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SasuNaru| Síndrome de Lima

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Summary

Creo que me he enamorado de mi propio rehén ¿Qué hago? Es urgente.

Genre
Action
Author
Daikiwoo
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 01

Naruto Uzumaki llevaba exactamente dos días atado firmemente a una silla. Durante este tiempo, no había comido ni bebido nada. No es que los secuestradores lo estuvieran maltratando, sino que él mismo se negaba a ceder. Cada vez que uno de ellos aparecía en su campo de visión, comenzaba a escupir con furia, impidiéndoles acercarse.

En realidad, los secuestradores tampoco querían estar cerca de él. En un radio de dos metros alrededor de Naruto, el suelo estaba cubierto de su saliva, lo que provocaba el disgusto de sus captores, quienes optaron por dejarlo a su suerte. Sin embargo, tras dos días sin agua, sus labios estaban agrietados y su garganta seca; ya no podía escupir, ni siquiera hablar con claridad.

En la mañana del tercer día, uno de los secuestradores, con un cubrebocas negro, llegó para recoger su “botín”. Llevaba consigo una pequeña cámara, un trípode y un afilado cuchillo que acababa de sacar de su bolsillo. Naruto entrecerró los ojos y observó con cautela, decidido a memorizar cada detalle de la situación. Una vez que lograra volver a casa, esta experiencia le serviría para escribir un libro de aventuras que le generaría una fortuna en regalías. De momento, se aferraba a un optimismo irracional, sin imaginar las impactantes situaciones que le esperaban. En su mente, este secuestrador, cuya presencia le resultaba extrañamente incongruente, no era una gran amenaza. Bastaría con que su adinerado padre le ofreciera un buen incentivo para resolver todo el problema.

El secuestrador no era bajo, pero sí bastante delgado. Llevaba el rostro cubierto y vestía una sudadera con capucha. La primera impresión que le dio a Naruto fue la de esos estafadores en redes sociales que solo muestran un par de ojos atractivos y aún así logran captar la atención de algunas chicas. Tenía piernas largas y usaba zapatos de cuero de un modelo moderno, propio de los jóvenes. Naruto no estaba seguro de si el logotipo de la marca en los zapatos era auténtico o falso. En todo caso, pensó que, si el secuestrador se pusiera a pedir donaciones en transmisiones en vivo por internet, probablemente ganaría dinero más rápido que secuestrando a un adolescente.

Las cortinas nunca se habían abierto, y la habitación estaba en penumbra. Aun así, a través de las rendijas por donde se filtraba algo de luz, Uzumaki Naruto pudo notar que la decoración del lugar no era precisamente barata. El secuestrador frente a él no se movía como un criminal experimentado; más bien, daba la impresión de ser un joven rico e inexperto. Si no fuera porque sus brazos ya estaban entumecidos por la falta de circulación, Naruto habría pensado que todo esto no era más que una broma pesada de algún hijo de millonario.

La silla en la que estaba sentado era ergonómica y diseñada para brindar un soporte cómodo a su espalda. En contraste, la cuerda que lo ataba parecía de baja calidad, como si la hubieran comprado en una tienda de artículos para excursionismo o en una tienda de pesca. Probablemente el cuchillo de acampada que el secuestrador tenía en la mano venía del mismo lugar. Lo más seguro es que el dueño de la tienda fuera un estafador que vendía productos de mala calidad a jóvenes sin experiencia, sin importar si lo que les faltaba era experiencia en campismo... o en delincuencia.

Naruto observó cómo la luz se reflejaba en la hoja del cuchillo y concluyó que su captor era un novato. Estaba seguro de que, si él mismo intentara secuestrar a alguien, lo haría mucho mejor que este tipo.

El secuestrador se sentó en una silla al otro lado de la habitación y, por primera vez, le habló a Naruto.

—Voy a grabar un video para enviárselo a tu padre.

Su voz era joven, pero su tono era sorprendentemente sereno. —Te aconsejo que hagas exactamente lo que te diga — dijo, dando una palmada en el bolsillo de su chaqueta—. Aquí tengo una pistola. Podría volarte la cabeza en menos de un segundo. Créeme, tengo entrenamiento profesional en tiro.

Naruto sabía que su vida dependía de este tipo y, además, su garganta le ardía demasiado como para responder con palabras. Así que simplemente asintió.

El secuestrador encendió la cámara, luego se levantó para prender una lámpara de pie y ajustar la iluminación para la grabación.

—Bien, di lo que quieras— le indicó, sujetando el cuchillo mientras volvía a sentarse frente a Naruto. —Dile a tu padre que quiero cinco millones de dólares. Tiene tres días para transferirlos.

Tras decir eso, presionó el botón de grabación. Naruto fijó la vista en el pequeño punto rojo de la cámara y pensó que, comparado con pedir donaciones en internet, secuestrar gente sí era un método más rápido para hacer dinero.

Abrió la boca y, tras medio segundo de esfuerzo, su garganta seca e irritada apenas logró emitir un gemido de dolor. Pero el simple hecho de gritar hizo que sus cuerdas vocales volvieran a reaccionar, así que enseguida comenzó a gritar varias veces seguidas.

—No te andes con rodeos —gruñó el secuestrador, frunciendo el ceño ante los chillidos de Naruto—. O te corto un dedo.

No parecía estar bromeando. Así que Naruto se obligó a concentrarse y, en cuanto abrió la boca, las palabras salieron disparadas a toda velocidad, con una voz fuerte y desesperada: —¡Papá! ¡Sácame de aquí! Te lo resumo: Ayer... no, antes de anteayer en la tarde, me secuestraron. ¡Quieren cinco millones de dólares! Pero no te preocupes por nada más, tu hijo está perfectamente sano...

—En tres días —lo interrumpió de nuevo el secuestrador, cada vez más impaciente.

—¡Sí, eso! —gritó Naruto—. ¡En tres días consigue el dinero!

—O empezaré a cortarte los dedos, uno por uno.

—¡O si no, me cortará los dedos de las manos y los pies! —vociferó Naruto, tanto que su voz se quebró en el último sonido, produciendo un silbido agudo.

El secuestrador detuvo la grabación y, sin decir nada, reprodujo el video en la cámara. A medida que lo veía, su ceño se fruncía más y más, hasta que sus cejas prácticamente se enredaron entre sí. No dijo ni una palabra, pero se levantó y caminó hacia la ventana para cerrar por completo cualquier rendija de luz que quedara. Luego empezó a moverse por la habitación, retirando cualquier objeto que pudiera aparecer en el encuadre y revelar información.

También se llevó la lámpara de pie. Naruto no sabía si cambiar la iluminación haría que su rostro se viera mejor en cámara. El secuestrador volvió a su asiento con el ceño aún fruncido.

—No quedó bien. Vamos a repetirlo.

Naruto no tenía otra opción. Observó resignado cómo el tipo volvía a encender la grabación. Se aclaró la garganta irritada y, esta vez, intentó hablar con un tono más bajo para no forzarla demasiado: —Papá, soy yo, Naruto. Como puedes ver, me han secuestrado...

—Alto —lo interrumpió de nuevo el secuestrador—. ¿Por qué ahora suenas menos asustado?

Naruto, que ya tenía entumecido el trasero por estar sentado tanto tiempo, hizo un esfuerzo por moverse un poco dentro de sus limitaciones y puso los ojos en blanco.

—¿También hay que actuar con emoción o qué?

—Sí. Y más te vale que grites más fuerte si no quieres que te mate.

Naruto se sintió agotado. Tomó aire, tensó la garganta hasta que los músculos de su mandíbula se marcaron y, con toda la potencia de su voz rasposa, volvió a soltar un grito: —¡Papá! ¡Me han secuestrado! ¡Ven a salvarme!

Sin embargo, la grabación del video de secuestro resultó ser tan accidentada como la vida amorosa de Uzumaki Naruto: llena de obstáculos. El secuestrador parecía disfrutar encontrando fallos en cada toma, deteniéndolo una y otra vez hasta llevarlo al borde de la locura.

Para la séptima grabación, Naruto ya estaba completamente agotado. Su voz sonaba débil, como si estuviera sufriendo una tortura insoportable.

—Papá... me han secuestrado... —murmuró con voz apagada—. Si no logro volver con vida, ¿puedes borrar el historial de mi navegador? Por favor, que mamá no lo vea...

Cuando terminaron de grabar esta toma, el secuestrador asintió con aprobación. —Me gusta este aire de desesperación. Hagámoslo otra vez.

Naruto se quebró por completo. Su garganta ya no podía producir un sonido fuerte, así que solo pudo quejarse con un murmullo: —¿Tienes idea de lo inhumano que eres? Llevo dos días sin comer ni beber y me haces hacer este esfuerzo físico...

—Yo nunca te prohibí comer —respondió el secuestrador, totalmente convencido de su lógica.

—¿A eso le llamas comida? —Naruto explotó de ira en cuanto recordó el tema—. ¡Eso era solo agua con arroz, ni siquiera llega a ser una papilla decente! ¡Hasta el perro de mi vecino come mejor que eso!

—Para ser un rehén, hablas demasiado —se burló el secuestrador con una sonrisa cínica antes de salir de la habitación.

Volvió al poco tiempo con un vaso de agua en la mano. —Bebe rápido y seguimos grabando —dijo, inclinando el vaso sobre el rostro de Naruto sin mucha delicadeza.

Naruto tuvo que tomar agua como pudo, utilizando la nariz, la barbilla y hasta sus marcas en las mejillas para no desperdiciar ni una gota. Era la primera vez en tres días que bebía algo. Cuando terminó, empezó a toser sin control durante un minuto entero, como si estuviera a punto de escupir los pulmones. En ese momento comprendió que, aunque el secuestrador no tenía mucha experiencia como criminal, su determinación para hacer las cosas malvadas era inquebrantable.

Este tipo no va a tener piedad. pensó, con los ojos llenos de lágrimas y la nariz moqueando por la tos, Naruto parecía aún más miserable. El secuestrador, al ver lo bien que se veía esa imagen en cámara, encendió la grabadora de inmediato para capturar el momento.

Dos horas después, habían grabado veinticuatro tomas en total. Finalmente, el secuestrador se detuvo y comenzó a revisar los videos, comparando unos con otros. Tras una larga pausa, hizo una observación que Naruto jamás podría perdonarle en la vida: —La sexta toma quedó bien.

El pobre rehén, que ya estaba hecho un desastre y sentía que le habían arrancado la piel de tanto esfuerzo, olvidó por completo su propia seguridad y, completamente furioso, gritó lleno de rabia: —¡¿Te crees que estás rodando una maldita película, pedazo de basura?! — gritó Naruto, fuera de sí—. ¡Más te vale que no me suelten, porque cuando salga de aquí, te voy a arrancar la piel y colgaré tus ojos en un maldito triángulo para usarlos como instrumento musical...!

Sus insultos eran creativos, variados y llenos de rabia, mezclando inglés y español entre sus gritos. Se olvidó por completo de su imagen de chico educado y cortés, su cara enrojecida por la ira, las venas de su cuello hinchadas de tanto gritar. El secuestrador lo observó pacientemente desde su silla, esperando a que se cansara. Solo cuando Naruto empezó a toser por la irritación en su garganta, el hombre se tomó la molestia de guardar la cámara con calma.

—Ahora agradécete a ti mismo — dijo el secuestrador con tranquilidad—. Acabas de alargar tu vida unos días más.


Sasuke había escuchado alguna vez que seguir a alguien era como un matrimonio. Y no podía estar más de acuerdo.

Durante todo el verano, había estado siguiendo los pasos de ese joven llamado Naruto Uzumaki. Para la mayoría de las personas, un secuestro solo requería rapidez, valentía y precisión. Pero Sasuke se consideraba un hombre inteligente, no alguien que cometiera crímenes sin planificación. La investigación previa era fundamental, y por eso había tardado tanto en actuar.

La llegada del nuevo milenio trajo consigo una ola de oportunidades económicas. Minato Namikaze, con un viejo abrigo de lana prestado, se había sentado nervioso en la oficina de una recién inaugurada cervecera. Veinte años después, impulsado por el auge económico y el comercio internacional, había pasado de ser un soñador a convertirse en el empresario más poderoso de Konoha. Mientras barcos cargados de malta y enormes barriles de cerveza cruzaban los océanos, él vestía impecables trajes italianos hechos a medida y presentaba a su hijo recién llegado del extranjero ante posibles inversionistas.

Eso era todo lo que Sasuke había podido averiguar a través de internet. Criado en Occidente, con la ingenuidad de un perro faldero mimado por su rica dueña, sin un conocimiento profundo de Konoha y con un padre que podía comprar un Bugatti Veyron en efectivo... Naruto Uzumaki era el objetivo de secuestro perfecto.

El primer paso era observar su rutina. Cada mañana, Naruto asistía a la empresa familiar para aprender sobre gestión empresarial. Parecía estar sufriendo una tortura, con los párpados pesados como si tuviera pesas colgando de ellos. Cada vez que bostezaba tan grande que casi se le salía la campanilla, Sasuke, quien se había infiltrado en el edificio haciéndose pasar por un limpiador temporal, sentía unas ganas inmensas de darle una bofetada para que se concentrara.

Cuando yo trabajaba en el hospital de mi familia, jamás fui tan irresponsable pensó con desprecio.

Por las tardes, Naruto Uzumaki recuperaba de repente toda su energía. Se le veía en el puerto, ayudando a los trabajadores de la cervecera a cargar y descargar mercancía, con una toalla blanca colgada al cuello y los brazos bronceados tensos bajo su camiseta de tirantes. Después de todo un verano bajo el sol, su piel estaba aún más oscura y su cuerpo más robusto, como un ternero joven.

A varios kilómetros de distancia, el secuestrador novato observaba a su objetivo a través de un telescopio mientras fingía pescar. Viendo lo fuerte que era, llegó a la conclusión de que ese idiota probablemente podría inhalar una cantidad de éter capaz de derribar a un elefante y aun así seguir charlando durante media hora. Y esa era la segunda razón por la que aún no había ejecutado el secuestro.

Después del trabajo, Naruto no tenía un horario fijo. A veces, quedaba con un grupo de amigos que parecían igual de tontos que él para jugar al baloncesto. En la mitad del partido, se quitaba la camiseta y seguía jugando con el torso desnudo, chocando cuerpo a cuerpo con sus compañeros. Incluso desde el otro lado de la cancha, Sasuke podía imaginarse el molesto hedor a sudor que debía de tener... igual de irritante que su energía interminable.

Había, sin embargo, un hábito que Naruto repetía sin falta una vez a la semana: montaba en su vieja bicicleta de mujer, que estaba a punto de caerse a pedazos, con el timbre oxidado y los pedales rotos, y se dirigía al centro de Konoha, donde compraba en un gran supermercado. Se movía con agilidad entre las amas de casa de distintas tallas y edades, y luego salía del abarrotado establecimiento cargando tres o cuatro bolsas enormes, todas de tela reutilizable que traía consigo. Más de una vez, Sasuke había visto cómo perdía un zapato entre la multitud. Durante un tiempo, intentó analizar su patrón de compras, hasta que descubrió que los cupones de descuento de la tarjeta de socio se repartían aleatoriamente cada semana, y decidió dejar de perder el tiempo en su “rigurosa investigación”.

Después de cenar y darse un baño caliente, la energía de Naruto finalmente se agotaba. Se tumbaba en la cama, cogía un libro que su padre le había regalado y, antes de siquiera sostenerlo bien, ya estaba roncando como una babosa gigante. Sasuke, oculto en un árbol frente a la casa, sentía que estaba perdiendo su valioso tiempo.

Hablando en serio, si en el futuro este estúpido organismo unicelular llegaba a casarse con una mujer (claramente ciega), Sasuke estaba seguro de que ella jamás lo conocería tan bien como él. No cualquiera tenía el privilegio de ver a Naruto Uzumaki sentado en el borde de la cama cortándose las uñas de los pies, solo para que una de ellas rebotara en su ojo y lo hiciera revolcarse entre lágrimas y gritos de dolor. Tampoco cualquiera presenciaba el momento en que metía la mano dentro de sus apretados calzoncillos verdes para recolocar a su “pequeño amigo” repetidamente.

Otra prueba irrefutable de que seguir a alguien es como estar casado, era el hecho de que Sasuke insistía en ir todos los lunes a la oficina de correos para recoger el correo de Naruto Uzumaki. En plena era digital, ese terco aferrado a la tradición seguía escribiendo cartas a sus amigos por correspondencia.

Desde el otro lado del océano, le llegaban montones de postales enviadas por chicas hermosas de diferentes razas y estilos de cabello, todas preguntándole cómo le iba últimamente. Mientras tanto, Sasuke, como la esposa despechada que descubre una infidelidad, recopilaba diligentemente pruebas fotográficas que algún día podrían ser utilizadas en el tribunal.

Cada lunes por la mañana, Sasuke se metía en el metro, donde a veces tenía la mala suerte de quedar frente a un hombre de mediana edad que no se lavaba el pelo desde hacía una semana, esparciendo su fétido olor a testosterona por todo el vagón. Otras veces, su compañero de viaje era un calvo cuya brillante cabeza reflejaba la luz como un espejo. En ocasiones, tenía más suerte y solo tenía que mirar hacia abajo para ver a una pareja de adolescentes sentados con las piernas entrelazadas, donde el chico llevaba más maquillaje que la chica.

Al salir de la estación, Sasuke cruzaba frente a pequeños locales de comida frita y puestos de perfumes baratos de dudosa procedencia. Los olores mezclados eran nauseabundos. Y todo esto lo hacía por culpa de Naruto Uzumaki.

Antes, jamás se hubiera subido al transporte público. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora, el dinero en su bolsillo apenas servía para dejar propina en un café sin que lo miraran con desprecio. De hecho, si no estuviera tan arruinado, ni siquiera estaría considerando el secuestro. Solo la caña de pescar y el telescopio ya le habían costado una fortuna, pues jamás en su vida había regateado y ni siquiera se dio cuenta de que el vendedor de la tienda de pesca lo había estafado vilmente.

Así, el verano pasó en un abrir y cerrar de ojos. Cuando Sasuke creyó que finalmente conocía cada detalle de la rutina de Naruto y que ya era hora de actuar, en la semana número veinte de su vigilancia, Naruto añadió un nuevo pasatiempo a su agenda: empezó a trabajar los fines de semana en un cine de mala muerte cerca de su casa.

Este nuevo trabajo aumentó considerablemente la carga laboral de Sasuke.

Desde las siete de la mañana, Naruto ya estaba en el cine, vestido con un par de pantalones con tirantes que, en opinión de Sasuke, solo deberían ser usados por niños de menos de quince años en un campamento de verano. Se paraba detrás del control de boletos con una sonrisa radiante, recibiendo las entradas y arrancando los talones con una destreza absurda. El aspirante a secuestrador no entendía cómo podía mantener ese brillo en la cara todo el día. Lo que sí estaba claro era que, desde que el rubio de ojos azules empezó a trabajar ahí, la clientela del destartalado cine había aumentado drásticamente. Todo el mundo quería acercarse a tocar el suave cabello dorado de ese joven tan atractivo.

Sasuke consideró necesario documentar el lamentable estado de ese lugar. Cuando llegó por primera vez a esa zona olvidada de la ciudad, rodeada de comercios en quiebra, el que alguna vez fue un joven de cuna privilegiada sintió una conmoción inusual. El suelo estaba cubierto por azulejos baratos de un negro opaco que probablemente no se limpiaban desde hacía diez años, o quizás sí, pero ya no había forma de rescatarlos. Las paredes, con un papel tapiz que quizá en otra época había sido moderno, estaban llenas de marcas de manos ennegrecidas y mensajes grabados con llaves. “Te odio” y “Te amo” conformaban el ochenta por ciento de los rayones.

Detrás del destartalado mostrador de madera chirriante se encontraba un anciano con un aspecto decrépito, cuya legaña parecía haberse convertido en parte de su rostro. Cuando Sasuke sacó unas cuantas monedas de su flaco bolsillo, el viejo, con manos ásperas como corteza de árbol, le entregó un boleto temblorosamente. No había opciones: el cine solo proyectaba una única película en bucle, desde la mañana hasta la noche.

Sasuke sospechaba que muchas de las mujeres mayores, perfumadas con fragancias baratas y vestidas con medias rotas remendadas con esmalte de uñas, acudían repetidamente solo para hablar con Naruto. Por unas pocas monedas, podían recibir la cálida atención y respeto de un joven saludable, bien educado y lleno de energía, e incluso disfrutar del privilegio de que su brazo musculoso las ayudara a sostenerse. Era un lujo que la vida cotidiana difícilmente les ofrecía.

Cuando Sasuke llegó a la taquilla, se encontró cara a cara con su objetivo por primera vez a tan corta distancia antes de ejecutar su plan. Naruto, con la misma falta de mesura en su amabilidad, tomó su boleto, lo rasgó limpiamente y le devolvió el talón.

—Que disfrutes la película.

En la penumbra del vestíbulo, su rostro iluminado por la sonrisa resplandeciente casi resultaba cegador.

Tan brillante, tan irritantemente brillante, que Sasuke lo odió al instante.

Después, Sasuke se sentó en el cine, rodeado de cáscaras de semillas de girasol. Los asientos de tela estaban rotos, dejando al descubierto la espuma húmeda y mohosa en su interior. La pantalla era ridículamente pequeña, incluso más diminuta que la del sistema de cine privado de los Uchiha.

El proyector de carrete empezó a girar y comenzó la proyección de una película antigua: Casablanca. Sasuke ya la había visto en la universidad.

“De todas las ciudades del mundo, en todos los bares que existen, ella tenía que entrar en el mío.” Cuando el protagonista recitó esa frase icónica, Sasuke ya se había quedado dormido.

Una y otra vez regresó al cine, esperando el momento perfecto, hasta que fue capaz de adivinar la siguiente expresión en el rostro de Ingrid Bergman. Sasuke siempre había sido un hombre de acción, el primero en terminar los experimentos en clase, el que nunca dudaba al ejecutar un plan. Pero en este caso, se había demorado más de lo esperado. Finalmente, tuvo que admitir que, tras incontables excusas, todavía no estaba listo para convertirse en un criminal.

Y justo cuando estaba a punto de rendirse, el destino decidió jugarle una pequeña broma.

Aquel día, después de terminar su turno, Naruto se dirigió al baño y descubrió que el bombillo se había fundido. Ese fue el primer imprevisto de la noche. Aunque, para ser sinceros, Sasuke pensaba que esa frágil bombilla ya había vivido mucho más de lo que cualquiera podría esperar.

Naruto encendió la linterna de su celular, iluminando un círculo de luz en la inmundicia del baño. Los urinarios estaban completamente obstruidos, llenos de manchas de orina acumulada, así que tuvo que avanzar a tientas hasta uno de los cubículos.

Sasuke, que ya lo había seguido hasta ahí. Tenia una visión nocturna excelente, así que observó con claridad cómo Naruto avanzaba a trompicones, pareciendo más una rana con el lóbulo frontal sobre estimulado que un ser humano. Por un instante, dejó de sentirse como un acosador y más como un tutor preocupado, temiendo que ese anfibio se ahogara en un charco de desechos.

El baño estaba tan ruidoso que parecía sacado directamente de Silent Hill, con una atmósfera inquietante y decadente.

Y entonces ocurrió el segundo imprevisto del día.

Naruto soltó un grito corto y angustiado, interrumpido de golpe por el ruido sordo de un cuerpo cayendo al suelo. Luego, silencio total.

Sasuke reaccionó de inmediato y se acercó. Lo que encontró no lo sorprendió demasiado: el suelo del cubículo estaba tan deteriorado que una de las baldosas había colapsado bajo los pies de Naruto. Como era de esperar, en este lugar nadie se tomaba la molestia de hacer reparaciones.

El animado y carismático acomodador del cine se había convertido en la primera víctima del baño, su pie cayó en el hueco, perdió el equilibrio y, al intentar sostenerse, su cabeza golpeó el borde sucio del inodoro. Cayó inconsciente al instante.

Y así fue como, tras un verano entero de paciente acecho, el secuestrado cayó directamente en las manos de Sasuke, como un regalo del cielo.

Continuará...

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