Capítulo I
Prólogo
Viena, invierno de 1748
Dicen los archiveros de la Cancillería Imperial que ningún tratado se firma jamás con una sola pluma. Que detrás de cada rúbrica solemne, de cada sello de lacre presionado con la autoridad de una corona, existen manos que nadie nombra en los registros oficiales: la del espía que roba el secreto antes de que se escriba, la del mensajero que lo entrega antes de que se sepa perdido, la del asesino que lo protege cuando ya es demasiado tarde para cualquier otra defensa.
Hofburg, con sus salones de mármol y sus lámparas de Bohemia, ha sido construido para ocultar precisamente eso. La luz de sus mil velas no ilumina la verdad; la disuelve entre reflejos, la disfraza de protocolo, la convierte en un rumor que se pronuncia solo a media voz, entre reverencias y abanicos cerrados. Quien busca la honestidad en un salón imperial busca en el lugar equivocado. La honestidad, en esta corte, se practica únicamente en las sombras, y siempre a un precio que pocos están dispuestos a pagar.
Esta es la historia de un hombre que aprendió esa lección demasiado tarde para evitar el primer cadáver, y justo a tiempo para impedir que cayera un imperio entero.
Comienza, como comienzan casi todas las traiciones de Estado, con una simple mirada cruzada sobre una copa de vino, en mitad de un baile donde nadie, salvo dos hombres, supo jamás que algo se había roto para siempre.
Capítulo I: La Noche del Gran Salón
Las lámparas de Bohemia ardían como si el fuego mismo hubiera aceptado vestirse de gala. Cientos de velas se multiplicaban en el cristal tallado, y la Gran Galería de Hofburg se convertía en una hoguera dorada donde flotaba un aire espeso: nardos, polvo de arroz, cera derretida. Beauvoir respiraba por la boca. Llevaba media hora haciéndolo sin notarlo, como quien se acostumbra a un dolor y deja de contarlo entre sus pensamientos.
El minué avanzaba con la rigidez de siempre. Seda, terciopelo, encaje, todo girando al mismo compás aprendido de memoria desde la cuna. Viena festejaba el tratado comercial, y la nobleza imperial lucía su indiferencia como quien luce una joya: con orgullo, sin mirar a nadie a los ojos, sin necesitar hacerlo. Las conversaciones se enredaban en francés, en alemán, en los susurros bilingües de quienes negocian mientras bailan.
Junto a una columna de mármol veteado, el marqués de Beauvoir ajustó el talabarte de su uniforme sin necesidad real de hacerlo. Era un gesto para las manos, no para la ropa. Su deber esa noche era vigilar el protocolo de seguridad: revisar accesos, contar guardias, memorizar rostros nuevos entre los séquitos extranjeros. Su instinto, en cambio, llevaba media velada leyendo la sala como quien lee un mapa de batalla. Quién sonríe de más. Quién no sonríe en absoluto. Quién ha bebido lo suficiente para hablar de más, y quién no ha tocado su copa en toda la noche por miedo a soltar una palabra de sobra.
El Conde de Wallenstein pertenecía a esta última clase de hombres. Sostenía su copa cerca del estrado imperial con una quietud que no era elegancia, sino control. Casaca carmesí, el Toisón de Oro como único adorno sobre el pecho. No había en su rostro nada de la fiesta, ni un vestigio de la ligereza que exigía la ocasión. Beauvoir lo conocía lo suficiente -de las audiencias, de los pasillos, de algún consejo compartido en los años de campaña- como para saber que esa quietud no era calma. Era cálculo. El conde nunca estaba tan inmóvil como cuando algo lo inquietaba de verdad.
Al otro extremo del salón, rodeado por diplomáticos prusianos y ministros de hacienda, el vicecanciller Kaunitz reía en el momento justo, con la peluca impecablemente empolvada y el abanico cerrado entre las manos, como un arma envainada que nadie sospecha que lo es. Kaunitz tenía ese don raro de parecer cómodo en cualquier conversación, incluso en las que no le convenían.
Fue apenas un segundo. Beauvoir estuvo a punto de perdérselo entre dos reverencias, entre el roce de dos faldas cruzándose en la pista.
Wallenstein inclinó la cabeza hacia la mesa de las bebidas, un gesto tan sutil que hubiera pasado por un simple cambio de postura. Kaunitz giró el rostro, apenas lo necesario. Las miradas se cruzaron sobre la multitud, por encima de las pelucas empolvadas y los abanicos entreabiertos, y no hubo en ellas ni un gramo de la cortesía que la etiqueta imperial exigía entre dos hombres de su rango. La de Kaunitz, filosa, casi una advertencia. La de Wallenstein, una sombra rígida, cargada de algo que Beauvoir no supo nombrar todavía.
Algo se rompió ahí, pensó, sin poder ponerle nombre a la fractura, sin poder decir si lo que acababa de presenciar era el final de una alianza o el principio de una sentencia.
Wallenstein apuró el vino de un trago -impropio de él, que nunca bebía deprisa, que solía sostener la copa como quien sostiene una idea sin terminar de decidir si la comparte- y dejó el cristal en la bandeja de un criado que pasaba. Se deslizó tras los cortinajes pesados del corredor lateral sin despedirse de nadie, sin una reverencia, sin que nadie en el salón pareciera notar su ausencia salvo el propio Beauvoir.
Kaunitz no lo siguió con los ojos. Continuó su charla con el embajador prusiano, la sonrisa intacta, la voz templada. Pero sus dedos, alrededor del marfil del abanico, blanquearon los nudillos por un instante, un detalle que solo un hombre entrenado en detectar la mentira ajena hubiera atrapado al vuelo.
Beauvoir dejó la columna. Cruzó el salón con el paso medido de quien no quiere parecer apurado, calculando la distancia justa para no perder de vista el corredor sin delatar que lo vigilaba, sorteando parejas que giraban ajenas a todo lo que no fuera la música.
Algo le decía -una tirantez vieja, aprendida en los años de campaña, esa misma que le avisaba de una emboscada antes de ver el primer destello de un mosquete- que esa sería la última vez que vería con vida al Conde de Wallenstein.








