Capítulo 1 | Engaños
El oficial Stilinski regresaba temprano de su trabajo en la comisaría para pasar tiempo con su pareja. Descendió del vehículo y avanzó con tranquilidad hacia su hogar; sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta, cerrándola tras de sí. Sin embargo, en la casa reinaba un extraño silencio. Noah avanzó por la estancia: siempre solía ser recibido por el habitual cinismo y la picardía de su pareja. De pronto, escuchó un movimiento arriba, en el segundo piso. Avanzó con cautela hasta las escaleras y, al llegar a la planta alta, algo lo dejó helado: la ropa de su pareja estaba tirada en el suelo, junto con la ropa de otra persona. El corazón le latía a gran velocidad mientras avanzaba, moviéndose con la precisión y discreción de quien se encuentra en medio de un operativo policial. Al llegar a la puerta del dormitorio, pudo escuchar con claridad gemidos y jadeos compartidos.
Abrió la puerta con el temor de quien ya intuye lo que hay al otro lado, y la escena terminó de destruir cualquier atisbo de esperanza. Su pareja, Peter Hale, estaba manteniendo relaciones sexuales con Cristopher Argent. Peter se movía con la gracia salvaje propia de un hombre lobo, ajeno todavía a la presencia de Noah, mientras que Cristopher gemía con los ojos cerrados, abrazado al cuerpo musculoso del lobo. Noah se limitó a observar en silencio la traición de quien era su pareja y del hombre al que consideraba su amigo; soltó entonces el aire que había estado conteniendo en sus pulmones.
—Peter —pronunció Noah con firmeza, rompiendo el momento de intimidad de ambos.
Al escuchar la voz de su pareja, Peter se apartó de golpe, cubriéndose con una almohada la entrepierna. Cristopher, sorprendido por la reacción repentina del lobo, abrió los ojos de inmediato, vio a Noah y cubrió con una manta su desnudez.
—Noah, puedo explicártelo —dijo Peter, tratando de hallar una excusa para lo que acababa de ocurrir.
Peter esperaba reproches, llanto, gritos o insultos; sin embargo, solo recibió la indiferencia de un hombre al que acababan de traicionar.
—Peter, recoge tus pertenencias y sal de esta casa junto a tu amante —anunció Noah, manteniéndose firme a pesar de la traición, y salió de la habitación.
—Noah, cariño, por favor, déjame explicarte todo —suplicó Peter, saltando de la cama para vestirse rápidamente y seguir a su pareja.
Noah bajó las escaleras y se dirigió a abrir la puerta principal, pero una mano conocida lo detuvo: Peter lo acorraló contra la puerta, bloqueándole el paso.
—Suéltame, Peter, o no me hago responsable de lo que haga —sentenció Noah con seriedad, luchando por zafarse de su agarre.
—Cariño, las cosas no son lo que parecen; solo déjame explicarte —le suplicó Peter de nuevo, relajando ligeramente el agarre.
—¿Qué quieres explicarme? Estabas acostándote con Cristopher. Eso no necesita explicación. Sal de mi casa con tu amante —respondió Noah, golpeándolo con fuerza en la entrepierna para liberarse.
Peter soltó un gemido de dolor y se llevó las manos a la entrepierna. Mientras observaba la mirada severa de Noah, soltó un suspiro de resignación y se apartó para vestirse y recoger sus cosas. Minutos después, Peter salió de la casa junto a Cristopher, dejando tras de sí un silencio absoluto en el hogar de los Stilinski. Noah se acercó entonces a un armario, tomó una botella de whisky y la sostuvo entre las manos; desde la muerte de su esposa, no había vuelto a probar una gota de alcohol. La noche pasó como un borroso y doloroso recuerdo que se repite una y otra vez en su mente: el momento en que descubrió la infidelidad de su pareja y la traición de un amigo. El alcohol ayudaba a apaciguar el dolor, pero Noah sabía que sería temporal; al día siguiente volvería a recordarlo y todo volvería a doler, hasta que por fin el sueño lo alcanzó.
El amanecer nacía en la casa de los Stilinski. El cuerpo de Noah yacía acostado en su cama, cubierto por una manta. Él se levantó con un intenso dolor de cabeza, efecto de haber bebido demasiado la noche anterior, pero algo lo dejó desconcertado: no recordaba haber subido a la habitación ni haberse dormido allí. Salió de la estancia y bajó las escaleras; en el aire se sentía el olor a café recién hecho y a pan tostado. En la cocina, su hijo Stiles le preparaba el desayuno.
—Buenos días, papá. Espero que tengas hambre —lo saludó Stiles con una sonrisa, ofreciéndole una taza de café caliente.
—Gracias, hijo. Lo voy a necesitar —respondió Noah, tratando de evitar hablar con su hijo sobre lo ocurrido el día anterior.
—No tienes que ocultarme nada, papá. Peter me contó lo que hizo y vine a ver cómo estabas, pero te encontré inconsciente y Derek te cargó hasta tu habitación —recordó Stiles con un rastro de amargura en la voz, al recordar cómo el hombre que consideraba un segundo padre había traicionado a su verdadero padre.
—Hijo, no te preocupes por mí, estoy bien —murmuró Noah con una sonrisa algo forzada.
—Papá, no debes fingir que no pasa nada. Sé que te duele la traición de Peter, y a mí también me dolió enterarme de lo que hizo, pero no debes recaer en el alcohol. Tú lo habías prometido —declaró Stiles con seriedad, recordándole a su padre la promesa que había hecho años atrás.
—Tienes razón, hijo, pero con Peter aquí no creo que pueda superar todo esto —señaló Noah con amargura.
—Sal del pueblo —sugirió Stiles, y al ver la cara de desconcierto de su padre, añadió—: Me refiero a que dejes de posponer tus vacaciones y te vayas unos días de descanso.
—Quizás tengas razón, hijo, pero no sé a dónde ir —cuestionó Noah, algo dudoso sobre viajar lejos.
—A Yellowstone. La semana que viene habrá un evento de rodeo, monta de caballos y todo lo relacionado con la vida vaquera —dijo Stiles con entusiasmo y una sonrisa divertida—. Además, quién sabe, podrías encontrarte con algún vaquero atractivo.
—Stiles —lo advirtió Noah con voz seria, fulminándolo con la mirada.
—¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad —rio Stiles, alzando las manos en señal de rendición.
—Tienes razón en algo: necesito vacaciones y Yellowstone es un buen lugar para ir —respondió Noah, sintiéndose incluso emocionado por el viaje.








