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El hospital olía a desinfectante, angustia y soledad, junto con un ambiente.
Uno que no te abraza, si no que te aprieta el pecho y no te deja respirar.
Me pare de la silla metálica escuchando todos mis huesos crujir generando un leve malestar, uno que se hacía presente en cada paso que daba hacia el baño.
Al entrar en el, fui directo al lavamanos recargando ambos codos en el lavabo, sin atreverme a ver directo al espejo por lo que me encuentre ahí.
Cómo si mi alma se me escapara en cada suspiro , me sentía cada vez peor, un sentimiento que no sabía ni describir fácilmente.
Me eché agua en la cara intentando calmarme y apagar un poco mis pensamientos, al alzar mi cabeza por fin me ví, unas notables ojeras adornaban mis ojos y resaltaban más por el pálido de mi cara y mis labios agrietados le daban el toque final a tal lamentable vista
Solo atine a hacer una mueca sin poder hacer más, salí del baño viendo a todas direcciones, personas igual o peor que yo estaban ahí, muchas compartiendo el mismo sentimiento, desasosiego
Todas estaban mal y aún así no querían demostrarlo, no querían hacerlo tan evidente solo para no demostrarse débil ante personas que no volverán a ver el resto de sus vidas, algo estúpido
Mi mirada se dirigió hacia una esquina desocupada y aún así se veía tan bien para recostarse un rato y descansar 5 minutos
Camine hacia ella intentando no chocar con alguien, algo difícil por la situación de mis piernas que estaban débiles y mi mente que estaba divagando en recuerdos y pensamientos abrumadores
Me recargue en una máquina expendedora para arrastrarme hacia el suelo lentamente, haciendo crujir nuevamente mi espalda sacándome una mueca de dolor que como tan rápido vino, así se fue.
Volví a levantar la cabeza para seguir viendo a personas lamentarse en silencio cuando ví a alguien que me llamo la atención más que otras personas, no por su rostro, si no por lo lamentable que se veía así.
Con la espalda encorvada, las manos entrelazadas como su hiciera el vago intento de pedir algo a fuerzas celestiales sin creer realmente en eso.
Tenía ojeras levemente visibles, la cara un poco sucia de rastros de sangre, un entrecejo fruncido y una tristeza tan bien disimulada que dolía más que si llorara
Me quedé mirándolo más de lo debido.
No por morbo. No por curiosidad.
Era esa forma en que encajaba con el dolor del lugar... como si él también fuera parte del mobiliario del hospital: roto, olvidado, imprescindible.
Y entonces, como si hubiera sentido el peso de mi mirada, levantó los ojos algo cansado.
Fue un segundo. Menos quizá.
Pero bastó.
Su mirada se cruzó con la mía, no con intensidad, ni con sorpresa... sino con algo peor.
Con reconocimiento.
Como si viéramos el reflejo del otro en medio de ese naufragio.
Desvié la vista rápido, incómodo.
Me tragué algo -no sé si fue saliva, rabia, tristeza o una súplica muda- y cerré los ojos un momento para aclarar mi mente.
No entendía qué pasaba. Por qué ese desconocido me había estremecido más que todo lo que me había pasado está semana y me provocaba escalofríos.
Cuando los abrí, él ya no me miraba.
Pero seguía ahí.
Hundido en su propio infierno.
Y por alguna razón estúpida... deseé que se quedara.
Aunque no dijéramos ni una palabra.
Aunque jamás supiera mi nombre.
Me volví a hundir en mi lugar arrastrándome ligeramente más cerca de la esquina para recargar mi cabeza contra la pared. El suelo estaba frío, o tal vez era yo. No sabía. Todo parecía ajeno.
Intenté no mirar más, pero lo sentía. Sentía su presencia como una presión constante en el aire, como si el oxígeno tuviera su forma.
Cerré los ojos unos momentos sin querer volverlo a pensar, no imaginar su silueta en mi mente se me hacía todo un reto y como acto reflejo preferí abrir mis ojos pesadamente.
Y entonces, sin querer, sin pensarlo, sin planearlo... se levantó.
Vi su silueta pasar por el rabillo del ojo. Iba hacia la máquina expendedora. Hacía calor, pero se frotaba los brazos como si tuviera frío. Supe que iba a terminar a mi lado antes de que lo hiciera.
Y lo hizo.
Se sentó en el suelo, a unos pasos de mí. No lo suficientemente cerca para hablar, pero tampoco lo suficientemente lejos para ignorar su presencia.
El silencio se volvió más denso. Insoportable.
No había nadie más en esa parte del pasillo. Solo nosotros.
Y esa sensación de que algo se estaba construyendo sin permiso me inundó la mente, como si fuera la burda posibilidad de iniciar algo con el, aunque realmente no sepa su nombre pareciera que lo conozco de toda una vida.
No lo miré.
No hablé.
Solo pensé en cómo el azar podía ser cruel o generoso... y cómo no tenía idea de cuál de las dos cosas estaba siendo ahora mismo.
Él se aclaró la garganta. No dijo nada. Solo eso. Un ruido seco que llamo mi atención completamente sin voltear a verlo todavía.
Y por alguna razón, eso me quebró más que si hubiera empezado a llorar.
Me dolía la cabeza. Me dolía el pecho. Me dolía él.
Y ni siquiera sabía el por qué.
El silencio seguía creciendo entre nosotros, como una criatura que no necesitaba palabras para hacerse notar, simplemente sabías que estaba ahí, presente.
Entonces, una voz cortó el ambiente como un bisturí, congelando a ambos.
"-¿Sirius Black? -"llamó una enfermera desde el pasillo, con ese tono neutro que usan para no romperse, aunque hablen de cosas rotas.
Él levantó la cabeza lentamente, y por un segundo, lo vi sin máscaras.
Se le tensó la mandíbula. Sus ojos se apagaron un poco más, como si intentará empezar a procesar antes de que le dijeran que paso.
Y ahi fue cuando lamentablemente lo vi temblar, apenas un movimiento en los dedos, como si dudara si levantarse o quedarse sentado para negar lo que pasaría a continuación.
No dijo nada. No me miró. Solo se puso de pie con los nudillos blancos y las manos temblando.
Y aunque no lo conocía, sentí que lo estaba perdiendo de alguna forma que no sabía explicar.
Y tampoco quería hacerlo.
Vi cómo se alejaba con pasos lentos, casi como si el suelo le costara.
La enfermera se giró sin esperarlo, y él la siguió sin quejarse.
Se fue.
Y yo me quedé con esa especie de hueco inexplicable, como si acabaran de arrancar algo de mí que ni siquiera sabía que me pertenecía.
Volví a recargar la cabeza en la pared. Cerré los ojos. Respiré.
Sentía mis ojos hinchados sin permitirme soltar una sola lágrima ahora.
Necesitaba relajarme un poco y ahí no podía por el simple hecho de pensar demasiado en todos.
Pero no pasaron ni dos minutos antes de que escuchara mi propio nombre:
"-¿Severus Snape?-"
Abrí los ojos de golpe.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me incorporé torpemente, con las manos frías y la boca seca.
Una enfermera distinta, de rostro cansado pero amable, me buscaba con la mirada.
Me acerqué. No pregunté nada. No quería oír lo que temía.
Necesitaba oír buenas noticias y no solo un "lo lamento" que ha oído muy seguido ahí.
"-Necesitamos que venga-" dijo simplemente titubeando si decir todo de golpe "-Su madre... ha empeorado-"
Y entonces todo se volvió difuso.
Mi mente no quería seguir funcionando por más tiempo.
Sentí que mis pies no tocaban el suelo, que el mundo se ladeaba, y que cada palabra que la enfermera siguió diciendo se deshacía en mi mente como si mi cerebro se negara a procesarla.
Vi luces, camillas, rostros borrosos.
Y una sola cosa clara: el dolor se había duplicado.
No por lo que estaba pasando.
Sino porque ahora sabía que no era la única rota en ese hospital.
[...]
Pasaron días. O tal vez semanas. No lo sabía con exactitud y tampoco quería saberlo.
El tiempo se volvió un concepto borroso desde el hospital. Desde ese pasillo frío, ese silencio incómodo, esas miradas que decían más de lo que el cuerpo podía aguantar por si solo.
Y aún así con todo lo que he estado pasando he seguido pensando en aquel chico que se veía más roto que yo.
Algo de el me llamaba de más la atención y se me hacía cómico por no saber ni siquiera por qué.
No esperaba volver a verlo. Pero el azar, o el castigo, a veces es insistente, solo para que aprendas algo a partir de eso.
Fue en una cafetería barata, de esas que no están hechas para que te quedes mucho tiempo, solo que pidas y te vayas y los asientos son más por decoración que por otra cosa. Yo estaba ahí, sosteniendo una taza tibia sin beberla, viendo cómo el vapor se deshacía en el aire sin ninguna prisa. Y entonces lo sentí. Esa presión de nuevo, ese reconocimiento silencioso que algo en mi se negaba a olvidar.
Él estaba entrando, solo, con el mismo rostro pálido, pero con una expresión más contenida, más rota. Llevaba una sudadera oscura, el cabello algo desordenado con pequeños rizos cayendo al costado de su cara y los ojos igual de cansados que la primera vez que lo ví, un gris apagado.
Nuestras miradas se cruzaron.
Y fue como si todo lo que no se dijo en ese pasillo volviera a flotar entre nosotros.
No saludamos.
No sonreímos.
Solo nos vimos.
Largo.
Dolido.
Y aún así, jodidamente honesto.
Y sin pedir permiso, sin romper el silencio, se sentó frente a mí.
La taza seguía entre mis manos. Él no pidió nada. Nadie dijo ni una palabra.
Pero no hacía falta.
Ya nos conocíamos, de alguna forma imposible.
Él no pidió nada. Yo tampoco.
La taza seguía tibia, pero mis dedos ya no sentían ni calor ni frío.
Solo el peso del aire entre nosotros.
Uno denso, áspero... como si lo hubiéramos traído del hospital y no supiéramos cómo soltarlo.
O nos siguieramos aferrando a el como un salvavidas
Nuestras miradas se cruzaron, pero no como la primera vez.
Esta vez no había reconocimiento.
Había aceptación.
De lo que fuimos, de lo que nos rompió, de lo que no dijimos.
Y aún así, de lo que compartimos.
Pasaron minutos. O tal vez fue solo un parpadeo eterno, seguía sin tener la noción del tiempo en mi cabeza.
Hasta que lo escuché hablar.
"-¿Crees que hay personas que nacieron solo para perder?-"
Su voz era baja. Grave, como si cada palabra le doliera en la garganta.
No lo miré. Solo respiré hondo. Me sabía la respuesta, pero no quería decirla.
Aún así, lo hice, me esforcé a contestar.
"-No sé si nacieron para eso... pero hay días en los que parece que no saben hacer otra cosa.-"
Él asintió apenas. Un gesto casi imperceptible. Solo para decir que si me había prestado suficiente atención.
Tenía los ojos en la mesa, las manos cruzadas, los nudillos blancos como si apretara algo invisible.
Y después, como si compartiera una parte que le costaba soltar, murmuró:
"-Yo perdí a alguien... sin siquiera tenerlo realmente.-"
"-Yo estoy perdiendo a alguien que todavía respira-" le contesté sin pensar, solo como un impulso por la confianza que sentía con el.
Y nos callamos.
Y dolió.
Porque era cierto. Porque dolía más perder despacio.
Él sacó una sudadera del respaldo de su silla. Estaba gastada, de esas que parecen haber sobrevivido más inviernos que personas.
Me la tendió.
No pregunté por qué.
Solo la tomé.
Tenía su olor: cigarro, lluvia seca, y un dejo amargo que no supe nombrar.
Me la puse. Me sentí menos desnudo ante el mundo.
No por el frío, sino por todo lo demás.
Se levantó. No me miró cuando susurró como un quejido
"-Ven.-"
Y fui.
Claro que fui.
Porque algo en mí también estaba cansado de estar solo.
Cruzamos la calle como dos sombras que ya no necesitaban luz.
Llegamos a un parque viejo, sin niños, sin ruido, sin propósito.
Nos sentamos en una banca de metal oxidado.
Todo ahí parecía tener cicatrices.
Y nosotros también.
Cicatrices que no nos atrevíamos a decir ante el mundo.
Él sacó un cigarro. Lo encendió con dedos temblorosos, como si cada gesto cargara una historia.
Me ofreció otro. Dudé y mi cara lo reflejo mucho, porque el se incorporo un poco para mirarme mejor.
"-No sé fumar-" dije un poco apenado sin atreverme a levantar mucho la vista
"-Yo tampoco sabía... hasta que empecé a necesitarlo.-"
Lo tomé con las manos un poco temblorosas por la inexperiencia. Lo encendí.
Tosí un poco por la nueva sensación desconocida que inundó mi boca y garganta.
Él no se rió. Solo asintió, como si también me entendiera en ese sentido y no se atreviera a juzgarme.
Y ahí, en esa primera calada torpe, sentí algo extraño:
la paz que a veces da el hacer algo autodestructivo sabiendo que no estás solo.
"-¿Alguna vez sentiste que no pertenecías a ningún lugar?-" me preguntó, sin mirarme. Manteniendo su mirada enfrente mirando el mundo avanzar sin importar quienes no le seguían el paso
"-Todo el tiempo. Pero hay días peores... cuando ni siquiera me pertenezco a mí-" le respondí brevemente siguiendo dando caladas al cigarrillo algo torpes.
Nos miramos de nuevo.
Fumamos lento.
El humo salía de su boca como si llevara dentro palabras que no quería decir, recuerdos que lo ahogaban.
"-Hay dolores que no se superan. Solo se aprende a no hablar de ellos-" murmuro mirándome fijo a los ojos, una mirada que me dejó una sensación de calidez dentro de mi, pero aún así dejándome helada
"-Y a veces ni eso-"
La banca crujió cuando él se movió apenas para apoyar sus codos en las rodillas, dejando caer el cigarro al suelo, aplastándolo sin piedad.
"-Quiero desaparecer por unos días-" dijo de pronto captando mi atención.
"-Yo ya desaparecí, solo que nadie se dio cuenta-" contesté dando otra calada con un poco más de confianza
Cómo si eso me ayudara a sobrellevar toda mi situación, como si ese momento borrará todo mi pasado doloroso y solo me ayudara a concentrarme en lo bueno de estar ahí.
Y nos callamos otra vez.
Pero esa vez... el silencio fue más amable.
Como si nos dijera: "ya no están tan solos".