Capitulo Único
El Valhalla, en su inmensidad dorada y eterna, solía ser un lugar abrumadoramente aburrido para el Dios del Engaño.
Para un ser que vivía del caos, la sorpresa y la imprevisibilidad, la monotonía de la perfección divina era un castigo sordo. Los banquetes siempre sabían a lo mismo, las ninfas cantaban las mismas melodías celestiales, y los demás dioses, atrapados en su propia arrogancia, eran predecibles hasta el bostezo. Loki, con su cabello esmeralda siempre mecido por una brisa que solo él parecía sentir, flotaba por los infinitos pasillos de mármol pulido, buscando desesperadamente algo —o alguien— que rompiera la asfixiante quietud de la eternidad.
Y esa persona, para su constante fascinación, tenía nombre, título y un ceño permanentemente fruncido.
—¡Brun-chan! —canturreó el dios nórdico, apareciendo literalmente de la nada, colgado boca abajo desde el techo, justo en el camino de la Valquiria.
Brunhilde se detuvo en seco. Llevaba una pila de pergaminos antiguos que le llegaba casi hasta la barbilla, registros de almas y deberes administrativos del Valhalla que los dioses le delegaban por pura pereza. Sus fríos ojos esmeralda se alzaron para encontrarse con la sonrisa felina e invertida de Loki. No hubo un respingo, ni un grito, ni siquiera un parpadeo de sorpresa. Solo un profundo, largo y exhausto suspiro.
—Loki-sama —saludó ella, su voz tan tensa como la cuerda de un arco—. Le ruego que se aparte de mi camino. Tengo deberes que cumplir.
—¡Pero si te ves agobiada, mi querida y sombría Valquiria! —Loki dio una voltereta en el aire, aterrizando con gracia felina justo a su lado, caminando a la par que ella mientras retomaba su marcha—. Y los dioses no podemos permitir que nuestras más leales sirvientas se rompan la espalda. Déjame ayudarte.
Antes de que Brunhilde pudiera protestar, Loki chasqueó los dedos. La mitad de los pergaminos que ella cargaba flotaron en el aire, envueltos en un aura verdosa, y comenzaron a orbitar alrededor de la cabeza del dios como pequeños y polvorientos satélites.
—¡Devuélvame eso! —siseó Brunhilde, deteniéndose de nuevo, sus ojos destellando con una ira contenida que a Loki le parecía, sinceramente, la cosa más hermosa del universo.
—¿Devolverlos? ¡Te estoy ayudando! —Loki se llevó una mano al pecho, fingiendo una ofensa mortal—. Yo, un dios supremo, me rebajo a hacer trabajo de archivo solo para aligerar la carga de la mayor de las hermanas Valquirias, ¿y así me lo pagas? ¿Con esa mirada que parece querer empalarme en una lanza?
—Si no fuera porque está en contra de las leyes del Valhalla, Loki-sama, hace mucho que habría probado si mi lanza puede atravesar su molesta existencia —respondió ella, tajante, reanudando su camino con paso militar.
Loki soltó una carcajada cristalina, siguiéndola de cerca. Los pergaminos flotaban tras él como patitos siguiendo a su madre. Le encantaba. Le fascinaba absolutamente todo de ella. Mientras otras diosas y ninfas se deshacían en halagos y risitas tontas al menor acercamiento de un dios (cualquier ecsecto él) Brunhilde lo trataba como si fuera una plaga de insectos particularmente persistente. Ella tenía fuego, orgullo, una voluntad inquebrantable. Y, en la mente retorcida pero extrañamente romántica del Dios del Engaño, esa hostilidad era solo una coraza. Un juego previo. Un desafío que él estaba más que dispuesto a ganar.
Durante los siguientes siglos, Loki se convirtió en la sombra no oficial de Brunhilde.
Si ella tenía que afilar las armas de la armería celestial, Loki aparecía sentado en la piedra de afilar, ofreciéndose a probar el filo con sus propios dedos, solo para terminar distrayéndola con trucos de magia. Si ella debía supervisar el entrenamiento de las Valquirias más jóvenes, Loki se transformaba en una de ellas para infiltrarse en las filas, haciendo bromas hasta que Brunhilde, roja de furia (y de lo que Loki juraba que era vergüenza reprimida), lo echaba a patadas del patio de armas.
Incluso en las tareas más mundanas, él estaba allí.
Una tarde, en los vastos jardines de Asgard, Brunhilde se encontraba recolectando manzanas doradas. Era una tarea silenciosa, casi meditativa. Hasta que la rama que estaba a punto de tocar se transformó en una serpiente verde que le siseó amistosamente antes de convertirse en el rostro sonriente de Loki.
—¡Por todos los cielos! —Brunhilde retrocedió, apretando los puños—. ¡Loki-sama! ¿Acaso no tiene otros asuntos divinos que atender? ¿Destruir algún reino? ¿Engañar a algún gigante?
—No hay gigante en los Nueve Reinos que sea tan entretenido como tú, Brun-chan —respondió él, volviendo a su forma humanoide y sentándose en la rama baja del manzano. Arrancó una manzana dorada y se la lanzó con suavidad. Brunhilde la atrapó por puro reflejo—. Además, te ves tensa. El estrés causa arrugas, ¿sabías? Y no querrás arruinar ese hermoso rostro perpetuamente enfadado tuyo.
Brunhilde gruñó, dándole la espalda para continuar con su recolección en otro árbol.
—No necesito su ayuda. No necesito su compañía. Y ciertamente no necesito sus consejos de belleza cuando es tan feo, Loki-sama.
—Oh, vamos, Hilde. No seas tan cruel —Loki bajó del árbol y caminó tras ella. Su tono perdió un poco de la burla habitual, volviéndose extrañamente suave—. Solo quiero hacerte compañía. Es un trabajo aburrido para alguien de tu calibre. Eres una guerrera, no una recolectora de frutas. Deja que te ayude.
Y, para sorpresa de la Valquiria, él lo hizo. Sin trucos, sin bromas pesadas. Loki chasqueó los dedos y, con un uso exquisito de su magia de levitación, cientos de manzanas doradas se desprendieron suavemente de las ramas y se acomodaron con delicadeza en los cestos de mimbre esparcidos por el jardín. En cuestión de segundos, el trabajo de horas estaba terminado.
Brunhilde miró los cestos llenos y luego miró a Loki. Por una fracción de segundo, la máscara de frialdad se resquebrajó. Hubo un parpadeo de sorpresa, tal vez de agradecimiento, en sus ojos oscuros.
—... Gracias —murmuró, casi inaudible.
El corazón de Loki dio un salto que desafiaba la gravedad de Asgard. Aquella pequeña palabra, aquel ligero ablandamiento en su postura, fue suficiente para alimentar su ego y su enamoramiento por un siglo más. Él sonrió, no con su habitual sonrisa maliciosa, sino con una genuina.
—Cualquier cosa por ti, mi Valquiria.
A partir de ese día, Loki redobló sus esfuerzos. Se convenció a sí mismo de que estaba derribando sus barreras. Que debajo de todo ese hielo y acero, Brunhilde estaba empezando a sentir algo por él. ¿Cómo no iba a hacerlo? Él era encantador, poderoso, y le dedicaba una atención que ningún otro dios le daba. Él veía más allá de su rango; veía a la mujer feroz e increíble que era.
Él empezó a llevarle pequeños obsequios. Una flor de loto de cristal forjada en las profundidades de Svartalfheim que nunca se marchitaba. Una pluma del ave sagrada del Olimpo. Brunhilde las aceptaba con su habitual seriedad, colocándolas en su escritorio sin decir mucho, pero Loki notaba que nunca las tiraba. Para él, eso era un "te amo" en el idioma de Brunhilde.
La dinámica entre ambos se había convertido en un secreto a voces en el Valhalla. Odín rodaba su único ojo, Hermes sonreía con diversión cómplice, y las demás Valquirias, como Göll o Randgriz, a menudo huían soltando risitas cuando veían a Loki acercarse flotando hacia su hermana mayor.
Loki estaba en la cima del mundo. Sentía que estaban en una danza, una coreografía lenta y caprichosa donde él perseguía y ella fingía huir, pero donde inevitablemente terminarían juntos. Él soñaba despierto con el día en que ella finalmente se riera de sus bromas, con el día en que le permitiera tocar su rostro, con el día en que esos ojos afilados lo miraran con la misma intensidad, pero llena de devoción.
Quería todo de ella. Quería ser el único ser capaz de doblegar a la indomable Brunhilde, no por la fuerza, sino por amor.
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El punto de inflexión ocurrió un atardecer en el que el cielo del Valhalla se tiñó de violetas y dorados. Loki había estado preparando su "encuentro" casual de la tarde durante horas. Había viajado a Jotunheim solo para robar una esquirla de Hielo Eterno, y con magia de fuego fatuo la había tallado en la forma de un pequeño y perfecto halcón, sabiendo que era el ave favorita de ella. Era un detalle pequeño, tonto, pero increíblemente romántico en su cabeza.
Flotaba por los pasillos con las manos ocultas tras la espalda, tarareando una canción alegre, buscando la inconfundible presencia espiritual de Brunhilde.
La sintió cerca de las puertas que conectaban con los jardines de los confines del Valhalla, una zona más aislada donde se encontraban los límites con los reinos terrenales. Loki esbozó su mejor sonrisa, preparó un comentario sarcástico sobre cómo ella debía estar escondiéndose de sus encantos, y dobló la esquina, dispuesto a interceptarla.
Pero se detuvo en seco.
La escena frente a él no tenía sentido. Su mente, capaz de procesar mil engaños por segundo, tardó en registrar lo que sus ojos veían.
Brunhilde no estaba sola.
Estaba de pie junto a un hombre. Uno de aspecto robusto, alto, con un cabello largo y rubio y ojos que reflejaban la calma de un lago tras una tormenta. Su cuerpo estaba marcado por las cicatrices de mil batallas, y emanaba un aura de poder mortal que incluso un dios podía reconocer.
Loki se ocultó instintivamente tras una inmensa columna de mármol, suprimiendo su aura divina a cero. Las palabras que estaba a punto de pronunciar murieron en su garganta, reemplazadas por un nudo helado y pesado.
Brunhilde... no se parecía a Brunhilde.
El Dios del Engaño observó, paralizado, cómo la postura militar y rígida de la Valquiria había desaparecido por completo. Sus hombros estaban relajados, su cabeza ligeramente inclinada hacia arriba. Y su rostro...
Loki sintió un dolor agudo, físico, en el pecho.
Brunhilde estaba sonriendo.
No era una sonrisa tensa, ni una sonrisa sarcástica, ni el rictus de furia de la batalla. Era una sonrisa deslumbrante, suave, cálida y rebosante de una felicidad tan pura que resultaba cegadora. Sus fríos ojos esmeralda, que siempre miraban a Loki con exasperación o desdén, estaban ahora derretidos en un charco de absoluto, innegable y abrumador amor.
—Has tardado demasiado, torpe —dijo Brunhilde. Su voz, siempre alta y autoritaria, era ahora un susurro íntimo, juguetón, meloso.
El hombre —Loki rebuscó en su memoria y el nombre le golpeó como un martillo: *Siegfried*, el héroe matadragones— soltó una carcajada ronca y tierna, acortando la distancia entre ellos.
—Los caminos desde la tierra de los mortales no son fáciles, mi señora. Pero ni la más fiera de las bestias podría haberme impedido llegar a ti.
Siegfried levantó una mano, grande y callosa, y acarició la mejilla de la Valquiria.
Loki esperó que ella le apartara la mano de un golpe. Esperó que ella le gritara por su insolencia. Esperó la furia, el fuego, el rechazo.
En su lugar, Brunhilde cerró los ojos, inclinando el rostro hacia la palma del humano, frotando su mejilla contra la piel áspera de él con la docilidad de un felino que ha encontrado su hogar. Soltó un suspiro trémulo, llevando sus propias manos, cubiertas de guantes blancos, para posarlas sobre el pecho del guerrero.
—Te he echado de menos —susurró ella, y la vulnerabilidad en su tono hizo que a Loki se le cortara la respiración—. Cada día en este maldito palacio es una agonía si no estás tú.
—Ya estoy aquí, Hilde. Ya estoy aquí.
Siegfried se inclinó, y Brunhilde se alzó sobre las puntas de sus pies. Se encontraron en un beso.
Loki se aferró a la columna de mármol, clavando sus uñas en la piedra hasta que sus dedos sangraron luz divina. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en la pareja.
Fue un beso lento, profundo, hambriento pero lleno de una ternura infinita. Los brazos de Siegfried rodearon la cintura de Brunhilde, levantándola ligeramente del suelo, y ella enredó sus manos en el cabello del humano, aferrándose a él como si fuera su única tabla de salvación en el universo entero. Cuando se separaron, sus frentes se quedaron unidas. Brunhilde acariciaba el rostro de Siegfried, trazando sus cicatrices con las yemas de los dedos, mirándolo como si él hubiera colgado las mismísimas estrellas en el cielo.
Ella nunca había mirado a Loki así. Nunca. Ni siquiera por un segundo.
De repente, los siglos de "progresos", las sonrisitas ocultas, las manzanas recogidas, las flores de cristal... todo cobró una nueva y espantosa perspectiva.
Brunhilde no estaba jugando a hacerse la difícil. No estaba ocultando sus sentimientos bajo una coraza de deber. Simplemente... no le importaba Loki. Para ella, él nunca fue un pretendiente, nunca fue una opción. Solo era el molesto Dios del Engaño, una mosca que zumbaba a su alrededor, a la que toleraba por obligación.
Toda esa dulzura, toda esa pasión oculta, todo ese amor que Loki soñaba con desenterrar... ya le pertenecía a otro. Y no a un dios, sino a un simple, sucio y efímero humano.
—Mira lo que te he traído —dijo Siegfried, interrumpiendo el doloroso tren de pensamientos del dios. El humano sacó de una bolsa de cuero una sencilla horquilla de madera tallada a mano, adornada con flores silvestres y comunes de Midgard. Un objeto rústico, imperfecto, carente de cualquier magia o esplendor divino—. La tallé durante mi viaje. Sé que no es oro ni cristal de Asgard, pero...
—Es lo más hermoso que he visto jamás —le interrumpió Brunhilde, sus ojos brillando con lágrimas de pura alegría. Tomó la horquilla como si fuera la reliquia más valiosa del cosmos y se la entregó de vuelta—. Pónmela. Por favor.
Siegfried sonrió, acomodando el sencillo adorno de madera en el oscuro y sedoso cabello de la Valquiria. Brunhilde se apoyó en su pecho, abrazándolo con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello mientras él besaba su coronilla.
Detrás de la columna, la mano de Loki tembló.
Miró el halcón de Hielo Eterno que sostenía. Una obra maestra de la magia divina, tallada con esfuerzo, frío e ilusión. Una joya invaluable.
En comparación con esa estúpida horquilla de madera, el regalo de Loki parecía patético. Basura brillante.
La sonrisa característica de Loki, esa que nunca abandonaba su rostro sin importar la situación, finalmente se quebró. Cayó al suelo, rota en mil pedazos, revelando a un ser inmensamente antiguo y repentinamente muy, muy frágil.
El dolor en su pecho era asfixiante, un veneno frío que le quemaba las entrañas. Se llevó una mano a la boca para ahogar un sollozo seco y divino que amenazaba con rasgarle la garganta. Él, el gran embaucador, el maestro de las mentiras, había sido víctima del mayor de los engaños: el suyo propio.
Se había engañado creyendo que tenía una oportunidad.
Loki dio un paso atrás, fundiéndose en las sombras de la gran columna. Sus ojos, ahora opacos y vacíos, dieron una última mirada a la mujer que amaba. Brunhilde reía. Una risa musical, hermosa y libre, provocada por un chiste murmurado por el hombre entre sus brazos.
Esa risa que Loki había intentado arrancar de sus labios durante cientos de años con sus mejores trucos y magias, Siegfried la había conseguido con solo existir.
El halcón de hielo resbaló de los dedos entumecidos del dios. Cayó al suelo de mármol, pero antes de que pudiera producir algún sonido y delatar su presencia, Loki utilizó un último rastro de magia para convertirlo en nieve que se disolvió en la nada, llevándose consigo cualquier rastro de su presencia y de su esperanza.
El Dios del Engaño se dio la vuelta y se alejó flotando por el pasillo vacío. Ya no tarareaba. Ya no sonreía.
El Valhalla había vuelto a ser un lugar abrumadoramente aburrido, frío y, por primera vez en su eterna existencia, insoportablemente solitario. Y mientras Loki desaparecía en la oscuridad de los pasillos divinos, el eco de la risa amorosa de Brunhilde lo persiguió, clavándose en su corazón roto como una lanza de acero que, al final, sí había logrado atravesarlo.








