Prólogo
Dicen que el amor verdadero no se mide en el tiempo que dura, sino en la profundidad de las huellas que deja en el alma. Para Park Jimin y Jeon Jungkook, esas huellas se habían empezado a marcar desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron en aquella pequeña cafetería, bajo la lluvia de un otoño que parecía congelarlo todo, excepto el calor que nació entre ellos.
Su noviazgo fue una coreografía perfecta de risas compartidas, secretos susurrados a mitad de la noche y promesas silenciosas. Jungkook, con su timidez inicial que se derretía solo cuando Jimin le sonreía, se convirtió rápidamente en el protector de los sueños de Jimin. Y Jimin, con su dulzura infinita y esa calidez que parecía emanar de su propio ser, se transformó en el refugio seguro de Jungkook. Fueron tres años de un romance puro, de esos que la gente envidia en secreto porque parecen sacados de un libro de cuentos. Un amor que no temía a las tormentas, porque sabían que, mientras se sostuvieran de la mano, el mundo exterior no podía tocarlos.
La boda, celebrada cinco años atrás, no fue un evento ostentoso, sino una ceremonia íntima en una colina que miraba hacia el mar. Jimin vestía de blanco impecable, sus ojos convertidos en dos crecientes de luna por la felicidad, mientras Jungkook, con las manos temblorosas y los ojos empañados en lágrimas, le juraba amor eterno frente a un puñado de personas que testificaban el nacimiento de una nueva familia. Aquella noche, bajo el manto de estrellas, grabaron en sus corazones una promesa: "En la salud y en la enfermedad, en la paz y en la guerra, hasta que el último suspiro nos separe".
Los primeros cuatro años de matrimonio fueron un remanso de paz. Construyeron un hogar, compartieron rutinas, pelearon por tonterías como quién se había terminado el último café y se reconciliaron con besos que sabían a eternidad. Sin embargo, el cuadro no estaba completo. Ambos anhelaban un eco de su amor, una vida nacida de la suya.
Y entonces, el milagro ocurrió.
El día que la prueba dio positivo, el llanto de Jimin llenó la habitación, un llanto de pura incredulidad y gozo. Jungkook lo había cargado entre sus brazos, girando sobre su propio eje mientras besaba cada rincón del rostro de su esposo. Estaban esperando un bebé. Una niña.
El embarazo de Jimin fue una etapa hermosa, pero también cargada de una extraña fragilidad. Jungkook se volvió su sombra, cuidando cada uno de sus pasos, mimando sus antojos nocturnos y pasando horas con la cabeza apoyada en el vientre abultado de Jimin, hablándole en voz baja a su futura hija, prometiéndole que sería el hombre más feliz del mundo al verla nacer. Jimin, por su parte, floreció. Su piel parecía brillar con una luz propia, y aunque el cansancio a veces nublaba sus ojos, la sola idea de sostener a su pequeña en brazos le devolvía todas las fuerzas.
Durante esos nueve meses, el mundo exterior pareció volverse un poco más gris, con noticias extrañas en la televisión y un ambiente extrañamente tenso en las calles de la ciudad, pero en la burbuja de su hogar, solo importaban ellos tres. El nido estaba listo. La ropita rosa lavada y doblada, la cuna armada por las propias manos de Jungkook, y los corazones latiendo al unísono, esperando el momento exacto en que sus vidas cambiarían para siempre.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que el día más feliz de sus vidas se convertiría, en cuestión de minutos, en el inicio de su peor pesadilla.
NUESTRO
ÚLTIMO
AMANECER
( MUY PRONTO)
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Nota: Todo lo descrito en esta obra es puramente ficticio y con fines de entretenimiento. Ninguna de las conductas o situaciones presentadas debe ser romantizada o replicada en la vida real.
Disfruten su lectura ♥️








