Capítulo 1
La lluvia había comenzado mucho antes de que Zanka se diera cuenta.
Al principio fueron apenas unas gotas, tan débiles que se confundían con el ruido de los árboles contra la ventana. Después se hicieron más constantes. Golpeaban el vidrio con una insistencia tranquila, como si alguien estuviera llamando desde el otro lado y tuviera todo el tiempo del mundo para esperar una respuesta.
Zanka permaneció sentado en el borde de la cama, mirando hacia la ventana. No tenía ganas de levantarse, no tenía ganas de hablar, ni siquiera estaba seguro de tener ganas de pensar.
Había días en los que levantarse parecía una tarea demasiado grande. No porque estuviera cansado físicamente, sino porque había algo dentro de él que pesaba más que cualquier sueño.
Se pasó una mano por el cabello y soltó un suspiro.
—Qué día de mierda...—Su propia voz le resultó extraña. Demasiado baja...Demasiado vacía.
Se levantó finalmente y caminó hasta la ventana. Apoyó una mano sobre el vidrio frío. Del otro lado, las calles estaban cubiertas por una fina capa de agua. Los autos pasaban dejando pequeñas olas a su paso y las personas caminaban deprisa, escondidas debajo de sus paraguas.
Todos parecían saber adónde iban.
Todos menos él.
Zanka cerró los ojos, había aprendido a esconder muchas cosas, la tristeza detrás de una sonrisa, el miedo detrás de una mirada desafiante, la soledad detrás de su mal humor. Era más sencillo hacer eso y que los demás pensaran que nada le importaba. Si nadie sabía lo que sentía, nadie podía utilizarlo en su contra.
Y, sin embargo, había una persona que parecía empeñada en atravesar todas sus defensas.
Jabber.
Solo pensar en él le provocó una mezcla incómoda de irritación y algo que Zanka se negó a nombrar.
Jabber tenía esa manera insoportable de aparecer cuando menos se lo esperaba, con una sonrisa despreocupada, sus comentarios absurdos y esa mirada que parecía decirle que podía verlo incluso cuando Zanka hacía todo lo posible por esconderse.
Lo peor era que Jabber no necesitaba preguntarle si estaba bien. A veces simplemente se quedaba cerca y Zanka odiaba admitir cuánto significaba eso.
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Al otro lado de la ciudad, Jabber corría bajo la lluvia, había olvidado el paraguas. En realidad, probablemente lo había olvidado a propósito, no porque disfrutara mojarse, sino porque tenía demasiadas cosas en la cabeza para acordarse de algo tan insignificante.
Su cabello estaba completamente empapado y la ropa comenzaba a pegarse contra su cuerpo, pero no parecía importarle, llevaba varios minutos caminando sin rumbo definido.
Había salido de casa porque necesitaba despejarse, había intentado convencerse de que simplemente quería dar una vuelta, pero sabía perfectamente hacia dónde lo estaban llevando sus pasos.
Hacia Zanka.
Siempre terminaba siendo Zanka.
Jabber se detuvo en mitad de la calle, miró hacia el cielo gris. —Genial...—Se rio entre dientes, no sabía cuándo había comenzado a preocuparse tanto por él.
Quizás había sido aquella vez que Zanka se quedó callado durante toda una tarde, o quizá cuando lo encontró sentado solo, fingiendo que no necesitaba compañía, o tal vez mucho antes.
Jabber nunca había sido bueno poniendo nombres a sus sentimientos, le resultaba más fácil actuar que hablar, más fácil hacer una broma que reconocer que estaba preocupado, más fácil sonreír que admitir que había personas capaces de hacerle daño simplemente porque le importaban.
Y Zanka era una de ellas...La única, quizás.
Sacó el teléfono del bolsillo, miró la pantalla, el nombre de Zanka estaba allí. Jabber abrió la conversación y Escribió.
—¿Estás bien?— Lo miró durante unos segundos. Borró el mensaje y volvió a escribir. —¿Dónde estás?— Lo borró también y luego de mirar unos minutos la pantalla, finalmente bloqueó el teléfono y continuó caminando.—Idiota...—
No sabía si se lo decía a sí mismo o a Zanka.
Probablemente a ambos.
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Cuando Jabber llegó, Zanka seguía junto a la ventana, no escuchó la puerta abrirse, ni tampoco escuchó los pasos acercándose, solo se dio cuenta de que no estaba solo cuando una voz habló detrás de él.
—Vas a terminar convirtiéndote en estatua si sigues ahí parado.— Zanka abrió los ojos, no necesitó darse vuelta. Reconocía esa voz demasiado bien.
—¿Qué haces aquí?— pregunto con un tono de voz demaciado bajo.
Jabber se encogió de hombros. —Vine a verte.—
—No te invité.—
—Ya sé.—
Zanka finalmente se giró, y entonces lo vio, completamente empapado.
El agua todavía caía de las puntas de su cabello. Tenía las mejillas ligeramente enrojecidas por el frío y una expresión que intentaba parecer despreocupada.
Zanka frunció el ceño. —¿Estás loco? ¿Por qué viniste así?—
—Podría decir que fue una entrada dramática.—
—Jabber.—
La sonrisa del otro desapareció apenas un poco, había algo en la forma en que Zanka había pronunciado su nombre. No era enojo o al menos no solamente.
Era preocupación.
Jabber lo notó y Zanka supo inmediatamente que lo había notado, eso lo hizo apartar la mirada.
—Ve a secarte —murmuró.
Jabber sonrió otra vez, pero esta vez fue una sonrisa pequeña.
Sincera.
—Sabía que te importaba.—
—No inventes cosas.—
—Entonces me voy.—
Zanka levantó la mirada. Jabber dio un paso hacia la puerta.
—Está bien.—
Otro paso.
—Jabber...—
Se detuvo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada, la lluvia continuaba golpeando la ventana, una gota recorrió lentamente el vidrio, dejando detrás un pequeño camino transparente.
—¿Qué? —preguntó Jabber.
Zanka apretó los dedos contra la palma de su mano, había tantas cosas que quería decir: Quédate... No te vayas... No quiero estar solo...
Pero las palabras parecían quedarse atrapadas detrás de sus dientes. Así que escogió la más sencilla.
—Quédate.—
Jabber no sonrió, no hizo ninguna broma, solo lo miró y en sus ojos apareció algo que Zanka no estaba preparado para recibir.
Ternura.
Una ternura silenciosa, cuidadosa, casi temerosa. Como si Jabber hubiera comprendido que aquella palabra había costado mucho más de lo que parecía.
—Está bien —respondió y se quedó.
Zanka volvió a mirar por la ventana, la lluvia seguía cayendo. Pero por primera vez en todo el día, el silencio no le pareció tan pesado.
Porque ahora había alguien compartiéndolo con él... Y quizá eso era lo que necesitaba, no que alguien solucionara sus problemas,no que alguien le prometiera que todo estaría bien, solo alguien que, aun sabiendo que él podía ser difícil, orgulloso y terriblemente complicado... decidiera quedarse.
Jabber se sentó cerca de la ventana, no preguntó nada y Zanka tampoco explicó nada.
Y, durante un largo rato, permanecieron así, en silencio, solamente escuchando como caía la lluvia.
—A veces— pensó Zanka, —quizá la lluvia no venía para borrar las cosas. Quizá simplemente estaba allí para acompañar aquello que todavía dolía—. Y aquella tarde, por primera vez, Zanka no tuvo que soportarlo completamente solo.








