Capitulo 1
El espejo del vestidor universitario devolvía la imagen de una mujer impecable. Sara, a sus 20 años, no pasaba desapercibida para nadie: sus 1.65 metros de estatura, su piel morena clara que parecía atrapar la luz, y esos ojos avellana cargados de un magnetismo felino. Vestía un top ajustado que apenas lograba contener el firme volumen de su pecho copa D, dejando al descubierto una cintura diminuta que contrastaba radicalmente con la curva prominente de sus caderas, sus glúteos firmes y redondos, y unas piernas torneadas que robaban más de un aliento.
El vestidor estaba en completo silencio. El vapor de las duchas ya se había disipado, dejando un ambiente tibio y un tenue aroma a jabón de vainilla. Sara terminó de abrocharse el pantalón corto, sintiendo la tela ceñirse a sus muslos, cuando al girarse hacia una de las bancas de madera, algo captó su atención.
Ahí, olvidada sobre la superficie pulida, había una braga de encaje blanco.
Era pequeña, delicada, casi transparente. Sara se quedó helada. En un segundo, un escalofrío le recorrió la espina dorsal, trayendo consigo un torrente de recuerdos que creía haber enterrado cuatro años atrás. La adrenalina del sigilo, el aroma ajeno, la excitación prohibida de adueñarse de la intimidad de otra mujer.
Dio un paso hacia atrás, conteniendo la respiración.
—No, Sara. Ni se te ocurra —se murmuró a sí misma, con la voz apenas en un susurro quebrado—. Ya pasaste por esto. Tienes veinte años, no eres una adolescente impulsiva.
Apretó los puños, pero sus ojos avellana no podían apartarse de la prenda. Se imaginó a la dueña: la piel tibia deslizándose fuera de ese encaje, el calor que la prenda habría conservado minutos antes. El aire en sus pulmones comenzó a sentirse más pesado, y una corriente eléctrica descendió directo hacia su entrepierna.
—Es solo ropa interior... —dijo en voz alta, intentando convencerse mientras daba un paso involuntario hacia la banca—. Alguien la olvidó. Se la van a llevar a la oficina de objetos perdidos... O peor, la van a tirar.
Mordió su labio inferior, sintiendo el latido acelerado de su corazón retumbarle en los oídos. La batalla interna duró solo un par de segundos más, pero pareció una eternidad.
—¿A quién engañas? —se recriminó, dejándose llevar por una sonrisa maliciosa y rendida—. Quieres saber a qué huele. Quieres sentirla.
La tentación la venció por completo. Sin mirar atrás para verificar si alguien venía, Sara avanzó los dos pasos que la separaban de la banca. Extendió sus dedos delgados y tomó la braga blanca. La tela era suave, tibia y casi no pesaba nada.
Con las manos ligeramente temblorosas, se llevó la prenda directamente a la cara. Cerró los ojos y aspiró profundamente.
Un perfume embriagador la inundó: una mezcla de suavizante de telas, la fragancia corporal de alguna chica de la facultad y ese aroma íntimo, almizclado y femenino que le aceleró la respiración de golpe. Un gemido ahogado se le escapó del pecho. La humedad de su propia excitación no tardó en manifestarse, haciéndola consciente de cómo sus muslos se apretaban instintivamente.
Volvió a olerla, esta vez rozando el encaje suave contra sus propios labios y bajándolo lentamente por su cuello hasta el escote de su copa D, sintiendo cómo se le erizaba la piel morena. La sensación del peligro y lo prohibido la encendía más que cualquier otra cosa.
Sin pensarlo dos veces, dobló la braga blanca con absoluta delicadeza y la deslizó en el bolsillo interior de su bolso de gimnasio. Se ajustó la ropa, se pasó los dedos por el cabello y miró al espejo una última vez. Sus ojos avellana brillaban con una picardía oscura y sensual.
Cruzó la puerta del vestidor con un caminar pausado, dejando que el bamboleo de sus caderas marcara el ritmo de su pequeño e ilícito triunfo.








