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ZURIDIOTA

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Summary

En el taller mecánico de su familia, la valía de una persona se mide por su capacidad de producción. Zuri, quien padece el síndrome de Tourette, es visto como una avería, una incompetencia que choca con la única ley sagrada del hogar: trabajar para comer. Zuri tiene un boleto de salida que brilla como una promesa: una beca estudiantil. Sin embargo, el peso de su realidad hunde sus calificaciones y lo imposibilita para cumplir con la asistencia. Mientras el profesor Don intenta desentrañar los motivos del bajo rendimiento de su alumno, se topa con una estructura de silencio mucho más siniestra que la precariedad económica. Cuando el estruendo de las herramientas cesa y el agotamiento rinde al resto de la familia, la casa se convierte en una celda. Bajo el amparo de la oscuridad y el dominio psicológico, Enzo, su hermano mayor, transforma la fraternidad en depredación. Para Zuri, el taller y su propio hogar es el escenario de un crimen silenciado que ocurre cada noche, entre paredes oscuras y acalladas. La posibilidad de una grieta aparece con Dago, el mejor amigo de Enzo. Presionado para ingresar a la universidad, Dago busca la guía intelectual de Zuri. Lo que inicia como una tutoría se convierte en el epicentro de una obsesión peligrosa: una fantasía unidireccional de afecto que Zuri abraza como si fuera salvación, ignorando que despierta los celos de un hermano que considera su cuerpo una propiedad privada. En este drama inspirado en hechos reales sobre de abuso intrafamiliar, discriminación y deseos corrompidos, Zuri se encuentra en una encrucijada: aspirar a la universidad como un puente hacia la libertad bajo el ala de un extraño ángel terrenal llamado Risto, a riesgo de desenterrar el horror que lo ata a su hermano, o aceptar su destino como una pieza rota más en una maquinaria familiar que se alimenta de su silencio.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. BECA

Zuri era un imbécil, cada uno de sus catorce años lo fue, su familia y la gente que lo rodeaba estaban convencidos de eso, mas no era una idea reciente, desde que Zuri andaba en pañales murmuraban: «Ese niño es todo un idiota».

Para Zuri no existía esperanza en ningún ámbito, fracaso e inutilidad antecedían y precedían todo cuanto hacía: Para trabajar era inservible; como estudiante, muy incumplido; físicamente, un enclenque y su cara, de bobo; tan tímido y cabizbajo que daba la idea de tener un severo retraso mental; sudaba y realizaba movimientos involuntarios cuando estaba nervioso; malogrado para cualquier deporte; siempre despedía mal olor y para colmo, tenía la conversación más aburrida del mundo. En fin, era un chico tedioso hasta el tuétano e incapaz de destacar, convivir con él quince minutos hacía sentir a cualquiera un fracasado también.

Desde la escuela elemental, lo persiguió el apodo de Zuridiota aun si era muy listo, sólo que se cohibía al expresar sus ideas, no hablaba ni por evitar las burlas.

En casa vivían ocho hermanos varones, Zuri era el menor. Enzo, el cuarto, no se molestó en postularse para la universidad, prefirió ayudar a su padre Cenmar en el taller mecánico de la familia, al igual que todos los hijos, excepto Zuri.

La situación económica en casa tuvo tan mala racha que Cenmar decidió no continuar pagando la escuela del único hijo que se escolarizaba, «De todas maneras eres un estúpido», le espetó a Zuri cuando estaba por ingresar al último año de la escuela elemental, «Da igual si no estudias», y le mandó a buscar alguna labor para que colaborara con el sostenimiento del hogar porque no lo quería estorbando en el taller. Zuri no conseguía trabajo, no era bueno para hablar y sus tics nerviosos complicaban muchísimo las cosas.

Como tenía buenas calificaciones, gracias a un profesor de su colegio, Zuri consiguió una beca para seguir estudiando, pero eso no lo excluía de contribuir al gasto. Por las tardes intentaba sacar algo de dinero haciendo tareas sencillas con algún vecino o en el taller.

Se encargaba de lo más simple porque sus hermanos y padre asumían que, debido a su complexión pequeña, no podría con labores exigentes. Lo dejaban en el jardín para que barriera, cortara el césped o podara árboles y arbustos. Esto le gustaba a Zuri, él también estaba seguro de su idiotez, por eso cualquier trabajo era bien recibido, aunque se le pagara una miseria.

Para Zuri, lo mejor del día era ver a Dago, amigo de Enzo, quien pasaba mucho tiempo en el taller, un tipo alto y fuerte, que tenía varios tatuajes en los brazos y el pecho, fumaba, le rodeaba el mentón una recortada barba y siempre peinaba muy bien su cabello largo. Era un joven popular entre las damas y se enredaba con una y otra; se trataba del chico malo, deseado y prohibido con quien Zuri fantaseaba.

Cuando Enzo y Dago trabajaban en el taller y Zuri llegaba temprano, discretamente se quedaba a guardar las herramientas o limpiar para ver al motociclista, pero jamás le dirigía la palabra, sólo le saludaba de lejos y corría para desaparecer de su mirada.

—‍¡Te estoy hablando, Dago! —‍gritó Enzo mientras revisaba dentro de una caja de plástico, llena de diversas piezas mecánicas.

—‍¡Te oigo, imbécil!

Dago encendió un cigarro. Ellos eran amigos desde niños y se tenían excesiva confianza, como si Dago fuese también su hermano.

—‍¡Ya te he dicho que aquí no fumes! —‍replicó Enzo, quien era alto como Dago, pero menos corpulento.

—‍Y ya te dije que me importa un carajo.

—‍Te pedí ayer que revisaras los putos cables de la luz de la construcción, Dago —‍Enzo resopló y señaló hacia atrás del taller‍—‍, hace una semana que no encienden, ¡mierda! Mi papá quiere que mañana termine la instalación eléctrica para emplastar. ¡¿Qué esperas?!

—‍¡Ya voy! ¡Cómo jodes! —‍chantó el motociclista. Ambos oyeron los ruidos de metal a su izquierda‍— ¿Quién es? —‍inquirió Dago sin voltear.

—‍Nadie —‍respondió Enzo.

—‍¿No es tu hermano Zuridiota? —‍supuso Dago con una sonrisa, en tanto examinaba una pieza de hierro.

—‍Da lo mismo. ¡Mueve los jodidos pies! —‍repitió Enzo.

—‍Oye, Enzo —‍Apareció Zuri detrás de ellos‍—, ¿quieres que recoja las herramientas ahora? —‍preguntó.

—‍¡¿Qué mierda haces ahí todavía, Zuridiota?! —‍vociferó Enzo.

Lo vio como si fuese una pulga pegada al lomo de Dago y Zuri corrió a casa en cuanto Enzo le alzó la voz, entonces los mayores continuaron su camino a la cochera, con el fin de revisar los susodichos cables.

—‍No sé por qué mi padre dejó que ese mono inútil me ayudara en las noches —espetó Enzo, ofendido.

—‍Cálmate —‍comentó Dago‍—‍, él conoce los materiales y también barre bien, al menos podrá hacer algo por tu culero espacio.

Enzo se frenó cuando Dago arrojó el cigarro al suelo y lo pisó para apagarlo.

—‍¿Desde cuándo eres tan amable con mi hermano?

—‍Desde que me dijiste que obtuvo una beca. —‍Colocó la mano encima del hombro‍—‍. Mi padre me presiona para que entre a la universidad —‍añadió‍—‍, pero los tutores cobran muy caro. Le pediré a Zuridiota que me asesore.

—‍¿Le pagarás? —‍Enzo vio los dedos de Dago y luego su gesto malicioso.

—‍¡Claro que no! —‍negó de inmediato‍— Le conviene ser mi tutor, podría presentarle algunas chicas.

—‍Podrás presentarle a cien —‍Enzo soltó una carcajada y le palmeó la espalda a Dago‍—‍, qué importa.

Le quitó la mano de sí y se dio la vuelta para mostrarle la caja de circuitos.

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