el cambio
Nadie estuvo preparado para lo que vino; nadie imaginó algo así. Nos remontamos al año 2026, fue en ese entonces cuando la caquexia crónica mutó. La enfermedad hizo más agresivos a los ciervos y alces, lo que encendió las alarmas a nivel nacional e internacional. Lamentablemente no se pudo contener a tiempo: se expandió por todo Estados Unidos, convirtiéndolo en una zona de cuarentena aislada del resto del mundo. Ahora el planeta vive con el constante miedo de que en cualquier momento sea el fin.
Sin embargo, en Argentina, al igual que el resto de los países, las medidas de prevención eran sumamente exigentes y yo solo intentaba vivir el día a día sin preocupaciones. Vivir en un pueblo tranquilo del interior de Santa Fe tenía sus ventajas. Las mañanas comenzaban temprano con el canto insistente de los pájaros, los perros ladrando a lo lejos en el vecindario y, de fondo, el eco sordo de algunas máquinas trabajando en los talleres o galpones de la zona. A eso se le sumaba el mate caliente y la rutina de siempre.
La vida en el pueblo transcurría con una monotonía predecible. Las mañanas comenzaban temprano, despertándome al alba para preparar la mochila y caminar directo hacia la parada de colectivo ubicada en el centro del pueblo. El viaje en micro hacia Rosario era sumamente aburrido y largo; por lo general, lo pasaba mirando el paisaje a través de la ventanilla o aprovechando el trayecto para repasar lo que tenía que leer y estudiar. Era un trayecto que exigía cuidado, ya que si intentaba ver una serie en la pantalla del teléfono con el vehículo en movimiento, el mareo no tardaba en aparecer y terminaba descomponiéndome.
Al llegar a la terminal de ómnibus de Rosario, descendía del micro para tomarme un taxi de inmediato directo hacia el departamento. Al llegar al lugar, procedía a desempacar, acomodar mis cosas y prepararme para continuar. Siempre, para poder trasladarme desde allí hacia la facultad, me tocaba tomar otro colectivo urbano.
Una vez en la facultad, el ambiente era fresco y poseía una vibra muy particular, marcada por el reconfortante olor a café recién hecho y unas facturas acompañadas por ese característico toque de humedad invernal. Allí cursaba, compartía apuntes y cruzaba mensajes con amigos para organizar un partido de fútbol los fines de semana, mientras de fondo las noticias internacionales pasaban en la televisión.
Por su parte, los fines de semana que me tocaba quedarme en el pueblo, la rutina solía inclinarse hacia el reencuentro con amigos para jugar a algún videojuego o juntarnos a comer. Sin embargo, aquella dinámica no duró para siempre: con el tiempo, algunos se terminaron mudando y otros, los que se quedaron, se metieron de lleno en una relación de pareja, haciendo que el grupo se terminara dividiendo mientras cada uno tomaba su propio camino.
Para nosotros, en medio de esa transición personal, el caos de los países del norte parecía una película de ciencia ficción lejana, algo que solo existía detrás de las pantallas y de los barbijos obligatorios en los aeropuertos. Nadie en el pueblo prestaba demasiada atención a los barcos cargueros que seguían llegando a los puertos del Paraná ni a los controles sanitarios exagerados en las rutas nacionales. Creíamos que estábamos a salvo, aislados por miles de kilómetros de distancia y por la burocracia de los ministerios. Qué equivocados estábamos.
Todo empezó una tarde cualquiera a las salidas de las practicas. Antes de volver a mi rutina me puse a dar unas vueltas en bici por las afueras del pueblo, el aire me golpeaba la cara y me sacudía el pelo marrón para atrás, la brisa ligera tenía ese olor clásico a humedad y campo, pero algo no encajaba. Primero fue el silencio: los perros del vecindario no ladraban algo insólito a esa hora. Después lo vi en la orilla del camino cerca de un monte de eucaliptos. Al principio pensé que era un perro flaco o algún animal herido por la ruta, pero al acercarme un poco más con la bicicleta, el escalofrió me recorrió la columna. Era un puma, una especie que a veces se cruzaba por los campos de la zona, pero totalmente cambiado. Tenía el pelaje opaco, costras en la piel y una delgadez extrema, con los huesos marcándose debajo de un cuerpo que apenas se sostenía en pie. Lo más perturbador era su mirada: fija, vacía, desprovista de cualquier intento de huida. Me quede paralizado mirándolo a pocos metros. El animal dio un paso en falso, tambaleo y cayo pesadamente sobre la tierra, con la cabeza torcida en un ángulo imposible. Saque el celular del bolsillo con las manos temblando para buscar información en internet, pero la señal de la red móvil empezó a fluctuar y, de repente, cayo por completo. Me quede mirando fijo al puma con terror sin poder moverme, hasta que el puma se levantó lentamente pero con sus ojos desprovistos de miedo y con una ligera chispa de agresividad. En ese momento reaccioné por puro instinto y Pedaleé de regreso lo más rápido que pude sin mirar atrás, sintiendo que el puma todavía tenía su mirada pegada en mí, en ese momento el corazón me latía en la garganta. El aislamiento ya había empezado, y nosotros ni nos habíamos enterado. Pedaleé de regreso lo más rápido que pude, sintiendo que el corazón me latía en la garganta. A medida que me acercaba a las primeras calles del pueblo, el contraste me golpeó de inmediato. No era el bullicio habitual de la tardecita, ni los vecinos tomando mate en la vereda. Las calles estaban extrañamente silenciosas, con las persianas de varios negocios bajas y un par de patrulleros cruzados en la esquina principal, bloqueando el acceso a la plaza. Había un grupo de personas amontonadas alrededor de una camioneta policial, discutiendo con los agentes en voz alta. Me acerqué despacio, dejando la bicicleta apoyada contra un poste. Alcancé a escuchar fragmentos de lo que decían: que en el campo de la ruta provincial habían encontrado a más animales en el mismo estado deplorable, y que un par de peones rurales que habían estado manipulando a los animales presentaban fiebre alta y una confusión mental alarmante. —Por favor, vuelvan a sus casas, las autoridades sanitarias están tomando el control de la zona —repetía un policía a través de un altoparlante, con un tono que intentaba sonar calmo pero que delataba un pánico evidente. Saqué el celular de nuevo, golpeando la pantalla con la esperanza de que recuperara señal, pero seguía sin servicio. La ficción de los noticieros internacionales acababa de meterse de lleno en nuestras casas. Esa primera noche no hubo comunicados oficiales claros. Solo cadenas de mensajes de WhatsApp que iban y venían a dos manos cada vez que a alguien le agarraba un hilo fugaz de señal: audios cortados, advertencias exageradas, fotos borrosas sacadas desde auto en movimiento. Pero lo que más escalofríos daba no era lo que decían los mensajes, sino el silencio rotundo que bajaba desde los despachos oficiales. Me encerré en casa con la radio a pilas sintonizada en AM, buscando alguna frecuencia que no estuviera saturada de estática. De fondo, el pueblo parecía otro. A través de la ventana, vi pasar una camioneta sin luces identificatorias que dobló hacia la zona de los campos. Nadie más circulaba. Lo peor no era el prion en sí, ni la enfermedad mutada de los animales; era la sensación de que las comunicaciones se habían apagado de golpe no por una falla técnica, sino porque alguien había decidido cortar los hilos desde arriba. A la medianoche, la pantalla del teléfono parpadeó con una notificación que me heló la sangre, un mensaje automático de un número desconocido que decía: "No abran las puertas a nadie, los síntomas tardan tres días en manifestarse". Y lo peor de todo: yo había estado a menos de dos metros de aquel puma en el camino de tierra. Los días siguientes se convirtieron en una prueba silenciosa de autocuestionamiento. El pueblo parecía suspendido en un limbo extraño, con los comercios abiertos solo unas pocas horas al día y la gente cruzándose de vereda, esquivando las miradas. Pero mi verdadera batalla no estaba afuera, sino adentro mío. Cada mínima sensación se volvió sospechosa. Si me dolía la cabeza al despertar, pensaba que era el inicio de la inflamación neurológica; si me costaba concentrarme leyendo o sentía una leve fatiga después de caminar, mi mente se ponía en alerta máxima, buscando los rastros invisibles del prion. Me pasaba horas frente al espejo del baño, revisando mis ojos celestes, buscando algún temblor involuntario en las manos o una pérdida de peso drástica que confirmara lo peor. El aislamiento en el pueblo se volvió asfixiante. Ya no circulaban autos, las noticias en la radio oficial repetían comunicados vacíos que pedían "mantener la calma", y el silencio de la noche se rompía únicamente por el sonido lejano de algún camión militar en la ruta. Tres días habían pasado desde el encuentro con el ciervo. Tres días de contar las horas. Y esa mañana, al intentar atarme las zapatillas, noté que la punta del dedo índice derecho me temblaba de forma imperceptible.









Me recordó cuando creíamos que estábamos al salvo del COVID 19 por estar en otro continente