Capitulo 1
El invierno en Oslo no perdonaba. El viento aullaba contra los ventanales de doble cristal del pent-house, trayendo consigo ráfagas de nieve que emborronaban las luces de la ciudad, reduciéndolas a halos difusos en la oscuridad. Dentro, sin embargo, el ambiente era una contradicción: cálido en temperatura, pero helado en tensión.
Hilda se mantenía de pie frente al inmenso ventanal, observando la tormenta sin verla realmente. Llevaba un vestido largo y fluido, de un blanco inmaculado que contrastaba con la oscuridad de la noche, como un faro solitario. La tela, suave como la seda, caía en pliegues elegantes hasta el suelo, adornada en el pecho con una pieza central dorada que captaba la tenue luz de la estancia. A su alrededor, cayendo desde sus hombros como un manto protector y a la vez opresivo, colgaba un chal elaborado con lo que parecían pétalos o escamas translúcidas, ribeteado con plumas finas en un tono lavanda pálido, casi grisáceo. En su mano izquierda sostenía una delicada rama verde, un símbolo de vida aferrado en medio del invierno artificial que había construido a su alrededor.
Su cabello, lacio y de un color lila cenizo que rozaba el plateado, caía liso sobre su espalda, enmarcando un rostro de facciones afiladas, casi esculpidas en mármol. Su mirada, fría y calculadora, se reflejaba en el cristal, perdiéndose en la noche.
Detrás de ella, una presencia se movía con la precisión de un depredador contenido. Siegfried Dubhe. Un hombre dos cabezas más alto que ella, y de hombros anchos que llenaban el espacio incluso sin proponérselo. Su cabello rubio y ligeramente ondulado rozaba el cuello de la pesada capa que llevaba sobre un traje oscuro de corte impecable. Los detalles morados y dorados de la prenda no lograban suavizar la dureza de su expresión.
Se acercó a Hilda con pasos inaudibles, acortando la distancia entre ellos. Sus manos, cubiertas por guantes negros, se elevaron para ajustarle el chal sobre los hombros. Fue un gesto íntimo, pero carente de ternura. Sus dedos rozaron el borde de la tela, asegurándola, rozando el cuello de Hilda con un contacto que no logró arrancar ninguna reacción visible en ella.
La imagen que formaban, capturada como un destello en la memoria de la noche, era la de dos figuras atrapadas en una danza de poder y deber, donde las emociones reales quedaban relegadas a las sombras, ocultas tras la máscara de la frialdad y el deber.
—La junta directiva está impaciente, Hilda —murmuró Siegfried con su voz grave en el silencio de la habitación. No se apartó después de ajustar el chal, su cuerpo permaneció a centímetros del de ella.
Hilda no se inmutó. Sus ojos, del color del hielo, continuaron fijos en la tormenta del exterior.
—Que esperen. No soy su marioneta para moverme a su antojo.
—Lo eres mientras dependas de su capital —replicó él, su tono desprovisto de simpatía—. Y en este momento, las arcas de Industrias Valhall no están en su mejor momento.
Hilda apretó ligeramente la rama en su mano, el único signo de la irritación que bullía en su interior.
—Lo sé perfectamente, Siegfried. No necesito que mi jefe de seguridad me recuerde el estado financiero de mi propia empresa.
—Soy mucho más que tu jefe de seguridad y lo sabes.
La frase quedó suspendida en el aire, cargada de implicaciones que ninguno de los dos estaba dispuesto a verbalizar en ese momento. Siegfried, el guardaespaldas valiente y fiel, el estratega sorpresivo, la sombra silenciosa que la había protegido desde que asumió el liderazgo del conglomerado tras la repentina y misteriosa muerte de su padre. Siegfried, el hombre que la conocía mejor de lo que ella misma quería admitir, y que ahora se mantenía a sus espaldas como una constante recordatorio de todo lo que estaba en juego.
Hilda se giró por fin, rompiendo la imagen reflejada en el cristal. Lo enfrentó, su mirada chocando con la de él, azul contra ámbar.
—¿Y qué propones, Siegfried? ¿Que me humille ante ellos? ¿Que ceda a sus absurdas demandas para fragmentar la compañía y venderla a trozos?
—Propongo que seas realista —respondió él, sin apartar la mirada—. La adquisición de Asgard Tech fue un error. Una sangría que no podemos mantener. Debes soltar lastre.
—Asgard Tech es el futuro —siseó Hilda, dando un paso hacia él, la tela de su vestido susurrando contra el suelo—. Las energías renovables son el único camino viable. Si nos deshacemos de ella ahora, perderemos todo lo invertido y, peor aún, el control sobre el mercado que estamos a punto de crear.
—Esa es una visión a largo plazo, Hilda. La junta quiere resultados ahora. Quieren dividendos, no promesas.
—Son un atajo de miopes —escupió ella con su frialdad resquebrajándose por un instante—. Solo ven el beneficio inmediato.
—Ven los números. Y los números no mienten.
Siegfried la observó con una mezcla de admiración y exasperación. Hilda era brillante, visionaria y poseía una determinación de acero, pero también era terca y, a veces, peligrosamente orgullosa. Se aferraba a sus ideales con una ferocidad que rozaba la ceguera.
—Encontraré otra manera —dijo ella, su voz recobrando la compostura habitual—. Buscaremos nuevos inversores. Un préstamo. Lo que sea necesario.
—¿Quién va a invertir en una empresa que está al borde de la quiebra? —Siegfried suspiró, pasando una mano enguantada por su cabello rubio—. Alberich ya ha estado moviendo los hilos. Está convenciendo a la junta de que eres inestable, de que tus decisiones están llevando a la empresa a la ruina.
El nombre de Alberich Megrez pareció oscurecer aún más la habitación. Alberich, el joven y ambicioso ejecutivo, la serpiente que se había infiltrado en las altas esferas de Industrias Valhall, esperando pacientemente el momento de atacar.
—Alberich es una escoria —declaró Hilda, su desprecio evidente—. Solo busca ocupar mi lugar.
—Y lo conseguirá si no actúas con prudencia. Te está cercando, Hilda. Está utilizando a Hagen y a Syd como peones, manipulándolos para que se pongan en tu contra.
Hilda sintió una punzada de dolor ante la mención de Hagen y Syd. Sus amigos de la infancia, ahora ejecutivos en diferentes divisiones de la empresa, distanciados por las tensiones y las mentiras sembradas por Alberich.
—Hablaré con ellos —dijo, aunque no estaba segura de que serviría de algo.
—No te escucharán. Alberich los ha convencido de que estás obsesionada, de que tus proyectos personales están destruyendo el legado de tu padre.
—¿Y tú qué crees, Siegfried? —preguntó ella, clavando sus ojos en los de él—. ¿Crees que estoy destruyendo el legado de mi padre?
Siegfried sostuvo su mirada, su rostro inescrutable.
—Creo que estás arriesgando demasiado —respondió finalmente—. Y creo que debes estar preparada para las consecuencias.
Hilda apretó los labios. La falta de un apoyo incondicional por parte de Siegfried la hería más de lo que quería admitir. Él siempre había sido su roca, su protector inquebrantable. Pero últimamente, sentía que se estaba distanciando, que cuestionaba sus decisiones con demasiada frecuencia.
Se apartó de él y caminó hacia un pequeño bar situado en una esquina de la habitación. Sirvió dos copas de brandy, el líquido ambarino brillando a la luz tenue de las lámparas, y le tendió una a Siegfried.
—Bebamos por la inminente batalla —dijo, alzando su copa con una sonrisa gélida.
Siegfried tomó la copa, sus dedos rozando los de ella.
—Bebamos por la supervivencia —corrigió, antes de dar un sorbo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pesado y cargado de palabras no dichas. El zumbido del viento contra las ventanas parecía el único sonido en el mundo.
—Hay algo más que debes saber —dijo Siegfried, rompiendo el mutismo.
Hilda lo miró por encima del borde de su copa, esperando.
—Ha habido movimientos extraños en las cuentas de la división de investigación —continuó él, acercándose de nuevo—. Alguien está desviando fondos de manera sutil, en pequeñas cantidades, pero de forma constante.
Hilda frunció el ceño.
—¿Quién?
—Aún no lo sé con certeza. Mis hombres están rastreando las transferencias, pero el rastro es confuso. Pasa por varias empresas fantasma antes de desaparecer.
—¿Crees que es Alberich?
—Es el sospechoso más obvio, pero sería demasiado torpe por su parte dejar un rastro, aunque sea difuso. Es demasiado astuto para eso.
—Entonces, ¿quién?
—Alguien con acceso a las cuentas principales. Alguien en quien confiamos.
La implicación flotó en el aire, helando la sangre en las venas de Hilda. ¿Un traidor en su círculo más íntimo? La idea era insoportable.
—Averígualo, Siegfried —ordenó, su voz dura como el hielo—. Averigua quién es y tráemelo.
—Esa es la intención. Pero, mientras tanto, debes tener cuidado. No puedes confiar en nadie.
—¿Ni siquiera en ti? —preguntó ella, una sombra de duda cruzando su mirada.
Siegfried la miró fijamente, sus ojos brillando con una intensidad que la desconcertó.
—Yo soy el único en quien puedes confiar, Hilda. Nunca lo olvides.
Y, sin embargo, Hilda no podía evitar preguntarse qué secretos escondía él tras esa fachada impasible. Siegfried era un hombre de pocas palabras, un guerrero en un mundo de trajes y corbatas, un hombre que parecía no pertenecer a ese entorno y, sin embargo, se movía en él con una soltura letal.
Se conocían desde la infancia. Siegfried, hijo del antiguo jefe de seguridad de la familia de Hilda, había crecido junto a ella, siempre presente, siempre observando. Había sido su protector en el patio del colegio, su confidente en la adolescencia y, ahora, su única línea de defensa en un mundo corporativo despiadado.
Pero, a pesar de los años, sentía que no lo conocía del todo. Había una parte de él que siempre permanecía oculta, inaccesible. Una parte oscura y peligrosa que la aterrorizaba y, al mismo tiempo, la atraía irremediablemente.
—La recepción comenzará pronto —dijo Hilda, apartando esos pensamientos de su mente—. Debemos bajar.
Dejó la copa vacía sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta. Siegfried la siguió en silencio, una sombra protectora.








