SOLO TE MIRARÉ A TI Parte 1
Cuando la calma inundó el lugar, Varkas no pudo evitar posar sus ojos sobre el joyero que yacía encima de aquel mueble, que estaba adornado con diferentes perfumes y joyas. No pasando por alto la variedad de joyas que había encargado a un comerciante del este. Desde que comenzaron su relación, y aunque todo había sucedido demasiado rápido, una sensación de insatisfacción había crecido en su interior, pues no había dado un cortejo adecuado a Thalia.
En los últimos años, desde que comenzó a crecer, había visto cómo se llenaba de grandes joyas y cómo estas adornaban su tersa piel. Hasta los vestidos más bellos, pero aun aquellos más sencillos, desfilaron ante su vista; pero, en todos ellos, ella era quien más brillaba.
Aún recuerda cómo, ante el cumpleaños del emperador, él, como guardia, la acompañó. Ella, luciendo hermosa como siempre, llamó la atención más de la debida, con tan solo catorce años, ya era observada. Siempre era así, al igual que ese malestar que le hacía arder la sangre cada vez que un joven noble se le acercaba para invitarla a bailar. La había visto tomar aquellas manos horrendas de esos muchachos que rogaban por llamar su atención.
Como su escolta, no tuvo más opción que quedarse a un lado, observando cómo esa muchacha bailaba con un joven. Apretó los puños cuando ella sonrió a ese joven noble. Sintió un sabor a hierro dentro de su boca antes de darse cuenta de que había mordido las paredes de su mejilla al ver cómo ese joven agarraba con firmeza su cintura. No quería mirar, pero no podía apartar sus ojos de ella, como si un imán, o un magneto, la llevara siempre hacia ella.
Y fue en ese instante cuando ella lo miró. Sus ojos cayeron sobre él y él tragó, porque mientras lo miraba, ella sonreía. Pero solo fueron unos segundos que se sintieron eternos. Aunque el malestar ante su sonrisa menguaba, la molestia volvió cuando el baile terminó y, cuando ella intentó ir a su lado, fue detenida por otro joven noble, quien atrevidamente tomó su mano y la llevó a la pista. Y simplemente ella no pudo negarse. Fue quizá un segundo en que ella giró su cabeza, mirándolo.
La pesadez aumentó y el malestar cada vez era más fuerte. Sentía el cuerpo pesado, sus piernas como bloques que lo detenían.
¿Bien podía ir hacia ella y sacarla del lugar... pero era lo correcto? ¿Tenía siquiera un motivo para hacerlo?
Varkas suspiró, bajando esta vez la mirada. Alzó la mirada cuando su nombre cálidamente fue pronunciado.
— Varkas.
Varkas no recuerda cuándo fue la última vez que la vio. Desde que la exemperatriz murió, su tía lejana, no había sabido mucho de Ayla, más que hacer visitas rutinarias por pedido de su padre a Gareth para evidenciar el apoyo que tiene el clan Sierkan con el príncipe heredero.
Aunque por educación siempre la saludaba y aceptaba sus reuniones de té, no era como si fueran amigos, sino conocidos y familiares lejanos.
Hasta un poco aburrido resultaba tener que responder preguntas tan monótonas. Por cortesía, aceptaba sus conversaciones, pero estas nunca iban más allá de un “¿cómo te encuentras?” o un “¿cuál es el plan a futuro?“. Y sobre el tema delicado que Ayla solía relucir, a Thalia, como una víbora que lo tenía esclavizado contra su voluntad, solo atinaba a responder lo que le correspondía, pero no compartía sus pensamientos.
Ayla siempre se mostró como una princesa sin un rastro de error, pero debajo de ello, sabía que había algo más oscuro. Lo sabía por la forma en cómo veía a Thalia cada vez que se cruzaban por los jardines o durante las visitas al palacio principal, y como en el presente evento.
— Mírala, cualquiera podría pensar que es una princesa distinguida. Lo único que tiene de valor es su belleza, al parecer.
Varkas observó cómo ella lanzaba una mirada filosa a Thalia, quien no había dejado de reír por quizá uno de los chistes del joven noble que la acompañaba en la mesa de aperitivos.
Varkas miró a Ayla de reojo. Era evidente para él que Ayla se había consumido en los celos por la belleza de Thalia, era evidente para él.
Él solo escuchó en silencio.
—Pero pronto podrás ser libre de ese contrato.
Esta vez dijo mientras lo miraba, y Varkas solo atinó a verla, mas no respondió. Y ella continuó una vez obtuvo su mirada.
—Ya no tendrás que sufrir más sus malcriadeces. Senevier no podrá hacer algo más. Cuando Thalia cumpla los 16 años, serás libre de ese tormento.
¿Tormento?
Se preguntó en su mente.
Varkas suspiró un segundo antes de regresar sus ojos a Thalia, pero ella ya había desaparecido de su vista, alarmándolo.
Sus ojos la buscaron con desesperación. Frunció el ceño al no ver tampoco al último joven noble que la había acompañado.
Su cuerpo se movió con la intención de buscarla, pero giró el rostro al ver el rostro de Ayla. Su mirada bajó al ver cómo ella lo estaba sujetando de su túnica.
— Quédate un poco más conmigo.
— Lo lamento, su alteza, como escolta de la segunda princesa, tengo que buscarla.
Él dijo, soltándose de ella y dejando a Ayla atrás.
Salió del salón de baile, recorrió el jardín y un mal presentimiento lo inundó. Las entrañas se le contrajeron al no poder dar con ella. Sus pies se movieron, no supo en qué momento comenzó a correr.
¿Habría regresado a su palacio?
No, no habría ido sola.
Siempre le había dejado en claro que nunca debería dejarla regresar al palacio sola.
Tenía que encontrarla, mas su cuerpo se congeló y sus ojos se abrieron por completo ante la impresión.
Ese cabello dorado, casi como miel. Esa mujer... sí, ella estaba frente a la pileta de agua, pero no estaba sola.
Era el mismo joven noble.
Él la estaba abrazando.
Sintió una pesadez, como si se le hubiera caído el estómago al suelo.

Se detuvo a la distancia, pero de pronto la vio forcejear.
La ira lo inundó cuando se dio cuenta de que ella quería alejarse de ese joven noble.
Sus pies se movieron por sí solos y, de un momento a otro, había apartado al hombre, tirándolo al suelo de forma violenta. El grito de dolor del hombre, por una extraña razón, quería hacerlo llorar.
No debiste tocarla con tus sucias manos.
El hombre en el suelo nuevamente gritó cuando Varkas aplastó con furia una de sus manos.
El descontrol se apoderó de él al punto de que en el aire percibió el olor de sangre. El traje blanco que había vestido ahora se veía rojo.
¿Cuándo se había lastimado?
Por un instante, como si alguien se hubiera apoderado de su cuerpo, había perdido su conciencia de lo que estaba haciendo. El joven noble que media hora atrás había estado de forma elegante en el salón de baile ahora yacía con la nariz roja, su ropa con manchas de sangre y la boca que escupía sangre, mientras lo miraba aterrado.
Retrocedió un paso al darse cuenta de lo que había hecho, pero, por una extraña razón, no tenía arrepentimiento alguno. Caso contrario, una sed de violencia seguía creciendo. Pero su respiración agitada por la excitación del momento se detuvo de golpe al escuchar un sollozo detrás de su espalda.
Thalia yacía a la distancia con una mirada aterrada e inundada en lágrimas.
Se acercó con preocupación, pero se detuvo de golpe cuando ella retrocedió asustada. Solo entonces se dio cuenta de que ella tenía miedo, pero de él...
Miró sus manos y antebrazos. El uniforme se había arruinado con sangre. La humedad en sus mejillas no era sudor, era sangre, pero no suya.
Ella tenía miedo de él por la reacción violenta que tuvo, y era comprensible...
Pero no podía dejarla ahí. Regresó su mirada al joven noble, que trataba de respirar con dificultad.
No estaba muerto.
Se agachó a su lado y, de forma fría, sacó un pañuelo que tenía en el bolsillo y lo pasó por encima de la nariz rota del joven. Él gimió de dolor mientras lo miraba con aberración y miedo.
— Si sabes lo que te conviene, no dirás nada de esto. Si no... atente a las consecuencias.
Le susurró con una voz fría y por lo bajo, mientras el otro temblaba.
— ¿Me entendiste?.

El otro, sin dudar, asintió, agarrando el pañuelo que Varkas le dio para tratar de detener la sangre.
Varkas, aunque era el escolta de la Segunda Princesa, sabía perfectamente el poder que cargaría en un futuro. Los nobles de rango bajo no se pondrían en riesgo al tenerlo de enemigo.
Varkas se levantó y fue hacia ella, y aunque retrocedió, él continuó.
—¡No me toques!
Varkas la agarró con firmeza de la mano, la ignoró mientras la arrastraba hacia la salida.
— Nos vamos.
Atinó a decir, ignorando los golpes que ella le dio desde atrás en la espalda mientras la continuaba arrastrando hacia donde estaban esperando los carruajes.
— ¡No quiero! ¡Tú no eres nadie para decirme si me voy o no!
—¡Suéltame!.
Varkas apretó los dientes ante su forcejeo.
Quería preguntarle qué estaba haciendo en ese lugar con ese hombre.
¿Por qué fue con él?
¿Por qué se dejó abrazar?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Su paciencia se agotó cuando giró y la trajo hacia él, acercando su rostro. Con una mirada afilada, la miró con impaciencia. Ella lo miró con los ojos abiertos.
—¿Qué es lo que quería lograr?¿Eh?
—Dígame, ¿qué hacía en ese lugar con ese hombre?.
— ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué?.

Thalia, en silencio, observaba desconcertada por esa actitud tan poco propia de él.
Una rabia le nació de golpe. Todo era su culpa. Si tan solo no hubiera estado hablando con su hermana, habría hecho bien su trabajo de escolta, pero cuando intentó llamarlo, vio cómo miraba a Ayla, y sintió de nuevo ese dolor en su corazón, aún más cuando los nobles que observaban esa interacción entre ellos murmuraban sobre cómo se estaba concretando un matrimonio entre él y su hermana.
Por ira y celos, quiso abandonarlo ahí y que regresara a su palacio caminando, pues ella se iría en el carruaje, pero antes de salir, el joven noble la había interceptado y pedido que lo acompañara al jardín. Aceptó porque simplemente quería alejarse de ahí.
El joven se mostró amable, pero en todo el camino se sintió incómoda al escuchar los muchos halagos, arrepintiéndose al instante al caer en cuenta de cuánto se habían alejado del salón. Ahora estaban sumergidos en el jardín imperial, que estaba casi cubierto por arbustos de dos metros, siendo casi imposible ver alrededor.
Un miedo le entró de golpe al sentir la mano de él posarse en su cintura. Había ignorado los comentarios del hombre y todo el camino había mantenido la mirada baja, pero la alzó, mirando con alarma cuando el hombre la arrastró, con una mano en la cintura, hacia la pileta de agua.
Lo que menos esperaba era que este se le confesara, argumentando que se había enamorado de ella desde hacía mucho tiempo y que estaba en planes de solicitar su mano al emperador en matrimonio.
Sudó frío aún más cuando ese hombre la abrazó.
Ella no pudo respirar. El olor del hombre le llegó a la nariz y solo sintió náuseas. Lo empujó, pero fue imposible alejarlo. Un pánico le invadió cuando sintió cómo esas manos bajaron por debajo de su cintura y, aterrada, forcejeó más.
Estaba a punto de gritar, pero de pronto aquellos brazos extraños desaparecieron y alcanzó a ver esa espalda que conocía desde hacía años.
Varkas.








