PRÓLOGO
En una ciudad tecnológica donde el vidrio y el metal reemplazaron a los árboles, donde las pantallas nunca se apagan y los drones sobrevuelan como aves programadas, solo una regla se respeta por encima de todas: solo el mejor gana.
No había espacio para la debilidad.
En el último piso de una de las torres más altas de la ciudad, una mesa ovalada de cristal negro reunía a las mentes más influyentes del país. El aire estaba cargado de ambición, cifras y silencios estratégicos.
El señor Ortega fue el primero en romper el silencio.
-Si hacemos esto -dijo, apoyando los codos sobre la mesa- el impacto será inmediato. Las acciones subirán en cuestión de horas. No habrá competencia que pueda alcanzarnos.
El señor Myers sonrió apenas, una sonrisa medida, calculada.
-No solo hablamos de dinero -respondió-. Hablamos de control. De influencia total. Tecnología, seguridad, comunicaciones... todo bajo una misma entidad.
Uno de los consejeros intervino, deslizando una tablet sobre la mesa.
-La unión de Ortega Corp y Myers Industries crearía el monopolio más grande que esta ciudad ha visto. Ningún sistema quedaría fuera de su alcance.
Hubo un breve silencio. No de duda. De expectativa.
-Entonces hagámoslo -dijo otro-. Fusionemos las empresas.
El señor Ortega negó con la cabeza lentamente.
-No es tan simple.
-Nunca lo es -respondió Myers-. Pero siempre hay una forma.
Una mujer al fondo de la mesa, asesora legal, frunció el ceño.
-¿Cómo planean garantizar que esta alianza no se rompa en unos años? -preguntó-. Las fusiones se disuelven. Los contratos se rompen.
Fue entonces cuando una mujer, casi con ligereza, dijo:
-Casando a los herederos.
La frase cayó pesada. Definitiva.
-¿Perdón? -preguntó alguien.
-Un matrimonio -repitió, sonriendo -. Legal. Público. Vinculante. No solo uniríamos empresas... uniríamos apellidos.
El señor Myers entrelazó los dedos, pensativo.
-Emma.
-Jenna -respondió Ortega, sin titubear.
-Son mujeres -intervino otro consejero, como si aquello fuera un problema técnico.
El señor Ortega soltó una risa seca.
-¿Y?
-Estamos en una ciudad donde eso ya no importa -añadió Myers-. Hace años que el género dejó de ser una variable relevante.
La asesora legal levantó la vista.
-No tendrían que enamorarse -dijo-. Solo cumplir el contrato.
-Exacto -asintió Ortega-. No hablamos de amor. Hablamos de estrategia.
-Un matrimonio por conveniencia -añadió alguien más-. Temporal, si así lo desean. Mientras el contrato esté vigente.
-Una alianza humana -dijo Myers-. Algo que no se pueda romper con una simple cláusula.
Hubo murmullos de aprobación.
-La ciudad lo aceptará -dijo uno-. De hecho, lo celebrará. Dos herederas. Dos imperios. Una sola entidad.
-La imagen pública sería perfecta -agregó otro-. Poder, modernidad, control absoluto.
El señor Ortega apoyó la espalda en la silla.
-No se trata de lo que ellas quieran.
-Nunca lo ha sido -respondió Myers con calma-. Fueron criadas para esto.
La asesora dudó un segundo.
-¿Y si se niegan?
-No lo harán -dijo Ortega-. Saben lo que está en juego.
Myers asintió.
-Además, no les pedimos que se amen -repitió-. Solo que finjan lo suficiente.
Alguien sonrió, satisfecho.
-Un amor bajo contrato.
La frase quedó flotando en el aire, como si acabaran de nombrar algo brillante, revolucionario.
-Es perfecto -dijo uno de los consejeros-. Nadie perderá.
Tal vez... lo era.
Porque desde esa sala nadie pensó en una cosa: que incluso en una ciudad diseñada para controlar todo, los sentimientos siguen siendo la variable más peligrosa.
Y que unir dos entidades no siempre significa que puedan coexistir sin destruirse.








