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23 de julio

Summary

Mañana sería 23 de julio. Su cumpleaños, un día cualquiera. Por primera vez en muchos años, el regreso no era solo el final de un viaje de trabajo. Era, en el sentido más puro y profundo de la palabra, volver a casa. !Feliz Cumpleños Sasuke Kun! Imagen editada por mí con herramientas digitales. Portada realizada por mí. ✨ AU | Cumpleaños | Sarada | SasuSaku Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. Obra de ficción inspirada en personajes del universo Naruto. La historia, escenas y diálogos originales me pertenecen. Prohibida su reproducción sin autorización. Publicada solo con fines creativos y no comerciales.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

23 de julio

El traqueteo del tren era un sonido monótono y rítmico, que invitaba a perderse en el paisaje que se desdibujaba al otro lado del cristal. Sasuke apoyó la frente contra la ventana fría, sintiendo la vibración del metal directamente en los huesos. Afuera, la tarde caía sobre la ciudad, el cielo parecía una pintura húmeda que lentamente cedía al azul más profundo de la noche.

Tenía los auriculares puestos, pero la música clásica que sonaba de fondo era solo un pretexto para aislarse del bullicio del vagón. A sus casi treinta años, Sasuke se había convertido en un hombre de rutinas, de silencios y de viajes constantes; su trabajo en la firma de arquitectura lo mantenía siempre en movimiento, midiendo espacios, diseñando estructuras para otros, mientras él, durante mucho tiempo, se había sentido como un plano sin terminar.

Miró el reflejo de sus propios ojos en el vidrio, ocultos a medias por los hilos de su cabello oscuro. Estaba cansado, el viaje de negocios en la provincia vecina había sido cansado, lleno de reuniones con clientes difíciles y contratos que revisar. Pero el cansancio real no era físico; era esa sombra antigua que solía visitarlo cada vez que el calendario marcaba el final de julio.

Mañana sería 23 de julio. Su cumpleaños, un día cualquiera.

Una punzada de nostalgia, agria y conocida le oprimió el pecho. Durante años, esa fecha no había sido más que un recordatorio de lo que ya no estaba. En su época universitaria, los cumpleaños eran sinónimo de un departamento a oscuras, de comida instantánea y de un silencio tan denso que casi se podía tocar. Era la conmemoración de la soledad, el eco de una infancia interrumpida demasiado pronto, donde los pasteles y las felicitaciones se habían congelado en el tiempo, pertenecientes a una vida que parecía de otra persona. Sasuke se había acostumbrado a no esperar nada; había aprendido a protegerse detrás de una armadura de indiferencia, convenciéndose de que ese día, era uni día más un día cualquiera.

De pronto, el teléfono vibró en su mano rompiendo el hilo de sus pensamientos.

La pantalla se iluminó, disipando la penumbra del vagón, era un mensaje con una fotografía; en ella aparecía Sakura, con el cabello rosa cayéndole de lado mientras sonreía a la cámara con esa luz tan suya que parecía ganarle al sol; a su lado, Sarada, con sus gafas rojas un poco torcidas, sostenía una cuchara de madera cubierta de harina, haciendo una mueca que intentaba ser seria pero terminaba siendo adorable, y un texto:«¡Casi terminamos el postre! Te extrañamos por aquí. Viaja con cuidado».

Sasuke se quedó mirando la pantalla durante un largo rato y una calidez inexplicable, un fuego lento y reconfortante comenzó a extenderse desde su pecho hasta la punta de sus dedos. La vida había cambiado tanto que a veces le costaba creerlo, ya no había un departamento vacío esperándolo al final de la vía.

Guardó el teléfono y volvió a mirar por la ventana, pero esta vez el paisaje ya no le pareció tan sombrío. El tren aceleró, devorando los últimos kilómetros que lo separaban de la estación central y con cada estación que quedaba atrás, el peso del pasado se sentía un poco más ligero, como si las luces de la ciudad que empezaban a encenderse fueran pequeñas señales que le indicaban el camino.

Por primera vez en muchos años, el regreso no era solo el final de un viaje de trabajo. Era, en el sentido más puro y profundo de la palabra, volver a casa.

En casa el aroma a vainilla y mantequilla tibia había invadido cada rincón del departamento, transformando el aire fresco de la tarde en un refugio. En la cocina, la escena era un caos, Sakura con el cabello recogido en un moño desordenado y un delantal que claramente le quedaba grande, tarareaba una canción que sonaba bajito desde los altavoces de la sala. A su lado, Sarada, concentrada ya que intentaba nivelar con una espátula la superficie de un pastel de chocolate amargo.

-Mamá, te juro que si el bizcocho se baja un milímetro más... -protestó Sarada, acomodándose las gafas rojas con el dorso de la mano para no mancharse de chocolate-. Papá notará si está chueco.

Sakura soltó una carcajada, se acercó a su hija y, con ternura, le limpió una pequeña mancha de harina que la joven tenía en la punta de la nariz.

-Tu padre diseña edificios, cielo, pero cuando se trata de algo que preparas tú, podría comerse un pastel deforme y decir que es el mejor del mundo -dijo Sakura, con los ojos brillando de una manera especial-. Relájate.

Sarada suspiró, dejando la espátula sobre la mesa y una sonrisa asomó en sus labios. Miró a su madre y luego el reloj de la pared. Faltaban pocas horas para que el segundero marcara la medianoche, anunciando el 23 de julio.

-A veces me pregunto cómo eran sus cumpleaños antes -comentó Sarada, bajando un poco la voz-. En las fotos antiguas, cuando era joven... siempre tiene esa mirada tan lejana. Como si estuviera en otra parte.

Sakura guardó silencio un momento. Dejó el tazón que estaba lavando y miró hacia la ventana del salón, donde las luces de la ciudad comenzaban a titilar como un mar de estrellas terrestres. Una mezcla de melancolía y gratitud le cruzó el rostro. Ella conocía los inviernos de Sasuke; había estado allí, a la distancia, viendo cómo el hombre que amaba cargaba con un equipaje demasiado pesado de pérdidas y silencios.

-Hubo un tiempo en que tu papá creía que el silencio era su único hogar, Sarada -explicó Sakura, con una voz suave, llena de esa madurez que dan los años compartidos-. Le costó mucho entender que merecía ser feliz, que celebrar su vida no era un error. Por eso, cada vez que él mete la llave en la cerradura y ve la luz de la sala encendida, algo en su interior se sana un poquito. Nuestro mayor regalo para él no es este pastel, ni nada que podamos comprar. Es recordarle que aquí siempre hay alguien esperándolo.

Sarada asintió, conmovida, abrazando a su madre por la cintura. Sakura la recibió en su pecho, pero al hacerlo, un ligero mareo la hizo sostenerse con un poco más de fuerza de la encimera. Fue solo un segundo, un parpadeo en el que cerró los ojos fuertemente antes de recuperar su sonrisa habitual.

-¿Estás bien, mamá? Has estado un poco distraída hoy -preguntó la joven, mirándola con curiosidad.

-Solo el cansancio de las guardias en el hospital, mi amor, no te preocupes -dijo Sakura con dulzura mientras colocaba una mano de manera casi inconsciente sobre su vientre, guardando para sí un secreto maravilloso que quemaba de felicidad en su pecho-. Anda, ve a cambiarte y a descansar un poco. Yo me encargo de limpiar esto y esperar a que llegue el arquitecto de la casa.

Sarada no insistió, le dio un beso en la mejilla a su madre y se retiró a su habitación, dejando a Sakura a solas con el compás del reloj y la dulce expectativa de la medianoche. La mesa estaba lista, y el corazón de Sakura latía con el ritmo de un futuro que Sasuke ni siquiera alcanzaba a imaginar.

El crujido de la llave girando en la cerradura rompió el murmullo de la noche. Sasuke empujó la puerta con suavidad, con el abrigo colgado del brazo y el cansancio acumulado en los hombros. Lo primero que lo recibió no fue la oscuridad que durante gran parte de su vida había sido su única bienvenida, sino el aroma a vainilla y la luz tenue que nacía de la lámpara de la sala.

Dejó la maleta en el suelo y exhaló un suspiro largo, despojándose de la tensión del viaje. Sobre la mesa del comedor, una nota de Sarada descansaba junto a un plato cubierto:«Feliz cumpleaños, papá. Te dejé una porción del pastel (no acepto críticas). Tuve que irme a dormir porque mañana tengo examen, pero te amo. No hagas ruido».

Una media sonrisa, sutil y genuina, dibujó el rostro de Sasuke.

-Siempre llega a tiempo, arquitecto -susurró una voz suave desde el pasillo.

Sasuke levantó la mirada. Sakura caminaba hacia él, descalza, vistiendo un suéter holgado que la hacía lucir pequeña y abrigada. El cansancio de sus propias guardias en el hospital se le notaba en los ojos, pero la sonrisa que le dedicó al verlo tenía la fuerza suficiente para disipar cualquier sombra.

Sin decir una palabra, Sasuke acortó la distancia entre los dos. Estiró sus brazos y la rodeó por la cintura, pegándola a su pecho, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello, donde persistía ese aroma tan suyo a flores frescas y hogar. Sakura correspondió el abrazo de inmediato, entrelazando sus manos en la espalda de él, acariciando la tela de su camisa y arrullándolo en el silencio de la medianoche.

-Feliz cumpleaños, Sasuke-kun -murmuró ella contra su piel, justo cuando el reloj de la pared marcó las doce.

Se separaron apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarse a los ojos. Sasuke la guio con suavidad hacia el pequeño balcón del departamento. La noche de julio era fresca, con una brisa ligera que movía las cortinas. Desde allí, el piso quince les regalaba una vista privilegiada de la ciudad, un tapiz de luces centelleantes que parecía imitar el cielo estrellado.

Se sentaron juntos en el banco de madera. Sakura se acurrucó contra su costado y él la cubrió con su abrigo, envolviéndola. Sasuke apoyó la barbilla sobre los cabellos rosas de ella, respirando hondo.

-Sarada estaba preocupada por la simetría del pastel -comentó Sasuke, con esa voz baja y profunda que solo usaba en la intimidad de su hogar.

-Te conoce bien -rió Sakura, aunque su risa sonó un poco más suave -. Estuvo horas midiendo el bizcocho, quiere que todo sea perfecto para ti.

Sasuke miró hacia el horizonte urbano, apretándola un poco más contra sí.

-Ya lo es -dijo él, con una honestidad que hizo que a Sakura se le encogiera el corazón-. Estar aquí... con ustedes. Hubo un tiempo en que la medianoche de este día era el momento más frío del año para mí. Ahora solo quiero que el tiempo se detenga.

Sakura alzó la cabeza para mirarlo, sus ojos verdes brillaban con una intensidad desbordante, cargados de una emoción que parecía flotar en el aire. Sasuke notó que su piel estaba un poco más pálida de lo habitual y que sus manos buscaban el calor de las suyas con cierta insistencia, como si estuviera experimentando una sensibilidad a flor de piel que no lograba ocultar.

-El tiempo no se detiene, Sasuke-kun -respondió ella, tomando su mano y llevándola hacia sus labios para darle un beso tierno en los nudillos-. Pero la vida cambia. Y a veces, nos regala nuevos comienzos cuando menos lo esperamos.

Se quedaron así, bajo el cielo de la madrugada, compartiendo un silencio que ya no era vacío, sino plenitud. Sasuke, contemplando las luces del mundo exterior, se sintió el hombre más afortunado por tener su propio universo resguardado entre esos muros. No se imaginaba que, a solo unos centímetros de su mano, el destino ya estaba tejiendo el milagro más grande de sus vidas.

El sol de la mañana se filtró sin prisa por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Sasuke abrió los ojos lentamente, descubriéndose en una lentitud que raras veces experimentaba. No había alarmas estridentes, ni maletas que cerrar a toda prisa, ni trenes que abordar. A su lado, el espacio en la cama ya estaba vacío, pero el murmullo lejano que flotaba en el pasillo le indicó que el día ya había comenzado.

Cuando cruzó el umbral de la cocina, se topó con una estampa familiar que lo hizo detenerse solo para observar. Sarada, con el cabello recogido servía café humeante en unas tazas, mientras Sakura colocaba al centro de la mesa el famoso pastel de chocolate del día anterior, que lucía una vela solitaria en el centro.

-¡Buenos días, cumpleañero! -exclamó Sakura conenergía , sus ojos verdes iluminándose al verlo.

-Feliz cumpleaños, papá -añadió Sarada, con esa sonrisa contenida que tanto le recordaba a sí mismo, aunque con la calidez heredada de su madre.

Sasuke se sentó a la mesa, dejándose envolver por el ritual. Soplar la vela tras el canto desafinado y alegre de las dos mujeres de su vida se sintió extrañamente natural, un puente de normalidad sobre los abismos de su pasado. El desayuno transcurrió entre risas y anécdotas de los caóticos días de hospital de Sakura y las quejas adolescentes de Sarada sobre sus exigentes proyectos escolares.

Al terminar, Sarada se levantó y regresó de su habitación con una pequeña bolsa de papel kraft.

-Sé que viajas mucho por el trabajo y que el aire acondicionado de las oficinas a veces es terrible -dijo, extendiéndole el paquete con un ligero rubor en las mejillas-. Así que... bueno, espero que te sirva.

Sasuke abrió la bolsa y extrajo una bufanda de lana delgada, tejida con paciencia. Los puntos eran limpios, perfectos. Pero lo que hizo que el pulso de Sasuke se acelerara sutilmente fue el color, un tono violeta profundo, elegante y sobrio, que evocaba los matices del crepúsculo. Un color que guardaba el equilibrio exacto entre la serenidad y la fuerza.

-Es perfecta, Sarada. Muchas gracias -dijo Sasuke, pasándose la prenda por el cuello. El tacto de la lana era cálido, pero el verdadero calor venía del esfuerzo de su hija.

Pasaron la tarde de una manera ordinaria. Salieron a caminar por un parque cercano, disfrutando del aire de verano y deteniéndose en una pequeña librería donde Sasuke solía buscar textos de diseño y estructura. Ver a Sakura caminar a su lado, a veces deteniéndose a tomar aire con una sonrisa cansada pero feliz, y a Sarada señalando portadas de libros, le dio a Sasuke una certeza u es que la felicidad no se encontraba en las grandes hazañas, sino en la paz de esos domingos improvisados.

Alrededor de las cinco de la tarde, mientras el cielo empezaba a teñirse de tonos cobrizos, Sarada miró su teléfono con una mueca de urgencia fingida.

-¡Cielos, se me hace tarde! Quedé de reunirme con Boruto y Mitsuki para terminar el ensayo de historia en la biblioteca -mintió -. Papá, vuelvo más tarde. ¡Disfruta tu noche!

Le dio un beso rápido en la mejilla a Sasuke, un abrazo cómplice a su madre y desapareció tras la puerta del departamento como un torbellino.

El silencio regresó al hogar, era una quietud densa y expectante. La luz del atardecer comenzó a inundar la sala, tiñendo las paredes de oro y violeta. Sasuke se giró hacia Sakura, que lo miraba desde el sofá con una expresión que él no lograba descifrar del todo, una mezcla de nerviosismo, ternura y una alegría tan inmensa que parecía desbordarse de sus ojos.

-Bueno, arquitecto -susurró Sakura, extendiéndole la mano-. Creo que ahora es mi turno.

La luz del atardecer terminó de desvanecerse, cediendo su lugar a una penumbra azulada que envolvía la sala. Sakura se levantó del sofá con movimientos pausados y encendió una pequeña lámpara de mesa. La iluminación tenue transformó el espacio en un rincón íntimo, donde el resto del mundo parecía dejar de existir.

Caminó hacia el mueble del recibidor y tomó una pequeña caja. Sasuke la observaba desde su sitio, intrigado por el halo de misterio que su esposa había cargado durante todo el día. Cuando ella regresó y se sentó a su lado, él notó que los dedos de Sakura temblaban levemente.

-Este regalo es un poco diferente a los de otros años, Sasuke-kun -comenzó ella, con una voz que vibraba con una emoción dulce y profunda-. De hecho, es algo que cambia los planos de la casa por completo.

Le extendió la caja. Estaba envuelta en un papel satinado de un delicado color violeta, ceñida por un lazo de seda.

Sasuke la miró a los ojos antes de recibirla, tiró del lazo de seda, dejando que el envoltorio se abriera. Dentro de la caja, reposando sobre un lecho de algodón blanco, había una tira de papel térmico con dos imágenes impresas en blanco y negro, una ecografía doble, donde se distinguían con claridad dos pequeñas siluetas. Justo al lado, descansaban dos pares de patucos tejidos exactamente iguales, idénticos en su diminuto tamaño.

El tiempo pareció congelarse en la habitación; el sonido del reloj de la pared se extinguió y el aire se volvió denso. Sasuke se quedó petrificado, con la mirada fija en las dos pequeñas manchas de la fotografía. El hombre que era capaz de calcular estructuras milimétricas y anticipar el colapso de cualquier edificio, sintió que los cimientos de su propio mundo se sacudían con una fuerza descomunal.

-Sakura... -su voz fue un hilo, un susurro ronco que se quebró antes de poder articular una frase completa.

-Vas a ser papá otra vez, Sasuke-kun -dijo ella, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente rodaron por sus mejillas, brillando como diamantes bajo la luz ámbar-. Y no viene uno solo, son gemelos, el clan Uchiha va a crecer.

Sasuke levantó la vista de la caja. Sus ojos oscuros estaban completamente empañados, reflejando una vulnerabilidad que solo ella conocía. Miró el vientre de Sakura y luego volvió a mirarla a ella, el milagro de la vida se presentaba ante él de la forma más generosa posible. El hombre que en su juventud vio a toda su familia desaparecer en una sola noche, el que creía que su linaje terminaría en el olvido, ahora veía cómo el amor y la redención multiplicaban su hogar.

Sin poder contener el torrente de emociones que le inundaba el pecho, Sasuke dejó la caja a un lado y la atrajo hacia sí con intensidad, la rodeó con sus brazos, pegándola a su cuerpo como si quisiera protegerla de todo el universo, hundiendo el rostro en su cabello rosa.

Sakura lo abrazó con la misma fuerza, sintiendo cómo los hombros de Sasuke temblaban sutilmente contra ella. No hacían falta palabras; en ese abrazo se concentraban los años de dolor superados, las noches de espera, la certeza de un presente sólido y, sobre todo, el eco de un futuro brillante.

-Gracias... -susurró él contra su oído, con una gratitud tan pura que caló hondo en el corazón de Sakura.

En ese entonces se dió cuenta que el 23 de julio ya no era un día cualquiera.

(Le hice una precuel un One Shot +18, Les dejo el link

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