Capitulo
Antes que nada, una sencilla y nada dificultosa operación:
Científico demente + valkiria perturbada + experimento con el ADN = desastre asegurado.
Esta había sido la suma con el resultado final de aquella tarde en la que Nikola Tesla, junto a su valkiria Göndul, habían realizado el mayor experimento jamás pensado y llevado a cabo por la ciencia.
Todo empezó cuando a Tesla le dio por revisar la nucleína en la sangre de los dioses y se sorprendió al notar que tenía componentes similares a la de los humanos y animales. Sus complejas teorías e ideas fueron escalando hasta que llegó a la conclusión de que los dioses no eran más que seres humanos superevolucionados. Seguramente las moléculas que los dioses tenían en su cuerpo poseían una herencia que ascendía a la perfección de la cadena evolutiva, pues contenían una compleja cadena de todas las especies.
Tesla se dirigió a su silla, pensativo y con el ánimo bajo. Si tan solo él tuviera acceso a la sangre divina y de bestia; si tan solo la ética de la sociedad humana no lo atara en sus experimentos y el tope económico no frenara sus estudios; si tan solo...
Nikola mostró una enorme sonrisa en su rostro.
¡Nada de eso ya lo detenía porque estaba muerto!
Ya no estaba en la Tierra; no tenía por qué atarse a los códigos de los humanos y sus estúpidas costumbres capitalistas. Además, por el poder de un tal dios llamado Cronos, la vida había sido devuelta a todos los peleadores del Ragnarök con sus recuerdos intactos, y esos peleadores, por su fuerza, serían excelentes conejillos de Indias. Eran fuertes, resistentes y, lo mejor de todo, casi inmortales.
Aunque no podía hacerlo todo solo, así que corrió a buscar ayuda a su querida valkiria, que siempre lo recibía con una sonrisa, dispuesta a apoyarlo en todo. Eso hacía muy feliz al humano, que no se veía limitado por nada.
Así fue como esos dos empezaron con sus extraños experimentos, jugando a ser dioses y controlando el ADN.
Obviamente, Beelzebub estaba totalmente en contra de los locos experimentos de Tesla, no porque no fueran útiles, sino porque al humano no le importaba salir afectado durante ellos. Cada hallazgo, cada prueba, primero iban a parar hacia él antes que a ningún otro. Inclusive, una vez había llegado sin un brazo y, cual lagartija, hizo que le creciera uno de un color verduzco. Tuvieron que pasar semanas y que Beelzebub sacara todos sus estudios y conocimientos para que Tesla dejara de tener el brazo verde escamoso y aquella cola de pavorreal.
¿Qué mierda estaba haciendo el humano con aquella valkiria y esa paloma de metal? Ni idea.
Cuando le preguntó y Tesla estuvo a punto de contestar, Göndul se acercó al castaño y ambos susurraron un montón de cosas para que, al final, la respuesta fuera:
-Es confidencial.
¿Confidencial?
Si no fuera porque este humano se había ganado completamente su respeto y su corazón durante su combate, definitivamente en ese momento haría volar a la valkiria y a él lo encerraría en una celda para sustraer la información con torturas y castigos dignos de hacerle llamar «demonio».
Pero no.
El amor hace a los dioses idiotas y Beelzebub se sentía el mayor de todos.
Aun así, no le gustó la respuesta del humano y lo ayudó a curarse más rápido, mas no por eso sobraron las amenazas. La más reciente y la que más peso tenía era que, si volvía a salir herido, iba a cancelar su experimento secreto y llevarlo al Helheim para prohibirle toda clase de experimentos.
Pero pareciera que le había dicho a Nikola:
-Adelante, hazlo. Hazlo y no te detengas, no importa lo que suceda. Hazlo en nombre de la ciencia. Es más, no solo te inmiscuyas a ti mismo; háblales a todos los humanos peleadores para que te acompañen en tu muestra experimental...
Fue una fuerte explosión que se escuchó en todos los cielos. Hizo temblar el Valhalla, el Olimpo y los demás cielos mitológicos. Los dioses estaban sorprendidos porque tanto deidades como humanos habían sido citados para ver el nuevo experimento de Tesla, que irremediablemente falló.
Se escuchó cómo alguien tosía.
-Vaya, la explosión fue un bonus extra -dijo el científico con una enorme sonrisa en su rostro-. Anota eso, Göndul. Anótalo.
El humano hubiera querido ponerse de pie, pero se había fracturado algunos huesos del cuerpo y rasgado algunos músculos. Los órganos internos no estaban comprometidos y tampoco sus sentidos, así que, para Tesla, era una victoria para la ciencia.
-¡Maldito! -gruñó Poseidón, quitándose un gran pedazo de concreto de encima.
Cuando el techo colapsó, él se abalanzó sobre el samurái con quien no tenía la mejor de las relaciones y, aun así, su cuerpo se movió por inercia para protegerlo. Ahora el humano, aunque parecía levemente herido, estaba bien, lo que en parte aliviaba al dios tirano de los mares y, al mismo tiempo, lo molestaba.
¡Él había tenido razón cuando le dijo a Kojiro que era una mala idea venir!
Claro que fue una mala idea, pero el samurái, de alguna manera, con aquella sonrisa y esa sensual mirada, lo convenció de lo contrario, y ahora ambos estaban heridos.
-Voy a matar a ese científico loco -sentenció el rubio, tomando con su mano derecha su tridente.
Pero Kojiro lo detuvo.
-Ara, ara... -murmuró el anciano con un leve dolor en su brazo izquierdo-. Auch...
En cuanto escuchó eso, el dios se giró para comprobar que el humano estuviera bien, pues estaba preocupado. Se agachó para examinar la herida de su contrincante.
-Es una leve fractura -la observó con seriedad-. Estarás bien dentro de un par de meses si tienes cuidado.
-Parece que tendré que dejar la espada por un tiempo.
Sasaki sonreía, pero se veía muy decaído con esa afirmación. No era de los hombres que dejarían el entrenamiento con la espada por algo tan tonto como un brazo fracturado, pero ya no era un joven de dieciséis o dieciocho años. Su cuerpo, ahora el de un hombre mayor, necesitaba reposo y más cuidado.
Cuando el rubio vio la mirada triste del espadachín y escuchó aquel tono de voz decaído, algo le dolió a él también. En ese momento, el dios de los mares levantó a Kojiro del suelo, olvidando su ira hacia Tesla, que seguía expuesto, viendo al cielo y pensativo sobre en qué había fallado su experimento.
-Lamento ser una molestia -dijo Kojiro, cómodamente en los brazos del dios de los mares.
Desde hacía tiempo se había dado cuenta de que le gustaba ese hombre con todos y sus caprichos. Le gustaba y no podía decir con certeza qué era lo que le atraía de ese salvajismo, pero le gustaba, y eso era todo lo que el espadachín necesitaba comprender.
-Cierra la boca -ordenó, malhumorado, el rubio, preocupado de que Kojiro volviera a poner aquel semblante triste-. Tengo que llevarte a curar cuanto antes.
Continuará...








