Capítulo 1
La invitación llegó un martes por la mañana.
Estaba escrita en un papel grueso de color hueso, sellado con las iniciales de mi hermana y de su prometido. Decía que se casaban en otoño, en una hacienda a dos horas de la ciudad. Dejé la carta sobre la mesa de la cocina. Mi hermana siempre ha sido de las personas que organizan su vida en carpetas de colores y calendarios compartidos. En los últimos años apenas había hablado con ella. Mi familia siempre tuvo la manía de celebrar cada evento y de esperar que todos estuviéramos presentes con la misma sonrisa de siempre.
Pensé que debería sentir algo parecido a la alegría. Intenté recordar su rostro cuando éramos niños, pero solo me vino a la cabeza el olor a humedad del patio de nuestra infancia y el gato gris que solíamos tener. Me terminé el café, que ya estaba tibio.
Para mi hermana, el matrimonio es un paso lógico para demostrar que la vida va bien. Para mí, es solo un viaje de dos horas en autobús, un gasto en ropa que no volveré a usar, una hora de misa, saludar a familiares que casi no conozco y forzar conversaciones que no me interesan. No estoy enojado con ella. Simplemente no entiendo por qué se espera que yo comparta esa misma urgencia.
Salí a la calle a las siete y cuarenta. El aire de la mañana estaba frío, mezclado con el olor a esmog y a pan recién horneado de la esquina.
A esa hora, la gente camina rápido. La mayoría lleva la vista fija en sus teléfonos o avanza con audífonos gigantescos en las orejas, aislados del ruido. En la parada del autobús, las pantallas gigantes muestran rostros sonrientes, frases motivacionales sobre el éxito personal y anuncios de aplicaciones. Propaganda para vender cosas que nadie necesita, pero la gente se detiene a mirarlas de todos modos.
El autobús llegó a las siete y cuarenta y cinco. Estaba lleno y me tocó ir de pie todo el trayecto. A través de la ventanilla vi a una mujer detenerse en mitad de la acera para grabarse hablando frente a su teléfono. Tenía una sonrisa exagerada que desapareció en cuanto apagó la pantalla. Yo prefiero caminar mirando el suelo, las cornisas de los edificios viejos y sentir el aire frío de la ciudad en la cara. Es más descansado.
Llegué a la biblioteca a las ocho en punto.
Es una construcción de tres pisos con fachada de piedra que huele a papel viejo y polvo. El municipio ha tratado de arreglarla por fuera, pero la infraestructura por dentro sigue deteriorada. A nadie le importa demasiado. En unos años tal vez la cierren; ya casi no entra gente durante el día. La mayoría prefiere los resúmenes de tres minutos en las aplicaciones.
El señor Garat, el director, ya estaba allí. Es un hombre de más de setenta años, delgado, con tirantes que le quedan holgados y una tos seca que retumba entre las paredes altas. Estaba ordenando una pila de devoluciones atrasadas con manos temblorosas. Me dijo que había llegado tarde. Le respondí que el reloj marcaba las ocho y un minuto. No le gustó mi respuesta. Contestó que un minuto era el principio de la desidia y habló de que la ciudad se estaba yendo al demonio porque a nadie le importaba la puntualidad ni la disciplina. Refunfuñó mientras sellaba una ficha con violencia.
No valía la pena discutir. Asentí. El señor Garat pasa la mayor parte del día irritado por todo: un día son las tabletas digitales, otro el gobierno, los jóvenes o la luz del sol que destiñe los lomos de cuero de la sección de historia. A veces intenta provocarme para que le lleve la contraria, pero a mí me da igual. Escupió en un pañuelo de tela, guardó el libro en su lugar y se metió en su despacho dando un portazo. El polvo del lugar terminaría por enfermarme a mí también en unos años, pero no tenía importancia.
Me senté en el mostrador principal. Pasé las siguientes cuatro horas sellando fichas, pasando el plumero por los estantes de la letra M y mirando a través del ventanal cómo cambiaba la luz sobre la acera. A mediodía, el sol pegó directamente sobre el cristal de la entrada. El calor dentro de la sala se volvió espeso. Me quité el saco y sentí la camisa pegada a la espalda por el sudor. Enfrente, en las bancas del parque, un grupo de personas con ropa de oficina almorzaba bajo el sol. Reían y le tomaban fotos a su comida.
Aparté la vista. En los rayos de luz que atravesaban las estanterías vacías se veía flotar el polvo. El calor me daba sueño. Me quedé escuchando el zumbido constante del ventilador de techo, un chasquido metálico que indicaba que se iba a romper pronto. Alineé las sillas que unos adolescentes habían dejado desordenadas y limpié las migas de pan sobre la mesa. Nadie lee los carteles de prohibido comer a la entrada.
Al caer la tarde, hice el recorrido de siempre por las estanterías. La luz del pasillo del tercer piso parpadeó un par de veces antes de encenderse del todo. Olía al desinfectante de lavanda que usan por las mañanas. Me acerqué a la sección de la letra V; no había ningún libro. Pensé que probablemente estaría en el carrito de las devoluciones.
(…)
A las seis de la tarde, cuando regreso de la biblioteca, el pasillo de mi edificio suele estar concurrido. Algunos traen bolsas de comida rápida en las manos, otros hablan por teléfono y las familias suben entre risas y tropiezos con los niños. Para cualquiera, mis vecinos son la imagen de una vida integrada en el mundo; para mí, solo son personas que hacen demasiado ruido.
En el 305 vive la familia Castro. Tienen un niño de ocho años. La señora Inés lleva el control de la casa. Desde mi puerta puedo escucharla organizar la agenda del niño mientras sostiene el teléfono con una mano para transmitir en directo. Siempre va impecable. Su esposo trabaja en finanzas y parece genuinamente feliz. Acepta cada orden de su mujer mientras carga al gato de raza que tienen, al que le abrieron su propia cuenta en redes sociales. El hombre me pidió una vez que los siguiera. Le contesté que no tenía redes sociales.
Ayer me lo crucé en las escaleras. Me sonrió con fuerza, me preguntó cómo estaba mi energía el día de hoy y me enseñó una foto del gato con un sombrero pequeño. Le respondí que bien y seguí caminando.
La señora Inés suele hablar en voz muy alta en el pasillo para llamar la atención de quien esté cerca. Su voz retumba contra las paredes antes de que la puerta de su departamento se cierre.
Al final del corredor, en el 304, vive Héctor. Tiene mi edad. Pasa varias horas al día en el gimnasio y el pasillo huele a su loción mucho antes de que él salga. Camina por el edificio en camiseta sin mangas, tomándose fotos en el espejo del ascensor o grabando videos donde habla de disciplina frente a la cámara de su teléfono. Cada semana trae a una mujer diferente. Todas se parecen entre sí: son jóvenes, usan ropa deportiva ajustada y se ríen de sus chistes. A veces, de madrugada, las voces y la música atraviesan la pared. No me quita el sueño.
En el 302 vive la señora Clara. Pinta su cabello de colores brillantes, usa ropa de marca que compra por internet y practica baile en su sala con la puerta abierta. Hace un par de días me detuvo en la entrada para enseñarme un video en su teléfono donde salía bailando con dos chicas. Me dijo que hay que mantenerse joven por dentro y me dio una palmadita en la mejilla. Tenía el labial rojo marcado en las arrugas alrededor de la boca. Le respondí que estaba bien y le cedí el paso.
Todos en el edificio tienen metas, proyectan una imagen y acumulan aprobación en sus pantallas.
Entro a mi departamento y no enciendo la luz de inmediato. Me quedo a oscuras un momento, escuchando el zumbido del refrigerador y el tráfico lejano de la calle. Estornudé; el polvo de la biblioteca empezaba a molestarme en la garganta.
Soy el vecino que no recibe visitas, el que no decora la puerta en Navidad y el que saluda con un breve asentimiento de cabeza cuando no queda más remedio que compartir el ascensor. Me quité el saco, lo dejé sobre el respaldo de una silla y caminé hacia la cocina a buscar un vaso de agua.
(…)








