Capítulos 1: Somos el Juicio
La luz del ocaso se desangraba entre los árboles, tiñendo el bosque de tonos anaranjados y púrpuras. La mansión se alzaba al otro lado del claro como una costilla rota, sus ventanas vacías mirando hacia la nada, su tejado hundido en varios puntos, su fachada devorada por la hiedra y el musgo.
Cuatro figuras encapuchadas se movían entre los troncos, sus pasos apenas susurrando sobre la hojarasca. No corrían. Se deslizaban, sombras entre sombras, aprovechando cada árbol, cada arbusto, cada piedra que les ofreciera cobertura. Sus ojos nunca se apartaban de las ventanas vacías de la mansión, buscando movimiento, buscando luz, buscando cualquier señal de vida en aquella carcasa de piedra.
Flanquearon la estructura en silencio, rodeándola por el lateral hasta situarse en el borde más cercano, donde la última hilera de árboles se erguía a escasos metros de una ventana rota del primer piso. Allí, las figuras se detuvieron.
Una de ellas, la más alta, levantó una mano. Tres dedos extendidos. Luego dos. Luego uno.
—Corred. —dijo el líder.
Todos se lanzaron a la carrera entonces. La figura más alta se movió primero. Su cuerpo, de proporciones que superaban a las de sus compañeros, se lanzó hacia adelante con una velocidad que no parecía humana. Sus piernas impulsaron su masa con una fuerza brutal, y en tres zancadas había cubierto la distancia que separaba el bosque de la mansión.
Saltó.
Su cuerpo se encogió en el aire con la elasticidad de un felino, brazos y piernas plegándose para atravesar el hueco de la ventana. Aterrizó en el interior con un golpe sordo que apenas perturbó el silencio.
Las otras figuras no podían igualar aquella hazaña. Pero habían entrenado para esto. Una de ellas se impulsó contra el muro, encontrando apoyo en las grietas de la piedra, y trepó con rapidez. Otra siguió su ejemplo, sus dedos aferrándose a las cornisas desgastadas. La tercera, más hábil, encontró un punto de apoyo en una repisa y se izó con un movimiento fluido.
En apenas unos instantes, las cuatro figuras estaban dentro de la mansión.
El interior era oscuro, apenas iluminado por la luz mortecina que se filtraba a través de las ventanas rotas. El olor a polvo y a humedad era denso, casi tangible. La figura más alta se irguió, y sus ojos recorrieron el pasillo vacío, buscando, evaluando.
No había nadie, pero tenían la suficiente información para saber que no estaban solos.
La figura más alta alzó una mano, dedos extendidos. Un gesto seco. Todos los encapuchados se movieron al unísono, deslizando sus manos bajo las capas oscuras. Las espadas cortas, de hoja oscura y mate, salieron de sus fundas sin un solo roce. Los revólveres, negros y compactos, fueron cargados con un chasquido metálico.
Otro gesto. Dos dedos hacia adelante.
"Avanzad."
El suelo de madera crujió bajo sus pies, pero apenas. Cada paso era medido, calculado. Arrastraban las plantas de las botas sobre los tablones, distribuyendo el peso para no provocar el gemido de la madera vieja. Sus armaduras ligeras, apenas placas de cuero reforzado sobre las extremidades y el torso, no añadían peso ni ruido.
Uno de ellos, el más corpulento, se desvió hacia la izquierda y desapareció en la cocina. Otro tomó el pasillo de la derecha, encaminándose hacia una sala de estar vacía. La figura más alta, junto a la más baja, avanzó por el pasillo central, sus ojos escudriñando las sombras que se arremolinaban en los techos altos. No había muebles. Pero las marcas en el suelo, los arañazos en las paredes, el olor metálico que flotaba en el aire, todo decía que alguien había estado allí. Algo había estado allí.
La cuarta figura se separó, ascendiendo con cautela las escaleras que llevaban a las plantas superiores. Sus dedos rozaban la barandilla, probando, escuchando.
Pasaron los minutos. El grupo se movió en paralelo, cubriéndose las espaldas, revisando cada rincón con la precisión de quien ha hecho esto cientos de veces. La cocina: vacía, pero con restos de comida reciente. La sala de estar: saqueada, como si alguien hubiera tomado todo de ella. Las escaleras superiores: polvo, silencio y nada más.
La figura más baja, aquella cuyas curvas delataban su género, se detuvo en el centro del pasillo principal. Chasqueó los dedos. Un sonido seco que cortó el silencio.
Las otras figuras se reunieron a su alrededor, sus cuerpos encorvados, sus revólveres apuntando al suelo. Ella señaló el suelo, y los ojos de los demás siguieron su dedo.
Una alfombra desgastada, cubierta de polvo. Pero no era el polvo lo que llamaba la atención. Era la mancha. Un líquido viscoso, de un tono casi negruzco, se había filtrado en la tela. Se había extendido en un rastro irregular que se desvanecía en el polvo, pero que reaparecía más adelante, hacia una puerta entreabierta al fondo.
El rastro era casi invisible, pero no para ellos. Habían sido entrenados para ver lo que otros no veían.
El rastro llevaba al sótano. A los almacenes inferiores de la mansión.
La figura alta hizo un gesto rápido. Dos dedos hacia adelante, luego un puño cerrado.
"Cubrir el avance."
Los tres encapuchados se movieron al instante, desplegándose a ambos lados del pasillo. Revólveres en alto, espadas cortas listas. La figura más baja se colocó junto a la puerta del sótano, su cuerpo pegado a la pared, su respiración apenas audible. La más corpulenta cubrió el fondo del pasillo, su vista fija en las sombras de la escalera.
La figura alta se acercó a la puerta. Susurró un conjuro, apenas un aliento, y sus ojos se volvieron rojos. Las venas en su sien comenzaron a brillar con una luz rojiza y tenue, un latido lento comenzó a golpear en su mente.
Abrió la puerta con suavidad. Las bisagras, viejas y oxidadas, se rasparon entre sí entre pequeños chirridos.
Hizo una pausa. Escuchó. Nada.
Indicó con un gesto que mantuvieran la posición. Luego, con la gracia de un depredador, bajó al sótano.
La oscuridad lo envolvió como una manta húmeda, pero para sus ojos, la oscuridad no existía. Todo se veía en tonos azulados. Una pila de toneles de vino, las paredes, el suelo. Solo unas ratas, correteando como puntos rojos, hacían de contraste contra tanto azul.
Las manchas en el suelo, redondas y pegajosas, se veían como parches negros en su visión. Las siguió.
Su revólver se movía al mismo ritmo que su mirada, siempre apuntando a donde miraba. Su corazón mejorado bombeaba con fuerza, un latido que sentía en el pecho como un tambor contenido. Un fuerte dolor de cabeza y sangre cayendo de sus ojos, era el precio que pagaba en ese momento por usar dones que no pertenecían a su patrón. Pero estaba entrenado para soportarlo.
Las manchas lo llevaron a través del sótano, entre pilares de piedra y estanterías derruidas. El olor a humedad se mezclaba con algo más: un aroma metálico, dulzón, que le resultaba inquietantemente familiar.
Y entonces lo vio.
Al fondo, incrustada en la piedra del suelo, una puerta enorme. De metal, de doble hoja, gruesa y fría. Demasiado fría. El frío que emanaba de ella no era natural. Ni siquiera en un sótano húmedo podía hacer tanto frío.
La había encontrado.
Se quedó inmóvil un momento, observando la puerta, memorizando su posición. Luego, con la misma velocidad y sigilo con que había bajado, regresó.
Subió las escaleras sin hacer ruido. Cerró la puerta tras de sí. Los otros tres seguían en sus posiciones, inmóviles, esperando.
La figura alta se incorporó. Hizo un gesto a dos de ellos: dos dedos hacia arriba y un puño en la tela que cubría su boca.
"Subid. Avizad."
Ellos asintieron y se movieron. Subieron como espectros, evitando los escalones que crujían, utilizando las paredes para distribuir su peso. En menos de un minuto, estaban en la tercera planta.
Uno de ellos se arrodilló junto a una ventana rota y extrajo un pequeño pájaro de su capa. El animal estaba inmóvil, con los ojos cubiertos por una pequeña capucha de cuero. El encapuchado ató una tira de tela verde alrededor de su pata y lo alzó hacia el cielo nocturno, quitando el cuero que tapaba su visión. Soltó el pájaro, y este se lanzó al vacío como una flecha viva, perdiéndose entre la oscuridad del cielo.
Casi una hora más tarde, a lo lejos, el bosque explotó en un aleteo de bandadas en fuga. Pájaros alzaron el vuelo espantados, una nube de sombras que se recortó contra el cielo nocturno.
Algo se acercaba a toda velocidad por el camino principal, luces y humo delantando su avance.
Uno de ellos, un chico llamado Ronan, comenzó a hacer gestos a su compañera.
"Avanzar. Aquí. Vigilantes."
La Vigilante a su lado, una chica llamada Elena, negó con la cabeza y respondió a sus gestos con unos propios.
"Avanzar. Aquí. Inquisidor de Campo."
Ronan tragó saliva. Al parecer, hoy vería a uno de esos legendarios Inquisidores en acción.
Esperaron en sus puestos, inmóviles como estatuas, hasta que el gruñido atronador de un camión de orugas se sintió a lo lejos. Las luces del vehículo iluminaron la entrada de la mansión, proyectando sombras alargadas sobre la piedra y la maleza, mientras una nube de humo negro se elevaba del tubo de escape. El motor rugió con más fuerza, y el camión se lanzó hacia adelante, estampándose contra la reja oxidada de la entrada. El metal gimió y cedió, retorciéndose bajo el peso del blindaje, y el vehículo se detuvo en seco, su motor aún ronroneando.
Cuatro figuras enormes saltaron de la parte trasera del camión, sus botas golpeando el suelo con un impacto sordo. Capas oscuras ondeaban al viento, y el brillo de la plata se reflejó en las máscaras que cubrían sus rostros.
El primero en llegar a la puerta principal la abrió de una patada, y el grupo entró con paso firme, como si aquella mansión les perteneciera. Sus ojos recorrieron el pasillo y encontraron a los Vigilantes, que aún aguardaban junto a la entrada del sótano.
—Soy el Inquisidor de Campo Deltarian Agaton del 1er Clado —dijo el líder de los recién llegados, su voz grave y metálica bajo una máscara de plata—. He recibido su aviso. Le felicito por el rastreo, Instructor Ervian.
Observó a los demás.
—Desde ahora cambiamos a patrón de operación Sensurador. Antorchas arriba. Traemos el juicio, hermanos. El Orden vela.
El líder de los Vigilantes asintió mientras los miembros de su equipo comenzaban a encender antorchas, la luz naranja danzando sobre las paredes de piedra.
—Una puerta de hierro impide el acceso, Inquisidor de Campo —dijo Ervian a su superior—. Al fondo del sótano. Demasiado fría para ser natural.
Agaton asintió, sus ojos fijos en el umbral oscuro de la entrada.
—Vorius —ordenó—. Que el apóstata sepa que los hijos del 1ro están aquí. Quiero que su miedo le haga cometer errores.
Vorius sonrió bajo el cuero de su capucha, una sonrisa que se adivinaba en el brillo de sus ojos. Sacó uno de los artefactos redondos de su cinturón, lo sopesó un momento, y descendió al sótano sin una palabra. El eco de sus pasos se perdió en la oscuridad.
El grupo se retiró, buscando cobertura detrás de los pilares y las paredes del pasillo, anticipando lo que Vorius estaba por hacer.
El Inquisidor colocó el artefacto contra la puerta de metal, aseguró el mecanismo, y se retiró con pasos rápidos.
El silencio duró un segundo.
Luego, la explosión.
El estruendo sacudió la mansión, y una nube de polvo, humo y calor se expandió por el sótano. Los cascotes volaron en todas direcciones, y el metal de la puerta se retorció como si fuera papel. El humo lo cubrió todo, pero las capuchas de los Inquisidores protegieron sus rostros.
Agaton alzó la voz sobre el rugido:
—Todos. Adentro. Ahora.
El grupo entró en tropel al sótano. Los más bajos, siguiendo a sus superiores en la oscuridad con las antorchas en alto. Corrieron hasta la puerta arruinada y comenzaron a descender por ella. Sus pasos firmes sobre los escombros y los escalones de piedra, mientras la luz de las antorchas iluminaba el camino hacia las profundidades.
La caza había comenzado.








