Capítulo 0: Manicomio
Denis se dio cuenta de que en algún momento su vida había pasado de poseer aquella cualidad de ordinario tan extendida por esos tiempos, a parecerse más bien a una vorágine de sucesos inusitados. Fue consciente de ello cuando bajó de la vieja camioneta color índigo, en compañía de ese civil moreno, calvo y fornido de nombre Marlon, a quien recién conocía. Había aprovechado su fin de semana libre (el cual en cualquier otra ocasión habría ocupado en descansar del estrés generado por el trabajo interminable al que le sometían en el ejército) para ir a visitar a una persona en medio de la nada. No era cualquier persona, lo sabía, aunque nunca la había visto.
Marlon, quien conducía, apagó el motor antes de salir del vehículo y empezar a caminar, seguido del receloso Denis. El sendero polvoriento surcaba un gran terreno repleto de hierba amarillenta (donde crecían también, desperdigados, algunos grandes masaguaros), hasta terminar a las puertas del antiguo manicomio. Una imponente edificación de tres plantas en estado deplorable, de ventanas cegadas por tablas, cuyas paredes se hallaban cubiertas por dibujos hechos con aerosol. La cerca que rodeaba el patio solo existía como un viejo recuerdo, pues apenas quedaban las bases, de modo que se tenía una vista completa de la llanura a su alrededor. Pero eso no era lo importante, pues había una peculiar sensación de peligro en el aire que erizaba los vellos del cuerpo, como si detrás de la entrada se escondiera un mal siniestro.
—Así que ese desastroso edificio es donde se esconde —dijo Denis, para romper la atmósfera.
—Sirve como fachada, para ahuyentar a los curiosos —dijo Marlon.
—¿Por qué necesita tanto espacio?
—Para nada. Es parte de su teatro.
—Comprendo.
—No te preocupes. Jamás le hace daño a alguien sin razón.
Denis no dijo nada. ¿Qué significaba aquella afirmación? Dependiendo del sistema moral adoptado por alguien, se podía considerar cualquier cosa como un buen móvil para herir o matar a quien fuera. En pocas palabras, era incierto lo que pudiera pasar. Pero no había marcha atrás, pues ahora se encontraban frente a las hojas de la puerta; Marlon las empujaba, dejando al descubierto el pasillo principal, en penumbra. Trozos de madera estaban dispersos por todo el piso; el mostrador de la recepción tenía serios daños, como si una turba enfurecida hubiera decidido arremeter con piedras y palos contra ella. Eso no era ahora una recepción, sino astillas de madera amontonadas de manera torpe.
Los dos hombres siguieron caminando, sin preocuparse por el ruido que provocaban al patear los desperdicios. Se dirigieron al fondo, donde se encontraban las escaleras. Denis pensó que quizá no sería seguro subir, pero en cuanto vio a Marlon hacerlo sin preocupación, sin prestar atención a donde pisaba, se olvidó de tal posibilidad. Vieron más dibujos en los muros, raras imágenes de mujeres con espada y escudo. En el primer rellano, rodearon una pirámide hecha con ramas; era una representación muy rudimentaria, aunque detallada en lo que respectaba a su interior, su sistema de cámaras ocultas. Llegados al segundo piso, volvieron a los pasillos, buscando un lugar en específico, una oficina que, según Marlon, era la única en buen estado.
Se detuvieron ante una puerta de madera, nueva, con una letra eme dorada encima de la mirilla. Marlon golpeó tres veces, y apenas un segundo después, el pomo giró, los goznes chirriaron y se dejó ver el interior de la habitación. Una ventana al fondo dejaba pasar bastante luz, la cual caía sobre un solitario escritorio. Quien hubiera abierto no se encontraba a la vista. Al atravesar la entrada, una vez ambos estuvieron parados en medio de la estancia, Denis vio por el rabillo del ojo cómo algo se movía a su lado. Ese algo cerró de golpe la puerta, y ambos se dieron la vuelta ágilmente.
—Justo a tiempo —dijo la muchacha de la larga cabellera negra, quien los atravesaba con la mirada.
Denis no imaginó que sería tan joven. Desconcierto era poco para describir su impresión. Estaba seguro de que era adolescente aún, incluso menor que su sobrina de quince años. Cuando se comunicaron, hacía un mes, creyó que era alguien mayor, llena de experiencias, pues desbordaba conocimientos y consejos sabios. En cambio, ahora le parecía que podía ser incluso inmadura. Su camiseta negra, sus pantalones vaqueros rotos, su fleco recto y aquellas zapatillas deportivas le daban ese aire rebelde de cualquier chica de secundaria.
—Espero no me estés juzgando por anticipado —dijo ella con tono amenazante.
—Oh, no, claro que no —se apresuró a replicar él, sabiendo que era inútil tratar de ocultarle sus pensamientos.
—Tú querías verme en persona. Aquí estoy.
—De hecho, también deseaba que esta reunión se diera —dijo Marlon—. Estamos en fechas, ¿no?
—Sí.
—¿Fechas? ¿Qué fechas? —inquirió Denis, desorientado.
—No le contaste nada, ¿eh?
—Me ordenaste que no lo hiciera —dijo Marlon.
—¿De qué hablan? —dijo Denis, impaciente.
—Estimo que entre hoy y mañana iniciará el vector de contagio que afectará a la nación entera —dijo ella, muy seria—. No podremos evitarlo, pero será una oportunidad perfecta para saber dónde se encuentra nuestro escurridizo objetivo.
Denis se quedó helado. Seguro no era más que una broma, o tal vez había escuchado mal. En los últimos días había pasado varias sesiones de comunicación recibiendo información acerca de los horrores que con toda probabilidad era capaz de causar aquella anomalía, y ahora ella le revelaba, sin ningún atisbo de emoción, que estaba a punto de iniciar un colapso ontológico a gran escala por todo el país. No importaba cuánto entrenamiento militar tuviera en su currículum, eso escapaba de sus competencias.








