Chapter 1 el secreto comienza
Nadie puede saberlo
Capítulo 1: El secreto comienza
La lluvia había empezado justo cuando salí del instituto.
No era una lluvia fuerte, pero sí de esas que parecen empeñadas en arruinarte el día. Caminé deprisa por la acera, intentando proteger los libros que llevaba contra el pecho con mi chaqueta.
—Genial —murmuré—. Justo lo que necesitaba.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—¿Quieres compartir paraguas?
Me giré.
Y la vi.
Estaba a unos pasos de distancia, sujetando un paraguas negro con una mano y una mochila con la otra. Tenía el pelo ligeramente mojado y una sonrisa tímida que hizo que, durante unos segundos, olvidara completamente que estaba lloviendo.
—¿Yo? —pregunté, señalándome.
Ella soltó una pequeña risa.
—No, la otra chica que está sola bajo la lluvia.
Sonreí.
—Vale, vale. Sí, quiero.
Se acercó y levantó un poco el paraguas para que pudiera entrar debajo.
—Soy Valeria.
—Clara.
—Encantada, Clara.
Empezamos a caminar.
No sabía por qué estaba tan nerviosa.
Era simplemente una chica que acababa de conocer. Nada más.
O al menos eso intenté convencerme.
—¿Vas hacia la estación? —preguntó.
—Sí.
—Yo también.
Durante unos minutos caminamos en silencio. El sonido de la lluvia golpeando el paraguas llenaba el espacio entre las dos.
Hasta que ella habló de nuevo.
—¿Eres nueva?
—¿Se nota tanto?
—Un poco.
—¿Por qué?
Valeria sonrió.
—Porque llevas toda la mañana mirando los pasillos como si estuvieras intentando encontrar una salida de emergencia.
Solté una carcajada.
—Quizá estaba buscando una.
—Entonces vas por buen camino. Yo llevo dos años aquí y todavía me pierdo.
Volví a reír.
Y fue extraño.
Porque apenas llevábamos unos minutos juntas y ya sentía que podía hablar con ella sin pensar demasiado en qué decir.
Cuando llegamos a la estación, nos detuvimos.
—Bueno… aquí me bajo —dijo Valeria.
—Yo también.
Nos miramos.
Por alguna razón ninguna se movió.
—Entonces… ¿nos vemos mañana? —preguntó.
—Supongo.
—¿Supongo?
—Quería decir que sí.
Ella sonrió.
—Mejor.
Subimos al tren juntas.
Y aquel fue el comienzo.
Durante los días siguientes, Valeria empezó a aparecer en todas partes.
En la cafetería.
En la biblioteca.
En los pasillos.
A la salida.
Al principio pensé que era casualidad.
Después descubrí que no.
—¿Tú me estás siguiendo? —le pregunté una mañana.
—¿Yo? Jamás.
—Entonces, ¿por qué apareces siempre donde estoy?
—Quizá eres tú la que me sigue.
—Claro. Tiene muchísimo sentido.
Ella se rió.
Aquella sonrisa comenzaba a resultarme peligrosamente familiar.
Nos hicimos amigas casi sin darnos cuenta.
Hablábamos durante las clases cuando podíamos.
Nos enviábamos mensajes por la tarde.
Y algunas noches nos quedábamos hablando hasta que una de las dos decía que tenía sueño, aunque casi siempre terminábamos escribiéndonos otros veinte minutos.
Valeria tenía una forma de escuchar que hacía que cualquier problema pareciera importante.
Yo podía contarle cualquier cosa.
Mis inseguridades.
Mis preocupaciones.
Mis sueños.
Incluso cosas que nunca había contado a otras personas.
Y ella nunca se reía.
Nunca me juzgaba.
Simplemente escuchaba.
Una tarde estábamos sentadas en un banco frente al instituto.
—¿Sabes qué? —dijo de repente.
—¿Qué?
—Me alegro de haberte conocido.
La miré.
No esperaba escuchar aquello.
—Yo también.
—¿De verdad?
—Sí.
Ella bajó la mirada y sonrió.
—Bien.
Hubo un silencio.
Pero no era incómodo.
Era diferente.
Me fijé en sus manos.
Luego en sus ojos.
Y entonces ocurrió.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos.
Demasiados.
Sentí algo extraño en el pecho.
Aparté la mirada rápidamente.
—Tengo que irme —dije.
—¿Ya?
—Sí. Mi madre me está esperando.
—Vale.
Me levanté.
Ella también.
—Nos vemos mañana.
—Mañana.
Me alejé sin mirar atrás.
Pero durante todo el camino a casa no pude dejar de pensar en aquel momento.
En aquella mirada.
En la forma en que había sentido que el mundo se quedaba en silencio.
Y, sobre todo, en una pregunta que no quería hacerme.
¿Por qué me ponía tan nerviosa estar cerca de ella?
Esa noche recibí un mensaje.
Valeria: ¿Llegaste bien?
Sonreí sin querer.
Clara: Sí. ¿Tú?
La respuesta llegó inmediatamente.
Valeria: Sí.
Pasaron unos segundos.
Después apareció otro mensaje.
Valeria: Hoy estabas rara.
Me quedé mirando la pantalla.
Clara: ¿Rara cómo?
Tardó en contestar.
Valeria: No sé. Como nerviosa.
Sentí que el corazón me daba un pequeño salto.
Clara: Estás imaginando cosas.
Valeria: Puede ser.
Después añadió:
Valeria: Buenas noches, Clara.
Clara: Buenas noches, Valeria.
Apagué el teléfono.
Pero no pude dormir.
Porque, por primera vez, empecé a sospechar que quizá no era la única que había sentido algo aquella tarde.
Y si mis sospechas eran ciertas, entonces aquello podía complicarse mucho.
Porque todavía no sabía qué sentía.
No sabía qué quería.
Solo sabía una cosa:
Cuando pensaba en Valeria, sonreía.
Y eso me daba miedo.
Mucho más miedo del que estaba dispuesta a admitir.








