Intro: Miedo
La tierra, testigo del paso intangible del caos, habla más que un centenar de libros. El agua de los ríos, mezclada con sangre. Planicies gigantescas, antiguos campos de guerra. Todos saben, pero ignoran. Prefieren hacerlo a vivir con el recuerdo incesante del pasado.
¿Quién podría morir para conservar aquello que llamaban “Reino”?
Busan era un país con orilla al mar, sus largas playas y días soleados mantenían a sus habitantes gozosos con pieles bronceadas, mesas repletas de mariscos y el dulce sabor del vino tinto. Ahí gobernaban los Jeon, familia de cabellos rojizos como el cobre, como el fuego al recibir la luz del sol. Si bien hubo una época de paz por siglos, aún seguía derramándose sangre en callejones oscuros y Reinos malignos.
En el Palacio a la orilla del mar, vivía un príncipe muy jóven que enamoraba a todas las criaturas con su canto, solo escucharlo hablar era uno de los mejores placeres, y por si no fuera poco, el hijo primogénito de la cabeza del clan Jeon. No era posible pedir más, según su madre. Todos adoraban al niño que parecía recibir la energía de cien soles con solo poner un pie en el jardín.
La vida era hermosa, hasta que ellos se entrometieron.
—Jungkook.
Se incorporó rápidamente ante el inesperado inicio de conversación, llevó ambas manos a su regazo con suma atención sabiendo que algo no se sentía bien, el menor frunció el ceño después de segundos en silencio, alerta.
—¿Si, padre?
Últimamente las cosas no salían como hubieran querido, grupos de bandidos saquearon vehículos con provisiones para diversos distritos hasta hace unos días, además la pesca no iba bien.
—Conoces las necesidades de nuestro reino más que cualquier persona —inició, Jungkook suspiró aliviado pues el tema iba a ser el mismo de siempre—, Tu… Madre y yo te hemos criado para honrarlo y dirigirlo hacia la prosperidad.
Eso lo hizo bajar la mirada, un sexto sentido le indicó que, por más positivismo que recogiera, la incertidumbre comenzaba a carcomerlo.
Nervioso permitió que siguiera con su discurso, sin embargo, calló abrupto.
—¿Qué ha pasado?
Preguntó algo desesperado. Sus sentidos se agudizaron al mil, cada expresión, algún signo en el habla, la mirada que le propiciaba con seriedad.
—Seúl.
Aquellas palabras resonaron en su mente como un eco. Primero, la incredulidad.
No puede ser.
Luego, a sus ojos cayó un hermoso cartapacio de cuero. En él, un símbolo ahora terrorífico: El escudo de los Kim.
Jungkook quiso liberar su agonía, pero contuvo todo signo de malestar.
—Le aseguré al Consejo que lo solucionaría, pero esto… Es tan osado, tan sádico.
Por cordura nunca se atrevió a meter sus narices en asuntos bélicos, el día llegaría y tuvo el leve presentimiento de que lo estaba por vivir.
—Lo que me piden es imposible, hijo. Ni en mi peor juicio te enviaría allá.
Sintió su pecho pesado, un dolor sordo que se extendió por todo su ser, queriendo irradiar hacia fuera. Imaginó lo peor del mundo con un nudo en la garganta que parecía tener la presión de una mano invisible que lo apretaba sin remordimiento.
Con los ojos cristalinos pidió explicaciones en silencio, pero al recibir rechazo del contacto visual no pudo más. De manera casi violenta tomó el cartapacio, sin importarle qué fuera de él, lo abrió con la ligera esperanza de que sus expectativas no fueran alcanzadas. Pero esta se esfumó a la par de su rostro apacible que, debido a querer retener las lágrimas de rabia, fruncía la mirada con debilidad.
A Su Majestad el Rey
Última oportunidad
Propuesta matrimonial
Rey Kim
Príncipe Jeon Jungkook
Consecuencias
Guerra
Y abajo, la firma y el sello oficial del Palacio de Seúl.








