Capítulo 1. Arcadia
El 23 de abril del año 1200. La familia real de ‘Arcadia’ dio a luz a su primogénito. Fue un parto tormentoso, sabanas manchadas en sangre, las parteras intentando estabilizar a su alteza real. Gritos de dolor y suplica invadieron los aposentos, ante la llegada del príncipe.
Aquella tormentosa noche, sería recordada por todos los presentes, por el pueblo y la nación. El hijo del linaje real había nacido, con un estruendoso llanto. Cuando la reina lo tuvo entre sus brazos, obtuvo la respuesta de inmediato. ‘Jeno’ sería su nombre, significaba ‘noble’ y se convertiría en el futuro rey.
Jeno fue criado para ser el mejor en todo, era considerado el mejor caballero de su época. Poseía una fuerza extraordinaria, y todos los días de su vida, le era recordado cuál era su deber; ser el rey de Arcadia. No objetar ante las leyes, venerar a su iglesia y seguir las ordenes de su padre, hasta contraer el trono.
El pueblo veía a un joven brillante, varonil y atractivo. Las mujeres morían por él. Nadie podría imaginar que el joven príncipe tuviera alguna clase de defecto. Sin embargo, lo tenía. Un defecto que ni el mismo príncipe era consciente que tenía y que lo acompañaría por el resto de su vida, hasta aceptar que lo poseía.
Jeno tenía dieciséis años cuando aceptó que no quería convertirse en rey. La carga caía sobre sus hombros, la vida llena de cotidianidad le asustaba, y, sobre todo, el matrimonio era una palabra que le estremecía.
Jeno nunca había experimentado el amor, su padre, con pensamientos arraigados, veía el amor como una estupidez. El amor no existía, solamente había dos bandos, el placer y la obsesión por las mujeres, o la muerte. No existía un punto medio. El único concepto de amor que Jeno conocía, venía de su madre.
La única mujer que le enseñó el verdadero significado de la palabra. Su madre en cambio del rey, lo llenaba de cuentos de fantasía, repitiéndole continuamente que existía alguien ahí afuera, que lo amaría y lo respetaría por ser quien era. Que habría una persona que se arrancaría el corazón, y daría su vida por él sin pensarlo.
Jeno perdió el único significado de amor que tenía, cuando cumplió diecisiete años. La reina había contraído una rara enfermedad, y después del entierro, Arcadia y el corazón del joven príncipe, se habían apagado. Jeno cerró su corazón y le dio la bienvenida al infierno que le esperó, cuando el ataúd de su amorosa madre se cerró.
Y después de eso, el venerado príncipe, jamás amó.
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Una mañana de 1223, Jeno se preparaba para sus deberes reales. O al menos, esa era la idea. Se había movido demasiado la noche anterior, el insomnio le había invadido, con el presentimiento de que algo estaba por suceder, no tenía ni idea de qué. Pero nunca esperaba buenas noticias.
Había estado tan desconcertado que la ‘Meretriz’ que le acompañaba aquella noche, no había podido terminar sus servicios. La había corrido antes de que siquiera su virilidad despertara. Había visto la noche pasar, y dar entrada a los primeros rayos de sol. Cuando su ‘paje’ tocó la puerta, tres veces como acostumbraba, a este le sorprendió ya verlo despierto y levantado antes de siquiera llamarle.
—Buenos días, majestad. Veo que no descansó en lo absoluto ¿Una larga noche? — DongHyuck le palmeó la mano en protesta cuando intentó acomodarse la túnica por él mismo. Un gesto que lo habría llevado directamente a la horca, pero entre los dos, era la cotidianidad.
DongHyuck o como le gustaba ser llamado ‘Haechan’ más que su paje. Era su mejor amigo, habían crecido juntos en el palacio. El padre de Haechan, había sido el paje de su excelencia real, y cuando el joven obtuvo la edad adecuada para trabajar. Se convirtió en el paje de Jeno.
Se opuso al principio, no le agradaba la idea de que su mejor amigo, fuera responsable de él, ni mucho menos llegara a ser castigado. Pero Haechan siempre decía que no pasaba nada, y no podían oponerse ante un mandato real.
—Ni lo sueñes, Haechan. No ocurrió nada anoche. — El largo suspiro que soltó, alarmó al moreno de cabellos castaños. Haechan era un par de centímetros más bajo que él, tenía la piel color canela, los lunares de su rostro, eran un encanto que siempre le repetía Jeno que tenía. Y estaba seguro de que si el chico fuera de la nobleza sería de los nobles más cotizados del pueblo. Haechan además de guapo, era encantador, tenía una personalidad cegadora que envidiaba.
Podría enamorar a cualquier doncella. Pero Jeno nunca lo vio con mujeres, a excepción de cuando rechazaba alguna confesión de las criadas o doncellas que se atrevían a arriesgar su estatus, con tal de pasar una noche con su amigo. Pero este siempre las rechazó, y nunca entendió el por qué.
—¿De qué hablas? Creí que la Meretriz de anoche, era por completo tu tipo. ¿Sabes lo que me costó conseguirla? Un guardia casi me descubre, su majestad real nos hubiera matado si se enteraba. — Haechan reprochaba mientras le colocaba el manto y lo apretaba más de la cuenta. Entendió el mensaje; estaba molesto.
—Dudo mucho que a mi padre le importe a quién tengo entre sabanas, Haechan. Mientras nadie sepa que lo hago, a él no le importa. Es una de sus creencias “El placer de un hombre viene de una mujer. Las mujeres solo sirven para satisfacer a un verdadero hombre” — Le dio escalofríos de tan solo pensar en eso.
Su amigo le acomodaba los cabellos, frente al espejo. Y le colocaba su collar con el escudo real de la familia. Un cuervo parado en la punta de un árbol con las alas extendidas. Arcadia era uno de los cuatro reinos, de los puntos cardinales. Arcadia era el reino supremo de cada región, al encontrarse en el norte. ‘Lavinia’ era el reino de las islas del sur.
Asteria era el reino del Este y Valdoria del Oeste. Cada región tenía sus propias leyes, y su propio rey. Pero Arcadia siempre sería el reino más fuerte de los cuatro reinos. O eso era, hasta hace apenas unos meses.
—Hablar de mujeres como si fueran un rebaño me asquea, Jeno. — Sonrió inevitablemente por la cara de asco de su amigo que vio a través del reflejo del espejo. Sus ojos se hicieron dos medias lunas, y Haechan se contagió por su sonrisa. — Entonces, ¿Vas a decirme porque no quisiste nada con la Meretriz?
Haechan estaba ayudándole ahora con la armadura. Había encendido un par de velas más, los rayos de sol habían desaparecido, y en su lugar, nubes grises habían llenado el cielo. Cielos que se habían repetido desde hace meses, pero ni una gota de lluvia caía de ellas.
—No lo sé, mi cabeza estaba en otra parte. Tuve un presentimiento, mi cabeza se llenó de eso y… La expulsé, antes de que mi virilidad despertara.
Volvió a suspirar, perdiendo el poco aire que tenía en los pulmones poco después, cuando su amigo le apretaba la armadura más de la cuenta. Después de eso, conectó su mirada con la de su paje, a través del reflejo del espejo. Haechan le dio un par de palmadas en los hombros, indicándole así que había terminado, pero, aun así, lo vio negar con la cabeza.
—¿Un presentimiento bueno o malo?
—¿Cuándo he recibido yo, buenas noticias? — Esta vez, fue DongHyuck el que soltó el suspiro lastimero, y volvió a palmearle los hombros, en señal de ánimos.
—Tal vez tengas un sexto sentido, amigo. Tu padre quiere verte con el concejo. A primera hora.
Jeno palideció, nada bueno podría salir de una junta del concejo, mucho menos. Si su padre estaba presente. Al parecer su presentimiento, lo estaba preparando para lo peor.
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El príncipe de Arcadia caminaba exasperante por los largos pasillos del reino. Con su paje, intentando pisarle los talones. Las criadas, hacían una reverencia rápida al verlo pasar, al igual que los caballeros y hombres de servicio.
Cuando se paró frente a las enormes puertas, de la sala del concejo, quiso vomitar. Le recordó a la primera vez que el caballero real, le enseñó a usar la espada. Al no obtener los resultados obtenidos en su primera clase, su padre lo azoto y lo golpeo como castigo por ser tan incompetente. Una de las muchas palizas, que le otorgaría con el paso de los años.
Jeno presentía que, al entrar en esa sala, lo único que le esperaba eran azotes y castigos. Temió lo peor.
—¿Majestad? ¿Majestad me está escuchando? — Haechan llamó su atención al colocarle la mano frente a su campo visual. Al parecer llevaba un par de minutos, preguntando.
Casi lo regaña por su formalidad, pero había olvidado que saliendo de las cuatro paredes de su habitación. Ya no eran mejores amigos, solamente el príncipe y su paje. Y si alguien se enteraba que DongHyuck le hablaba de forma inapropiada. Sería mandado a azotar, sin objeción, o algo mucho peor, con su padre, nunca estaba seguro de nada.
—¿Eh? Sí, sí, por supuesto. Lo siento mucho. — Se arregló sus prendas, y dejó escapar un suspiro por la nariz, antes de tomar una gran bocanada de aire, en un fallido intento de darse ánimos. Miro a su amigo a los ojos, y esté entendió el mensaje.
—Daré aviso al concejo de su llegada, excelencia. — Haechan fue el primero en entrar.
Odiaba ese tipo de formalidades, pero no podía objetar, era un príncipe y su mayor deber era serle fiel a la corona. Aún cuando detestaba con todas sus fuerzas, ser el heredero. Un par de minutos después, su amigo salió por la puerta por la que había entrado y le dejó pasar.
En juntas del concejo, las damas de compañía o los pajes, no eran permitidos. Estos quedaban detrás de la puerta, en espera de ser llamados por si los necesitaban. Jeno, como un niño, casi le suplica que entrara con él. Aún cuando sabía, que eso, era prácticamente imposible.
Entró con pies firmes, aparentando autoridad. La puerta se cerró detrás de él y camino solo por el pequeño pasillo, que lo llevaría a la sala de juntas. Donde había una mesa exageradamente larga, en donde diez miembros del concejo se sentaban alrededor de ella. Su padre, el rey. Sentado justamente en el extremo de la mesa, su lugar, como príncipe, era el otro extremo. Un lugar curiosamente conveniente, para tener todos los pares de ojos encima.
—Su excelencia real, miembros del concejo. — Hizo una pequeña reverencia, antes de sentarse en su sitio. Cada uno de esos hombres canosos y viejos, le hicieron una reverencia de vuelta a forma de saludo. Todos, a excepción de su padre.
—Bienvenido, joven príncipe. Lamentamos haberle citado a primera hora sin avisar. — Uno de los hombres, sentado a su derecha, fue el primero en cortar el silencio que reinaba en esa fría habitación. Y al parecer, nadie se estaba atreviendo a hablar primero, al ver como relajaban los hombros los demás, les había delatado.
—No se preocupe, mi honorable ¿A qué se debe esta junta tan repentina? — Sabía fingir clemencia a la perfección. Su lado político y correcto, siempre salía a flote con personas importantes, su madre se había encargado de criarlo, y le había enseñado lo suficiente, como para aparentar respeto.
—Bueno su majestad lo que pasa…
—Llegas tarde. — El hombre detuvo sus palabras, cuando la imponente y fuerte voz del rey, inundó la sala. Cada uno de los hombres presentes, se movieron incomodos en su sitio.
Jeno, en cambio. Hizo una reverencia para su padre, en modo de disculpa.
—Mil perdones, su excelencia. Me temó que me fue algo difícil quitarme las sábanas, fue una noche larga.
—Te tiraste a una ramera ¿No es así?
Hubo un silencio sepulcral después de eso. Jeno se quedó sin habla, y cuando estaba dispuesto a responder, la áspera y gangosa risa de su padre, inundó la habitación. Seguido de las risas de los demás miembros del concejo.
—¿Cómo ven a mi muchacho? Todo un semental. Utilizando todos los encantos que le heredó su padre. — Al parecer le habían contado el mejor chiste al rey, porque este no dejaba de reír. Quién diría que debajo de esa gran barba blanca y mejillas sonrosadas, había una persona aberrante y déspota.
—No he hecho nada de eso, padre. — Se intentó defender, pero su progenitor siguió riendo, hasta que su risa se fue apaciguando, Jeno vio de frente, como se limpiaba las lágrimas con el dorso de la manga de su traje real.
—Creo que debemos dar inicio, a la gran noticia, su excelencia. — El hombre que hace unos minutos le había dirigido la palabra, fue el encargado de que las risas de los demás presentes se fueran calmando, hasta que el silencio, volvió a reinar
El príncipe miro de reojo al hombre que se acariciaba las muñecas de sus manos ásperas. Y pudo jurar, por un segundo, que este le había otorgado una mirada de compasión, como si fueran a darle la peor noticia de su vida.
—¿Hay buenas noticias, su excelencia? ¿La hambruna ha mejorado? — Un pequeño brillo de esperanza en la voz de Jeno, hizo que su padre cambiara por completo su expresión. De una sonrisa juguetona, había pasado a parecer un cadáver sin sentimientos.
Esa mirada que solo le daba a Jeno, antes de azotarlo.
Arcadia estaba pasando por la peor sequía en décadas, las cosechas no estaban dando fruto y el ganado poco a poco estaba muriendo por falta de alimento. Su pueblo estaba pasando por una de las peores hambrunas del siglo y aunque Jeno se repetía todo el tiempo que no quería ser rey. La gente de su pueblo, le importaba. Más de lo que quería admitir.
—La hambruna está acabando con nuestro reino. El concejo, la iglesia y yo, hemos llegado a un acuerdo. Un atibo de esperanza entre tanto infierno. — Su padre le puso los vellos de punta, y se aferró a la silla, en un intento de obtener soporte. — Te he comprometido con la hija del reino del Sur, Lavinia.
Jeno palideció, los oídos comenzaron a zumbarle y todo su alrededor comenzó a dar vueltas.
—Una unión entre naciones es lo más sensato, su majestad. El reino de Lavinia esta completamente dispuesto a otorgarnos de sus alimentos, ganado y plantas medicinales. — Esta vez le habló un hombre robusto, sentado a su izquierda, lo vio apretar los ojos, debido a su evidente ceguera y Jeno por segunda vez en el día, quiso vomitar.
Su madre llegó a su mente, en ese momento. Sentía que le estaba traicionando, que ella no estaría de acuerdo con un matrimonio arreglado, y la promesa que le hizo antes de morir, se volvió más latente.
El ultimo deseo de su madre, era que se casara por amor, no en un matrimonio arreglado como el suyo y el de su padre. Su amada madre, siempre le inculcó y le hizo creer que el verdadero amor existía y que ahí afuera, había alguien que lo amaría para siempre.
Jeno le prometió, en su ultimo aliento. Que encontraría el verdadero amor y sería feliz, tan feliz como ella nunca pudo ser. Pero esta era la vida real, no un cuento de hadas, como los que le contaba su madre. Su cuerpo tembló, y sin pensarlo, le dio a su padre una rotunda respuesta.
—No. — Todas las voces del concejo se desvanecieron, voces que le felicitaban por su nuevo matrimonio, se habían quedado en silencio en cuestión de segundos.
La cara de su padre fue un poema. Y en ese mismo instante, se dio cuenta de lo que había hecho.
—¿No? ¡¿No!? ¡Cómo te atreves a negarte a un mandato real! ¡Muchacho mal nacido! — El rey golpeó la mesa con el puño tan fuerte, que los presentes pudieron jurar que le hizo una grieta a la madera con tan fuerte estruendo.
Por primera vez en su vida, Jeno se levantó de la silla, para encarar a su padre. Dispuesto a defenderlo todo, su honor, su vida, la promesa de su madre.
—¡No pienso casarme con una desconocida, majestad! Mucho menos si un acto tan romántico e intimo como lo es el matrimonio, es sin amor.
—¡¿Amor?! ¡¿Qué dices maldito imbécil?! ¿Crees que la gente se casa por amor? Eres un completo canalla.
La gran mesa del concejo le pareció pequeña cuando su padre se levantó y con pasos agigantados se acercó a él. Y aún así, sacó el coraje que no sabía que tenía.
—¡Le hice una promesa a su majestad, la reina! No voy a casarme si no es por amor, padre.
El concejo quedó paralizado cuando el rey le otorgo la primera bofetada al príncipe. Jeno giró la cabeza por la fuerza usada, y no se inmuto cuando su labio comenzó a sangrar, ni mucho menos cuando su rostro ardía con fuerza.
—¡¿La reina?! ¡¿A quién le importa lo que piense una maldita muerta?! ¿Crees que me casé con tu madre por amor? Era una ramera más, la única ramera que logró darme un hijo. Y cada día de mi vida me arrepiento porque el hijo hayas sido tú, solo eres un bastardo, un maldito mal nacido.
Algunos hombres del concejo apartaron la mirada cuando la segunda bofetada sucedió. Algunos miraban al príncipe con pena y lastima, pero no podían defenderle. Nadie podía oponerse al rey.
—Vas a casarte con esa maldita ramera. Te meterás entre sus faldas, me darás un maldito heredero y esperaré ansioso tu muerte, para que mi nieto sea el sucesor de la corona.
El príncipe de Arcadia bajo la mirada; tenía la boca llena de sangre y el rostro rojo por las bofetadas. Asintió en silencio y con una reverencia, se despidió de los presentes.
Cuando salió de la sala del concejo, Haechan lo esperaba en la puerta, justo donde le dejó. Había escuchado todo, por supuesto. Las paredes podían ser altas, pero eran tan frágiles que podías escuchar hasta los murmullos.
Haechan al verlo se asustó, acercándose a él con ansia. Esa ansia que le daba por querer ayudarlo. Esa ansia que le nacía, al querer proteger a su alteza real, a su mejor amigo.
—¡Dios mío, majestad! ¡Deben curarle las heridas cuanto antes! Llamaré a una criada.
—DongHyuck, que alisten mi caballo. — Escupió la sangre que tenía en la boca, y su amigo le miraba confundido y con mucho miedo.
—Majestad, deben curarle las heridas, llamaré a una cri-
—¡Que alisten mi caballo DongHyuck, no me hagas repetirlo! — Elevó la voz en ese tono autoritario que tenía al momento de enojarse.
Su amigo lo miro con cierta compasión y bufó en respuesta cuando le vio hacer una reverencia.
—Como usted ordene, joven príncipe.
Miro a su amigo desvanecerse por los pasillos del palacio, las criadas alrededor se habían quedado perplejas en su sitio, sin saber que hacer. En ese momento, no le importaba nada.
Había recibido la peor noticia de su vida.
Pero era un príncipe, y debía cumplir con su deber.








