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Diez años de amistad se pueden resumir en cicatrices compartidas en las rodillas, secretos que nadie más entendería y una confianza tan ciega que, a veces, asustaba. Park Jimin y Jeon Jungkook habían sido imanes desde la adolescencia. Sabían cómo tomaba el otro el café, qué cara ponían cuando mentían y cómo calmar sus peores tormentas emocionales.
Pero bastó una sola noche de invierno para que la línea que habían tardado una década en construir se borrara por completo bajo el peso de una tensión sexual que llevaban años ignorando.
Todo comenzó con una celebración en el departamento de Jungkook. Una botella de tequila, música R&B suave sonando de fondo y las risas de siempre. Sin embargo, a medida que la madrugada avanzaba y el alcohol nublaba el juicio, aquellas risas se volvieron más bajas, más roncas, cargadas de algo peligroso.
Jimin estaba sentado en la alfombra, con la cabeza apoyada contra el sofá, riendo por alguna tontería que Jungkook había dicho. Este, con los ojos inusualmente oscuros y fijos en él, se deslizó hasta quedar pegado a su lado. La mínima distancia entre sus cuerpos se sintió eléctrica, cargada de una energía que ninguno se atrevía a nombrar.
-Tienes los labios rojos, Jimin -murmuró Jungkook, la voz arrastrada por el alcohol pero con una intensidad que congeló la risa del menor.
-Es por el licor, Jungkook... -susurró Jimin, sintiendo cómo el aire se volvía denso y su corazón latía descontrolado.
No hubo más palabras.
Jungkook acortó el espacio y capturó los labios de Jimin en un beso hambriento. Al principio fue torpe, húmedo y con sabor a tequila, pero rápidamente se transformó en pura necesidad. Sus lenguas se enredaron con urgencia. Las manos grandes y fuertes de Jungkook subieron hasta el cuello de Jimin, atrayéndolo con posesividad mientras Jimin gemía contra su boca y enredaba los dedos en el cabello negro y sedoso de su mejor amigo.
La ropa empezó a sobrar. Camisetas, jeans y boxers cayeron desordenadamente por el camino hacia la habitación. Jungkook empujó a Jimin contra la cama con una fuerza que lo dejó sin aliento. Sus bocas apenas se separaban, mordiendo, lamiendo y devorando.
-Jimin... mierda... -gruñó Jungkook contra su cuello, mordiendo con fuerza la piel sensible y dejando marcas rojizas que seguramente durarían días.
Sus manos recorrieron el cuerpo del menor con desesperación: apretando los muslos, acariciando las caderas y bajando hasta envolver la erección de Jimin con la mano caliente. Movió la muñeca con ritmo firme, arrancándole gemidos ahogados y temblores.
Jimin arqueó la espalda, clavando las uñas en los hombros anchos de Jungkook.
-Jungkook... te necesito... por favor...
Jungkook no esperó. Separó las piernas de Jimin con las rodillas y se posicionó entre ellas. Sus ojos se encontraron por un segundo: oscuros, vidriosos, llenos de deseo y algo más profundo. Luego entró en él de una embestida profunda y certera.
Jimin soltó un grito agudo, clavando las uñas en la espalda de Jungkook mientras el dolor inicial se mezclaba con un placer abrumador. Jungkook empezó a moverse: primero con embestidas lentas y profundas que lo llenaban por completo, luego más rápidas, fuertes y salvajes. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba la habitación junto con gemidos roncos y palabras sucias entrecortadas.
-Tan apretado... tan jodidamente perfecto -gruñía Jungkook contra su oído, una mano sujetando con fuerza la cadera de Jimin mientras la otra le tiraba del cabello-. Eres mío, Jimin... mío.
Cada embestida golpeaba justo en ese punto sensible dentro de él, enviando descargas de placer que le nublaban la vista. Jimin solo podía gemir, suplicar y arañar la espalda de Jungkook, las piernas rodeando su cintura para sentirlo más profundo.
El clímax los golpeó casi al mismo tiempo. Jungkook se enterró hasta el fondo con un gruñido gutural, derramándose caliente y abundante dentro de Jimin mientras este se corría entre sus cuerpos, temblando violentamente y gritando el nombre de su amigo.
Se derrumbaron exhaustos, sudorosos y aún unidos, durmiendo abrazados como si el mundo exterior hubiera dejado de existir.
La mañana siguiente fue el monumento a la incomodidad.
Jimin despertó con el cuerpo adolorido, marcas en el cuello y las caderas, y un dolor de cabeza terrible. Jungkook ya estaba despierto, mirando el techo con expresión atormentada.
-Esto no cambia nada -dijo con voz ronca, levantándose y vistiéndose a toda prisa sin mirarlo-. Estábamos borrachos, Jimin. Olvidemos que pasó. Como si fuera un vacío negro en la memoria.
Jimin tragó el nudo en su garganta y el dolor sordo en el pecho. Asintió, cubriéndose con las mantas.
-Un vacío negro. Hecho. Nunca pasó.
Durante tres meses se convirtieron en los mejores actores del mundo. Jugaban videojuegos, cenaban juntos y hablaban de trivialidades, fingiendo que la tensión eléctrica que saltaba con cada roce accidental era solo imaginación suya. Enterraron el recuerdo... o al menos lo intentaron.
(...)
Tres meses después, el invierno coreano se filtraba por las rendijas de las ventanas.
Jimin llevaba dos semanas sintiéndose miserable. Su estómago era una montaña rusa constante, las náuseas lo atacaban con cualquier olor fuerte (sobre todo el café que tanto amaba), y un cansancio brutal se había apoderado de todo su cuerpo. Al principio pensó que era estrés por la universidad, pero después de llorar desconsoladamente frente a un comercial de comida para perros, su mente conectó los puntos.
Compró una prueba de farmacia a escondidas. Diez minutos de puro terror en el baño de su departamento le confirmaron lo imposible.
Dos rayas rojas. Estaba embarazado.
El mundo de Jimin se detuvo. Tenía veintiún años, una carrera por terminar y el padre de su hijo era el mismo chico con el que jugaba carreras en el parque a los once años.
Justo cuando estaba al borde de un ataque de pánico, su teléfono vibró. Mensaje de Jungkook: «Chim, ¿estás en casa? Voy para allá. Necesito contarte algo muy importante. Te llevo comida».
Jimin limpió sus lágrimas, escondió la prueba en el bolsillo trasero de su pantalón y respiró hondo.
Veinte minutos después, Jungkook entró usando su copia de la llave. Lucía radiante, con las mejillas sonrojadas por el frío y una sonrisa enorme que Jimin no le había visto en meses. Traía comida china, pero en cuanto la dejó en la mesa, tomó a Jimin por los hombros con entusiasmo.
-¡No vas a creerlo, Jimin! -exclamó con los ojos brillantes-. ¡Al fin pasó! Mi papá y la señora Han llegaron a un acuerdo. ¡Me voy a casar!
Jimin sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
-¿Qué...? -apenas logró articular.
-¡Con Minji! -Jungkook rio, rascándose la nuca con timidez-. Llevábamos meses saliendo por el compromiso familiar, pero anoche formalizamos todo. Ella me quiere de verdad. Es perfecta, Chim. Dulce, de buena familia... Creo que yo también estoy enamorado de ella. Todo está saliendo perfecto.
Perfectos.
La palabra resonó como una burla cruel en la cabeza de Jimin.
Jungkook siguió hablando emocionado de planes de boda, recepción y futuro, completamente ciego al hecho de que el rostro de Jimin había perdido todo el color. Cuando finalmente le pidió que fuera su padrino de bodas y le dio una palmada afectuosa en el hombro, algo dentro de Jimin se rompió.
-No puedo ser tu padrino, Jungkook -dijo con voz fría y vacía.
Jungkook parpadeó, confundido.
-¿Qué? Es broma, ¿verdad? Somos mejores amigos, tienes que estar ahí.
Jimin dio un paso atrás, sacó la prueba de embarazo con mano temblorosa y se la plantó en la palma de la mano a Jungkook.
-Míralo bien, Jeon -susurró con la voz quebrada-. ¿Te acuerdas de nuestra noche de "vacío negro"? Bueno... sí pasó. Estoy embarazado. Y el bebé es tuyo.
Jungkook se quedó de piedra. La bolsa de comida china quedo olvidada. Sus ojos pasaron de las dos rayas rojas al vientre aún plano de Jimin y luego a sus ojos llenos de lágrimas. El silencio en el departamento se volvió ensordecedor.








