Eligeme, Por Favor by Dammie🍒💌 at Inkitt
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ELIGEME, POR FAVOR

Summary

Un alfa vuelto de Italia para reclamar su derecho al poder. Un omega escondido en la oscuridad del sótano, cojeando y suplicando por una oportunidad. Cuando el heredero lo elige ante todos, el silencio se rompe -y con él, las reglas que hasta entonces habían mantenido el orden.

Status
4d ago
Chapters
7
Rating
5.0 (2 reviews)
Age Rating
16+

Capítulo 1

El avión todavía olía a aceite y a café cuando Pond pisó el asfalto de su tierra. La casa de su padre lo recibió con la solemnidad de siempre: cortinas pesadas, relojes que marcaban la misma hora desde hacía décadas y miradas que se movían como fichas en un tablero. En la sala principal, un mayordomo le presentó las reglas en voz baja y medida.

—Bienvenido a casa, señor Pond —dijo el mayordomo, inclinando la cabeza—. Su padre lo espera en su despacho a las nueve.

—No hace falta ceremonia —respondió Pond, la voz seca—. Dime, ¿dónde está el sótano con los paquetes? Quiero revisar la próxima mercadería.

El mayordomo dudó un instante y luego señaló con la barbilla hacia una puerta trasera.

—Por allí. No es un sitio para visitas, señor.

Pond sonrió apenas. El mundo que había dejado en Italia le había enseñado a no pedir permiso; le había enseñado a bajar las escaleras cuando quería ver cómo funcionaban las cosas. Esa noche, antes de la ceremonia, decidió recorrer la casa. Quería ver, conocer. Entró por una puerta trasera. La penumbra del sótano lo recibió con un olor a cartón y a solvente.

Entre cajas y mesas, alguien murmuró en tailandés. Pond se detuvo. La voz era joven pero contenía un hilo de cansancio.

—¿Quién está ahí? —preguntó Pond en un idioma que sonaba más duro en la oscuridad, con su arma apuntando a la oscuridad.

La figura junto a la mesa se incorporó con esfuerzo. Un hombre apoyado en un bastón, la rodilla torcida, levantó la cara con ojos que parecían pedir algo que no se podía obligar. Una figura delgada y con ojeras pero ni eso podía ocultar su belleza.

—No hablo italiano perdón señor —dijo él en tailandés, y luego, en un acento que trató de imitar la lengua común:— Por favor... elígeme.

Pond no entendió todo, pero entendió suficiente. Se acercó unos pasos.

—¿Qué dijiste? —preguntó, más para escucharse a sí mismo que por curiosidad.

El joven —veintún años, dedujo Pond— juntó las manos como quien suplica y repitió, esta vez con más claridad en la voz: —Elígeme, por favor.

Pond tragó. No sabía por qué su garganta se apretó. Nunca le habían suplicado a él. Nunca había visto a uno de los suyos humillarse tan claramente.

—¿Cómo te llamas? —inquirió Pond, intentando mantener la compostura.

El joven titubeó, buscó la palabra en tailandés, y la ofreció con cautela: —Phuwin.

—Phuwin —repitió Pond—. ¿Por qué estás aquí abajo? ¿Qué te pasó en la rodilla?

Phuwin bajó la vista y un hilo de voz salió entre dientes: —Me lesioné. Me dijeron que no servía. Me escondieron. No quiero causar problemas.

Pond observó el bastón, la manera en que Phuwin apoyaba el peso y la respiración que se le cortaba al moverse. Había algo en su voz que no era solo miedo: era una petición de ser visto.

—¿Te dejaron aquí? —preguntó Pond con una dureza que no delató lo que sentía—. ¿Nadie te ayuda?

—No —respondió Phuwin—. Nadie me mira. Yo trabajo... empaco.

Pond sintió, por primera vez en mucho tiempo, la incomodidad de estar en la piel de quien mira y decide. Dio un paso atrás.

—Vuelve a tu lugar —dijo al fin, con la intención de poner orden—. Mañana es la ceremonia.

Phuwin asintió, pero antes de que Pond subiera las escaleras, agregó, en un susurro: —Si vuelves... por favor, mírame.

Pond subió sin responder. No habló con nadie esa noche sobre lo que había visto. Se presentó en la ceremonia con la compostura de quien trae una decisión lista. La sala principal estaba llena; rostros medidos, susurros que se cortaban cuando él pasaba. Su padre observó con los ojos diminutos y fríos, como si cada pestañeo fuese un cálculo.

—Hijo —dijo el padre en voz baja cuando lo vio acercarse—. Recuerda lo que se espera. Elegirás a una omega que asegure la línea inmediata.

—Lo sé —contestó Pond. No quería hablar más.

La ceremonia siguió su curso con el ritual de siempre: presentaciones, nombres, murmullos. Entre la multitud, Pond sintió la imagen del sótano clavándosele como una aguja. Cuando llegó el momento de nombrar al elegido, el silencio se hizo absoluto.

—El heredero ha elegido —anunció un anciano de la mesa—. Que diga su nombre.

Pond alzó la mirada. Vio las expectativas alrededor, oyó los comentarios contenidos. Pensó en las reglas —los alfas para trabajo pesado, las omegas para las casas o como concubinas— y en la tradición que aquello representaba. Aun así, su mente volvió al bastón, al gesto de Phuwin, a la palabra “elige” que sonó en la penumbra.

—Phuwin —dijo Pond con voz clara.

Un murmullo recorrió la sala como agua que corre bajo una piedra. Alguien soltó una exclamación ahogada; otro carraspeó.

—¿Phuwin? —repitió el padre, incrédulo—. ¿Ese nombre...?

—Sí —afirmó Pond—. Él será mi omega.

Se hizo un silencio más largo, más denso. El anciano entrecerró los ojos.

—Pond —dijo, conteniendo la sorpresa—, ¿estás seguro? No es costumbre...

—Lo estoy —respondió Pond con un tono que no admitía réplica.

Desde el borde de la sala, una mujer susurró con tono sombrío: —Eso va a traer problemas.

—¿Por qué eliges a uno del sótano? —preguntó un hombre mayor—. Ese chico no es el perfil.

Pond miró hacia la puerta del sótano, donde intuía la silueta de Phuwin. Imaginó al joven apoyado en su bastón, la rodilla temblando, las manos manchadas por el trabajo. Aquello no era piedad; no lo veía como tal. Vio en Phuwin una vulnerabilidad que no podía ignorar.

—No es solo perfil —dijo Pond—. Es una decisión mía.

En la sala, alguien se atrevió a reír con desdén.

—¿Decisión o capricho? —escuchó Pond.

—Capricho —dijo otra voz—. Mal inicio para un heredero.

Pond apretó la mandíbula. Le vino la imagen de la voz de Phuwin en el sótano: “Elígeme, por favor”. No supo en qué momento la palabra compasión se había transformado en obligación personal. Fue un pensamiento que lo sorprendió a sí mismo.

—Que lo traigan —ordenó Pond de repente—. Quiero que diga su nombre al frente.

El mayordomo se movió con rapidez y tensó la voz: —Señor, no es costumbre exponer a alguien así.

—Tráiganlo —repitió Pond.

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Good Writing

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