo, estuvo de acuerdo con ese trabajo.

La noche de su debut, el aire del local estaba cargado de humo de tabaco y jazz.

Alastor, con una cortesía impecable que ponía nerviosos a los clientes, se movía entre las mesas.

Fue entonces cuando los vio:

Husk: Un apostador con mucha suerte que dominaba la mesa de cartas con una mirada cínica.

Anthony: Su acompañante, quien estaba vestido de mujer y se veía realmente sexy.

Su presencia era magnética, atrayendo las miradas lascivas de varios hombres que se quedaron admirando su belleza.

Husk, notando la atención no deseada, gruñó una advertencia silenciosa.

Con posesividad, alejó a los curiosos y abrazó por la cintura a su acompañante, dejando claro quién estaba bajo su protección.

Alastor observó la escena desde las sombras del bar.

No sentía deseo, sino una curiosidad analítica.

Se acercó a la mesa de Husk para servir una ronda de whisky, manteniendo esa sonrisa fija que no llegaba a sus ojos.

-Parece que la suerte no solo le acompaña en las cartas, caballero -comentó Alastor, su voz saliendo con una cadencia melódica y extrañamente mecánica-.

Aunque la belleza suele atraer a los buitres.

Husk entrecerró los ojos, detectando un peligro inusual en el joven mesero.

Anthony, por su parte, le dedicó a Alastor una mirada juguetona bajo sus largas pestañas.

-Este lugar es un nido de ratas -respondió Anthony con voz aterciopelada-, pero Husk sabe cómo mantenerlas a raya.

Esa misma noche, al terminar el turno, Mimzy encontró a Alastor limpiando un cuchillo en la parte trasera del local.

Unos hombres que habían molestado a Anthony durante la noche habían desaparecido misteriosamente en el callejón.

-Hiciste un buen trabajo hoy, Al -dijo Mimzy con una chispa de miedo y admiración-.

Pero ten cuidado, Anthony es el hijo de alguien importante en la mafia, y Husk... Husk no perdona si alguien toca lo que es suyo.

Alastor guardó el arma y se ajustó el moño del uniforme.

-Oh, querida Mimzy, yo no busco problemas -mintió él, mientras en su mente ya trazaba el mapa de su siguiente "cacería"-.

Solo me aseguro de que el espectáculo continúe sin interrupciones molestas.

Así, entre el brillo del cabaret y la oscuridad del pantano, el nombre de Alastor empezó a susurrarse no como un mesero, sino como una sombra que acechaba a quienes se creían dueños de la ciudad.

La leyenda apenas comenzaba.

El aire en Luisiana se volvía más denso con cada secreto enterrado en el lodo.

Pasaron dos días en el club, y Alastor se había convertido en una figura constante, casi espectral, que se movía con una eficiencia aterradora entre las mesas de caoba y el aroma a ginebra.

Sin embargo, la calma se rompió cuando dos hombres prepotentes y ricos, acostumbrados a comprar voluntades con el oro de sus bolsillos, decidieron que el joven mesero era un blanco fácil para su crueldad.

Entre risas burlonas, le derramaron sus bebidas en su traje elegante de mesero, manchando la tela que él cuidaba con tanto esmero.

Alastor les mostró una gran sonrisa, una expresión tan amplia y fija que resultó más inquietante que cualquier insulto.

No dijo una palabra; simplemente se retiró a las sombras, limpiándose el líquido con una parsimonia glacial.

Esa madrugada, el destino de los dos hombres quedó sellado.

Después de que cerraron el club, Alastor los interceptó en la penumbra de las calles adoquinadas.

Lo que siguió fue un acto de precisión quirúrgica.

Sin rastro de duda, el joven de la sonrisa eterna cumplió su macabra promesa.

Bajo la luz plateada de la luna, el silencio del bayou fue interrumpido por el sonido de algo pesado siendo arrastrado por la maleza.

Alastor, con las mangas de su camisa blanca enrolladas, fue a matarlos mientras arrastraba los cuerpos hasta las lejanías de los pantanos de Luisiana, donde los caimanes y el fango se encargarían de borrar cualquier evidencia de su existencia.

Para él, aquello no era solo venganza, era una forma de arte.

Mientras el fango reclamaba a sus víctimas, el club seguía vibrando en un eco de pasión y música:En el escenario principal, bajo un foco que resaltaba sus lentejuelas, esa noche la bella Mimzy estaba cantando una balada nostálgica, su voz llenando el vacío que dejaron los clientes al marchar.

En la habitación privada sobre el club, la atmósfera era radicalmente distinta.

Husk estaba haciendo el amor salvajemente con su querido Anthony, una unión de fuego y necesidad donde no había espacio para el resto del mundo.

Anthony gemia dulcemente para él, entregándose por completo a la fuerza de un hombre que, aunque tosco, era el único que veía al ser humano detrás de los vestidos de seda.

Al amanecer, Alastor regresó a la cabaña con Alana.

Se cambió de ropa y quemó el traje manchado, no solo de bebida, sino de la sangre de aquellos que se creyeron superiores.

Al día siguiente, regresó al club.

Husk, con los ojos cansados y el olfato agudizado por años de mala vida, notó un olor extraño que emanaba del mesero: una mezcla de ozono, flores podridas y agua estancada.

Anthony, recargado en la barra con el cuello marcado por la noche anterior, observó a Alastor con fascinación.

-Te ves diferente hoy, mesero -murmuró Husk, barajando las cartas con una velocidad hipnótica-.

Como si hubieras ganado una apuesta que nadie sabía que estabas jugando.

Alastor se acercó y, con un gesto caballeroso, le entregó a Anthony una rosa silvestre que había recogido cerca del pantano.

-La vida es un juego de azar, caballero -respondió Alastor, inclinando la cabeza-.

Pero algunos olvidan que, en este pantano, la casa siempre gana... y yo soy quien limpia las mesas.

Desde el escenario, Mimzy vio el intercambio y sonrió para sí misma.

Sabía que Alastor era peligroso, pero también sabía que, mientras el caos reinara afuera, ellos tres -el apostador, el amante y el asesino- eran los verdaderos dueños de la noche en Luisiana.

La atmósfera del club se volvía más densa y peligrosa con cada noche que pasaba.

Pasaron otros tres días y ahora estaba en el club cantando la preciosa Verosika, cuya voz de sirena envolvía a los presentes. Era una mujer de cabello rubio con mechones cafés que vestía un mini top y una falda rosa con botas negras con rosa, moviéndose con una confianza que hipnotizaba a la audiencia.

Entre el público, Valentino nunca se perdía ninguno de sus shows, observándola con una mirada posesiva desde su mesa privada, rodeado de humo y lujo.

Alastor estaba sirviendo bebidas a los hombres que habían venido a ver a la sensual cantante, moviéndose como una sombra elegante entre la multitud, siempre con esa sonrisa imperturbable que empezaba a ser su sello personal.

El clímax de la noche llegó cuando las luces cambiaron a un tono carmín.

Después de ese show se iba a presentar Anthony, quien apareció bajo los reflectores rompiendo todos los esquemas. Llevaba un vestido rojo sensual con una peluca rosa que lo hacía lucir muy sensual y bello; parecía una mujer en verdad, moviéndose con una gracia que dejó a la sala en un silencio sepulcral antes de estallar en aplausos.

En una mesa rincón, Husk también estaba babeando por la figura de su querido Anthony, olvidando por completo sus cartas mientras sus ojos seguían cada curva y cada gesto del hombre que amaba.

Sin embargo, la tensión subió de nivel por otra razón.

En eso al club llegó Axel, el hermano de Anthony, quien se lo quedó mirando desde la entrada.

El rostro de Axel era una máscara de furia y confusión; no podía creer que se vistiera de mujer si podía trabajar para su padre en la mafia.

Para Axel, aquello era una deshonra, una debilidad que no pensaba pasar por alto.

Mientras el drama familiar se cocinaba a fuego lento, la tragedia golpeó en otro lado.

Un cliente, ebrio de poder y alcohol, ofendió a Alastor lanzándole un insulto que cuestionaba su eficiencia y su extraña naturaleza.

El error fue fatal.

Alastor, manteniendo la sonrisa, esperó al cierre.

Con la frialdad de quien tacha un pendiente en una lista, no dudó en matarlo a sangre fría.

Bajo la oscuridad absoluta de la noche, arrastró el cuerpo hasta las orillas fangosas para llevarlo al pantano y dárselo de comer a los cocodrilos, observando con una calma aterradora cómo las bestias reclamaban su cena.

Al regresar al club por la puerta trasera para limpiar sus botas, Alastor se encontró con una escena inesperada.

Axel tenía a Anthony acorralado contra la pared del camerino, con Husk interponiéndose entre ambos, mostrando los dientes como un animal herido.

-Papá te matará si sabe que te exhibes así -siseó Axel, ignorando la presencia de Husk-.

Vuelve a casa, Anthony. Deja de jugar a la muñeca.

Anthony, ajustándose la peluca rosa con manos temblorosas pero ojos desafiantes, respondió: -Aquí soy libre, Axel. Aquí no soy el soldado de nadie.

Alastor dio un paso al frente, la sombra de sus cuernos proyectándose de forma extraña en la pared debido a las luces bajas.

-Caballeros, caballeros... -intervino con su voz distorsionada por un leve estatismo-.

Es una noche demasiado hermosa para derramar sangre de familia.

Al menos, dentro de este establecimiento.

Axel miró al mesero, sintiendo un escalofrío que no pudo explicar.

Alastor se acercó a Anthony y, con un pañuelo impecable, le limpió una gota de sudor de la frente.

-Tu acto fue... exquisito, Anthony. Sería una lástima que alguien interrumpiera tu carrera tan pronto.

Husk dio un paso adelante, poniendo una mano en el hombro de Anthony.

-Si el chico de la mafia intenta algo, se las verá con mi suerte -gruñó Husk-.

Y mi suerte suele ser letal.

Esa noche, un pacto silencioso se formó.

Alastor protegería el secreto de Anthony y la seguridad del club a cambio de algo que solo él sabía: el placer de ver cómo el mundo de la mafia y el del espectáculo empezaban a teñirse del mismo color rojo que tanto le fascinaba.

La leyenda del asesino de la sonrisa ya no era un secreto en las sombras; era el motor que mantenía vivo el corazón de Luisiana.

Esta historia continuará