Negocio Familiar by Jikimo at Inkitt
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Negocio familiar

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Summary

Bajo el frío implacable de Toronto, Elliott Castro y Brook Harper han construido el imperio perfecto. Él mueve el arsenal que alimenta las guerras urbanas; ella, conocida en el submundo criminal bajo el alias de «La Dama de Calicó», liquida objetivos por sumas astronómicas. Se conocen, se entienden y se protegen. Son la pareja ideal porque ninguno necesita ocultar la sangre que hay en sus manos. ​Pero la precisión de su maquinaria se destruye el día que un niño toca a su puerta. ​Es el hijo de Elliott, fruto de una relación de la secundaria cuya madre simplemente ha decidido desentenderse. Para Elliott, es un choque inesperado con un pasado olvidado. Para Brook, es una tortura cotidiana. La presencia del pequeño resucita de golpe los traumas que la violencia no pudo anestesiar: las secuelas de un aborto, los intentos fallidos por ser madre y el recuerdo del hombre que la engañó y la dejó en la ruina antes de convertirse en asesina. ​Atrapada entre el instinto de protección, el rencor y el duelo no resuelto por el hijo que nunca pudo tener, Brook verá cómo su mente fría comienza a quebrarse. En un mundo donde el menor descuido se paga con la vida, el verdadero peligro para esta pareja de criminales no vendrá de sus enemigos... sino de la criatura que ahora duerme bajo su mismo techo.

Genre
Action
Author
Jikimo
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

14 de enero.

La nieve caía sobre Toronto con una densidad implacable, cubriendo las avenidas de Bridle Path bajo un manto blanco y helado. Dentro de la mansión de Jean-Luc Tremblay, sin embargo, el invierno no existía. La calefacción central mantenía un ambiente cálido, sofocante por el olor a perfumes caros, puros importados y champaña derramada. Tremblay, uno de los magnates inmobiliarios más influyentes del país -y un tipo lo suficientemente sucio como para amasar una fortuna a costa de vidas ajenas-, reía a mandíbula doliente rodeado de tres mujeres jóvenes que se disputaban su atención, pegándose a su saco de terciopelo.

Ajenos al estruendo de la música clásica y las copas chocando en el salón principal, el patio trasero era un bastión de hielo y silencio. Cinco guardias de seguridad, vestidos con abrigos tácticos pesados y armados hasta los dientes, vigilaban cada esquina de la propiedad. Sus respiraciones formaban densas nubes de vapor en el aire helado de la noche.

Entonces, la puerta de servicio que daba a la calle lateral se abrió de par en par.

Una figura femenina avanzó hacia el centro del patio, recortándose contra la penumbra. Llevaba un vestido negro de corte impecable con capas de tul color rojo sangre que ondeaban violentamente con el viento nocturno, botas de cuero negro que se hundían firmemente en la nieve fresca, y el rostro completamente cubierto por una máscara negra rígida, cuyos únicos detalles eran dos aberturas rasgadas de un blanco pulcro y sin expresión.

-¡Alto ahí! -gritó el jefe de escoltas.

El chasquido metálico de cinco armas cargándose al unísono rompió el frío. No hubo advertencias. No hubo margen para negociar.

Antes de que el primer hombre pudiera poner el dedo en el gatillo, la Dama de Calicó se abalanzó sobre ellos.

Fue una danza ciega y brutal. Esquivó la primera ráfaga cortando la distancia en un pestañeo, atrapando el brazo del guardia más cercano para partirle la muñeca y clavarle su propio cuchillo táctico directo en la garganta. La sangre brotó caliente, salpicando el tul rojo de su falda antes de que el cuerpo tocara el suelo.

Sin perder el impulso, giró sobre su eje. Dos disparos silenciados retumbaron en la noche mientras los cuerpos de otros dos escoltas caían de rodillas, ejecutados con disparos precisos entre las cejas. El cuarto intentó embestirla con la culata de su fusil, pero la mujer se deslizó por la nieve, pasó por debajo de su alcance y le rebanó la arteria femoral con un movimiento fluido de su hoja.

El último hombre cayó de espaldas, aterrorizado, arrastrándose por la nieve mientras intentaba apuntarle con manos temblorosas.

La máscara blanca la hacía parecer un auténtico demonio sin cara. Ella caminó hacia él sin prisa, pisando el suelo congelado, le arrebató el arma de un manotazo y le atravesó el cuello sin parpadear.

El silencio volvió a adueñarse del patio. Bajo la luz amarillenta de los faroles, la nieve blanca, impecable minutos antes, quedó teñida de un denso y humeante color carmesí.

En el piso inferior, la música fluía suavemente entre conversaciones frívolas y risas ahogadas por el alcohol. Jean-Luc Tremblay palmeó con condescendencia el muslo de una de las jóvenes que se aferraba a su brazo y le sonrió con desdén.

-Acompáñenme abajo un momento, queridas. Debo atender un asunto rápido en el despacho y vuelvo enseguida para abrir otra botella

Murmuró con voz rasposa antes de zafarse con delicadeza del grupo.

Dejó atrás el barullo del salón y comenzó a subir la imponente escalera de roble que conducía al ala este de la mansión, una zona completamente aislada del ruido de la fiesta.

Caminó por el pasillo alfombrado hasta llegar a una puerta al fondo, la cual abrió con una lentitud casi reverencial.

Dentro del dormitorio, iluminado solo por la tenue luz de una lámpara de noche, la atmósfera era pesada y olía a antisépticos. Sobre la cama yacía una mujer de rostro pálido y demacrado, cubierta de cobijas hasta el cuello. Piel pálida y enfeemiza. El leve y fatigado subir y bajar de su pecho era la única señal de vida en su cuerpo consumido por la enfermedad.

Tremblay se acercó a la orilla, se inclinó con una ternura extraña y ajena a su naturaleza, y le imprimió un beso suave en la frente helada. Ella ni siquiera se movió. Con un suspiro denso, el hombre se incorporó y caminó hacia un armario de caoba situado en la esquina opuesta. Estiró la mano hacia la manija, pero se congeló al instante.

Un hilo de aire helado le rozó la oreja derecha.

Tremblay giró lentamente la cabeza. Las cortinas de la ventana principal se mecían suavemente con el viento de la noche. La hoja de vidrio estaba de par en par, permitiendo que finos copos de nieve entraran y se fundieran sobre la duela de la habitación.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de Toronto le recorrió la espina dorsal. Cuando terminó de darse la vuelta, su mirada se estrelló contra la figura plantada frente a la única puerta de salida.

Allí estaba ella. El tul rojo de su vestido aún goteaba la sangre tibia de los guardias del patio.

Tremblay dejó caer los hombros, soltando un largo y resignado suspiro mientras la tensión en su rostro se transformaba en una mueca amarga.

-Así que finalmente estás aquí... Dama de Calicó -dijo con voz grave, reconociendo la sombra de la leyenda criminal.

-Sabía que tarde o temprano alguien pagaría lo suficiente para enviar a la mejor.

La mujer no respondió con palabras. Con un movimiento pausado, llevó ambas manos a la parte posterior de su cabeza, desabrochó el seguro y se quitó la máscara rígida. La arrojó al suelo con indiferencia; la pieza de porcelana negra rodó por la alfombra hasta chocar contra la pata de la cama.

Su rostro quedó al descubierto: una mirada de piedra, fría y desprovista de cualquier rasgo de humanidad.

Sin darle tiempo a respirar, la asesina sacó una hoja táctica de entre las pliegues de su vestido y se abalanzó sobre él con la velocidad de un depredador. El brillo del acero cortó la penumbra.

Tremblay, movido únicamente por un puro instinto de supervivencia, logró dar un salto brusco hacia atrás. El filo rasgó la solapa de su saco de terciopelo por milímetros. Convulsionado por el pánico, hundió la mano en el bolsillo interior de su traje, desenfundó un revólver de pequeño calibre y comenzó a apretar el gatillo a quemarropa en mitad de la habitación.

Las detonaciones retumbaron a través del techo, ahogando la música y sembrando el caos en la fiesta del piso inferior. En cuestión de segundos, el pesado retumbo de botas subiendo los escalones a toda prisa anunció la llegada del resto de la seguridad.

Dos guardias derribaron la puerta de golpe, con las armas en alto y la adrenalina a tope. No tuvieron tiempo ni de procesar la escena. La Dama de Calicó reaccionó con una ferocidad cegadora: se abalanzó sobre el primero, esquivando su línea de tiro para hundirle el cuchillo directo en la yugular.

Antes de que el cuerpo cayera, sujetó al hombre por la nuca y usó el impulso para lanzar su peso contra el segundo escolta, acorralándolo contra el marco de la puerta antes de rebanarle la garganta de un solo trazo limpio y profundo.

La sangre tiñó la entrada mientras ambos hombres colapsaban en un charco espeso.

Afuera, en el pasillo, los demás guardias gritaban y preparaban sus armas para irrumpir. Sabiendo que los segundos estaban contados, la asesina echó una mirada rápida a la habitación, arrancó un sable de exhibición que adornaba la pared de caoba y atascó la hoja de acero a través de las manijas dobles de la puerta, bloqueando el acceso justo cuando los impactos del resto de la escolta comenzaron a sacudir la madera desde el exterior.

Dentro de la habitación, el silencio volvió a ser asfixiante, interrumpido solo por los golpes desesperados del pasillo y la respiración agitada de Tremblay.

El magnate, acorralado en la esquina junto a la ventana abierta, intentó levantar el revólver con manos temblorosas para apuntarle de nuevo. Pero ya era tarde.

La Dama de Calicó cortó la distancia en un pestañeo, le zafó la muñeca con un golpe seco que hizo volar la pistola por el aire y le clavó la daga en el pecho con una precisión fría y definitiva.

Tremblay ahogó un gemido, escupiendo un hilo de sangre mientras sus piernas cedían. Ella sostuvo su mirada sin un solo parpadeo, acompañando el cuerpo mientras se desplomaba contra el suelo.

Con el trabajo terminado, la mujer limpió la hoja manchada en la solapa del traje del difunto y la guardó entre los pliegues de su vestido de tul. Se colocó la máscara negra de nuevo, ajustando los broches tras su nuca, y caminó hacia la ventana por donde había entrado.

Miró un segundo hacia atrás, a la mujer enferma que seguía durmiendo ajena a la masacre, y se lanzó hacia la noche helada de Toronto, desapareciendo en la tormenta de nieve sin dejar más rastro que el carmesí en la alfombra.

La campana sobre la puerta de roble dejó escapar un tintineo sordo, cortando el murmullo de la noche en las calles de Toronto. El local, sumido en penumbras y con las sillas ya puestas boca abajo sobre las mesas, olía a madera vieja, bourbon y humo seco.

-Lo siento, amigo, ya estamos cerrando por hoy -dijo el hombre detrás de la barra sin levantar la vista, concentrado en secar un vaso de cristal con un paño limpio.

-Necesito un Cosmopolitan -respondió una voz femenina, firme y baja, desde la entrada.

El bartender se detuvo al instante. Alzar la cabeza y reconocer la figura envuelta en un abrigo largo de paño negro, aún con finos copos de nieve derritiéndose sobre sus hombros, hizo que una sonrisa lenta y pausada se dibujara en su rostro maduro.

-Para ti la barra nunca cierra, Brook -dijo Héctor, dejando el trapo sobre la madera limada y sirviendo de inmediato la mezcla perfecta en una copa de cóctel estilo martini.

Brook Harper caminó con elegancia hasta el taburete del fondo, el único que quedaba despejado. Se quitó los guantes de cuero con parsimonia y se sentó, dejando al descubierto el cuello intacto de su camisa blanca, impecable, sin rastro del tul ni de la sangre de hace solo una hora. Tomó la copa por el tallo, saboreó el primer sorbo amargo y cítrico, y dejó escapar un largo suspiro que pareció arrastrar todo el cansancio de la noche.

Héctor se inclinó sobre la barra, sacó un sobre de papel manila bastante grueso de debajo del mostrador y lo deslizó sobre la madera hasta tocar las puntas de los dedos de la mujer.

-Tremblay ya es historia, me imagino -comentó el bartender en voz baja, cruzándose de brazos. -El cliente confirmó la transferencia del primer cincuenta por ciento hace diez minutos. Aquí tienes el resto en efectivo, tal como lo pediste. Limpio y sin rastrear.

Brook ni siquiera abrió el sobre para contar el dinero. Lo tomó con soltura y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo. Terminó su trago de un solo trago, dejando la copa vacía sobre la barra con un chasquido seco.

-Impecable como siempre, Héctor -murmuró ella, poniéndose de pie y ajustándose de nuevo los guantes.

-Ten cuidado ahí fuera, Dama de Calicó -sonrió él, guiñándole un ojo mientras tomaba la copa para lavarla. - La nieve está cada vez más densa.

Brook no respondió. Solo le dedicó un leve asentimiento con la cabeza antes de dar la vuelta, empujar la puerta del bar y perderse otra vez en la helada medianoche de la ciudad, de camino a casa, donde Elliott la esperaba.

El calor de la calefacción la recibió al cruzar la puerta de la residencia. Brook dejó las llaves en la pequeña consola del recibidor, se despojó del pesado abrigo negro y se quitó las botas con un largo y agotado suspiro.

La casa estaba sumida en una oscuridad casi absoluta, apenas rota por los reflejos de las farolas que se filtraban por las altas persianas.

Rendida por la tensión del encargo, dio un paso hacia el pasillo central.

No hubo ruido. Solo el leve desplazamiento de aire a su espalda.

Antes de que pudiera girarse, un par de brazos fuertes la sujetaron por detrás, apresando sus costados con firmeza. El instinto de Brook reaccionó antes que su mente: inclinó el torso hacia adelante, metió las caderas y aplicó toda su fuerza para proyectar al atacante por encima de su hombro, estrellándolo contra el suelo del pasillo con un golpe seco que retumbó en la madera.

Sin perder un milisegundo, se posicionó sobre él, clavándole las rodillas en el pecho mientras una navaja táctica se deslizaba mecánicamente desde la manga de su blusa. Brook alzó la hoja, lista para hundirla en la yugular del intruso.

La hoja rozó la piel por milímetros, pero antes de que pudiera aplicar presión, una mano cálida y áspera subió despacio hasta posarse sobre su mejilla, acariciando su rostro con una suavidad desconcertante.

-Nunca bajas la guardia... ni siquiera casa -murmuró una voz grave y rasposa, cargada de una diversión contenida.

Un rayo de luz lunar cruzó las cortinas en ese instante, iluminando los rasgos marcados, la mandíbula sombreada y los ojos oscuros de Elliott Castro, que la miraba desde el suelo con una sonrisa de lado, sin mostrar el más mínimo temor por el filo que aún acariciaba su garganta.

Brook congeló el movimiento. La adrenalina de su cuerpo se disipó de golpe, reemplazada por una respiración pesada. Guardó la navaja con un movimiento rápido de muñeca, dejó caer los hombros y rodó los ojos.

-Eres un idiota, Elliott -susurró con una sonrisa cansada pero genuina.

Sin darle tiempo a responder, se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de él en un beso profundo, sintiendo el calor de su cuerpo en medio del frío de la noche.

La sábana de lino blanco los cubría a medias en la penumbra del dormitorio. El constante golpeteo de la nieve contra el ventanal era el único sonido que competía con la respiración acompasada de ambos. Brook reposaba la cabeza sobre el pecho desnudo de Elliott, trazando con la yema del dedo las líneas de las cicatrices antiguas que decoraban la piel de su torso.

Él tenía un brazo pasado alrededor de los hombros de ella, acariciándole la espalda descubierta con la parsimonia de quien conoce cada pulgada de ese cuerpo.

-¿Cómo estuvo la noche en Bridle Path? -preguntó Elliott con voz baja y cavernosa, rompiendo el silencio mientras fijaba la mirada en el techo.

-Limpia. Un poco más ruidosa de lo que me habría gustado, pero el pago ya está en la cuenta -respondió Brook, soltando un leve suspiro de satisfacción contra su piel. -Tremblay ya no es un problema para nadie.

Elliott dejó escapar una risita ahogada y apretó suavemente el hombro de la mujer.

-No esperaba menos de la Dama de Calicó. Ese sujeto llevaba meses buscando a alguien que le vendiera un lote de rifles de asalto sin números de serie. Se notaba a leguas que estaba acorralado.

-Bueno, ahora tiene asuntos más urgentes que atender en el otro mundo. -murmuró ella con una sonrisa irónica, alzando la barbilla para mirarlo a los ojos. -¿Y tú? ¿Cómo va el arsenal?

-Productivo -respondió Elliott, pasándose una mano por el cabello desordenado. -Cerré la venta con los rusos del puerto este tarde. Tres cajas de material pesado, pago por adelantado y sin preguntas. Además, me llegó un cargamento nuevo desde Montreal. Unas piezas preciosas, Brook. Si necesitas actualizar tu equipo para el próximo encargo, sabes dónde buscar.

-Guardaré la oferta -sonrió Brook, inclinándose para darle un beso corto en la mandíbula. -Me gusta cómo trabajas...

-Hacemos buen equipo, Harper -dijo él, devolviéndole la sonrisa mientras la pegaba más a su cuerpo, buscando el calor compartido en medio de la helada madrugada de Toronto.

Para el resto del mundo eran dos sombras peligrosas, pero entre esas cuatro paredes, sobre el colchón cálido, eran simplemente el refugio del otro.

La luz pálida del amanecer de Toronto se filtró a través de los ventanales, bañando la habitación con un tono grisáceo. El reloj de la mesita marcaba las seis y media cuando el despertador comenzó a vibrar con un zumbido discreto. La calidez de las sábanas invitaba a quedarse, pero la rutina exigía que la fachada volviera a ponerse en marcha.

En cuestión de minutos, los dos asesinos implacables de la noche anterior se transformaron en ciudadanos ejemplares.

Brook se recogió el cabello en una coleta tirante y se maquilló con tonos suaves para ocultar cualquier rastro de cansancio o frialdad en su mirada. Vestía un uniforme impecable de blusa blanca, chaleco ajustado y delantal negro. Su coartada era perfecta: trabajaba como camarera principal en Canoe, uno de los restaurantes más prestigiosos y concurridos del centro de la ciudad, ubicado en lo alto del TD Bank Tower. Allí, entre platos de alta cocina, clientes adinerados y copas de vino costoso, Brook era vista como una mujer amable, eficiente y discreta. Nadie sospecharía jamás que la misma mano que servía un consomé con perfecta delicadeza era la que cortaba yugulares en los suburbios de la ciudad.

Por su parte, Elliott optó por un traje casual pero elegante: camisón de vestir, suéter de cuello alto y un abrigo de paño gris. Su trabajo formal era el de tasador y restaurador de antigüedades en un reconocido taller del distrito de Distillery. Era la cobertura ideal para su verdadero negocio. La compra y venta de muebles antiguos, relojes de época y objetos de colección le permitían justificar ingresos variables, viajar con frecuencia, alquilar almacenes sin levantar sospechas y mover contenedores pesados por toda la provincia sin que nadie cuestionara el contenido.

En la cocina, el aroma a café recién colado y tostadas llenaba el ambiente. Compartieron un desayuno rápido en la isla de granito, intercambiando miradas cómplices y comentarios cotidianos sobre el clima o el tráfico de la Avena Gardiner. Nada en su comportamiento delataba el arsenal ni el efectivo guardados tras los muros falsos de la casa.

-Que tengas buen día en el restaurante, Brook -dijo Elliott, dándole un beso suave en la mejilla antes de tomar las llaves de su camioneta.

-Intenta no vender nada del siglo XIX que en realidad lleve pólvora -respondió Brook con una sonrisa tenue mientras se ajustaba el abrigo.

Se separaron en el garaje, cada uno en su propio vehículo, listos para sumergirse en la monotonía de sus vidas públicas antes de que la noche volviera a reclamar sus verdaderas identidades.

El ambiente en el bar era atenuado y tranquilo, perfecto para un sábado por la noche. Brook entró con el paso firme que la caracterizaba, vistiendo una gabardina sobria y dejando atrás la llovizna helada de las calles. Se acomodó en el taburete del fondo, el mismo de siempre.

Héctor la vio llegar, dejó sobre la barra la franela con la que secaba el mostrador y le sonrió con camaradería.

-Buenas noches, Brook. ¿Qué te pongo? -preguntó por pura cortesía.

-Sabes perfectamente mi orden, Héctor -respondió ella, apoyando los codos sobre la madera pulida.

El bartender soltó una carcajada baja y negó con la cabeza.

-Cierto, mala mía -dijo entre risas mientras tomaba la coctelera, el vodka, el licor de naranja y el jugo de arándanos. -Un Cosmopolitan saliendo.

Mantuvo una agilidad experta mientras preparaba la bebida y la vertía en la copa de cristal helado. Brook dio un sorbo corto, saboreando la mezcla perfecta, y fijó su mirada azul sobre él.

-¿Quién es el siguiente? -inquirió sin rodeos, bajando el tono de voz.

Héctor dejó de acomodar un par de copas en el estante de cristal, echó una ojeada rápida a los dos clientes que conversaban al otro lado del local y se agachó tras la barra. Sacó una carpeta de manila delgada y la deslicó con discreción hacia ella.

Dentro del expediente había varios reportes impresos y, justo encima de las hojas, una fotografía tamaño postal.

Brook tomó la imagen entre sus dedos enguantados. En ella aparecía una mujer joven, indudablemente hermosa, de silueta estilizada, cabello perfectamente peinado y una sonrisa altiva que denotaba una vanidad absoluta. Tenía esa mirada calculadora de quien se sabe intocable.

-Se llama Evelyn Vance -explicó Héctor en un susurro, inclinándose sobre la barra. -Es la vicepresidenta de una firma de inversiones en Yorkville. Por fuera es la cara amable de la caridad corporativa, pero por dentro lidera una red de desfalcos a fondos de pensiones y lavado de dinero. Le robó millones a la gente equivocada para financiar su estilo de vida.

-Y alguien decidió que su comisión por el trabajo es la muerte -comentó Brook, estudiando la foto con distanciamiento profesional.

-Exacto. El cliente quiere que parezca un accidente trágico o una sobredosis en su penthouse de lujo antes del martes -concluyó Héctor. -Pagan el triple de tu tarifa habitual.

Brook deslizó la fotografía de vuelta a la carpeta, cerró el expediente y lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Tomó otro sorbo de su cóctel con total frialdad; Evelyn Vance acababa de convertirse en su próximo encargo.

En la zona industrial cercana a las muelles del lago Ontario, el aire olía a metal, humedad y humo espeso. La nieve acumulada en los bordes del callejón reflejaba los destellos distantes de las luces de la ciudad. Elliott estaba apoyado contra la puerta trasera de un camión blindado, dejando salir una densa bocanada de humo gris que se disolvía rápidamente en el aire congelado.

A su lado, Max agitaba las manos, tiritando de frío, intentando en vano mantener el calor corporal.

-No sé cómo aguantas estar ahí parado como si fuera pleno julio, Castro -refunfuñó Max, subiéndose la cremallera de la chaqueta táctica hasta la barbilla. -Nos vamos a congelar el culo solo por un par de sujetos que ni siquiera saben lo que es la puntualidad.

-Tranquilízate, Max -respondió Elliott sin alterarse, dándole otra calada al cigarrillo. -Sabes que en este negocio la impuntualidad suele ser paranoia, no desinterés. Estudiando el terreno antes de entrar. Es lo que yo haría.

Max soltó una risotada baja y negó con la cabeza. Se conocían desde el jardín de infantes; habían compartido desde las peleas en el patio del colegio hasta la construcción del imperio de contrabando que ahora manejaban. Elliott era el cerebro calculador y frío; Max, la fuerza leal y el filtro social que mantenía las cosas funcionando en el taller de antigüedades.

-Solo digo que si nos van a emboscar, prefiero que lo hagan rápido para poder ir a tomar un café caliente -bromeó Max, dando un par de pisotones sobre la nieve.

El rugido de dos camionetas pesadas cortó la conversación de golpe.

Los faros halógenos de los vehículos iluminaron el callejón, cegándolos por un segundo mientras avanzaban a baja velocidad sobre el hielo. Se detuvieron a unos diez metros de distancia. Los motores quedaron encendidos, dejando escapar un zumbido sordo y constante.

Elliott tiró la colilla al suelo y la aplastó con la punta de su bota, mientras Max, instintivamente, llevaba la mano derecha hacia la parte posterior de su cintura, ocultando la empuñadura de su arma bajo la chaqueta.

Las puertas de las camionetas se abrieron al unísono. Cuatro hombres con abrigos oscuros y aspecto amenazante bajaron con pasos lentos, manteniendo los brazos pegados al cuerpo. Al frente venía su líder, un tipo maduro de mirada dura que Elliott conocía perfectamente del ambiente delictivo de Montreal.

-Llegas tarde, Laurent -dijo Elliott, dando un paso al frente con una calma imponente, con las manos casualmente metidas en los bolsillos de su abrigo de paño. -Pensé que a los franceses les gustaba la precisión.

-En este clima, la precisión se congela, Castro -respondió Laurent con una sonrisa fría, haciendo una seña a sus hombres para que se detuvieran a mitad de camino. -Espero que el lote de fusiles alemanes valga la pena la espera en este infierno blanco.

-Conmigo la mercancía nunca decepciona -murmuró Elliott, haciendo un gesto con la cabeza hacia Max para que abriera la puerta trasera del camión. -Hablemos de dinero.

Laurent hizo un gesto a uno de sus guardaespaldas, quien se acercó al camión para inspeccionar las cajas de pino macizo.

Tras abrir una con una palanca y verificar el estado reluciente de los fusiles envueltos en plástico de burbujas, el hombre le dio a su jefe un asentimiento casi imperceptible. Laurent sonrió con satisfacción.

-Material de primera, Castro. Exactamente lo que prometiste -dijo el francés, ajustándose los guantes de piel.

-La transferencia por la primera mitad ya debe de estar reflejada en tu cuenta bancaria de Gran Cayman. Pero el frío nos está matando a todos. En la bodega de enfrente tenemos una mesa puesta, una botella de cognac importado y una partida de póquer a medio empezar. ¿Por qué no cerramos el trato como caballeros?

Max miró a Elliott con una ceja levantada, evaluando el riesgo implícito, pero Elliott solo esbozó una leve sonrisa de suficiencia. Un buen comerciante de armas nunca rechazaba una invitación a la mesa de sus compradores; era allí donde se escuchaban los verdaderos chismes del submundo y se concretaban los encargos más lucrativos.

-Si el cognac es tan bueno como tus garantías de pago, aceptamos. -respondió Elliott, indicándole a Max que los siguiera.

Minutos después, el grupo se encontraba en el interior de una bodega abandonada pero acondicionada con un calefactor industrial que rugía en un rincón. Una mesa redonda de madera pesada ocupaba el centro, iluminada por una sola lámpara que colgaba del techo alto.

Los hombres de Laurent permanecían en la periferia, vigilando las entradas, mientras Laurent, Elliott y Max se acomodaban en las sillas de cuero desgastado.

Laurent descorchó una botella de Hennessy Paradis y sirvió tres vasos de cristal pesado. El líquido ámbar brilló bajo la luz amarilla.

-Por los negocios prósperos en la frontera -brindó Laurent, alzando su vaso antes de tomar un trago largo.

-Por la discreción -añadió Elliott, saboreando el licor que le quemó agradablemente la garganta, disipando el frío acumulado en los huesos.

Max comenzó a repartir los naipes con una destreza casi profesional, deslizándolos sobre la mesa con chasquidos secos.

-Dime, Castro -dijo Laurent, mirando sus cartas con atención mientras tiraba un par de fichas pesadas al centro de la mesa. -Se rumorea en el norte que estás moviendo material no solo para los rusos y nosotros, sino que también tienes contactos con la gente de la costa este. ¿No te da miedo pisar callos ajenos en Toronto?

-En este negocio, el miedo es un lujo para los clientes, no para el proveedor. -respondió Elliott sin pestañear, lanzando una ficha para igualar la apuesta. -Yo no vendo ideologías ni disputas territoriales; vendo acero y pólvora. Mientras el dinero no esté manchado de deudas, no me importa quién apriete el gatillo.

Laurent soltó una carcajada profunda que rebotó en las paredes de concreto.

-Una filosofía impecable. Me gusta tu estilo canadiense.

Entre tragos de cognac, humo de puros y el sonido constante de las cartas sobre la mesa, la conversación fluyó entre cifras de seis dígitos, rutas de contrabando por los Grandes Lagos y tácticas para esquivar la vigilancia de la Real Policía Montada. Elliott jugaba con una calma calculada, leyendo las intenciones de Laurent en cada movimiento, mientras Max mantenía la atmósfera ligera con comentarios sarcásticos que aliviaban la tensión de los guardaespaldas armados.

Cuando la partida terminó y Elliott se recogió un sustancioso bote de billetes de cien dólares, Laurent estrechó su mano con firmeza. El trato estaba formalizado y la alianza, al menos por esa noche, sellada con alcohol y respeto mutuo.

-Que tengan una buena noche, caballeros. No me conviene llegar tarde a mi siguiente compromiso -dijo Laurent, ajustándose el cuello del abrigo antes de dedicarse una última inclinación de cabeza con Max y Elliott.

Dejó atrás el humo denso de los puros y la mesa de juego para deslizarse hacia el asiento trasero de su sedán. El vehículo arrancó con un murmullo sordo en cuanto la puerta se cerró.

-¿A dónde lo llevo, señor? -preguntó el chófer desde el espejo retrovisor.

-Al Hotel Bellevue, en el centro -respondió Laurent, reclinándose contra el cuero con una sonrisa autosuficiente.

Y su trayecto fue breve.

Al detenerse frente a la imponente fachada de marquesinas doradas, la figura de Evelyn Vance ya lo aguardaba bajo el marco de la entrada.

Tan pronto como Laurent puso un pie fuera del auto, ella se acercó sin vacilar y lo recibió con un beso húmedo, prolongado, que olía a perfume caro y a impaciencia reprimida. Ante los ojos de cualquiera que los cruzara en el vestíbulo, proyectaban la imagen de la pareja perfecta de amantes.

Laurent buscaba en Evelyn el fuego que el paso de los años y el matrimonio habían apagado en su propio hogar; su esposa ya no le provocaba el menor interés. Evelyn, por su parte, vivía frustrada junto a un marido incapaz de complacerla en lo absoluto. Cuando sus caminos se cruzaron, a Laurent le bastó desplegar sus falsos encantos de caballero y prometerle noches interminables de pasión para rendirla a sus pies.

Tomados de la mano, cruzaron el vestíbulo hacia el ascensor. Evelyn ya se había encargado de pagar la habitación por adelantado. Mientras las puertas metálicas se cerraban y el elevador comenzaba su ascenso hacia el cuarto piso, el crujido de los engranajes acompañó el inevitable aumento de la tensión entre los dos.

Las puertas del ascensor se abrieron con un timbre suave en el cuarto piso. La suite que Evelyn había reservado no escatimaba en lujos: alfombras tan mullidas que ahogaban los pasos, cortinas de terciopelo pesado y una cama amplia flanqueada por muebles de caoba brillante. Todo en ese lugar gritaba opulencia y discreción.

Apenas la puerta de la habitación se cerró tras ellos, la paciencia se agotó. Laurent la sujetó por la cintura, estampándola suavemente contra la madera, y los besos se volvieron urgentes, torpes por la prisa de despojarse de las prendas.

El saco de Laurent cayó al suelo, seguido por el abrigo de piel de Evelyn. El calor de sus cuerpos crecía al ritmo de las promesas murmuradas entre respiraciones agitadas, deshaciendo nudos de corbatas y broches de vestidos en medio de una vorágine de necesidad mutua.

Un golpe seco y metódico resonó en la puerta.

-¿Servicio a la habitación? -Evelyn soltó un resoplido de pura frustración, separándose de Laurent con los labios entreabiertos y la mirada encendida por el enojo. -Dije claramente en recepción que no nos molestaran bajo ninguna circunstancia.

Sin molestarse en ocultar su fastidio, se envolvió en una elegante bata de seda que descansaba sobre un sillón y caminó a pasos agigantados hacia la entrada.

Laurent, a medio desvestir, se apoyó contra el marco del baño con una sonrisa condescendiente, esperando que ella resolviera el inconveniente para retomar lo suyo.

Evelyn abrió la puerta de golpe, lista para descargar su furia.

-¿Es que acaso no saben leer las indicaciones? Son una atajo de inútiles, arruinan todo lo que...

No llegó a terminar la frase. La mujer con el uniforme del hotel no dio explicaciones ni mostró turbación alguna.

Con un movimiento rápido y mecánicamente preciso, extrajo de debajo de la bandeja de plata una pistola láser de diseño estilizado. Un destello sordo y carmesí iluminó el pasillo por una fracción de segundo. El impacto dio de lleno en el torso de Evelyn, cuyo cuerpo se desplomó inerte sobre la alfombra, sofocando un último gemido de sorpresa.

La atmósfera de la habitación se congeló en un instante. Laurent se quedó helado, con el corazón martilleándole el pecho mientras la realidad tardaba en procesar la velocidad del ataque.

Antes de que sus reflejos le permitieran reaccionar o abalanzarse sobre la intrusa, la mujer ya cruzaba el umbral, pisando el cuerpo de Evelyn sin un solo rasguño de piedad. Levantó el arma estándar, con el cañón negro apuntando directamente entre los ojos de Laurent.

-Ni un solo movimiento -dijo la mujer, con una voz fría y desprovista de cualquier emoción. -Al suelo, de rodillas, ahora.

A Laurent no le quedó de otra. Con las manos en alto y el aire atrapado en la garganta, sintió la textura helada de la alfombra bajo sus rodillas, consciente de que la noche de placer acababa de convertirse en una trampa mortal.


La intrusa, cuyo rostro permanecía inexpresivo bajo el alborotado cabello oscuro del disfraz de mucama, no le quitó el ojo de encima a Laurent ni un solo segundo. Sacó un comunicador de su bolsillo y marcó con soltura.

-Tengo a los objetivos asegurados -informó con voz seca. -Sí. Habitación 408. Puede subir.

Minutos después, la puerta de la suite volvió a abrirse. Evelyn, quien solo había quedado aturdida por la descarga de la pistola láser, yacía ahora en el suelo con las muñecas fuertemente sujetas por precintos de plástico negro.

La palidez de su rostro era absoluta, despojada de todo el barniz de elegancia que exhibía horas antes.

Un hombre de mediana edad, vestido con un traje impecable pero con el rostro ensombrecido por una profunda amargura, cruzó el umbral. Era Víctor, el esposo de Evelyn.

Víctor se detuvo a pocos pasos del cuerpo tendido de su esposa. En su mirada no había furia descontrolada, sino un desprecio frío y aplastante.

Durante meses había alimentado la sospecha, intentando ahogarla en su propio orgullo para no aceptar la realidad, pero ver la ropa esparcida por la alfombra extinguió cualquier resto de duda.

Dirigió una breve mirada a Laurent, que permanecía de rodillas encañonado por la mercenaria. Víctor solo dejó escapar un largo y pesado suspiro de desencanto al confirmar el perfil del sujeto.

-Gracias, Brook. Hiciste un trabajo impecable -dijo Víctor sin apartar la vista del suelo.

-Solo hago lo que me pagan por hacer -respondió Brook con frialdad, manteniendo la pistola apuntada firmemente a la nuca de Laurent sin el menor atisbo de temblor.

Víctor se inclinó ligeramente hacia Evelyn.

-Mañana mismo firmarás los papeles del divorcio. Te quedarás sin un solo centavo de la firma.

-Víctor... por favor, déjame explicarte... -intervino Evelyn, con la voz quebrada y la garganta apretada por el pánico.

-¡Cállate! -la cortó él con una dureza tajante que congeló la habitación. -Sé perfectamente lo que vas a decir. Sé que no te complazco, sé lo que piensas de mí y sé exactamente qué venías a buscar con este miserable. No tienes nada que explicar.

Las lágrimas comenzaron a correr libremente por las mejillas de Evelyn, quien cerró los ojos, impotente y humillada sobre el frío piso de la habitación.

-¿Quieres que acabe con los dos de una vez? -preguntó Brook con indiferencia, sopesando el arma en su mano como si hablara del clima. -Puedo hacer que parezca una sobredosis o un crimen pasional entre ellos. Sin rastro alguno.

Víctor se mantuvo en silencio durante unos segundos interminables. La luz tenue de la suite iluminaba las líneas de tensión de su rostro mientras sopesaba las opciones. Por un momento, una chispa de decepción cruzó la mirada de Brook ante la vacilación de su empleador.

-No -respondió finalmente Víctor, con una voz helada que no admitía réplica.-Deja las cosas así. Quiero hacerme cargo yo mismo.

Brook se encogió ligeramente de hombros, insatisfecha pero profesional.

-Como digas. Cobro lo mismo de todos modos.

Sin previo aviso y con una precisión brutal, la mercenaria giró sobre sus talones y descargó la culata de la pistola en la sien de Laurent.

El golpe seco resonó en la habitación. A Laurent se le apagó el mundo al instante; sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó de frente contra la alfombra, completamente inconsciente.

Evelyn soltó un grito ahogado al ver la sangre manchar la tela del piso, retorciéndose inútilmente contra los precintos que le cortaban la circulación de las muñecas.

-Tranquila, querida -dijo Víctor acercándose a ella con una calma aterradora, mientras Brook guardaba el arma en su chaqueta y caminaba hacia la salida. -Esto apenas comienza para ti.

Víctor sacó un par de guantes de cuero de su bolsillo y comenzó a ponérselos despacio, observando el cuerpo inerte de Laurent a sus pies antes de volverse hacia su esposa.

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