✧ Prólogo
—Seojoon...
El nombre se le escapó de los labios igual a un suspiro pesado, casi ahogado.
El cuerpo dejó de responderle de golpe. Taehyung sintió cómo las piernas se le doblaban antes de poder apoyarse en algo, dejando que el frío del suelo lo recibiera con brusquedad. La marca en su cuello no solo dolía: quemaba. Era un ardor sordo, denso, como si le estuvieran clavando algo al rojo vivo directamente en la piel, desgarrando los hilos rojos invisibles que los unían.
Gritó. Fue un sonido seco, desgarrador, que rebotó contra las paredes enrarecidas de la habitación.
Por dentro, el lobo rasgaba, buscaba aire, pedía a aullidos la presencia de la única persona que podía calmar ese fuego. Pero no había nadie. Parknoiba a cruzar esa puerta. Seojoon —su alfa, la primera persona a la que le había entregado todo sin dudar— había elegido a alguien más.
El dolor no era metafórico; era físico. Cada inhalación se sentía como que el aire venia lleno de polvo y agujas, raspándole la garganta, quemándole el pecho con cada latido torpe. Apoyó la frente contra el suelo, apretando los puños con las pocas fuerzas que le quedaban. El sudor le pegaba el cabello a la frente, y la visión se le empezó a manchar de bordes negros.
Y aun así, en medio de ese desastre, el sentimiento no se apagaba. Estaba ahí, estúpido e intacto, latiendo al mismo tiempo que la quemadura en su cuello.
Intentó arrastrarse un par de centímetros, buscando un impulso que no llegó. La oscuridad terminó de cerrarse sobre él, apagando el ruido de su propia respiración y dejándolo caer, finalmente, en un silencio absoluto.
Despertó con el sabor metálico de su propia desesperación impregnado en la lengua.
El silencio en la habitación ya no era solo la ausencia de ruido; era una masa densa, un vacío sofocante que le pesaba sobre la caja torácica. Taehyung parpadeó despacio. La penumbra se sentía como esa misma ebonía que solía tragarlo cuando la realidad se volvía insoportable. Pero esta vez no había refugio.
La marca en su cuello había dejado de arder a fuego vivo para convertirse en una cicatriz fría, un pulso necrosado que le decía a cada segundo el abandono. Seojoon. El nombre volvía a formarse en su mente como una rumiación enfermiza, un bucle violento que su propia mente se negaba a cortar. Su alfa no iba a volver.
Con un gruñido ahogado, apoyó las palmas temblorosas contra el piso de madera. Sus rodillas fallaron al primer intento, pero la rabia —esa locura incipiente que comenzaba a desplazar al dolor— le dio el impulso definitivo para erguirse. El lobo en su interior ya no aullaba de pena; arañaba las paredes de su cordura, desorientado, herido, pero peligrosamente despierto. Kaida salía desde la sombra de su conciencia, erizando el pelaje oscuro y mostrando los dientes contra la nada.
Se llevó una mano al cuello, presionando con los dedos sobre la piel inflamada donde la mordida aún supuraba la traición. La simbiosis se había roto, pero el lazo no moría en silencio: se pudría lentamente dentro de él.
Taehyung ladeó la cabeza, fijando los ojos en la puerta cerrada. La respiración se le aceleró, corta y rasposa. Si Seojoon creía que dejarlo colapsar en la oscuridad era el final de su historia, no entendía la naturaleza del monstruo que él mismo había ayudado a moldear. La veneración mutua había terminado, sí, pero la obsesión no se extinguía tan fácil. Solo cambiaba de forma.



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