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Dicen que jugar a la ouija es peligroso, pero Phuwin nunca se arrepentiría.
. ..𓂃 ࣪ ִֶָ𝕆𝕌𝕀𝕁𝔸☪︎་༘࿐
Desde muy joven había sentido esa necesidad oscura de mirar lo que no debía. Había algo en él que siempre lo tiraba hacia lo prohibido. Se quedaba pegado a la ventana de su habitación cuando las luces de los vecinos se apagaban a medias, observando el movimiento borroso de cuerpos ajenos entre cortinas mal cerradas y se excitaba con la simple posibilidad de ser descubierto, esa punzada caliente que le subía por el estómago cada vez que alguien se movía del otro lado.
Robaba la ropa interior de su prima cuando este se quedaba a dormir; la escondía bajo el colchón y después, a solas, la usaba para calentarse. Veía porno sucio, el más sucio que encontraba, y se masturbaba hasta quedar exhausto, sin culpa real, solo con esa sensación turbia de placer que le gustaba reconocer. Era un pervertido. Lo sabía. Lo aceptaba. Y en el fondo le importaba poco, porque nunca le había hecho daño a nadie. Simplemente se calentaba solo y ya.
Una noche de viernes todo empezó como tantas otras.
Estaba con sus amigos, todos borrachos. Bastante. La risa salía fácil, las frases se tropezaban unas con otras, el alcohol les había quitado cualquier filtro. En algún momento la conversación giró hacia el miedo, hacia quién tenía menos huevos, hacia quién se cagaría primero si algo de verdad pasaba. Fue entonces cuando Fourth, tambaleándose un poco, sacó de su mochila un tablero Ouija barato y bastante balurdo. Comprado en la parte más turbia del mercado, donde las luces parpadeaban y los vendedores no hacían demasiadas preguntas. Las letras se veían gastadas, el planchette era un simple vaso de plástico que habían limpiado a medias con la manga de una camiseta.
—Vamos a invocar al diablo —dijo Fourth, con los ojos brillantes de alcohol y emoción barata.
Phuwin se rió. Una risa larga, despreocupada. No creía en esa vaina. Para él no era más que un show para espantar culos, un juego de borrachos que terminaría en nada. Aun así, se sentó con los demás. Pusieron el vaso en el centro del tablero. Alguien murmuró la oración esa de “espíritu del más allá, si estás aquí, muévete”. Las manos se apoyaron sobre el vaso. El silencio se hizo más denso de lo esperado. Esperaron.
El vaso no se movió.
Ni un milímetro.
Media hora estuvieron ahí, como huevones, esperando que algo pasara. Alguien soltó un chiste. Otro se quejó del frío. Phuwin se aburrió primero. El alcohol ya no le daba tanta gracia al asunto. Pidieron más cervezas. Bebieron. Hablaron de cualquier otra cosa. Y poco a poco el tablero quedó olvidado sobre la mesa, como un objeto más entre latas vacías y ceniza de cigarrillos.
Cuando se separaron, cada quien caminó hacia su casa con el cuerpo pesado y la cabeza todavía algo nublada. Phuwin llegó a su departamento en el centro. El edificio estaba en silencio. Subió las escaleras sin prisa, abrió la puerta, se quitó los zapatos a medias y se tiró sobre la cama sin siquiera quitarse la ropa. El alcohol pesaba demasiado. Cerró los ojos y se quedó dormido casi al instante, como un tronco.
Eso fue un sábado.
Y en ese momento todavía no sabía que algo había quedado abierto.
El miércoles siguiente, alrededor de las dos de la mañana, Phuwin despertó.
No fue un despertar suave. Fue un frío intenso, un frío que no venía del aire acondicionado ni de la ventana entreabierta. Era un frío que le calaba hasta los huesos, que se le metía bajo la piel aunque el cuerpo le estuviera sudando.
Era demasiado extraño, contradictorio y hasta cierto punto perturbador. Abrió los ojos y solo encontró oscuridad. La habitación estaba sumida en una negrura densa; el único sonido que lograba distinguir era el zumbido bajo y constante del refrigerador en la cocina. Intentó moverse. No pudo.
Sentía como si alguien —o algo— lo apretara contra el colchón con un peso enorme, invisible, que le inmovilizaba pecho, brazos, piernas. El miedo llegó de golpe, demasiado real para ser solo una pesadilla. Quiso gritar pero la garganta se le cerró; no podía soltar ni una sola palabra. Solo estaba el susurro de la noche y ese peso que no cedía.
Entonces sintió algo.
Algo frío recorriéndole la pierna. Como una mano, pero sin cuerpo. Una presencia que subía por el muslo con una lentitud deliberada, casi jugando, rozando la piel a través de la tela del pantalón de pijama. Phuwin no sabia como exactamente debía reaccionar, el corazón golpeándole el pecho de forma violenta.
El miedo seguía ahí, cada vez creciendo mas a medida que el ser subía por su pierna, pero debajo de su piel empezó a crecer otra cosa. Se estaba calentando. Estaba asustado a morir y al mismo tiempo, excitado, tenia la polla dura como una jodida roca mientras le temblaban las manos.
Esa mano invisible llegó hasta su entrepierna y empezó a acariciarlo con suavidad, con una precisión que no debería haber tenido algo que no se veía. Llevaba puestos unos bóxer viejos, desgastados, y sentía con claridad cada dedo recorriéndolo por encima de la tela, presionando, subiendo y bajando con una paciencia cruel.
Se le escapó un gemido bajo, demasiado agudo para perteneces a un hombre.
En cuanto el sonido salió de su boca, la presión que lo mantenía clavado al colchón se aflojó. De pronto pudo mover las manos. Pudo hablar para decirle que parara, pero no quiso; no quería que se detuviera.
— No te detengas —susurró, casi sin aliento.
La presencia le obedeció.
Le bajó los bóxer con una facilidad sorprendente, como si la tela no ofreciera resistencia alguna. El aire frío de la habitación le rozó la piel desnuda. Su polla estaba roja, goteando un poco, y entonces sintió una boca. Una boca invisible que lo envolvió. Phuwin se retorció en la cama, mordiéndose la mano para no gritar.
Todo era demasiado intenso.
Sentía la lengua, el calor húmedo de una garganta, la succión firme y constante. No veía nada. Solo sentía. Y esa ausencia de imagen lo hacía todavía más fuerte: no saber qué le estaba haciendo aquello, no poder ponerle rostro ni forma, solo entregarse a la sensación pura.
Duró un buen rato.
La boca invisible lo llevó al borde del orgasmo tres veces. Cada vez que el placer empezaba a acumularse demasiado por succiones rápidas y consecutivas, se detenía. Lo dejaba temblando, con las caderas en el aire, el cuerpo pidiendo más, y después volvía a empezar con lametones en la base de su pene y bolas.
Phuwin ya no sabía si quería que terminara o que nunca parara.
Pero cuando sintió unos dientes rozando su glande, después de una succión particularmente fuerte, se quebró, estaba desesperado.
— Ya… por favor —suplicó, la voz rota—. Déjame venirme.
El espectro le apretó los testículo y le hizo lo que sintió como una garganta profunda, mientras le rodeaba la base del pene con su lengua y sin aguantarse mas Phuwin se corrío de forma violenta, convulsionando, levantando sus caderas al aire, buscando dejar todo a la nada.
De repente su cuerpo fue volteado con brusquedad sobre el colchón. Sin tocarlo realmente, sin que hubiera peso visible, lo puso en con el culo en popa, ofreciéndolo como una puta y dejándolo vulnerable. Estaba nervioso, excitado, confundido. Las manos invisibles se posaron en sus nalgas, las separaron con firmeza, y luego algo frío y grueso presionó su entrada.
— Métela —dijo, desesperado.
— ¿No quieres que te prepare? — Esa voz le causo un escalofrió, era gruesa, ronca y pesada. Del tipo dominante que no aceptaba contradicciones.
— Tu- — No pudo terminar porque de forma brusca dos dedos fríos se hundieron en su entrada, haciéndolo soltar un gemido ridículo y vergonzoso.
El chapoteo de los dedos golpeando su próstata con brusquedad lo estaban haciendo ver estrella, la mano invisible chocaba con violencia contra sus nalgas y el involuntariamente se movía para intensificar el contacto.
— P-por favor... — Suplico el castaño.
— ¿Que? — La voz retumbo en sus sentidos desorientados mientras se intensificaba el movimiento siendo agregado un tercer dedo. — ¿Qué quieres, muñeco?
— Fo-fállame, por favor — Ruega y se escucha casi como un sollozo.
El fantasma detiene los movimientos y retira la mano del agujero maltratado, mientras Phuwin soltaba un gemido llorón por el repentino vacío. El ser se acomodo detrás de él alineando algo en su entrado comenzando a presionar.
Y entonces lo hizo.
Era grande. Phuwin sintió cómo lo abría despacio, muy despacio, mientras apretaba las sábanas entre los dedos y gemía contra el colchón. No dolía. Eso era lo extraño; no dolía en absoluto. Solo se sentía una plenitud intensa, como si lo estuvieran llenando por completo, ocupando cada espacio interno hasta no dejar nada vacío.
Empezó a moverse. Al principio despacio, rítmico, casi cuidadoso. Después más rápido, más fuerte. Embestidas profundas que le sacudían el cuerpo entero. Phuwin sentía que flotaba en toda esa sensación de placer. El calor, la fricción, la forma invisible que lo penetraba una y otra vez. Esto era lo que el buscaba desde hacia mucho tiempo.
El ser lo hizo cambiar de posición, ahora prácticamente flotaba en el aire con las piernas abiertas, sintiendo como era sostenido por los muslos, una respiración en la nuca y peso en su espalda.
Las penetraciones en esa posición llegaban mas profundo, lo hacían sentir mas lleno, podía ver un leve bulto en su estomago al ser embestido con bestialidad y el estaba sonriendo como una desquiciado mientras era usado cual juguete por algún ente del mal.
Cuando algo parecido a una mordida se clavo sobre su hombro se corrió sin tocarse, solo por la penetración, el placer subiéndole por la espalda en oleadas que lo dejaban temblando.
Pero el espectro no tenia intenciones de detenerse aun.
Lo acostó en la cama de medio lado levantándole la pierna y volvió a embestir de forma animal, el cuerpo sensible del castaño se sacudía sin parar mientras gemía como una verdadera puta. Phuwin estaba en la gloria, su pierna fue soltada y puesta sobre algo solido.
El ente lo agarro de la barbilla haciéndolo girar y de la nada estaba siendo besado. En su borrachera de placer podía distinguir algo como unas labios gruesos, cálidos y chupables, una exquisitez.
No sabia cuanto tiempo estuvo asi pero si sabe que fue violado de forma increíble.
En la cuarta posición de la noche —boca abajo siendo completamente sodomizado— se volvió a correr esta ves de forma mucho mas agresiva que las dos primeras.
Y recién ahí, todo terminó, sintió como el fantasma se retiraba con lentitud.
Quedó tirado en la cama, sudado, temblando, satisfecho de una manera que no había conocido antes. El silencio de la habitación volvió a cerrarse a su alrededor. El zumbido del refrigerador seguía ahí, lejano. Y en ese momento, con el cuerpo todavía sensible y la mente nublada, Phuwin supo —con una claridad casi dolorosa— que querría repetirlo.
la noche siguiente Phuwin se acostó temprano.
No tenia sueño. Al contrario: el cuerpo le pesaba de una espera que no sabía cómo nombrar. Apagó la luz con un gesto deliberado y se quedó mirando el techo en la oscuridad. La habitación quedó sumida en ese silencio denso que solo aparece después de medianoche, cuando hasta el ruido lejano de la ciudad parece haberse retirado. Se acomodó sobre la cama, de espaldas primero, después de costado, después otra vez boca arriba. Cada posición hacia que le carcomiera mas la ansiedad.
El reloj digital de la mesita de noche marcaba las once y media cuando cerró los ojos por primera vez. Pero no se durmió, simplemente estaba esperando. Sentía el pulso en la garganta, en las muñecas, entre las piernas. Recordaba con una claridad casi dolorosa lo que había ocurrido la noche anterior. El recuerdo asi como le aterraba. Le daba hambre.
Pasó la una.
Luego la una y media.
Y Phuwin se volvió a remover bajo las sábanas, estaba inquieto.
El aire de la habitación estaba templado, normal, pero él ya empezaba a sudar un poco en la nuca. Se bajó un poco los bóxers, solo lo suficiente para sentir la tela menos apretada. Abrió un poco las piernas. El gesto fue pequeño, casi vergonzoso, pero lo hizo igual. Estaba dispuesto. Más que dispuesto.
A las dos de la mañana, puntual, llegó el frío.
No fue gradual; fue mas como un corte limpio en el aire. Un descenso brusco de temperatura que le caló la piel en segundos, que le erizó los vellos de los brazos y le endureció los pezones bajo la camiseta fina.
El castaño abrió los ojos, sin embargo, no había nada mas que oscuridad, pero el frío estaba ahí, ocupando el espacio a su alrededor.
Después llegó la presión.
Ese peso invisible que se posó sobre su pecho, sobre sus caderas, inmovilizándolo otra vez con la misma fuerza de la noche anterior. El corazón le dio un vuelco. El miedo se apodero de el y luego se disolvió bajo otra sensación más fuerte.
La presión cedió un poco y le dio paso a las manos invisibles.
Las sintió primero en los tobillos, subiendo despacio por las pantorrillas, por los muslos, abriéndole mas las piernas con una firmeza que no pedía permiso. Phuwin no se resistió. Al contrario: abrió más las rodillas, levantó un poco la cadera, ofreciéndose.
El frío de esos dedos sin cuerpo le recorría la piel desnuda ahora que los bóxer habían sido bajados del todo. Un gemido bajo se le escapó de la garganta.
Estaba listo.
Había esperado toda la noche exactamente para esto.
Esa noche la presencia lo tomó con la misma intensidad que la anterior, Phuwin desesperado y ansioso se entregó sin reservas, abriéndose más, pidiendo más, perdiéndose en la sensación hasta que el cuerpo ya no pudo dar más.
Cuando el frío se retiró por fin y la habitación volvió a quedar en silencio, él se quedó tendido en la cama, sudado, temblando, después de 4 orgasmos y casi siendo las 5 de la mañana, solo con la certeza oscura de que aquello lo había convertido en un adicto.
Al día siguiente volvió a esperar. Y a la noche siguiente también. El patrón se instaló con una naturalidad inquietante, como si su cuerpo hubiera estado diseñado desde siempre para abrir las piernas a las dos de la mañana y recibir aquello que no tenía nombre ni forma. Los días empezaron a borrarse unos con otros. Solo importaba la oscuridad, el descenso de temperatura, la presión invisible y el momento exacto en que dejaba de ser dueño de sí mismo.
Los días se convirtieron en dos semanas.
Cada noche. Sin excepción.
Ya no se trataba solo de esperar. Se trataba de lo que el cuerpo había aprendido a hacer sin que él lo ordenara. Ofrecía su cuerpo a ciegas con la respiración entrecortada, el miedo creciéndole por la garganta y la polla tan dura que revotaba cada vez que el ente le sacaba sus bóxer sueltos.
Su fantasma demonio o lo que fuera. Phuwin ya no intentaba ponerle nombre; no sabía quién era, de dónde había salido, ni cómo se llamaba. Solo sabía que todas las noches venía a tomarlo. Y que él, todas las noches, lo recibía como un animal que ya no discute la jaula.
A veces le daba vergüenza.
Una vergüenza rara, casi enfermiza. Se miraba al espejo por la mañana y se encontraba a un chico de veintidós años con ojeras profundas y la piel todavía sensible entre las piernas. Un chico que se había vuelto adicto a ser penetrado por algo que no podía ver, ni tocar del todo, ni entender. Algo que no tenía rostro ni peso real, pero que lo llenaba hasta hacerlo temblar y venirse sin que nadie lo tocara con manos humanas. La vergüenza le subía por la garganta como un sabor metálico. Se preguntaba si estaba perdiendo la cabeza. Si el hecho de anticipar con tanto deseo esa violación silenciosa y repetida lo convertía en algo peor que un simple pervertido. Pero la pregunta se deshacía rápido. Porque ninguna respuesta importaba realmente cuando el reloj volvía a acercarse a las dos.
No se arrepentía.
Eso era lo más bizarro de todo. No sentía culpa, solo una aceptación oscura, casi tierna, hacia aquello que lo usaba cada noche. Porque era lo más intenso que había sentido en su vida, más que cualquier cuerpo caliente y real, y más que cualquier fantasía que se hubiera fabricado solo.
Era puro en su imposibilidad.
Absoluto en su ausencia de forma.
Y Phuwin, tenia el cuerpo entrenado para abrirse solo ante el frío, se tendía cada noche en la cama, se quitaba la ropa con calma y esperaba.
Ya no del todo humano en esa espera.
Esa noche, cuando terminó, Phuwin sintió algo distinto.
No fue el retiro habitual del frío ni el silencio que siempre quedaba después. Fue una mano. Una mano invisible posándose en su mejilla, acariciándolo con una lentitud casi humana. Suave. Casi tierna. Los dedos le rozaron la piel con una delicadeza que contrastaba de forma violenta con la forma en que lo había usado minutos antes. Phuwin se quedó quieto, el cuerpo todavía temblando, el semen secándosele en el estómago, y dejó que esa caricia imposible le recorriera el rostro como si fuera lo más natural del mundo.
Después llegó el susurro, con esa voz gruesa y ronca, que solo había escuchado el primer día pero ahora muy cerca del oído. Tan cerca que sintió el aliento que no debería existir rozarle la piel.
— Phuwin… siempre serás mío.
El castaño sonrió en la oscuridad. Una sonrisa pequeña, quieta y hasta agradecida.
—Sí —respondió en voz baja—. Ya lo sé.
Hubo un silencio denso. Luego la voz volvió, más clara, más precisa, como si por fin hubiera decidido dejar de esconderse.
—Me llamo Pond Naravit Lertratkosum. Recuérdalo para que lo puedas gemir.
Y por primera vez Phuwin logró distinguir algo.
Una sombra.
Bastante musculosa, pero delgada. Posada sobre él. Una silueta que no debería tener peso ni forma, pero que de pronto ocupaba el espacio con una presencia casi tangible. Y dentro de esa oscuridad imperfecta, logró distinguir una sonrisa tétrica, que le puso la piel de gallina. Como si aquello que lo había estado follando durante dos semanas por fin se permitiera mostrar un atisbo de satisfacción.
El nombre se le clavó en la mente con una violencia silenciosa. Pond. Naravit. Lertratkosum. Phuwin sintió que la última resistencia —esa pequeña parte que todavía preguntaba qué era aquello— se disolvía por completo.
—Sí, Nara~ —susurró, la voz suave, rendida—. Soy tuyo.
Ya no le importaba.
Si era un espectro, un demonio o el mismísimo diablo, daba igual. Mientras siguiera tomándolo así —con esa mezcla de crudeza y posesión absoluta—, Phuwin era suyo. Completamente suyo. El pensamiento no le produjo miedo. Le produjo una calma oscura, casi eufórica. Por fin había encontrado el lugar exacto donde pertenecía: debajo de algo que ahora tenía nombre, sombra y sonrisa, y que lo reclamaba con una certeza más fuerte que cualquier amor humano.
Y esta noche lo volverá a hacer.
Ya lo sabe, lo siente. El cuerpo se le anticipa, se le abre solo con pensarlo. Pond lo hará venir muchas veces otra vez. Hasta dejarlo vacío, temblando, con el nombre nuevo clavado en la garganta. Phuwin se tiende en la cama, se estira con movimientos lentos, y abre las piernas en la oscuridad.
Sonríe otra vez, más ancho esta vez, más perdido.
—Ven, Nara —susurra hacia la sombra —. Otra vez.
Pond divagaba aburrido por las calles de Bangkok, pateando pequeñas piedras y demasiado perezoso como para ir a algún club a quitarse la flojera, miraba a las personas pasar como si ahí pudiera encontrar algo que lo distrajera, hasta que lo vio esa noche caminaba con un grupo de chicos bromeando sobre alguna cosa que a el realmente no le interesaba y por alguna razón, tal vez el aburrimiento o puede ser que por esa sonrisa torcida decidio seguirlos.
Unos 15 minutos mas tardes llegaron a una zona residencial de alto perfil, ingresando a una de las tantas cajas espejos que habían, ingreso con ellos y en pocos segundos todos se acomodaban alrededor de la sala y comenzaban a sacar botellas de vodka y cervezas de sus mochilas.
Pond se quedo en una esquina, mirando fijamente a Phuwin y sintiendo la euforia calentar el lugar poco a poco, un par de horas después mientras el grupo de borrachos se afanaba con el tablero barato. El lo encontró ridículo, esa baratija no podría atraer ni al espíritu de menor rango, de la peor categoría.
Estuvo apunto de marcharse decepcionado pero la risa de Phuwin, esa carcajada larga y despreocupada que le descubría la garganta y le cerraba un poco los ojos; hizo que detuviera su escape de ese lugar. Había en él una suciedad quieta, una perversión contenida que Pond reconoció al instante y que le removió algo profundo. Se quedó en la penumbra de la habitación observándolo mucho mas tiempo, prestando mas atención a como reía, hipaba de tanto beber, la forma en que paso su delicada mano por su cabello al aburrirse del juego y luego pedir más cerveza pereza.
Cuando la reunión se disolvió, lo siguió por las calles del centro. Caminó a su lado ansioso por ponerle las manos encima, estudiando el balanceo pesado del cuerpo alcoholizado, la forma en que se pasaba una mano por la nuca, el modo distraído en que subía las escaleras de su edificio. Entró al departamento detrás de él y lo vio desplomarse en la cama todavía vestido, rendido al sueño en cuestión de segundos.
Pond se detuvo al borde del colchón. Podría haberlo tomado entonces, como había hecho con tantos otros: bonitos, vulnerables, fáciles de abrir mientras dormían. Pero esta vez la idea le resultó insuficiente. Quería algo más lento. Quería que Phuwin lo sintiera llegar, que se volviera dependiente de el, un completo adicto, con pavor a la abstinencia y sobre todo terminara abriendo las piernas por voluntad propia.
Durante tres noches se limitó a vigilarlo. Observó cómo se movía por el pequeño departamento, cómo se tocaba a solas frente a la pantalla, el tipo de imágenes que elegía, la manera en que se mordía el labio inferior cuando estaba cerca del orgasmo. Cada detalle lo fue atando con más fuerza.
Para el miércoles ya no quedaba espacio para la duda. A las dos de la mañana, cuando la ciudad estaba más quieta, Pond dejó de ser solo sombra y se permitió tocar.








