Pequeño Error
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El Abismo es un lugar implacable, un vertedero de basura y toxicidad donde solo los más fuertes o los más tercos logran sobrevivir. Sin embargo, la misma contaminación que pudre la carne y corroe el metal a veces muta la vida de formas inexplicables. Así nacieron las leyendas de los donceles.
Hombres cuya biología había sido alterada por los gases y residuos del Abismo, otorgándoles la milagrosa -y extraña- capacidad de quedar embarazados y dar a luz. Durante siglos, se convirtieron en un mito viviente. La gente del subsuelo hablaba de ellos en susurros, describiéndolos como seres de una belleza irreal, criaturas celestiales y andróginas que parecían ángeles caídos en medio de la podredumbre.
Quizás por eso Zanka Nijiku jamás, ni en sus pensamientos más absurdos, llegó a sospechar lo que era.
Zanka no tenía nada de ángel. Era un limpiador, un guerrero tosco, de mirada afilada, cabello rebelde y un temperamento que alejaba a cualquiera. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices de batalla, y su rostro reflejaba el cansancio de quien lucha a diario contra la inmundicia y los vándalos. No era delicado, no era hermoso según los estándares de las leyendas; era, simplemente, un hombre del Abismo.
Por eso, cuando los síntomas empezaron, Zanka los ignoró con su terquedad habitual.
Al principio, fueron los mareos matutinos. Se despertaba con el estómago revuelto, culpando a la comida rancia o a algún gas venenoso del sector que habían limpiado el día anterior. Luego vino el cansancio extremo, un peso en los huesos que ni el café más cargado lograba quitarle. Pero lo peor eran los cambios de humor; se descubría a sí mismo al borde de las lágrimas por cualquier cosa y extrañamente conmovido por las historias absurdas de los demás.
Así que Eishia, preocupada por ver al impasible guerrero perder la compostura en mitad de los entrenamientos, decidió intervenir. Lo arrastró a rastras a la enfermería, ignorando los gruñidos y las protestas de Zanka, quien juraba que solo era un resfriado.
Después de una serie de análisis improvisados y de revisar antiguos textos médicos que sobrevivieron a la basura, Eishia se quedó en silencio. Su rostro, usualmente calmado, se contrajo en una mueca de pura incredulidad.
-Zanka... -comenzó Eishia, bajando la mirada hacia los papeles y luego clavándola en él-. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con alguien?-
-¿Qué tiene que ver eso ahora? -gruñó Zanka, cruzándose de brazos y desviando la mirada, con las mejillas encendiéndose sutilmente de rojo-. Solo necesito una pastilla para las náuseas y volver al trabajo.-
Eishia soltó un suspiro pesado, frotándose las sienes.
-No hay pastilla que cure esto, Zanka. Tus hormonas están invertidas, tu cuerpo está reteniendo energía de una forma que solo ocurre en un caso entre un millón. Esas náuseas, el cansancio, esa sensibilidad... no estás enfermo. Estás embarazado. Eres un doncel.-
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía cortar con una tijera. Zanka se quedó sin palabras, parpadeó un par de veces, convencido de que Eishia le estaba gastando una broma de pésimo gusto.
-¿Embarazado? -Zanka soltó una carcajada seca, carente de gracia-. Eishia, déjate de tonterías. Los donceles son mitos. Además ellos son cosas hermosas que parecen ángeles, ¿recuerdas? Mírame, parezco cualquier cosa menos un milagro de la naturaleza. Además, soy un hombre. Esto es imposible.-
-El Abismo no sabe de imposibles, y tus análisis tampoco mienten -replicó Eishia con voz firme, extendiéndole los resultados-. La contaminación mutó tu organismo desde que eras un niño, solo que ha estado inactivo hasta ahora. Hay una vida creciendo dentro de ti, Zanka. Vas a tener un hijo.-
Zanka tomó el papel con dedos temblorosos. Sus ojos recorrieron los datos médicos, los picos de hormonas, los diagramas. Su respiración se volvió errática. Instintivamente, bajó una de sus manos hacia su abdomen, aún plano, sin poder creer lo que estaba pasando, ¿una vida estaba creciendo dentro de él?..
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Zanka miraba fijamente el techo agrietado de su habitación, con un brazo tapándole los ojos para bloquear la escasa luz que se filtraba por la ventana. Su mente era un caos absoluto.
-No puede ser. No puede ser verdad- se repetía como un mantra, apretando los dientes.
Pero en medio del pánico y la negación, un recuerdo borroso y sofocante lo golpeó de golpe. Fragmentos difusos, ráfagas de calor, manos ásperas que no eran las suyas y una respiración agitada entre las sombras. Recordó los encuentros secretos y caóticos con cierto asaltante, un tipo que se suponía que era el enemigo, alguien con quien jamás debió cruzar una mirada, y mucho menos... eso.
Zanka ahogó un grito de pura frustración y se tapó la cara con ambas manos, sintiendo que las mejillas le ardían. Negando con más fuerza la realidad, intentó borrar esas imágenes de su cabeza. Si el simple hecho de estar embarazado ya era una locura digna de un manicomio, que el padre fuera ese maldito delincuente cruzaba la línea de lo peligroso.
Los días siguieron pasando en el cuartel de los Limpiadores. Zanka hacía todo lo posible por actuar con normalidad, arrastrando su cuerpo por los pasillos y repitiéndose a sí mismo que todo era un error de los análisis de Eishia. Sin embargo, su cuerpo se empeñaba en llevarle la contraria. Las náuseas matutinas ya no eran tan fáciles de ocultar, y su habitual energía parecía haberse evaporado.
Una tarde, mientras limpiaba a Lovely Assistant en el taller, el resto del equipo lo observaba de reojo. El ambiente estaba extrañamente tenso.
-Oye, Zanka... ¿seguro que estás bien? -preguntó Rudo, rompiendo el silencio mientras sostenía un trozo de chatarra-. Llevas media hora limpiando el mismo lugar de tu jinki.... Además... estás más pálido de lo normal -
-Y no te has comido ni la mitad de tu comida hoy -añadió Riyou, apoyando la barbilla en su mano con una mueca de sospecha-. Tú nunca dejas comida. ¿Te pasa algo?-
Zanka se tensó, deteniendo el movimiento de sus manos. Sintió una punzada de mareo, pero tragó saliva y forzó su típica expresión de pocos amigos para espantarlos.
-¿De qué demonios hablan? Estoy perfectamente -gruñó, dejando el trapo en la mesa con brusquedad-. Solo es un resfriado. El aire de los sectores bajos estaba más rancio de lo normal esta semana, eso es todo. No molesten.-
Rudo y Riyou se miraron, poco convencidos por la excusa, pero decidieron no presionar más. Zanka no era alguien a quien pudieras interrogar fácilmente sin llevarte un puñetazo de vuelta.
La testarudez de Zanka terminó pasándole la factura de la peor manera posible. Dos semanas después, el equipo fue desplegado en una misión de emergencia en una de las zonas más inestables y contaminadas del distrito. Los de la organización vandálica estaban causando problemas y la tensión en el aire era asfixiante.
Zanka intentó liderar el frente como siempre, pero el hedor de los gases tóxicos mezclado con el esfuerzo físico hicieron que su estómago se revolviera violentamente. La cabeza le dio vueltas. Los gritos de la batalla comenzaron a distorsionarse, transformándose en un zumbido sordo dentro de sus oídos.
-¡Zanka, cuidado a tu izquierda! -gritó la voz de alguien a lo lejos.
Intentó levantar su jinki, pero sus piernas simplemente no respondieron. Sus rodillas flaquearon y el suelo se alzó rápidamente para recibirlo. Lo último que vio antes de que todo se tiñera de negro fue la silueta borrosa de sus compañeros corriendo hacia él.
Cuando Zanka abrió los ojos, lo primero que registró fue el olor a desinfectante y el calor de una habitación cerrada. No estaba en el suelo polvoriento del campo de batalla. Estaba de vuelta en la enfermería del cuartel.
Trató de incorporarse , pero un fuerte mareo lo obligó a desplomarse de nuevo sobre la camilla, soltando una maldición entre dientes.
-No te muevas tan rápido, testarudo.-
Zanka giró la cabeza hacia el origen de la voz. Sentado en una silla al lado de la cama, con los brazos cruzados y una expresión inusualmente seria, estaba Enjin. La mirada del Limpiador no tenía su ligereza habitual; sus ojos, fijos en Zanka, desbordaban una profunda y silenciosa preocupación, mezclada con el peso de quien acaba de descubrir un secreto demasiado grande para ser real.
Zanka desvió la mirada hacia el techo agrietado, incapaz de sostenerle la mirada a su mentor por más de unos segundos. El silencio en la enfermería era asfixiante, roto solo por el eco lejano de la actividad del cuartel.
-¿Eishia... ya te lo dijo? -preguntó Zanka con la voz ronca, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
Enjin soltó un suspiro pesado, de esos que parecen cargar con todo el peso de la verdad y asintió lentamente.
-Sí. Ya todos lo saben... Eishia tuvo que explicárselo al equipo para que entendieran por qué te habías desplomado de esa manera -respondió Enjin, manteniendo un tono suave, desprovisto de su habitual efusividad.
Al escuchar eso, Zanka frunció el ceño con una impotencia total. Apretó los puños contra las sábanas de la camilla, invadido por una mezcla de rabia, vergüenza y frustración. Su secreto, aquello que ni él mismo terminaba de asimilar, ahora estaba expuesto ante las personas que más lo conocían. Se sentía vulnerable, una sensación que detestaba con toda su alma.
Enjin se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, mirándolo fijamente.
-Y bien... ¿qué vas a hacer? -le preguntó con calma.
Zanka soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de gracia, y volvió a mirar hacia la pared.
-No lo sé -confesó en un susurro, sintiéndose extrañamente pequeño-. Maldita sea, Enjin, no tengo la menor idea.-
-Escúchame bien, Zanka -intervino el mayor suavizando la mirada-. Yo no te voy a juzgar, sea cual sea la decisión que tomes. Estamos contigo en esto, no importa qué decidas hacer con ese embarazo. Pero... necesito saber quién es el otro padre. Por seguridad, y por ti.-
El cuerpo de Zanka se tensó por completo. La imagen del asaltante, de sus encuentros en las sombras y del peligro que representaba esa unión cruzó su mente como un relámpago. Su pulso se aceleró.
-No hay otro padre -escupió Zanka, cortante, intentando cerrar el tema de raíz.
La respuesta encendió las alarmas en la mente de Enjin. Su expresión se ensombreció y un rastro de temor genuino cruzó sus ojos. En el Abismo, las cosas podían llegar a ser increíblemente crueles, y la idea de que alguien se hubiera aprovechado de uno de sus compañeros lo horrorizó.
-Zanka... -la voz de Enjin tembló sutilmente, cargada de una repentina tensión-. Dime que no fue... dime que no fue sin tu consentimiento. Si alguien te obligó o te hizo daño, te juro que-
-¡No, no es nada de eso! -lo interrumpió Zanka de golpe, exasperado, girándose para mirarlo con el rostro encendido por la mezcla de emociones-. No pienses esas estupideces. Todo fue consensuado. Yo mismo me lo busqué, ¿entiendes? Nadie me obligó a nada.-
Zanka desvió la mirada otra vez, pasando una mano frustrada por el cabello.
-Es solo que... yo no sabía que era un maldito doncel. Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que mi cuerpo podía hacer algo así, me habría protegido. Habría mandado a ese idiota al demonio. Pero ya es tarde.-
Al escuchar sus palabras, Enjin soltó un largo suspiro de alivio, dejando caer los hombros mientras la tensión abandonaba su cuerpo. Saber que su amigo no había sido víctima de una atrocidad le devolvió la calma, aunque el misterio seguía flotando en el aire. Con una media sonrisa más tranquila, volvió a la conversación.
-Está bien, me alegra escuchar eso -dijo Enjin, cruzándose de brazos-. Pero eso significa que sí sabes perfectamente de quién se trata. Así que vuelvo a preguntar: ¿quién es el padre?-
Zanka apretó la mandíbula, clavando sus ojos en los de Enjin con una determinación absoluta.
-Sí, sé quién es -sentenció Zanka, con un tono frío que no admitía réplicas-. Pero no te lo voy a decir.-
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Tres meses pasaron en un abrir y cerrar de ojos, transformando por completo la rutina de Zanka. Su cuerpo ya no ocultaba el secreto: a sus 25 semanas de gestación, a un paso de entrar en el último trimestre, la barriga era notable, una curva que contrastaba con su figura típicamente atlética y delgada
Por obvias razones de seguridad, las misiones habían quedado estrictamente prohibidas para él; el aire contaminado del Abismo y los esfuerzos físicos eran un peligro directo. Ahora su vida se reducía a los límites del cuartel, un territorio donde Eishia lo vigilaba con ojos de halcón y el resto del equipo lo custodiaba con un celo casi exagerado.
A pesar de lo surrealista de la situación, todos los Limpiadores habían aceptado el embarazo con una calidez que a Zanka todavía le resultaba incómoda, llenándolo de atenciones que él solía responder con gruñidos defensivos.
Una tarde, mientras intentaba encontrar una posición cómoda para descansar, sintiendo el peso inusual en su vientre, la pulsera de comunicación en su muñeca comenzó a vibrar con insistencia.
Zanka soltó un suspiro de fastidio y contestó sin molestarse en pensar quien era, asumiendo que sería Eishia controlando sus horarios.
-Estoy bien, no te preocupes. Ya me tomé las malditas vitaminas...así que déjame dormir en paz -soltó de golpe, con su habitual tono áspero.
Sin embargo, el silencio del otro lado no duró mucho, y la voz que emergió del comunicador no era la de la enfermera, sino una risilla desquiciada, rasposa y sumamente familiar que le congeló la sangre.
-Vaya, vaya... ¿Preocupado yo? Para nada, corazoncito. Pero no me digas que no me extrañas, porque yo me estoy muriendo de aburrimiento sin ti. Hace siglos que no te dejas ver las caras, y tengo unas ganas locas de repetir todo lo que hicimos la última vez...-
Zanka se incorporó de golpe en la cama, ignorando el pinchazo de mareo que le causó el movimiento brusco. El corazón le dio un vuelco contra las costillas.
-¿¡Tú!? -exclamó Zanka en un susurro furioso, pegando la pulsera casi a su boca para que nadie más en los pasillos pudiera escuchar-. ¡Déjate de estupideces y malditas tonterías! Te lo dije la última vez: eso no va a volver a pasar en tu puta vida. ¡Olvídate de mí!-
Desde el momento en que Eishia le había dado el diagnóstico, Zanka había cortado cualquier comunicación con el asaltante. Había bloqueado frecuencias, ignorado señales y evitado los sectores donde solían cruzarse. El simple pensamiento de que Jabber descubriera la verdad -que el limpiador con el que se revolcaba, estaba esperando un hijo suyo debido a su condición de doncel- era una humillación y una vergüenza que Zanka no estaba dispuesto a tolerar. No quería que ese demente supiera que lo había cambiado de esa manera.
Pero Jabber era un maldito perro de caza que no sabía cuándo rendirse. Fiel a su estilo, insistía una y otra vez, buscando excusas para cruzar Jinkis, iniciar una pelea y terminar la noche encerrados en algún callejón oscuro del bajo mundo.
-¡Ay, qué amargado eres! -se quejó Jabber del otro lado de la línea, arrastrando las palabras con esa peligrosa diversión suya-. Siempre me mandas a la mierda, pero los dos sabemos que te encanta. Vamos, dime dónde estás escondido. No puedo pelear a gusto con nadie si no eres tú el que me frena los golpes-
-Te he dicho que te vayas a la mierda, y esta vez es en serio-sentenció Zanka, apretando los dientes mientras colocaba, de manera protectora, una de sus manos sobre su vientre -. No me busques. Búscate a otro imbécil para tus juegos, porque yo terminé contigo.-
Sin esperar la respuesta del asaltante, Zanka cortó la comunicación de golpe, dejando la habitación en un silencio sepulcral, mientras sentía cómo los latidos de su propio cuerpo resonaban con fuerza en su vientre.
Del otro lado de la línea, en el interior de un laberíntico edificio abandonado que los vándalos usaban como base, Jabber se quedó mirando el dispositivo con una mueca de fastidio.
-¿Y ahora a este qué demonios le pasa? -refunfuñó para sí mismo.
Comenzó a caminar por los pasillos polvorientos, arrastrando los pies y pateando cualquier pedazo de escombro que se cruzara en su camino. Su habitual sonrisa desquiciada había desaparecido, reemplazada por un aburrimiento que lo ponía de un humor insoportable.
En ese momento, Momoa apareció en el pasillo. Al verlo pasar con esa actitud de pura indiferencia y desgana, se cruzó de brazos y lo evaluó con la mirada.
-¿Qué te pasa ahora, Jabber? Pareces un perro rabioso al que le quitaron el hueso -le soltó con su tono seco y directo.
-Estoy aburrido, Momoa-bufó Jabber, pasándose una mano por las rastas-. Llevo meses sin ver a mi juguete favorito. No quiere pelear, me manda a la mierda cada vez que lo llamo y eso me está poniendo de malas.-
Momoa guardó silencio, mirándolo fijamente sin inmutarse por su rabieta. Sabía perfectamente a qué "juguete" se refería, pero no le importaban los extraños pasatiempos de su compañero. Sin embargo, ver a Jabber tan frustrado era casi molesto.
Jabber, entornando los ojos con sospecha, se inclinó hacia ella.
-Oye... ¿tú no sabrás algo de casualidad? ¿Los limpiadores están tramando algo o qué?-
-Yo no sé nada, ni me interesa -respondió Momoa con desdén, dándose la vuelta para seguir su camino. Pero antes de alejarse del todo, se detuvo y añadió de reojo-: Si tantas ganas tienes de saber qué le pasa, el que podría llegar a saber algo es Fu.-
Jabber parpadeó, completamente desconcertado por el nombre, y ladeó la cabeza.
-¿Y por qué Fu? ¿Qué tiene que ver ese traidor asqueroso?-
Momoa soltó un suspiro de fastidio ante la lentitud de su compañero y se encogió de hombros.
-Piensa un poco, idiota. Fu ahora trabaja para los Limpiadores. Vive bajo el mismo techo que ellos. Si tu juguete está actuando raro o se está escondiendo, Fu es el único que puede averiguar qué le pasa desde adentro.-
Las palabras de Momoa resonaron en la mente de Jabber como una chispa en un barril de pólvora. Una sonrisa torcida y peligrosa volvió a dibujarse lentamente en su rostro, mientras sus ojos brillaban con una renovada y caótica diversión.
-Bajo el mismo techo, ¿eh?...-, pensó, mientras la gran idea cobraba fuerza en su cabeza. Fu le iba a servir en bandeja de plata la información que tanto quería, quisiera o no.
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Los amo 💗💗💗









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