Único.
El aeropuerto de Guadalajara estaba abarrotado de viajeros. Entre el ir y venir de maletas y anuncios de vuelos, Max Verstappen descendió del avión y caminó con paso firme hacia la salida. Había viajado a México para supervisar las operaciones de su empresa, Amity Cocoa, una compañía fundada en los Países Bajos que en los últimos años había expandido sus negocios por varios países.
Al cruzar las puertas automáticas, una camioneta blindada lo esperaba en la zona de abordaje. El conductor tomó su equipaje y, sin perder tiempo, emprendieron el camino hacia su nuevo penthouse en Puerta de Hierro, una de las zonas más exclusivas de Guadalajara, conocida por albergar a empresarios y ejecutivos de alto perfil.
Minutos después, el elevador se abrió en el último piso. Allí lo esperaba una mujer brasileña, su agente de bienes raíces. Vestía de manera elegante y lo recibió con una sonrisa amable y un ligero aire de coquetería.
-Buenas tardes, señor Verstappen. Bienvenido a Guadalajara -dijo, estrechándole la mano-. Sus pertenencias ya están aqui en el penthouse. Todo está listo.
Max asintió mientras observaba el lugar.
-¿Todo? -preguntó.
-Casi todo -respondió ella con una pequeña sonrisa-. Solo falta la instalación del internet, pero no se preocupe. Tenemos convenio con una empresa muy popular en el país: Telmex. Pueden dejarlo funcionando en poco tiempo.
-Perfecto -contestó Max, soltando su mano y dirigiendo la mirada hacia las enormes ventanas del penthouse-. Entonces creo que este será un buen comienzo.
Poco después, la agente se acercó un poco más, acortando la distancia entre ellos hasta prácticamente cerrarle el paso. Luego le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa sugerente.
-Señor Verstappen... si hay algo más en lo que pueda ayudarlo, no dude en decírmelo.
Max entendió de inmediato la insinuación. Mantuvo una expresión educada, pero dio un paso hacia un lado para recuperar el espacio entre ambos.
-No hay nada más, señorita Piquet. Solo le pediría que me confirme por teléfono cuándo vendrán a instalar el internet, por favor.
La sonrisa de Kelly se desvaneció apenas un instante.
-Por supuesto, señor Verstappen -respondió con profesionalidad, aunque cierta molestia se reflejó en su mirada.
Acto seguido, se despidió y se marchó.
Max la observó irse antes de soltar un pequeño suspiro. Aquella situación no era nueva para él. Había salido del clóset a los diecinueve años y tenía muy claro quién era. Era gay y las mujeres, por muy atractivas que fueran, simplemente no despertaban su interés.
El resto del día transcurrió sin sobresaltos. Después de desempacar algunas cosas y recorrer el penthouse, el cansancio del viaje terminó por vencerlo y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, despertó temprano. Se dio una ducha y se puso ropa cómoda. Aún tenía una semana antes de incorporarse a la oficina, tiempo suficiente para adaptarse a su nueva vida en Guadalajara.
Su teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Era un mensaje de Kelly.
El técnico de internet estará en el penthouse hoy a las 3:00 p. m.
Max leyó el mensaje y respondió escuetamente:
Ok. Gracias.
Dejó el móvil a un lado, tomó su tablet y comenzó a revisar los movimientos de la bolsa de valores. En ese momento, la sirvienta se acercó y colocó frente a él el desayuno que su chef había preparado: café recién hecho, fruta y unos huevos acompañados de pan tostado.
-Buen provecho, señor Verstappen.
-Gracias -respondió él, sin apartar del todo la vista de la pantalla, antes de llevarse la taza de café a los labios y continuar revisando los números que aparecían en la tablet.
La tarde llegó con rapidez. El reloj marcaba las 2:59 p. m. El chef y la sirvienta ya se habían retirado, dejando el penthouse en completo silencio.
Entonces sonó el timbre.
Max dejó la tablet sobre la mesa y fue a abrir la puerta.
Al hacerlo, se encontró con un joven de tez morena, cabello negro ligeramente despeinado, ojos cafés y unas pequeñas pecas que adornaban sus mejillas. Llevaba el uniforme de la compañía de telecomunicaciones y una caja de herramientas en una mano.
El chico le dedicó una sonrisa cálida.
Por alguna extraña razón, aquella sonrisa lo desarmó por un instante.
-Buenas tardes -dijo el joven, mostrándole su credencial-. Mi nombre es Sergio Pérez y seré su técnico de internet.
Max tardó un segundo en reaccionar.
-Claro... adelante.
Sergio entró al departamento y comenzó a revisar la instalación. Dejó la caja de herramientas junto a la pared y empezó a inspeccionar el lugar donde se encontraba la conexión principal.
Mientras trabajaba, Max no pudo evitar observarlo de reojo. El uniforme azul le quedaba perfectamente, y cuando el técnico se inclinó para revisar unos cables, su figura esbelta y la estrechez de su cintura llamaron su atención.
Parpadeó un par de veces, casi sorprendido de sí mismo.
Vaya... pensó.
Sergio seguía concentrado en su trabajo, completamente ajeno a la mirada que descansaba sobre él.
Después de unos minutos, Max tomó un vaso de agua de la cocina y se acercó.
-Aquí tienes un vaso de agua, por si lo necesitas.
Sergio levantó la vista y le sonrió de nuevo, esta vez aún más cerca.
-Muchas gracias, señor Verstappen. Se lo agradezco.
Max le entregó el vaso y, por un momento, sus dedos se rozaron ligeramente.
No era nada importante. Apenas un contacto casual.
Y, sin embargo, por alguna razón, Max sintió un pequeño vuelco en el pecho.
Sergio terminó de ajustar el último cable, revisó la configuración en su dispositivo y anotó el usuario y la contraseña en la hoja de instalación.
-Listo, señor Verstappen, ya terminé -dijo mientras se incorporaba.
Max apenas reaccionó al principio. Había estado demasiado concentrado en él sin darse cuenta: en la forma en que hablaba, en su calma, en esos ojos cafés con pequeños destellos verdosos que parecían cambiar con la luz del penthouse y en el trasero pomposo.
Sergio levantó la mirada.
-Todo funcionando correctamente.
Max dio un pequeño paso hacia él, volviendo a la realidad como si saliera de un breve trance.
-Muchas gracias, Sergio -respondió con una sonrisa ligera-. ¿Te gustaría tomar algo antes de irte? Un trago, un café... lo que prefieras.
Sergio parpadeó, claramente sorprendido.
-Señor Verstappen... no puedo, ya terminé mi turno de trabajo -respondió con una sonrisa educada-. No estaría bien visto.
Max apoyó una mano en la mesa, relajando el gesto.
-Solo sería un momento. Estamos aquí, nada más nosotros dos. No te vas a meter en problemas por eso.
Sergio ya había guardado parte de sus herramientas cuando Max volvió a hablar, como si una idea se hubiera quedado atorada en el aire.
-Me gustaría conocerte -dijo Max, más suave esta vez-. Tomate un café conmigo, al menos.
Sergio dudó un segundo, mirando hacia la puerta como si todavía pesara en él la idea de irse.
-Bueno... un café sí puedo aceptar -respondió al fin, con una sonrisa ligera-. No creo que eso rompa ninguna regla.
Max asintió.
-Entonces quédate un momento.
Sergio dejó la caja de herramientas cerca de la entrada y siguió a Max hacia la cocina. El lugar era enorme, moderno, demasiado perfecto como para sentirse cotidiano. Max sirvió dos cafés sin prisa.
Se sentaron.
Por unos segundos, solo existió el sonido suave de las tazas al posarse sobre la mesa.
Max lo observó un instante, sin demasiada discreción esta vez, pero tampoco con prisa.
-Sergio... -empezó, apoyando el antebrazo en la mesa-. ¿Tienes pareja?
El técnico parpadeó, algo sorprendido por la pregunta directa.
-No -respondió con honestidad-. No tengo.
Hubo un pequeño silencio. Sergio dio un sorbo al café, luego miró a Max con curiosidad genuina.
-¿Y usted... pregunta eso a todos sus técnicos?
Max soltó una leve sonrisa, casi divertida.
-No a todos, solo al que me gusta y atrae.
Sergio se sorprendió pero tampoco le disgustó la idea.
Max dejó la taza y Sergio también. Se levantó, cargo al pecoso subiéndolo a la barra y se acercó demasiado a él, tomándolo por la cintura.
- ¿Y yo te gustó pecas? Eres muy atractivo, podría darte el mundo si tú me lo pidieras.
-Señor Verstappen... no se si esta drogado o borracho, pero apenas me conoce...
- ¿Y no quieres conocerme? ¿ Por qué no me contestaste esa pregunta?
Sergio lo miró fijamente, claro que el hombre que tenia al frente era guapo, esos ojos azules y los pectorales que se le marcaban por encima de la camisa.
Sin pensarlo el técnico lo tomó por el cuello de la camisa y lo besó. La guerra de lenguas se intensificó, el pecoso no daba tregua tomó por el cabello al rubio quien se sentía ya duro. Se separaron cuando les faltó el aire.
El pecoso sonrió traviesamente, él también ya tenía una erección evidente , tomó la mano del rubio e hizo que lo tocará.
- Espero que esto sea suficiente respuesta.
Sin pensarlo Max pasó uno de sus dedos por los labios del técnico, el cual tomó dos dedos del mayor y empezó a chuparlos, la imagen era tan lasciva.
El CEO lo cargó mientras el pecoso enredaba sus brazos en el cuello y las manos grandes de Max tomaban las piernas.
Llegaron a la habitación de Max, quien dejó al técnico en la cama. Sergio se levantó y abrió el pantalón del ojiazul, el cual no tenía ropa interior, hizo que se sentara en una esquina de la cama.
El técnico se desnudo. Mientras Max solo quedaba con la camisa.
Sergio se mordió los labios y después hablo en español.
-Ay! Güero que rica verga tienes, te la voy a chupar, haré que me des tu leche, en mi boca y mi agujero...papi.
-¿Qué dijiste bonito?
Sergio se agachó, comenzó a chupar el pene de Max mientras acariciaba las bolas, hacia movimientos precisos, agarraba el pedazo de carne de arriba a abajo mientras chupaba la punta.
Sin que le diera chance Max agarró el cabello de Sergio, follandole la garganta mientras esté salivaba y le salían lágrimas de placer.
El CEO poco después saco su pene de la boca de Sergio... y se vino llenando la cara del técnico, este tomó un poco del semen y se lo comió.
-Te ves jodidamente hermoso, Pecas... ahora te daré mi semen en tu agujero, porque ya no te dejare ir.
Poco después el pecoso se acostó... Max empezó a meter la lengua en su agujero, entraba y salía haciendo gemir al pecoso, para después chupar su pene e intercambiaba ambas partes.
Cuando estuvo bien lubricado alineó su pene en la entrada del lado izquierdo había un gran espejo, Sergio miró a Max a través del espejo y éste entró en él haciendo que el pecoso hiciera la cabeza hacia atrás.
Empezó con embestidas lentas mientras chupaba los pezones del pecoso.
-¡Ah! Maxie dame más fuerte quiero sentirme lleno papi.
Max siguió penetrandolo aumentando el ritmo hasta llegar a su punto dulce...
-Me voy a venir, Maxie no puedo más...
Sergio se vino llenando su vientre de semen, Max aprovecho y con uno de sus dedos, tomó aquel líquido blanco y se lo llevó a la boca.
-Sabes muy bien, guapo.
Poco después cambiaron de posición en la cama, se colocaron frente al espejo ambos se acostaron de lado... Max se acostó tras de él, alineó su pene en la entrada del pecoso y entró, volvió a embestir profundo con una mano tomó la barbilla del menor, para que mirará mientras era penetrado.
-Mírate te ves hermoso, Pecas sin duda no te voy a dejar ir.
Sergio gemia sentía como el pene de Max lo llenaba, mientras las embestidas eran más profundas haciendo que un pequeño bulto se formará en su vientre.
-Tu agujero se siente tan bien... me estas succionando la verga, ya me voy a venir, pecoso.
- Yo también señor Verstappen.
Cuando ambos terminaron se quedaron profundamente dormidos, Max abrazaba por la cintura a Sergio.
Meses después.
La habitación del hospital estaba en silencio, iluminada únicamente por la tenue luz de la tarde que se colaba por la ventana.
Sergio descansaba sobre la cama, agotado pero con una sonrisa que no lograba borrar de su rostro. En sus brazos descansaba el pequeño Patricio, envuelto en una manta blanca con detalles azules.
El bebé era diminuto. Tenía la piel clara, unas mejillas ligeramente sonrojadas, pequeñas pecas y una fina capa de cabello castaño sobre la cabeza.
Max estaba sentado al lado de la cama, completamente absorto.
Miraba al bebé como si acabaran de poner una estrella en sus manos.
-Es tan pequeño... tan lindo -murmuró, casi con miedo de hablar demasiado fuerte.
Sergio soltó una risita cansada.
-Bueno, acaba de llegar al mundo.
Patricio hizo un pequeño ruido y movió una de sus manitas fuera de la manta.
Max parpadeó.
-Creo... creo que me está saludando.
-Creo que está buscando algo que agarrar -corrigió Sergio, divertido.
Con infinita delicadeza, Max acercó un dedo. La diminuta mano de Patricio se cerró alrededor de él.
El neerlandés se quedó inmóvil.
-Pecas...
-¿Sí?
-Me sujetó el dedo.
-Sí, estoy viendo.
-Me sujetó de verdad.
Sergio lo observó. La expresión de Max era tan abierta, tan llena de asombro, que no pudo evitar sonreír con ternura.
-Es tan lindo, tan nuestro es un bebé precioso.
Max levantó la mirada.
-Si, lo es tiene rasgos parecidos a ti.
-Y también a ti, Maxie.
Los dos soltaron una pequeña risa.
Entonces el bebé abrió los ojos apenas un instante, soltó un bostezo diminuto y volvió a acomodarse en la manta.
Max sintió un nudo en la garganta.
Con mucho cuidado, alzó la vista hacia Sergio.
-¿Puedo cargarlo?
Sergio asintió.
-Claro, es tu hijo también.
Entre ambos acomodaron al bebé en sus brazos. Max lo sostuvo con una concentración absoluta, como si cargara algo hecho de cristal.
Patricio se removió un poco y terminó apoyando la mejilla contra el pecho de su padre.
El mundo pareció detenerse.
Max bajó la cabeza y le dio un suave beso en la frente.
-Hola, pequeño Patricio... -susurró-. Soy tu papá.
Sergio los observó a los dos.
A Max, con los ojos brillantes y una sonrisa que apenas podía contener.
A Patricio, completamente tranquilo entre sus brazos.
Y, de repente, el cansancio, las horas difíciles y los nervios desaparecieron.
Extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de Max.
El neerlandés levantó la vista.
Sergio le sonrió con los ojos ligeramente húmedos.
-Hicimos algo muy bonito, ¿verdad?
Max apretó su mano con suavidad y volvió a mirar al pequeño.
-Sí... definitivamente es lo más bonito que he tenido en mi vida.
En ese momento, Patricio emitió un pequeño suspiro dormido y ambos padres se quedaron observándolo, sin prisas.
Los meses pasaron y el pequeño Patricio, al que ambos habían terminado llamando cariñosamente Patito, se convirtió en el rey absoluto del penthouse.
Y también en el responsable de que sus padres durmieran muy poco.
Aquella madrugada, el reloj marcaba las 3:17 a. m.
-¿Por qué está despierto otra vez? -preguntó Max con la voz ronca, despeinado y con una camiseta al revés.
Patito respondió con un pequeño balbuceo desde la cuna.
-Creo que esa es su forma de decir «buenos días» -murmuró Sergio, que tenía unas marcadas ojeras y el cabello hecho un desastre.
-No son buenos días. Son las tres de la mañana.
El bebé soltó una risita.
Sergio se echó a reír.
-Creo que se está burlando de ti.
Max lo miró con indignación.
-No sabe hablar.
Patito volvió a reír.
-Te aseguro que sí se está burlando de ti.
Como si quisiera confirmar las palabras de Sergio, el bebé hizo una mueca extraña.
Entonces ambos percibieron un olor sospechoso.
Hubo un silencio.
Max frunció el ceño.
-No...
Sergio levantó una ceja.
-Sí.
-No.
-Sí.
Max miró la cuna como si acabara de recibir una sentencia.
-¿Otra vez?
Sergio se cruzó de brazos.
-Te toca.
-¿Por qué a mí?
-Porque la última vez me tocó a mí.
Max suspiró dramáticamente.
-Patito... esto no puede seguir así.
El bebé lo observó con sus enormes ojos y agitó las piernas.
Cinco minutos después, Max estaba junto al cambiador.
Tenía una mano sobre la nariz y una expresión de absoluto sufrimiento.
-¿Cómo alguien tan pequeño puede producir algo tan... tan...?
-¿Tan qué? -preguntó Sergio, apoyado en la puerta.
-Tan tóxico.
Sergio soltó una carcajada.
-Exagerado.
-Sergio, creo que mis ojos están llorando.
Patito movió las manitas y soltó un pequeño balbuceo.
Max lo miró.
-No te ofendas, hijo, pero esto es terrible.
El bebé respondió con otra risita.
Sergio ya estaba riéndose sin disimulo.
Finalmente, Max terminó de cambiar el pañal y levantó al pequeño en brazos.
Patito lo observó durante unos segundos y luego apoyó la cabeza sobre su pecho.
La queja de Max se apagó de inmediato.
-...Bueno, no eres tan terrible.
Sergio sonrió al verlos.
El neerlandés tenía el cabello revuelto, unas ojeras considerables y todavía una expresión de agotamiento, pero sostenía al bebé con una delicadeza infinita.
Patito soltó un pequeño bostezo y se quedó dormido sobre su hombro.
Max lo miró durante varios segundos.
-¿Sabes qué es lo peor?
-¿Qué?
-Que hace cinco minutos estaba convencido de que nunca volvería a cambiar un pañal... y ahora creo que podría quedarme así toda la noche.
Sergio se acercó y les acomodó la mantita sobre los hombros.
Luego besó la frente de Patito y después la de Max.
-Creo que ya te tiene completamente enamorado.
Max observó al pequeño dormido y una sonrisa cansada apareció en su rostro.
-Sí... definitivamente me tiene completamente enamorado.
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Nuevo one shot Chestappen, me surgió de una idea que vi en un grupo de FB en el que estoy.
Abril 💜








