El mejor amigo de mi hermano - Min Yoongi

Summary

¿Que pasaría si Yoongi rompe la única regla que le dió su mejor amigo? "No te acerques a mi hermana".

Genre
Erotica
Author
Kiki
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

unico

Llevabas las bolsas de la compra apoyadas contra la cadera cuando empujaste la puerta de la cocina con el hombro. La casa estaba en silencio.


Hoseok se había ido esa mañana. Un viaje de trabajo de algunos tres días. Te había dejado las llaves, la nevera llena de cerveza y una nota pegada en el refrigerador: "No quemes la casa. No te olvides de llenar el refrigerador, y dile a yoongi que no se trague todo en un día"


—Genial— dijiste sarcásticamente. Sonreíste al leerla… hasta que escuchaste la llave girar en la cerradura.


La puerta se abrió y ahí estaba él.


Min Yoongi, con una sudadera negra demasiado grande, el cabello un poco revuelto y esa expresión de quien sabe exactamente el efecto que causa. Llevaba una bolsa de plástico en una mano y las llaves de Hoseok en la otra.


—Mira nada más —dijo apenas te vio, cerrando la puerta con el pie—. La pequeña Hari sola en casa. Qué peligroso.


Rodaste los ojos de inmediato.


—No me digas “pequeña”. Tengo veintitrés.


—Mmm —tarareó él, dejando la bolsa sobre la isla—. Sigue siendo pequeña para mí.


Se acercó a la nevera como si fuera suya, sacó una cerveza y se giró hacia ti, apoyándose contra el mostrador con esa sonrisa perezosa que siempre te sacaba de quicio.


—¿Qué haces aquí, Yoongi?


—Tu hermano me mandó a vigilarte. Dijo que eres capaz de vivir a base de café y quejarte de que no hay comida.


—Puedo cuidarme sola. Ya no soy una niña.


—Lo sé. Pero es mucho más divertido venir a molestarte.


Te miró de arriba abajo, lento, sin disimulo. Luego levantó una ceja.


—¿Otra vez con esa camiseta tan grande? Parece mía.


Sentiste el calor subiéndote al cuello.


—Déjame en paz. Es mía.


—No quiero —respondió con total tranquilidad, dando un paso más cerca—. Me gusta verte así. Toda molesta. Con las orejas todas rojas.


Apretaste la mandíbula.


—Eres insoportable. Largate.


Yoongi soltó una risa baja, casi suave, y dejó la cerveza a un lado. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que sintieras su perfume: madera y algo dulce que siempre te volvía loca.


—Y tú eres demasiado fácil de provocar, Hari.


Tu nombre en su boca sonó más bajo, más íntimo. Te miró a los labios un segundo de más antes de volver a tus ojos.


—¿Sabes lo que más me gusta de cuando Hoseok se va? —susurró, inclinándose un poco—. Que por fin puedo molestarte todo lo que quiera… y no hay nadie que me detenga.


—¿El no te dijo que deberías de mantener tu distancia?


—No quiero hacerlo cuando se trata de ti.


El silencio se volvió denso. Pesado.


Tú lo mirabas con el ceño fruncido, el corazón latiéndote demasiado fuerte, odiando lo mucho que te afectaba, los brazos cruzados con fuerza contra el pecho. Odiaste lo fácil que era para él desarmarte con solo unas palabras.


—Eres un idiota —escupiste.


Yoongi soltó una risa baja, casi perezosa, y dio otro paso. Ahora apenas quedaba un metro entre los dos. Podías olerlo con claridad: esa mezcla de colonia cara, cigarrillo antiguo y algo dulce que siempre te volvía loca.


—Mmm. Dilo otra vez —murmuró, inclinando la cabeza—. Me gusta cómo se te pone la voz cuando estás molesta.


—Yoongi…


—¿Sí, Hari?


La forma en que pronunció tu nombre te hizo apretar la mandíbula. Suave. Casi cariñosa. Pero con esa chispa juguetona que sabía exactamente dónde tocar.


Dio un paso más. Tú retrocediste por reflejo… y tu espalda chocó contra la isla de la cocina. Él lo notó. Por supuesto que lo notó. Una sonrisa lenta se dibujó en su boca.


—Estas nerviosa, ¿verdad?


—No estoy nerviosa.


—Claro que si—dijo, y se apoyó con ambas manos a los lados de tu cuerpo, encerrándote sin tocarte todavía—. Solo estás… muy quieta. Para alguien que dice que no le afecto.


Tu respiración se aceleró. Lo odiabas. Odiabas lo cerca que estaba. Odiabas el calor que te subía por el cuello. Odiabas que, a pesar de todo, no quisieras empujarlo.


—Quítate —susurraste, pero la voz te salió más débil de lo que pretendías.


Yoongi bajó la mirada a tus labios. Luego volvió a tus ojos. Su voz se volvió más baja, más grave.


—No quiero.


Se inclinó un poco más. Su nariz casi rozó la tuya. Podías sentir su aliento caliente contra tu boca.


—Llevas años mirándome así, Hari —susurró—. Como si quisieras matarme y comerme al mismo tiempo. ¿Creíste que no me daba cuenta?


Tu corazón dio un vuelco tan fuerte que estuviste segura de que él lo había oído.


—No sé de qué hablas.


—Mentira.


Una de sus manos dejó la isla y subió lentamente hasta tu cintura. No la apretó. Solo la apoyó ahí, caliente, pesada, posesiva. El simple contacto te arrancó un escalofrío.


—Dime que no te gusta —murmuró contra tu mejilla—. Dime que quieres que me vaya… y lo haré.


Te quedaste en silencio. Tragaste saliva. Él esperó. Paciente. Juguetón. Sabiendo perfectamente que no ibas a decirlo.


Porque no querías que se fuera.


Y él lo sabía.


Su pulgar empezó a dibujar círculos lentos sobre tu cadera, por encima de la tela de tu camiseta. Un roce mínimo. Insoportable.


—Hari… —su voz bajó todavía más—. Si no me detienes ahora… ya no voy a jugar limpio.


Levantaste la vista. Sus ojos estaban oscuros, intensos, pero todavía con esa chispa de diversión peligrosa.


Y entonces, sin pensarlo más, lo agarraste del cuello de la sudadera y lo jalaste hacia ti.


¿A quien ibas a engañar? Lo deseabas desde los 16.


La boca de Yoongi chocó contra la tuya con una fuerza suave pero decidida. No fue un beso tímido. Fue inmediato, caliente, como si los dos hubieran estado esperando exactamente ese segundo durante años.


Él soltó un sonido bajo contra tus labios, casi una risa, y te atrapó por la cintura con ambas manos, pegándote contra la isla. Sus dedos se clavaron un poco en tu piel a través de la tela, posesivos.


—Mierda… —murmuró entre el beso, sonriendo contra tu boca—. Al final sí tenías ganas de callarme.


No le diste tiempo a seguir molestando. Lo besaste más profundo, abriendo la boca, y él respondió al instante. Su lengua se encontró con la tuya, lenta al principio, luego más intensa. Sabía a cerveza y a algo dulce. A él.


No ibas a perder está oportunidad, no ahora.


Una de sus manos subió por tu espalda, bajo la camiseta, y el contacto de su palma caliente contra tu piel te arrancó un escalofrío. La otra se quedó en tu cadera, apretándote más contra él. Podías sentir lo duro que ya estaba, presionando contra tu vientre.


Te separaste solo un segundo para respirar, pero él no te dejó ir lejos. Apoyó la frente contra la tuya, respirando agitado, con esa sonrisa de lado que siempre te sacaba de quicio.


—Sabía que ibas a ceder primero —susurró, rozando tu labio inferior con el suyo—. Tan fácil de provocar…


—Cállate —jadeaste.


—No.


Te volvió a besar, esta vez más sucio, más profundo. Te mordió el labio inferior con suavidad y luego lo lamió, como si estuviera disfrutando demasiado de tenerte así. Sus manos bajaron hasta tu trasero y te levantaron con facilidad, sentándote sobre la isla. Se colocó entre tus piernas sin pedir permiso, pegando su cuerpo al tuyo.


—Llevas años mirándome como si quisieras esto —dijo contra tu cuello, dejando un beso lento justo debajo de tu oreja—. ¿Y ahora te haces la molesta?


Le clavaste los dedos en los hombros, tirando de él más cerca.


—Te odio.


Yoongi soltó una risa baja, casi ronca, y te mordió suavemente la piel del cuello.


—Mentira.


Su mano subió por tu muslo, lento, rozando la piel desnuda bajo el borde del short. El simple roce te hizo arquear la espalda un poco. Él lo notó. Por supuesto que lo notó.


—Mira cómo reaccionas… —susurró, casi divertido—. Y yo que pensaba que me ibas a mandar a la mierda.


Le agarraste la cara con ambas manos y lo obligaste a mirarte a los ojos. Estaban oscuros, brillantes, llenos de esa mezcla peligrosa de diversión y hambre.


—Si vas a seguir hablando… —dijiste, la voz ronca—, al menos hazlo mientras me tocas de verdad.


La sonrisa de Yoongi se ensanchó. Lenta. Atrevida.


—Como ordene la señorita.


Y entonces sus manos se volvieron más serias. Yoongi te miró un segundo más, esa sonrisa perezosa todavía en los labios, luego bajó la mirada a tu camiseta. La agarró por el dobladillo y la subió despacio, como si estuviera disfrutando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando te la quitó del todo, la tiró a un lado sin mirarla.


—Dios… —murmuró, pasando los ojos por tu pecho—. Siempre supe que estabas buena, pero esto es otra cosa.


Te sonrojaste, por vergüenza, y por lo directo que era. Intentaste cruzarte de brazos, pero él te los bajó con suavidad.


—No te escondas ahora —dijo, inclinándose para dejar un beso lento en el centro de tu pecho—. Ya cruzamos la línea. No hay vuelta atrás.


Su boca bajó hasta el borde de tu sujetador. Lo rozó con los labios, juguetón, y luego te miró desde abajo con esa expresión de quien sabe exactamente lo que está haciendo.


—¿Me dejas quitártelo… o prefieres que te lo baje yo con los dientes?


—Eres un maldito… —empezaste, pero la frase se te quebró cuando él pasó la lengua justo por encima de la tela.


Yoongi soltó una risa baja contra tu piel.


—Lo sé. Y te encanta.


Te desabrochó el sujetador con una sola mano, sin dejar de besarte el cuello. Cuando la prenda cayó, su expresión cambió un segundo: la diversión se mezcló con algo más oscuro, más hambriento. Sus manos subieron hasta tus pechos, cálidas, grandes, y los apretó con una lentitud casi cruel.


—Mierda, Hari… —susurró, rozando un pezón con el pulgar—. Tan sensibles. ¿Siempre reaccionas así o solo conmigo?


No le respondiste. No podías. Solo arqueaste la espalda cuando él bajó la cabeza y tomó un pezón entre los labios, chupando con suavidad primero y luego con más fuerza. La otra mano no se quedó quieta: bajó por tu estómago hasta el borde de tu short y se coló debajo, rozando la tela de tu ropa interior.


—Estás mojada —murmuró contra tu pecho, casi divertido—. Y yo apenas te estoy tocando.


Le clavaste los dedos en el cabello, tirando un poco.


—Cierra la boca, Yoongi.


—No quiero —respondió, y metió la mano por completo dentro de tu ropa interior.


Sus dedos te encontraron fácilmente. Deslizó uno entre tus pliegues, lento, explorando, y soltó un sonido gutural cuando sintió lo empapada que estabas.


—Joder… —jadeó, apoyando la frente contra tu hombro—. Tan lista para mí y todavía te haces la difícil.


Empezó a mover los dedos con más propósito: circulares, precisos, encontrando ese punto que te hizo abrir las piernas sin pensarlo. Su pulgar rozó tu clítoris al mismo tiempo que metía un dedo dentro de ti, y el contraste te arrancó un gemido que no pudiste contener.

Yoongi levantó la cabeza para mirarte. Tenía los labios hinchados, los ojos oscuros y esa sonrisa de lado que te sacaba de quicio.

—Ahí está —susurró—. Esa carita que pones me mata.


Metió un segundo dedo y curvó ambos hacia arriba, justo donde sabía que te haría temblar. Su otra mano se quedó en tu pecho, pellizcando y acariciando al mismo tiempo.


—Dime que te gusta —pidió, la voz baja y ronca—. Dímelo y te doy más.

Tú lo miraste, jadeando, el orgullo luchando contra el placer. Él esperó, moviendo los dedos más despacio a propósito, torturándote.


—Me… me gusta —lograste decir entre dientes.


La sonrisa de Yoongi se ensanchó.


—Buenas chicas dices la verdad.


Aceleró el ritmo de sus dedos y tú ya no pudiste mantener la compostura. La espalda se te arqueó contra la isla fría, las piernas se abrieron más y un gemido largo se te escapó de la garganta. Yoongi no apartó la mirada de tu cara ni un segundo. Parecía memorizarte.


—Mírate… —susurró, casi maravillado—. Toda temblando solo con mis dedos. ¿Qué vas a hacer cuando te meta la polla, Hari?


No le diste respuesta. Solo lo agarraste del cuello de la sudadera y lo jalaste hacia ti otra vez, besándolo con desesperación. Él sonrió contra tu boca mientras seguía moviendo la mano entre tus piernas, más rápido, más profundo, el sonido obsceno de lo mojada que estabas llenando la cocina.

Cuando sentiste que estabas a punto de correrte, él de repente sacó los dedos.

Soltaste un quejido frustrado.


—Yoongi…


—Shhh —dijo, llevándose los dedos a la boca y chupándolos sin ninguna vergüenza—. No tan rápido. Quiero sentirte alrededor de mí cuando te corras la primera vez.


Te bajó del mostrador con facilidad. Tus piernas temblaban un poco. Él se arrodilló frente a ti sin perder esa sonrisa juguetona y te bajó el short junto con la ropa interior de un solo tirón. Te quedó completamente desnuda mientras él seguía vestido.

Se quedó mirándote unos segundos, de arriba abajo, y soltó un silbido bajo.


—Joder, Hari. Si Hoseok se entera de lo que le estoy haciendo a su hermana…


—No hables de él ahora —le cortaste, la voz ronca.


—Tienes razón —aceptó, poniéndose de pie—. Mejor me concentro en ti.


Se quitó la sudadera de un movimiento y luego la camiseta. Su torso quedó al descubierto: pálido, marcado, con esa delgada línea de vello que bajaba hacia el pantalón. Te mordiste el labio sin poder evitarlo. Él lo notó, por supuesto.


—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, desabrochándose el pantalón con calma deliberada.


—Cállate y date prisa.


Yoongi soltó una risa baja y se bajó el pantalón junto con el bóxer. Su polla saltó libre, gruesa, dura, ya goteando un poco por la punta. Te quedaste mirándola un segundo de más y él se acercó, tomándote de la mandíbula con suavidad para que lo miraras a la cara.


—Tranquila —murmuró, rozando tus labios con los suyos—. Voy a entrar despacio.


Te levantó otra vez, esta vez contra la pared de la cocina. Tus piernas se enredaron en su cintura por reflejo. Sintió cómo la punta de su polla rozaba tu entrada y ambos soltaron un suspiro tembloroso al mismo tiempo.

Yoongi apoyó la frente contra la tuya. Por un segundo la diversión se suavizó y algo más intenso apareció en sus ojos.


—Dime que estás segura —pidió, la voz más grave—. Porque una vez que empiece… no voy a poder parar fácil.


Lo miraste a los ojos, el corazón desbocado.


—Hazlo.


Él empujó dentro de ti de un solo movimiento lento y profundo.

El aire se te escapó de los pulmones. Era grueso, caliente, y te llenó por completo. Yoongi soltó un gemido ronco contra tu cuello, las manos apretándote las caderas con fuerza.


—Mierda… —jadeó—. Estás tan apretada… tan perfecta.


Se quedó quieto unos segundos, dejándote acostumbrarte, mientras te besaba el cuello y la mandíbula con una ternura que contrastaba con lo profundo que estaba enterrado dentro de ti.

Luego empezó a moverse.


Al principio fue lento, profundo, casi tortuoso. Cada embestida te hacía sentir cada centímetro de él. Yoongi gemía bajo contra tu cuello, como si el simple hecho de estar dentro de ti lo estuviera volviendo loco.


—Tan caliente… —susurró, mordiéndote suavemente el lóbulo de la oreja—. Llevaba tanto tiempo imaginando esto, Hari. Tantas noches tocándome pensando en ti.


Le clavaste las uñas en la espalda. Él soltó una risa ronca y aceleró un poco el ritmo, empujando más fuerte, haciendo que tu espalda golpeara suavemente contra la pared con cada movimiento.


—¿Te gusta así? —preguntó, la voz entrecortada—. ¿O quieres que te folle más duro?


—Más… —lograste decir entre gemidos.

Yoongi no necesitómás. Te agarró con más fuerza de las caderas y empezó a embestirte de verdad. Rápido, profundo, preciso. El sonido de piel contra piel llenó la cocina junto con tus gemidos y los suyos. Cada vez que entraba hasta el fondo te arrancaba un sonido que ya no podías controlar.


—Eso es… —jadeó él, mirándote a la cara—. Déjame oírte. Quiero saber exactamente cómo te sientes teniendo la polla del mejor amigo de tu hermano dentro.


Le mordiste el hombro para callarlo, pero él solo se rió y cambió el ángulo, golpeando justo ese punto que te hizo ver estrellas. Tus piernas temblaron alrededor de su cintura.


—Ahí… justo ahí —gimiste.


—Lo sé, bebé. Lo sé.


Te cargó un poco más arriba y se separó de la pared solo lo necesario para poder mirar hacia abajo, viendo cómo su polla entraba y salía de ti, brillante por lo mojada que estabas. La imagen lo hizo gruñir.


—Mírate… tomándome tan bien. Como si hubieras nacido para esto.


Sintió que te estabas apretando más alrededor de él y sonrió, esa sonrisa juguetona y sucia al mismo tiempo.


—¿Ya te vas a correr? ¿Tan rápido?


—Cállate… —jadeaste, pero tu cuerpo te traicionó cuando él pasó un dedo entre los dos cuerpos y empezó a frotar tu clítoris al mismo tiempo que te follaba.


El orgasmo te golpeó de repente. Te arqueaste contra él, un grito ahogado escapándose de tu garganta mientras te contraías alrededor de su polla una y otra vez. Yoongi no paró. Te sostuvo firme y siguió embistiéndote a través de todo el orgasmo, prolongándolo hasta que te quedaste temblando y sin aire.

Solo entonces bajó un poco el ritmo, besándote la mejilla, la mandíbula, los labios hinchados.


—Tan preciosa cuando te corres… —murmuró—. Pero todavía no he terminado contigo.


Te cargó fácilmente y te llevó hasta el sofá del salón sin salir de ti. Se sentó y te acomodó encima, todavía dentro, y te miró desde abajo con los ojos oscuros y brillantes.


—Ahora te toca a ti —dijo, dándote una palmada suave en el trasero—. Muévete, Hari. Quiero verte cabalgarme.


Te acomodaste sobre él, todavía sintiéndolo profundamente dentro. Las manos de Yoongi subieron a tus caderas, guiándote con suavidad al principio, como si quisiera que te acostumbraras a la nueva posición. Luego te miró desde abajo, los ojos oscuros, la boca entreabierta, y esa media sonrisa peligrosa todavía presente.


—Muévete —repitió, más bajo—. Quiero verte.


Empezaste a balancearte sobre él. Lento al principio. Él soltó un gemido largo, las manos apretándote con más fuerza. Cada vez que bajabas hasta el fondo, su polla te golpeaba justo donde necesitabas, arrancándote sonidos que ya no intentabas contener.


—Así… justo así —jadeó, levantando las caderas para encontrarte a mitad de camino—. Mírate, Hari. Tan perfecta cabalgándome.


Aceleraste el ritmo. Él te sostuvo, ayudándote, embistiendo hacia arriba cada vez que bajabas. El sofá crujía debajo de ustedes. El sonido de piel contra piel, de gemidos y respiraciones agitadas llenaba la sala. Yoongi no dejaba de mirarte: tu cara, tus pechos, el lugar donde sus cuerpos se unían.


—Voy a correrme… —advirtió con la voz rota—. ¿Dentro o…?


Lo miraste a los ojos, todavía moviéndote sobre él.


—Dentro.


Eso fue todo lo que necesitó. Te agarró con más fuerza, te embistió desde abajo con desesperación y soltó un gemido profundo, casi animal, mientras se vaciaba dentro de ti. El calor de su orgasmo te empujó al borde otra vez. Te inclinaste sobre él, temblando, y te corriste por segunda vez solo con sentirlo latir tan profundo.

Se quedaron así un rato. Jadeando. Sudados. Unidos.

Yoongi pasó una mano temblorosa por tu espalda, suave, casi cariñosa, mientras recuperaba el aliento. Te besó el hombro, luego el cuello, y por último la sien.


—Mierda… —susurró contra tu piel, con una risa baja y cansada—. Sabía que iba a ser bueno… pero no tanto.


Tú escondiste la cara en el hueco de su cuello, todavía sintiendo cómo su polla se ablandaba poco a poco dentro de ti. Él te abrazó con más fuerza, como si no estuviera listo para soltarte todavía.


Por un momento, el mundo fuera de ese sofá dejó de existir.

Tu hermano no existía.

Las reglas no existían.

Solo ustedes dos, pegados, respirando el mismo aire.

Yoongi te acarició el cabello con lentitud y habló en voz muy baja, casi un susurro:


—No sé qué vamos a hacer con esto, Hari…

Pero no me arrepiento.

Y espero que tú tampoco.



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Great Character

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Strong Dialog

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