Prólogo
Y de repente, ahí estaba ella. Frente a su casa, como un fantasma del pasado. Después de tantas negativas, tantas excusas, tantas promesas rotas que nunca llegaron a cumplirse. Después de decirle que no podía, que tenía una visita inesperada, que le dolía la cabeza, que sería mejor en otro momento... Después de todo eso, ahí estaba. Pero algo había cambiado. Ya no era la misma. Y él... él tampoco lo era.
Ella no era la misma. Su expresión, sus ojos, su postura... todo parecía decir que había vivido mucho más de lo que él pensaba. Pero él no podía olvidarlo. Los recuerdos de aquellos días, de sus promesas y sueños compartidos, ahora se sentían como una carga que no quería llevar más. Cada uno de esos días había sido una eternidad de soledad, arrepentimientos y equivocaciones. Miguel ya no era el niño que había soñado con ella, ahora se veía a sí mismo como un hombre que se había forjado con los golpes de la vida. Pero esa misma vida, esa misma historia, le recordaba que la herida que ella había dejado seguía abierta.
- ¿Por qué no me dejas pasar? Hablemos un rato, por favor. -dijo ella, con una voz que intentaba sonar segura, pero que delataba un dejo de ansiedad.
Miguel sintió un nudo en la garganta. Había escuchado esa misma voz tantas veces. Siempre llena de promesas, de sueños por cumplir, pero nunca de realidades. Ahora ella solo era una sombra de lo que alguna vez fue. ¿Por qué había esperado tanto para enfrentarse a él? ¿Por qué no había llegado antes, cuando aún había algo por salvar? ¿Por qué después de todo lo que había pasado, ella se atrevía a regresar? El tiempo había hecho lo suyo. Ya no era la misma situación, ya no eran los mismos sentimientos.
Él no la miró. Su corazón latía con fuerza, pero su rostro permaneció impasible. Por un momento, se quedó quieto, casi congelado, como si las palabras que quería decirle se le hubieran quedado atrapadas en la garganta. Lo único que sentía era la frialdad de todo lo que habían sido, de todo lo que pudo haber sido y ya no sería.
Con un suspiro profundo, finalmente rompió el silencio.
- No. Ya no tengo nada que hablar contigo. -respondió él, sin girarse siquiera para mirarla. La puerta se cerró con tanta fuerza que el sonido resonó en el aire, como si fuera el último eco de algo que se había roto para siempre.
Por un instante, vio cómo ella se quedó allí, parada, inmóvil, con los ojos fijos en la puerta cerrada. ¿Qué sentía ahora? ¿La desesperación de un amor perdido o el orgullo de la mujer que se había ido, pero ahora regresaba para reclamar lo que pensaba que le pertenecía? Miguel ya no sabía.
Ella, como una figura que todavía se aferraba a algo que no le pertenecía, se dejó caer lentamente sobre el umbral de la puerta, abrazando sus rodillas. El silencio se coló entre ellos, denso y pesado, como si el tiempo mismo hubiera quedado suspendido, esperando una respuesta que no llegaría.
- No me voy a ir hasta que hablemos. Tengo tanto que decirte... -su voz era más suave ahora, rota, como si cada palabra fuera un esfuerzo.
Miguel miró el suelo, sintiendo una oleada de emociones que lo invadían, luchando por no dejar que su resentimiento lo venciera. El niño que había sido, el que había soñado con ella, ya no existía. Ahora era otro. La camisa negra que llevaba, un poco grande para él, era un reflejo de su cambio. La fragilidad que alguna vez mostró frente a ella había desaparecido, y en su lugar estaba alguien que se había vuelto fuerte, pero amargo. Quizás incluso roto.
Comenzaba a hacerse tarde. El calor de la tarde daba paso a la frialdad de la noche. El frío hacía temblar sus rodillas, y mientras la observaba desde la ventana, sintió una extraña soledad acompañada de frustración. ¿Por qué todavía sentía algo por ella? Pero su orgullo, su dignidad, no lo dejaban acercarse.
Ella, al ver que él no salía, se levantó. Con manos temblorosas, escribió en la última hoja de su agenda una nota, la arrancó y la dobló delicadamente. Con un gesto lleno de incertidumbre, la deslizó por debajo de la puerta.
Del otro lado de la misma, Miguel escuchó los pasos de ella alejándose. Tomó la nota con cierta duda, sus ojos se suavizaron por un momento, como si por un segundo incluso dudara de todo lo que había pasado entre ellos. La carta decía, con letra borrosa: "No me voy a rendir hasta hablar contigo. Volveré".
Miguel sintió una punzada en su pecho. Todo lo que había creído, lo que había sentido, parecía ahora tan lejano. Con decisión, tomó la nota, la estrujó con furia, y la lanzó por la chimenea. El papel se convirtió en cenizas.
- Eres un fantasma del pasado. -se dijo, como si tratara de convencerse de algo, de que lo que había sido ya no existía.








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