Prólogo
Taehyung
—Era la noche antes de Navidad —rimaba mientras balanceaba mi bolso de un lado a otro—. Cuando en toda la casa no se movía ni una criatura, ni siquiera un ratón.
Las palabras del poema se repetían en mi cabeza una y otra vez.
La Navidad era mi época favorita del año. Normalmente era la única época en la que parecíamos una familia. Llevaba dos bolsas de regalos, Namjoon iba a mi lado mientras se ocupaba de algo por teléfono. Estaba en su primer año de universidad, y de repente era muy importante. Al menos, él lo creía así.
Puse los ojos en blanco; era más molesto que otra cosa. A la tierna edad de trece años, me creía el chico más importante del mundo. Después de todo, pronto iría al instituto.
—Espera aquí, Tae —me ordenó, deteniéndose frente a Tiffany’s.
—¿Vas a comprar un regalo de Tiffany’s para Jimin y para mí? — chillé entusiasmado.
—Quédate aquí —me ordenó. En su típica actitud fraternal, me ignoró y entró en la tienda. Curioso y un poco entrometido, apreté la cara contra el frío cristal, pero no pude ver nada aparte de los anchos hombros de Namjoon.
El viento helado recorrió mis huesos. Los inviernos en Nueva York eran gélidos. Me moría de ganas que Namjoon, papá y yo voláramos a California.
Tiempo cálido. Palmeras. Aquello era el paraíso.
Miré a mi alrededor y me refugié en el callejón, donde esperaba que el viento no azotara tanto mis piernas. Sentía el frío incluso a través de mis vaqueros y mi pesado abrigo. Era imposible entrar en calor, así que empecé a dar saltitos, con mi cola de caballo moviéndose de un lado a otro.
—Deprisa. Deprisa —murmuré impaciente, castañeteando los dientes.
Una lata pateada resonó en el callejón, sobresaltándome. Otra patada y me armé de valor para darme la vuelta, sólo para encontrarme cara a cara con un hombre. Un desconocido. Sus rasgos estaban ocultos por una capucha, pero sus manos no. A la luz de la farola, pude ver que llevaba un cuchillo en la mano.
—¿Qué haces, niño? —me dijo con un marcado acento neoyorquino.
—N-nada —tartamudeé, con mis ojos desviándose por encima de su hombro hacia el escaparate donde debería haber estado esperando a Namjoon.
Dio un paso hacia delante y yo retrocedí instintivamente. Salvo que ahora me adentraba aún más en el oscuro callejón. Sabía que había cometido un error. Mi pequeño corazón golpeaba mi pecho, amenazando con abrirlo.
Otro paso hacia mí. Otro paso hacia atrás.
Mi corazón seguía tamborileando bajo mi caja torácica, pero aun así intenté ser valiente. Inteligente. Eso era lo que papá siempre decía. Sé inteligente. Así que intenté asustarlo.
—Mi-mi hermano está conmigo. Se rió entre dientes.
—Entonces también le cortaré el cuello.
Mis ojos se ensancharon y luego se giraron horrorizados. Abrí la boca, preparándome para gritar, cuando otra voz interrumpió.
—Da otro paso hacia él y te disparo.
Dirigí la mirada en la dirección de la voz. Había un chico alto, de la edad de Namjoon. Alto. Fuerte. Me dirigió una mirada antes de volver a centrar su atención en el hombre del cuchillo.
—Último aviso —dijo—. Piérdete o acabaré contigo.
—Te conozco —siseó el viejo.
—No, no me conoces —dijo el chico-hombre de ojos oscuros como la medianoche—. Si me conocieras, estarías corriendo para salvar tu vida.
El hombre debe haber decidido vivir y que yo no valía la pena, porque se escabulló. No, salió corriendo. Lo vi desaparecer mientras contenía la respiración, y no fue hasta que lo perdí de vista que pude soltarla.
—¿Estás bien? —preguntó el chico en voz baja.
Tragué fuerte y le tendí mi mano con las bolsas.
—T-toma, puedes llevártelo todo —le ofrecí. Me sentía desorientado, preocupada por si aquel chico me había salvado del otro matón para robarme él. No merecía la pena morir por ello. Al parecer, ir de compras justo antes de Navidad era una mala idea, después de todo.
Sonrió, empujando suavemente las bolsas hacia atrás.
—Quédate con las bolsas.
Mis ojos se desviaron entre él y las bolsas.
—¿Tú... tú no las quieres? Se rió entre dientes.
—¿Qué voy a hacer con las bolsas de Victoria’s Secret? — reflexionó mientras el olor a lluvia y a bosque húmedo se mezclaba con el aire crujiente del invierno y llenaba mis sentidos.
Mis mejillas se encendieron cuando me di cuenta de lo que tenía en las manos.
—Es para mi tía. —Jimin y yo queríamos que encontrara a alguien, y este podría ser el primer paso. Al menos, eso nos había dicho la revista Cosmopolitan—. Mi siguiente compra es para mi padre, pero tengo dinero —murmuré, avergonzado—. No tengo nada más para darte.
—Me ahogué en su mirada oscura. Nunca había visto unos ojos tan oscuros. Eran como charcos de obsidiana en la noche.
—¿Qué te hace pensar que quiero algo? —preguntó con curiosidad.
—¿No quieren algo todos los atracadores?
Sonrió, sus ojos brillaban divertidos. Me recordaban a las noches oscuras y a las bellas pesadillas.
—De acuerdo, entonces —aceptó, con la diversión brillando en su mirada—. ¿Qué te parece...? —pareció pensar mientras yo contenía la respiración. ¿Qué podría querer?—. Tu cinta de cabello.
Alargué la mano para tocarme la coleta.
—¿Mi cinta de cabello? —repetí, confuso. Esta vez sonrió. —Sí. Así, cuando vuelva a encontrarte y seas mayor, recordarás que me lo debes. —¿Y si no te reconozco? —me pregunté. Sonrió confiado. —No te preocupes, te reconoceré. Esta vez, yo también sonreí. —¿Así que serás como mi príncipe sombra, acosador o algo así? Asintió. —O algo así —confirmó.
Me quité la cinta y mis mechones caoba cayeron en cascada por mis hombros. Me tendió la mano y dejé caer en ella mi cinta rosa intenso, cuyo brillante color parecía ridículo en su gran palma.
—Gracias —murmuré, ofreciéndole una gran sonrisa—. Por salvarme. Algún día quizá sea yo quien te salve a ti.
Quería devolverle el favor y papá me enseñó a no dejar nunca una deuda sin saldar. Mientras se alejaba, la tristeza se apoderó de mi pecho al darme cuenta que no tenía forma de saber si volvería a verle. Sólo podía albergar esperanzas.









hayyy así se conocieron en el pasado 🤭
Empezando esta segunda historia de la saga, estoy emocionada 💜