Chapter 1: Ser maestro de la guitarra al aire
Nota del autor: El siguiente texto es un primer capitulo que pretende abrir una obra enorme… una posible trilogía. Pongo aqui dos versiones del mismo para que me den opiniones y me digan cual funciona mejor. Gracias.
Capítulo 1 — El Maestro de la Guitarra al Aire (versión 1)
Ser maestro de la guitarra al aire, comentaba mi querido amigo Emiliano García, el último de los alquimistas, es combinar destreza musical con conocimientos de física cuántica, alquimia y matemáticas precisas. Saber exactamente dónde y cuándo las notas del universo pueden manifestarse, y usar un ungüento alquímico para abrir portales cuánticos con las yemas de los dedos, no es tarea sencilla.
El primer humano que logró acceder al universo musical lo hizo casi por accidente. Un violinista llamado Erich Zann , encerrado en su habitación, orquestaba conciertos sublimes y macabros que trascendían lo conocido. Finalmente, se dejó consumir por ese universo musical, y su historia quedó como leyenda.
Mucho después, los alquimistas mazatecos retomaron esas prácticas ancestrales, mezclándolas con losNdixito, hongos sagrados capaces de expandir la mente y conectar al ser humano con las energías de la naturaleza. Emiliano, desde niño, fue entrenado en este camino, aprendiendo a combinar chamanismo y alquimia. Pero sus habilidades se vieron limitadas por la prohibición legal de la alquimia, tras la persecución que siguió a su redescubrimiento.
Mientras escuchaba a Emiliano hablar, yo percibía algo más allá de sus palabras. No eran voces lo que captaba, sino la vibración de sus gestos, el eco de los silencios y la tensión contenida en cada movimiento de sus manos. Pequeños detalles que revelaban emociones, dudas o certezas que otros habrían pasado por alto. Era un arte silencioso de interpretación, una sensibilidad que se afinaba con el tiempo y que me permitía comprender un poco más de lo que el mundo mostraba en la superficie.
A veces, cuando necesitaba afinar aún más esa percepción, recordaba el efecto de los Ndixito. No los requería para captar la mayoría de esos ecos, pero su recuerdo me ayudaba a distinguir matices: la reverencia por los antiguos conocimientos, el respeto silencioso de los guardias, la ansiedad contenida en cada página tocada en la biblioteca. Todo hablaba, incluso aquello que no emitía sonido alguno.
Había, sin embargo, un límite evidente. Emiliano permanecía siempre cerrado para mí. Intentara lo que intentara, nunca podía anticipar sus intenciones ni atravesar la barrera invisible que rodeaba su pensamiento. Esa imposibilidad no me frustraba; al contrario, me enseñó algo fundamental: no todas las verdades están hechas para ser leídas, y no todo conocimiento debe ser compartido.
Flashback: El Sacrificio de la Mazateca
La primera vez que Emiliano comprendió la magnitud de su destino fue durante la Masacre de la Mazateca, treinta años antes. Los centaurianos habían enviado emisarios al planeta y comenzaron a colonizar la Tierra con fuerza militar y legislativa. Los alquimistas mazatecos resistieron, pero fueron perseguidos y ejecutados.
Miles de vidas humanas se perdieron en un sacrificio que abrió un espacio temporal y energético para que Emiliano escapara. Los bosques ancestrales fueron arrasados, y la alquimia —junto con la memoria de los pueblos originarios— quedó bajo amenaza. Sin embargo, gracias a aquel acto extremo, una parte del Abya Yala permaneció autónoma, al menos por un tiempo.
Durante aquella masacre, Emiliano fue testigo de cómo los gobiernos mundiales y los centaurianos manipulaban las tensiones para eliminar a los protectores del conocimiento. La incertidumbre deHeisenberg parecía manifestarse en su versión más cruel: la realidad donde todo lo que podía salir mal, efectivamente lo hacía, combinando destrucción, colonización y pérdida cultural.
—Querido amigo —me dijo Emiliano años después—, todo lo que pudo suceder, sucedió. Aquí y ahora. Pero incluso en la peor realidad, el conocimiento permanece. Y en unos días vendrán a darnos noticias que pondrán a prueba todo lo aprendido.
—¿Qué noticias? —pregunté, con la voz reducida a un susurro.
—Es momento de visitar la sección K de nuestra biblioteca —respondió, con una mezcla de seriedad y misterio.
Allí, entre libros prohibidos de guerra alquímica y rituales capaces de convocar entidades de otros planos, se encontraba el poder que definiría la resistencia de la humanidad. Entre los volúmenes más antiguos reposaban el Necronomicón de Abdul Alhazred, las Tablillas Anunaki de Sumeria y los escritos atribuidos a Salomón. Más allá, menos conocidos pero no menos peligrosos, aguardaban otros textos:
Codex Obscura, con rituales para manipular energías astrales.
Arcanum Vortex, dedicado a símbolos de control dimensional y hechizos de defensa.
Liber Tenebris, un compendio de invocaciones de guardianes ancestrales y criaturas del vacío.
Emiliano había aprendido a usar ese conocimiento no para conquistar, sino para proteger, combinando alquimia, música y Ndixito. Su destino no era gobernar ni someter, sino convertirse en la chispa capaz de alterar el rumbo delAbya Yala y, quizá, del universo entero.
Mientras cerraba un libro y lo colocaba cuidadosamente en su lugar, no pude evitar notar cómo cada gesto dentro de la biblioteca parecía formar parte de un entramado mayor. Una corriente silenciosa de información fluía entre los objetos, los movimientos y las pausas, y comprendí que, aunque todavía no alcanzaba a medir su verdadera magnitud, mi sensibilidad tendría un papel que cumplir en lo que estaba por venir.
Emiliano se movía con la seguridad de quien conoce secretos que los demás ignoran. Y yo, aunque podía interpretar fragmentos de ese mundo invisible, sabía que aún existían barreras que ni losNdixito podían traspasar. Algunas verdades estaban reservadas para él… y quizá para mí, solo cuando el tiempo lo permitiera.
Con esa certeza silenciosa, me retiré junto a Emiliano, preparado para enfrentar lo que el universo decidiera revelarnos, sabiendo que mi oído para lo invisible y mi atención a las vibraciones del mundo serían, a partir de entonces, tanto prueba como herramienta.
El Maestro de la Guitarra al Aire (version 2)
La primera vez que vi a Emiliano tocar la guitarra al aire fue una tarde de lluvia mansa, de esas que en Naxinanda Tejao huelen a tierra removida y a copal quemado en la casa de al lado.
No había instrumento. Solo sus manos, suspendidas a la altura del pecho, los dedos curvados como si sostuvieran un mástil que solo él podía sentir.
—Siéntate ahí —me dijo, sin mirarme, señalando con la barbilla un banco de madera—. Y no preguntes todavía.
Me senté. Sus dedos empezaron a moverse.
El primer acorde no lo escuché con los oídos. Lo sentí antes en el estómago, después en la nuca, como si alguien hubiera tensado una cuerda entre mis costillas. Emiliano cerró los ojos. Su respiración se hizo más lenta, casi ceremonial, y sus dedos —ahora lo veía— no tocaban el aire al azar: pausaban en puntos exactos, como quien busca con el tacto una grieta en una pared que a simple vista parece lisa.
—¿Sabes lo que hace un buen tejedor cuando encuentra un hilo suelto? —dijo, sin dejar de tocar—. No tira de él. Lo sigue. Así es esto. El universo tiene hilos sueltos en ciertos puntos, a ciertas horas. Yo solo los sigo con las manos.
No pregunté por la física ni por la alquimia. Ya me sabía la respuesta de memoria, de tantas veces que se la había oído dar a quien sí preguntaba: que ser maestro de la guitarra al aire —el último de los alquimistas, decían de él, aunque a Emiliano ese título nunca pareció gustarle del todo— era combinar destreza musical con física cuántica, alquimia y matemáticas precisas. Saber exactamente dónde y cuándo las notas del universo podían manifestarse. Usar un ungüento alquímico para abrir portales cuánticos con las yemas de los dedos y hacer vibrar las notas.
La decía siempre con las mismas palabras, en el mismo orden, con la misma cadencia. Tanto, que ya no sonaba a explicación. Sonaba a algo que repetía no para que el otro entendiera, sino para no olvidarlo él mismo — como quien reza no porque crea que Dios necesita el rezo, sino porque el que lo necesita es quien reza.
Así que, en vez de preguntar, miré.
Miré cómo el meñique izquierdo se le adelantaba siempre medio segundo a los otros dedos, como si ese dedo supiera algo que el resto de la mano todavía no. Miré cómo, en cierto compás, contenía el aire —no lo soltaba— y solo cuando lo soltaba, el sonido cambiaba de color, se volvía más grave, más cerca de un lamento que de una nota. Ese es mi oficio, aunque nadie me lo enseñó con ese nombre: mirar las manos de la gente cuando cree que uno está escuchando su voz. La voz miente con facilidad. Las manos, casi nunca.
Emiliano se detuvo de golpe.
No terminó la frase musical. La cortó, como quien tapa una olla antes de que hierva. Abrió los ojos y miró hacia la ventana, hacia la calle, un segundo de más del que hace falta para mirar una calle vacía.
—¿Vas a explicarme qué fue eso? —insistí. No aclaré si hablaba de la ventana o de la música. Ni yo mismo lo tenía del todo claro.
Emiliano se rió, bajito, y por fin volvió a mirarme.
—¿Eso? Eso fue una guitarra, Mateo. ¿Qué más iba a ser? —Sonrió con esa sonrisa suya que cierra puertas mientras parece que abre ventanas—. Una guitarra que no necesita madera ni cuerdas, porque el sonido nunca estuvo en la madera ni en las cuerdas.
No dijo nada de la calle. No dijo nada de esos dos segundos de más mirando por la ventana. Tomó mi pregunta ancha y la devolvió angosta, recortada a la medida que le convenía, y lo hizo con tanta naturalidad que si yo no hubiera pasado media vida observándolo, ni siquiera habría notado el quiebre.
Guardó silencio un momento, como decidiendo cuánto más decir.
—Los Ndixito me enseñaron a encontrar esos puntos. Antes de eso, tocaba guitarras de verdad, como cualquiera. Pero un hongo, bien usado, con respeto, te enseña que las cosas tienen más de una forma de estar ahí.
No era la primera vez que lo oía hablar de los hongos sagrados como quien habla de un maestro exigente y querido. Tampoco era la primera vez que notaba cómo, al nombrarlos, bajaba la voz un tono, casi por instinto, aunque estuviéramos solos en su propia casa. Ese detalle —la voz que se achica al nombrar lo que ya no se puede nombrar en voz alta afuera— me decía más sobre el mundo en que vivíamos que cualquier explicación que me hubiera dado.
Porque en Én Yama, desde hacía años, ciertas palabras habían dejado de ser solo palabras. Se habían vuelto delito.
Emiliano se puso de pie, se sacudió los pantalones aunque no tuvieran polvo, y sin sonreír ya, dijo:
—Ven. Acompáñame. Hay algo que quiero que veas.
Caminó hacia la puerta que llevaba al fondo de la biblioteca. Yo lo seguí, como siempre, un paso detrás, entrenando sin saberlo el mismo oficio que ejerzo ahora al contar esto: el de fijarme en lo que la gente hace con las manos cuando cree que uno solo está mirando dónde pone los pies.
Se detuvo frente a los estantes.
—Mateo —dijo, sin volverse—, hay algo en la sección K que quiero que veas. No porque estés listo. Sino porque no sé cuánto tiempo más voy a poder decidir cuándo estás listo.
No entendí la frase completa. Pero entendí, por cómo la dijo, que no era una invitación cualquiera. La guardé también, junto al gesto de la ventana, junto al meñique que se adelantaba siempre medio segundo.
Aún no sabía que esas dos cosas —la mano que se adelanta y la frase a medio decir— eran, en realidad, la misma advertencia.








