Perdóname Padre, Porque He Pecado. by Leoalbujas at Inkitt
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Perdóname padre, porque he pecado.

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Summary

Entre paredes desconchadas y raciones frías, un joven marcado por extremidades anormalmente largas y deseos clandestinos lucha por entender si su existencia es un error o una condena. Cuando la antigua Directora se desvanece sin dejar rastro y una presencia ahogada de ojos amarillos empieza a acechar su ventana, comprende que el abandono no fue una coincidencia, sino un sello. Una historia de terror gótico sobre el adoctrinamiento, la culpa y las herencias de sangre que se niegan a permanecer en el fondo del agua.

Genre
Lgbtq
Author
Leoalbujas
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

0 // Dormir con la luz encendida

El vaho frío que se desprendía de los tazones de estaño era la única calidez constante que conocíamos en el gran comedor del Asilo de San Sebastián. Entre el sonido monótono de las cucharas golpeando el metal desgastado y el viciado hedor a repollo hervido con manteca rancia, el silencio solo se rompía por murmullos apagados. En ese espacio de paredes desconchadas por la humedad, lo que más ocupaba nuestros pensamientos no era el plato insuficiente frente a nosotros, sino la sombra de la familia real. Esa sangre lejana que, por razones que jamás nos explicaron, nos dejó olvidados en este rincón de piedra. Algunos de los chicos afirmaban recordar rostros, nombres o el olor de una cocina encendida; otros simplemente inventaban mentiras piadosas para no desplomarse. Nos aferrábamos con desesperación a esos retazos de tiempo donde creíamos haber sido felices, e incluso nos aferrábamos con terquedad a los recuerdos de lo que nos hacía daño, únicamente porque era lo único real que nos pertenecía.

Aquí adentro, los adultos nos trataban como si estuviéramos defectuosos. Se desplazaban entre las hileras de mesas con una cautela impostada, hablando con tonos suaves y condescendientes, como si cualquier palabra pronunciada con un matiz demasiado firme pudiera rompernos en mil pedazos.

En los espacios comunes, los celadores y los instructores hablaban entre ellos en voz alta sobre sus propias familias, sobre las comidas dominicales o los paseos por el río, proyectando una normalidad calculada para hacernos creer que formábamos parte del mismo mundo. Pero era una ilusión transparente. Los domingos, cuando nos conducían en fila india a la iglesia del asilo, los veía a todos disfrutar de la congregación. Los lugareños se entregaban al culto con una devoción tan ciega y pura que me producía un vacío en el estómago.

Mientras los cánticos retumbaban en la bóveda de piedra, los clérigos y la dirección nos repetían hasta el cansancio que Dios era nuestra verdadera y única familia, y que la directora del orfanato encarnaba la maternidad sagrada que nos cobijaba. Sin embargo, detrás de las túnicas impolutas y los sermones ensayados, la verdad era mucho más cruda: solo éramos un puñado de sombras descartadas que compartíamos un mismo final. Nos habían despojado del amor que tanto anhelábamos antes de que aprendiéramos a nombrarlo.

Deseaba con un ardor que me quemaba las entrañas saber de dónde venía. Quería conocer a la familia que me concibió, a los seres que me trajeron a este mundo, para comprender la razón por la que me abandonaron a mi suerte en un lugar que predica que el deber más sagrado del ser humano es cuidar de los suyos. Pero mi memoria no alcanzaba más allá del perímetro de piedra del San Sebastián. Mi historia comenzaba y terminaba en las literas de hierro helado, en las mantas de lana áspera que jamás lograban quitar el frío de los huesos y en esa comida gris que no sabía a nada. Eso era lo único que me había acompañado desde que tenía uso de razón.

Y luego estaban las noches. Cuando la luz se apagaba por completo, el silencio del orfanato engendraba pesadillas líquidas.

En mis sueños no había rostros amables ni casas con chimeneas; solo sentía una presencia formidable e invisible observándome desde los rincones de la habitación. Era una sombra densa que, con el paso de los meses, sentía cada vez más cerca de mi rostro, respirando un aire helado sobre mi piel. A pesar del terror visceral que me provocaba, en el fondo de mi ser albergaba la certeza casi enfermiza de que esa presencia era la única que poseía las respuestas verdaderas, la única capaz de hacerme entender por qué había terminado atrapado en esta existencia a medias.

—A Dios no le gusta que lo desafíen —dijo Gema con una voz que intentó sonar tajante, rompiendo el murmullo de la sala mientras recogía los platos vacíos de nuestra mesa.

Gema era joven, pero su postura erguida y sus nudillos blancos apretados contra la madera del plato delataban una rigidez que no era natural. Era una frase que habíamos escuchado miles de veces, repetida como un mantra para aplacar cualquier atisbo de curiosidad. No podíamos desafiar a Dios. No podíamos buscar respuestas fuera de los muros del asilo. Debíamos conformarnos con lo que dictaban las sagradas escrituras y aceptar la obediencia como el único refugio posible.

—¿Y a ti no te gustaría saber de dónde vienes? —le pregunté, mirándola fijamente a los ojos, sabiendo que mi pregunta raspaba una herida abierta.

Sabía muy bien que ella tampoco había tenido una familia buena ni amorosa. Gema no había llegado a su puesto por vocación divina; simplemente había sido elegida para reemplazar a la Antigua Directora, aquella mujer de rostro severo que un día, sin previo aviso ni explicación por parte del clérigo, simplemente desapareció de la faz de la tierra sin dejar más rastro que sus aposentos cerrados con candado.

Gema se detuvo en seco. Su mirada se endureció, aunque por un instante vi vacilar la firmeza de sus pupilas.

—No podemos pensar en el pasado —respondió, bajando la voz pero manteniendo un tono doctrinario—. Nos distrae de nuestro verdadero propósito. Dios siempre tiene una misión reservada para cada uno de nosotros. Todo el dolor que pasamos, cada carencia y cada lágrima, es exactamente lo que debe suceder para tallarnos y convertirnos en quienes debemos ser.

—No podemos simplemente ignorar de dónde venimos, Gema —insistí, apoyando los codos sobre la mesa de madera gastada—. Conocer nuestro origen es lo único que nos enseña a avanzar. Es lo que nos permite saber qué errores cometieron esas personas de nuestro pasado o qué cosas jamás debemos repetir. Si no sabemos qué o quienes fuimos, solo somos cascarones vacíos esperando que alguien más nos diga qué sentir.

Gema no respondió. Se limitó a tomar el resto de los utensilios con un estrépito metálico que hizo que varios niños de la mesa contigua se sobresaltaran, y se alejó a pasos rápidos hacia la penumbra de las cocinas.

Me quedé pensando en esa conversación durante todo el resto de la tarde y bien entrada la noche. Acostado sobre el jergón duro de la litera superior, con el techo de vigas carcomidas a escasos centímetros de mi cabeza, me entregué por completo a los pensamientos prohibidos.

¿Cómo serían las personas que me trajeron al mundo?

Deseaba desesperadamente saber cómo se llamaban, qué tono de voz tenían, a qué dedicaban sus días, si sus manos eran frías o cálidas. Pero, sobre todo, necesitaba respuestas sobre mí mismo. Quería entender por qué mis brazos eran desproporcionadamente largos en comparación con el resto de mi cuerpo, extendiéndose más allá de mi cadera de una forma que a veces me hacía parecer una criatura mal armada.

Y necesitaba entender por qué, aunque las escrituras lo condenaban como una aberración impura, sentía una atracción intensa y constante por los demás niños del orfanato. Era una fascinación silenciosa, un impulso que no encajaba en los moldes de la devoción que nos enseñaban. Me preguntaba si alguno de mis progenitores habría cargado con estos mismos gustos, con esta misma forma de mirar el mundo, si era algo que fluía secretamente por mi herencia biológica... o si, como terminaba concluyendo en la soledad de cada noche, simplemente estaba loco.

El peso del cansancio comenzó a cerrar mis párpados. Sentí que el sueño me ganaba finalmente la batalla, por lo que estiré mi brazo largo para apagar la pequeña linterna de latón que mantenía encendida sobre la repisa junto a mi cabecera. Por lo general, prefería dejar esa luz encendida hasta el amanecer; la penumbra absoluta del dormitorio compartido con lucas, quien era otro chico que estaba en el orfanato, parecía alimentar las sombras y desencadenar pesadillas tan vívidas que me despertaba ahogándome en mi propio sudor. Sin embargo, esa noche, abrumado por el agotamiento mental, quise probar si podía descansar mejor en la penumbra.

El chasquido del interruptor extinguió el último foco de luz cálida. La oscuridad cayó sobre el dormitorio como un telón pesado y asfixiante.

Apenas pasaron unos segundos. Mi respiración comenzaba a volverse pausada cuando, en el rincón más alejado de la habitación, justo detrás de la cortina descolorida que cubría el ventanal de piedra, se encendieron dos luces amarillas.

No eran reflejos del exterior. Eran dos focos redondos, intensos, como dos pequeños ojos de un amarillo enfermizo y fosforescente que permanecían absolutamente inmóviles en la penumbra. Me estaban mirando. Estaban clavados directamente en mí.

Un escalofrío helado recorrió mi espina dorsal desde la nuca hasta los pies. La presencia no estaba en mis sueños; estaba allí, al otro lado de la estancia. Apreté las sábanas con fuerza, intentando racionalizar lo que veía. Pensé que tal vez se trataba de uno de los chicos del orfanato, alguno de mis compañeros que disfrutaba gastando bromas pesadas en la oscuridad para ver a los demás gritar.

—¿Lucas? —susurré con la garganta seca, pero no hubo respuesta.

Me incorporé despacio sobre la litera. Las luces amarillas no parpadearon. A medida que bajaba los pies hacia el suelo de cemento helado, noté que la sombra detrás de la tela parecía distorsionarse. Conforme me iba acercando paso a paso, esa silueta oculta se hacía más grande, más alta, extendiéndose hacia el techo de una manera antinatural, como si estuviera erigiéndose para buscarme en la penumbra.

Avancé con el corazón martilleándome el pecho, dominado por una mezcla paralizante de terror y una curiosidad enfermiza. Extendí mi mano hacia la tela rancia de la cortina para tirar de ella. Pero antes de que mis dedos pudieran rozar el tejido, una ráfaga de aire violentísima y helada irrumpió desde el ventanal. La fuerza del viento empujó la madera con un chasquido seco y me hizo caer de espaldas contra el suelo, raspándome los codos contra la piedra.

La ventana, que yo mismo había asegurado con el cerrojo de hierro antes de acostarme, estaba completamente abierta de par en par. El aire de la noche entró en el dormitorio cargado de un olor penetrante y nauseabundo a agua estancada, a limo podrido y a humedad antigua.

Con el cuerpo temblando y los pulmones encogidos por el aire gélido, me levanté del suelo apoyándome en el borde de la litera. Me acerqué con extrema dificultad hacia el marco de la ventana para cerrarla y cortar esa corriente salvaje.

Fue entonces cuando la vi.

Erguida justo al otro lado del marco, recortada contra el cielo nocturno y la bruma del patio, había una figura. Poseía una anatomía aparentemente humana, pero completamente malograda. Su piel tenía un tono grisáceo y azulado, hinchada y reblandecida, como si hubiera permanecido sumergida durante meses en las profundidades de un río. De su cabeza colgaban mechones de cabello negro y pegajoso que goteaban de forma incesante sobre el alféizar de piedra. Pero lo más aterrador eran sus ojos: dos orbes de un amarillo incandescente, sin pupilas ni iris diferenciables, que proyectaban una luz fría sobre mi rostro. Era una mujer. Su rostro desfigurado por el agua parecía congelado en una expresión de angustia eterna y expectativa.

La impresión fue tan abrumadora que las piernas se me doblaron de inmediato. Volví a caer al piso, impactando fuertemente sobre las rodillas mientras ahogaba un grito en mi garganta. Cubrí mi rostro por un segundo instintivo, esperando sentir sus manos frías sobre mi cuello.

Cuando me atreví a levantar la cabeza, la figura simplemente había desaparecido. El silencio regresó de golpe, interrumpiendo el azotar del viento.

¿Sería la llorona?

No lo creo, aunque siempre nos cuentan esas historias, como cualquier otra de los cuentos y leyendas venezolanas, no creía mucho en eso, pero en un orfanato catolico es el escenario ideal para que aparezcan, y siempre los más grandes nos contaban estas historias que tenían de recuerdos para asustarnos aunque se sentía diferente a todos esos días, creo que nunca imaginé verlo tan de cerca.

Me arrastré hacia arriba y me asomé temblando por el marco de la ventana abierta. Miré hacia el patio inferior, hacia los tejados del asilo y hacia los muros de piedra que rodeaban el recinto. No había nada. La niebla reposaba tranquila sobre los adoquines húmedos y la noche estaba en absoluta calma, como si nada hubiera alterado la paz del San Sebastián.

Cerré la ventana con manos torpes, pasé el cerrojo con brusquedad y me pegué de espaldas contra la pared, intentando tomar aire mientras las lágrimas de pánico corrían por mis mejillas.

Esto es una locura, o estoy loco…

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