|•Capitulo•|
Ubicación📍: Monza, Italia
Lugar: hotel castillo 🏨
El hotel parecía sumergido en un silencio casi absoluto, roto tan solo por el murmullo lejano que llegaba desde el vestíbulo. Mientras tanto, tras las puertas de la habitación 312, el aire se hallaba impregnado de sonidos entrecortados: gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas y el crujido rítmico de la cama. Allí, Max Verstappen yacía bañado en sudor, su piel encendida y ruborizada por el calor que emanaba de sus cuerpos.
Yacía bajo él George Russell, en una imagen que le reflejaba casi por completo: su piel, por naturaleza pálida, aparecía ahora encendida del mismo rubor, y su cuerpo lucía recorrido por marcas -chupetones y mordidas que se extendían por el cuello y el pecho- mientras se aferraba con fuerza a las sábanas, como si de ello dependiera su vida.
-George-dijo entonces la voz del Alfa, que brotó en un gruñido áspero y profundo, un tono que habría hecho estremecer a cualquiera que lo escuchara.
-¿Y bien?-gruñó el otro Alfa, impaciente, harto ya de tantas pausas que se prolongaban desde hacía rato.
-Abre bien esas malditas piernas... a menos que prefieras que sea yo quien las abra a la fuerza-volvió a gruñir el rubio, impaciente porque el otro Alfa las mantenía cerradas por puro instinto.
-¿Sabes qué, Emilian? Estoy harto, carajo. Llevamos horas así y no logras satisfacerte. Yo ya estoy saciado, y aun así sigues insistiendo. Siento las caderas destrozadas por el dolor y la piel entera marcada, y todo es culpa tuya. ¿Qué diablos quieres ahora? Además, no eres tú quien soporta este maldito sufrimiento-. Y volvió a cerrarlas con fuerza, justo cuando el otro Alfa acababa de separarlas.
-¿Qué diablos dijiste?-gruñó de nuevo el rubio, harto ya de oír parlotear al castaño-. Repítelo, Russell. A ver si cambias de opinión.
-¿Sabes qué? ¡Al diablo! Estoy harto. No soy ningún maldito Omega, y mucho menos tu puta. Llevo cinco horas aquí, una y otra vez sin que termines nunca... ¿qué demonios te pasa?-estalló el castaño, al límite de su paciencia, con la voz cargada de desafío.
-¿Ah no? ¿Entonces podrías explicarme qué haces tú aquí? ¿En este hotel, en esta habitación que te pedí que vinieras solo si querías acostarte conmigo esta noche? Yo no te obligué a nada... ¿o sí, querido?-una risa baja y burlona brotó de los labios del rubio, apartándose con un movimiento seco y veloz del cuerpo del castaño.
-¡Ah, avisa si piensas salirte, imbécil! ¿A dónde demonios crees que vas?-el castaño se incorporó de golpe sobre el colchón, cubriéndose el cuerpo con las sábanas, con la voz quebrada por la rabia y algo parecido al pánico-. ¿Te vas así nada más? ¿Me dejas en este estado, sin más?
El rubio, en cambio, se había puesto de pie con ademán impasible. Recogió su ropa interior y fue vistiéndose prenda a prenda, con movimientos tranquilos y precisos, como si no escuchara los reproches a sus espaldas, hasta que sus manos cerraron sobre el cuello de su chaqueta.
-¿Y qué importa adónde vaya?-respondió al fin, sin siquiera volverse a mirarlo-. ¿No decías hace un momento que ya no me querías aquí? Pues me voy. Quedas libre de mí, tal como querías.
-¡Bien! ¡Haz lo que quieras y vete al diablo, Verstappen!-gritó el castaño a sus espaldas, sin percatarse siquiera del momento en que Max abandonó la habitación.
Max bajó al vestíbulo y tomó un taxi a toda prisa. Se maldecía entre dientes al comprobar que ya eran las una y cincuenta y cinco de la madrugada: apenas faltaban cinco minutos para las dos. Llegó a su casa procurando ser lo más silencioso posible y abrió la puerta con lentitud; soltó un suspiro breve al comprobar que, en apariencia, todo estaba en silencio y nadie parecía haberlo esperado.
Sin embargo, su alivio duró muy poco. Una luz tenue se encendió en la sala, y bastó ese resplandor para que un escalofrío le recorriera el cuerpo y el corazón se le acelerara a mil por hora. La sangre se le heló en las venas: sabía perfectamente de quién se trataba. Si Daniel descubría que había vuelto tan tarde, no se limitaría a regañarlo. Le esperaban largos sermones, acusaciones directas ante sus padres... y castigos que lo privaban de todo: sin dispositivos, sin salidas, sin fiestas, sin absolutamente nada.-
-Max Emilian... ¿qué horas crees que son estás de llegar? Tenías a mi madre con el Jesús en la boca-. Al reconocer aquella voz, Max soltó el aire agradeciendo al cielo: no era Daniel, sino Pierre-. ¿Crees que esto es un hotel, niño?
-Yo... yo lo siento. Me quedé tomando con Gabi y se me fue la hora. Pierre, te lo ruego... no le digas a Daniel, ya sabes cómo se pone-. Max detestaba suplicar, pero sabía que no tenía opción si quería conservar sus salidas las semanas venideras.
-Ponte de pie-ordenó Pierre, su voz de Alfa sonó grave, aunque cargada de cansancio-. Mañana en cuanto amanezca te quiero disculpándote con mamá por haberla asustado así. Y si no lo haces, no creas que te salvarás... porque entonces le contaré cada detalle a Daniel.
-Max obedeció; no tuvo más remedio que ponerse de pie y retirarse a su habitación. Al fin y al cabo, parte de lo dicho era verdad: sí había estado bebiendo con Gabriel. De hecho, fue Gabriel quien terminó llamando a Hülkenberg para que fuera a recogerlos, pues de no haber sido así, Gabi seguiría aún en el antro.
-Se dejó caer sobre la cama con los ojos pesados de cansancio y, por primera vez en toda la semana, logró conciliar el sueño.
-Pero apenas un rato después, sonaron las siete y media de la maldita mañana. ¿Quién demonios podía estar despierto a esa hora? Ah, cierto... ya lo recordaba. Hoy estarían ahí sus hermanos, sus cuñados y sus sobrinos. Se levantó de un salto, con el ánimo encendido al recordar que Arvid y Sebas -o como él solía llamarlos, su "pequeño Sebitas", y "baby Arvid"- también vendrían. Aquellos niños eran, sin duda, su adoración más grande en todo el mundo.
-Se levantó, se lavó la cara y los dientes, y se aplicó todo lo que siempre usaba: desde el agua de rosas hasta una mascarilla de pepino. Algo normal, o al menos eso creía. Al fin y al cabo, había sido su mejor amigo Gabriel, junto con las hermanas de Yuki y de Carlos, quienes le habían enseñado todo sobre el cuidado de la piel. Al principio, Max, tan orgulloso como siempre, lo encontró extraño y se negó rotundamente... pero cuando el acné no tardó en aparecer, no le quedó más remedio que ceder. Y desde entonces, no había dejado de cuidarse.
-Se enjuagó el cabello y lo secó con la secadora. Tenía que cortárselo, y pronto: cada vez le crecía más y más. Se puso las pantuflas -por orden de Sophie, por supuesto- y se vistió con ropa cómoda. Y así, cuando terminó, bajó al piso de abajo.
-bajó las escaleras y encontró a Yuki y a Lando ocupados en la cocina, mientras Pierre y Daniel cuidaban de los pequeños. Todo estaba, como siempre, con los papeles perfectamente repartidos. Al fin y al cabo, la crianza de Sophie había sido extraordinaria: mientras Jos y Toto insistían a sus hermanos en que debían imponer respeto frente a los Omegas, ella les había enseñado equidad e igualdad.
No tardó en hacerse notar su presencia. Arvid fue el primero en percibir su aroma y, sin perder tiempo, se soltó del regazo de Daniel y corrió hacia él.
-¡Tito Maxie!-exclamó el pequeño, lanzándose contra las piernas de Max, quien lo alzó en brazos y lo colmó de besos con una ternura infinita.
-Ay, mi niño precioso... ¿cómo estás, amor mío?-Yuki y Lando sonrieron al verlo así; no estaban acostumbrados a escuchar ese lado tan dulce de Max, al que muy pocas veces tenían acceso, salvo cuando estaba junto a Sophie y los niños. Sin embargo, en ese instante, Daniel posó sobre él una mirada que heló la sangre de Max.-
-¿Por qué llegaste tarde hace rato, Max Emilian?-. Su voz sonó oscura, ese tono que siempre aterrorizaba a Max. El pequeño intentó buscar refugio en la mirada de Pierre, pero este le hizo una seña negando con la cabeza-. A Pierre no lo mires. ¿Crees que soy tonto? Sé a qué hora entraste. Te lo pregunto por última vez: ¿por qué llegaste tan tarde?
-Daniel, yo... yo...-Max empezó a perder el control y el pánico lo invadió ante la sola presencia de su hermano. Daniel golpeó la mesa con fuerza, sobresaltando al pequeño Arvid, quien se aferró con más fuerza al cuello de su tío. Sus ojos se entrecerraron con severidad, pero antes de que pudiera seguir, la voz de Lando se hizo escuchar.
-Daniel, amor... dale espacio. Es un chico, todavía le falta un año para alcanzar la mayoría de edad. Una vez que forme su propia familia, ya no tendrá oportunidad de disfrutar de esta manera-. La voz del Omega brotó cálida y suave, el mismo tono que siempre lograba ablandarlo y hacerlo retroceder.
-¿Lo defiendes? ¿Y por qué lo haces? ¿Acaso eres su cómplice? Max tiene boca para responder y explicarse. No necesita que otros hablen por él, y bien lo sabes-. Lando abrió la boca para replicar, pero Yuki se adelantó.
-Lando tiene razón. Max necesita vivir y salir, no estar encerrado entre cuatro paredes. Dime, ¿acaso tú no fuiste joven alguna vez? ¿No te das cuenta de que estás asustando a tu propio hijo?-soltó Yuki con firmeza, su voz tornándose desafiante y directa, retándolo abiertamente a continuar la discusión.
-Yuki, amor, no creo que sea necesario...-Pierre intentó mediar, pero Yuki lo calló de inmediato. Daniel, por su parte, se quedó inmóvil, sobrepasado por la situación, y más aún cuando percibió el cambio en las feromonas de Yuki: su aroma, antes dulce y acogedor, se había transformado por completo en té verde amargo, flor de arroz seca, especia ardiente y yuzu cortante. Un olor que no atacaba, pero que desafiaba, se imponía y dejaba bien claro que estaba furioso y que no tenía intención de ceder.
-Simplemente... me quedé un rato más con Gabi, estaba muy ebrio y tuve que llamar a Nico por él... y se me pasó la hora. Cuando me di cuenta, ya era tarde-tartamudeó Max al terminar de explicarse, sin levantar la vista.
Sin embargo, Daniel no le creyó ni una sola palabra. Aun así, decidió contenerse y mantener la calma; sabía perfectamente que seguir insistiendo solo provocaría una pelea con el Omega más volátil y explosivo de todos: Yuki, el novio demonio de Pierre.
Y como era habitual, las observaciones de Yuki no tardaron en llegar. Mientras comían, lo hacían en la sala, junto a los pequeños y frente al televisor; Pierre y Daniel, en cambio, permanecían en la cocina. Max, por su parte, que ya se había declarado a sí mismo como el mejor amigo de Lando y de Yuki, se sentó junto a ellos en la mesa baja de la sala. Y justo en medio de la charla, Yuki tomó la palabra:
-Y bien...-preguntó el Omega, mientras intentaba darle de comer a Sebastián, quien se mostraba inquieto y no dejaba de estirarse hacia los brazos de Max.
-¿Y bien qué?-respondió este, tratando de desviar la atención y aprovechar para llevase al pequeño consigo. Tenía ya las manos a punto de alzar al niño, pero su intento fracasó de inmediato cuando Yuki le asestó un manotazo suave en la muñeca. Lando soltó una risita, sabiendo perfectamente hacia dónde se dirigía todo aquello.
-Hablo de... no sé... de formar una familia, tal vez-dijo Yuki con tono sugerente.
-¡Oh, no! ¡No, no y no!-exclamó Max-. Yuki, te lo digo por enésima vez: no me voy a acostar con tu hermano. Ni siquiera lo conozco bien. Soy un Alfa, y no me malinterpretes: tu hermano es guapo, sí, es un Enigma... y no digo que no sea mi tipo. Es decir... ya me entiendes, ¿no?
Habló el rubio visiblemente incómodo y nervioso, tartamudeando un poco sin darse cuenta. Y como siempre ocurría, tanto Yuki como Lando lo notaron de inmediato, intercambiaron una mirada cómplice y ambos se echaron a reír levemente, sin dejar de observarlo.
-Sí, sí... ya te entendí. Solo digo que Carlitos es una persona encantadora. Y, siendo honestos: tiene dinero, tal como te gustan, y además está bien fornido. Y ya sabes lo cercanos que somos... así que pensé que tal vez... no sé... ¿te consiga una cita con él? ¿Qué opinas?-.
Lando escupió el agua que bebía y estalló en carcajadas al ver la cara de Max, que había quedado rojo y paralizado por la sorpresa. Yuki, por su parte, hablaba sin el más mínimo filtro.
-Yuki...-advirtió el Alfa, empezando a alterarse. Y ambos lo notaron de inmediato: sus feromonas acababan de tornarse en grosella ácida, menta cortante y goma caliente-. ¿Crees que me interesa? Es decir... sí, reconozco que es atractivo, pero no hasta ese punto. Y créeme: soy un Alfa. Obviamente no buscaría nada con alguien que no fuera un Omega.
-Un pajarito nos dijo lo contrario... que le contaste que te gustaría, de vez en cuando... ser quien recibe. ¿O creías que no nos íbamos a enterar, tigre?-añadió Lando entre risas, mientras secaba suavemente la boca de Arvid quien había bebido un Chocomilk y se había batido. Max estaba ardiendo en rubor.
-Gabriel... me las va a pagar. Le dije que era un secreto-masculló frotándose la sien, hasta que al fin alzó en brazos a Sebastián, quien se acurrucó de inmediato contra su pecho.
-Pues mira... no se te da nada mal el trato con los pequeños, ¿sabes?-dijo Lando con una sonrisa pícara.
Max lo fulminó con la mirada, dispuesto a replicar, cuando en ese preciso instante escucharon pasos en la escalera. Sin duda, eran sus padres y Victoria que bajaban a desayunar.
꧁༺ғιɴᴀʟ ᴅᴇ ᴇʟ cᴀᴘ༻꧂








