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Cuando todos duermen

Summary

Daniel, David, Samuel y Tomás se adentran en el sanatorio abandonado para descubrir la verdad sobre la desaparición de los niños y los oscuros secretos de la casa. Durante su recorrido, Daniel comienza a recuperar recuerdos fragmentados de su infancia y descubre la existencia de Elías, un cuarto niño atrapado entre la realidad y la memoria. Al pronunciar su nombre, los protagonistas despiertan una fuerza sobrenatural que transforma el sanatorio y libera a numerosas figuras infantiles con ojos negros. Mientras buscan escapar, descubren que la casa funciona como una prisión para los niños que no pudieron morir y que Daniel estuvo relacionado con ella desde pequeño. La verdad revela que fue llevado allí por Tomás y que existe una versión de él atrapada en la habitación original. Para salvar a Elías y cerrar la puerta, Daniel debe enfrentarse a sus recuerdos y aceptar que la casa ha manipulado su pasado. Aunque logran salir del sótano, Tomás desaparece tras ser elegido por la casa. Daniel, David, Samuel y Elías quedan frente a una nueva amenaza: una fotografía muestra a un quinto niño y revela que el verdadero guardián podría ser Daniel. Con la llegada de la cuarta noche, la pesadilla apenas comienza.

Status
1mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1La primera noche

Capítulo 1 — La primera noche

La primera noche comenzó con una mentira.

—No pasa nada —dijo Daniel, intentando convencerse a sí mismo—. Solo es una casa vieja.

Lo dijo en voz alta porque el silencio de la casa empezaba a resultarle incómodo.

Eran las once y cuarenta y siete de la noche.

Desde la ventana de su habitación podía ver cómo la lluvia golpeaba los cristales y cómo las ramas de los árboles se movían con el viento. De vez en cuando, un relámpago iluminaba el jardín durante apenas un segundo.

Daniel estaba solo.

Sus padres habían tenido que salir de la ciudad por un asunto familiar y habían decidido que él ya tenía edad suficiente para quedarse en casa durante una noche.

—Volveremos mañana por la tarde —le había dicho su madre antes de marcharse—. Cierra bien las puertas y no hagas ninguna tontería.

Daniel se había reído.

Ahora no le parecía tan gracioso.

La casa pertenecía a su abuela. Era enorme, antigua y demasiado silenciosa. Sus padres habían decidido quedarse allí unos días porque estaban arreglando algunas cosas antes de venderla.

Daniel nunca había querido dormir allí.

No sabía exactamente por qué.

Quizá era por los pasillos largos.

Quizá por las fotografías antiguas que cubrían las paredes.

O quizá por aquella habitación del segundo piso que siempre permanecía cerrada.

La habitación que nadie mencionaba.

Daniel se levantó de la cama y miró el móvil.

23:49.

Sin mensajes.

Sin llamadas.

Nada.

—Perfecto —murmuró.

Decidió bajar a la cocina para prepararse algo de comer.

Al salir de la habitación, encendió la luz del pasillo.

La bombilla parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Después se quedó encendida.

Daniel miró hacia el fondo del pasillo.

Todo estaba oscuro.

—Es una bombilla —dijo.

Bajó las escaleras.

En la cocina preparó un bocadillo y se sentó frente a la televisión. Intentó concentrarse en una película, pero el sonido de la lluvia hacía que apenas pudiera escuchar los diálogos.

Entonces ocurrió.

Toc.

Daniel levantó la cabeza.

Esperó.

Nada.

Volvió a mirar la televisión.

Toc. Toc.

Esta vez el sonido había sido más claro.

Venía de arriba.

Daniel dejó lentamente el bocadillo sobre la mesa.

—Seguramente será una ventana.

Se quedó sentado unos segundos.

Luego apagó la televisión.

El silencio fue inmediato.

Y mucho peor.

Subió las escaleras.

Cada peldaño crujía bajo sus pies.

Cuando llegó al pasillo, escuchó nuevamente el sonido.

Toc.

Daniel se quedó quieto.

Miró hacia las ventanas.

Todas estaban cerradas.

Entonces escuchó otro ruido.

Una especie de golpe seco.

Procedía del extremo del pasillo.

De la habitación cerrada.

Daniel sintió un escalofrío.

Aquella puerta siempre había estado cerrada con llave.

Siempre.

Se acercó lentamente.

El pasillo parecía mucho más largo que de costumbre.

Al llegar frente a la puerta, levantó la mano.

No llegó a tocarla.

Porque escuchó algo al otro lado.

Una respiración.

Lenta.

Profunda.

Daniel dejó de respirar.

Esperó.

La respiración continuó.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Daniel retrocedió un paso.

Entonces la respiración se detuvo.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Y después…

Toc.

Daniel miró la puerta.

El golpe había venido desde dentro.

Toc. Toc.

Tres golpes.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—No tiene sentido…

Retrocedió.

La casa volvió a quedarse en silencio.

Daniel decidió bajar.

No quería averiguar qué había detrás de aquella puerta.

No esa noche.

Cuando llegó al primer escalón, escuchó un sonido detrás de él.

Clic.

Se giró.

La puerta seguía cerrada.

Pero el pomo estaba moviéndose.

Muy lentamente.

Daniel se quedó paralizado.

El pomo giró hacia abajo.

Una vez.

Y volvió a subir.

Daniel sintió que las piernas le temblaban.

—No…

Retrocedió.

El pomo volvió a bajar.

Esta vez la puerta se abrió unos centímetros.

Daniel salió corriendo.

Bajó las escaleras casi tropezando y entró en la cocina. Cerró la puerta detrás de él y apoyó la espalda contra ella.

Respiraba con dificultad.

Miró el reloj.

00:06.

Habían pasado menos de veinte minutos desde que había subido.

Intentó llamar a su madre.

Sin cobertura.

—Claro…

Miró el móvil.

Una sola barra de señal apareció durante un instante.

Después desapareció.

Daniel intentó respirar profundamente.

—Solo es una casa vieja.

Repitió la frase.

Pero esta vez no consiguió creérsela.

Decidió dormir en el sofá.

Encendió todas las luces de la planta baja y dejó la televisión encendida aunque no estuviera viendo nada.

Durante casi una hora no ocurrió nada.

Poco a poco, Daniel comenzó a relajarse.

Quizá todo había sido producto del viento.

Quizá la puerta simplemente no estaba bien cerrada.

Quizá la respiración…

No.

Eso no tenía explicación.

Cerca de la una y media de la madrugada, Daniel empezó a quedarse dormido.

Entonces escuchó pasos.

Crujido.

Abrió los ojos.

Silencio.

Crujido.

Alguien estaba caminando en el piso de arriba.

Daniel se incorporó.

Los pasos eran lentos.

Uno.

Dos.

Tres.

Después se detuvieron.

Daniel miró hacia las escaleras.

No había nadie.

Volvió a escuchar los pasos.

Pero esta vez no estaban arriba.

Estaban en las escaleras.

Crujido.

Un escalón.

Crujido.

Otro.

Daniel dejó de respirar.

Alguien estaba bajando.

Se quedó mirando fijamente la oscuridad.

Esperó a que apareciera una persona.

Pero nadie apareció.

Los pasos continuaron.

Uno más.

Otro.

Otro.

Hasta llegar al último escalón.

Y entonces se detuvieron.

Daniel estaba completamente inmóvil.

—¿Mamá?

No obtuvo respuesta.

—¿Papá?

Nada.

La oscuridad frente a él parecía más profunda que antes.

Daniel tomó el móvil.

Encendió la linterna.

Apuntó hacia las escaleras.

No había nadie.

El pasillo estaba vacío.

Daniel soltó el aire que llevaba conteniendo.

—Estoy perdiendo la cabeza.

Apagó la linterna.

Y entonces escuchó una voz.

Muy cerca.

Justo detrás de él.

—Daniel…

Se quedó completamente quieto.

La voz había pronunciado su nombre.

Daniel giró lentamente la cabeza.

No había nadie.

Su corazón golpeaba con tanta fuerza que podía escucharlo.

Miró alrededor.

Nada.

—¿Quién está ahí?

Silencio.

Entonces su móvil vibró.

Daniel dio un salto.

Miró la pantalla.

Había recibido un mensaje.

De su madre.

Lo abrió.

Solo decía:

NO SUBAS AL SEGUNDO PISO.

Daniel sintió que el estómago se le encogía.

Miró la hora del mensaje.

01:43.

Levantó la mirada hacia las escaleras.

01:43.

—¿Mamá?

Intentó llamarla.

La llamada no entró.

Entonces llegó otro mensaje.

Daniel, escúchame.

Otro.

No abras la puerta.

Y uno más.

No importa lo que escuches.

Daniel sintió un frío recorrerle todo el cuerpo.

Porque en ese mismo instante escuchó algo en el piso de arriba.

Una puerta cerrándose.

CLAC.

La puerta de la habitación prohibida.

Daniel miró las escaleras.

Durante unos segundos no se movió.

Después, lentamente, subió el primer escalón.

Luego el segundo.

No sabía por qué lo hacía.

Tal vez quería comprobar que todo tenía una explicación.

Tal vez quería demostrar que no tenía miedo.

O tal vez algo lo estaba llamando.

Cuando llegó al segundo piso, el pasillo estaba completamente oscuro.

La luz del techo se había apagado.

Daniel encendió la linterna del móvil.

La puerta de la habitación estaba cerrada.

Se acercó.

En el suelo, justo delante de ella, había algo.

Una fotografía.

Daniel la recogió.

Era antigua.

En ella aparecía su familia.

Reconoció a su abuela.

A sus padres cuando eran jóvenes.

Y a una niña que no conocía.

Daniel dio la vuelta a la fotografía.

Había una fecha escrita detrás.

1987.

Debajo había una frase.

Una frase escrita a mano.

“La primera noche siempre empieza igual.”

Daniel sintió que la fotografía se le escapaba de los dedos.

Entonces escuchó un ruido detrás de la puerta.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Daniel retrocedió.

Su móvil vibró.

Otro mensaje.

Lo miró.

Esta vez no era de su madre.

El número era desconocido.

El mensaje solo contenía una frase:

“Ya te ha visto.”

Daniel levantó lentamente la mirada.

Y entonces comprendió algo.

La puerta frente a él no estaba cerrada.

Estaba entreabierta.

Apenas unos centímetros.

Y desde el interior de la habitación…

dos ojos lo estaban observando.

Daniel dejó caer el móvil.

La luz de la linterna quedó apuntando hacia la puerta.

Los ojos desaparecieron.

Y una voz susurró desde la oscuridad:

—Por fin has vuelto.

Daniel no entendió aquellas palabras.

Porque él nunca había estado allí antes.

O eso creía.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

Y justo antes de que la oscuridad de aquella habitación lo cubriera todo, Daniel escuchó una última frase:

—Esta vez no te vas a despertar.

La puerta se cerró.

Y la casa volvió a quedarse en silencio.

Pero el reloj del pasillo seguía funcionando.

01:44.

01:45.

01:46.

Hasta llegar a las 3:00 de la madrugada.

Y entonces…

todos los relojes de la casa se detuvieron.

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