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Eternidia: Recuerdos

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Summary

¿Qué pasaría si la tecnología diseñada para recordarte, terminara atrapando tu alma? Andrés, una mente analítica, es reclutado por Pablo para probar EternidIA: un sistema de lentes y pulsera biométrica creado para emular el comportamiento humano a la perfección. El objetivo parece noble: permitir que las familias sigan interactuando con simulaciones exactas de sus seres queridos fallecidos. Pero el proyecto da un giro oscuro cuando Andrés es brutalmente asesinado. Al activarse su simulación, ocurre un accidente inexplicable. El sistema no solo imita sus respuestas; la verdadera conciencia de Andrés despierta atrapada en el código, totalmente lúcida, pero sin un cuerpo físico. Mientras él lucha por comunicarse desde el abismo digital, su novia Lucía deberá infiltrarse en la impenetrable Fábrica para descubrir la verdad. Acompañada por un brillante hacker, Lucía se enfrentará a un laberinto de secretos donde nadie es quien parece ser. ¿Fue la muerte de Andrés un trágico accidente o el sacrificio necesario de un genio obsesivo? En un mundo donde la tecnología ha hackeado la barrera de la muerte, descubrir la verdad será solo el principio. Bienvenido a Eternidia.

Genre
Scifi
Author
Ronald
Status
Complete
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

La tarde caía como un sudario, envolviendo el sótano en un abrazo gélido. El aire olía a metal y al tenue ozono de los equipos en funcionamiento.

Un temblor casi imperceptible le nació en la base de la columna. ¿Era el frío del sótano? ¿La emoción? Pablo apretó la mandíbula, sintiendo un nudo helado aferrarse a sus entrañas. Descartó la introspección; no era el momento.

Había planeado cada detalle. En un mes logró lo impensable, batiendo su propio récord. No era una tarea simple, sino una hazaña de complejidad extrema, algo sin precedentes. Aun así, la incertidumbre persistía. Estaba a punto de cruzar un umbral desconocido, sin saber qué encontraría al otro lado. En buena parte, caminaba a ciegas. Sin embargo, avanzaba, enfrentando lo necesario.

Tal vez se trataba de asumir una culpa, de corregir un error. O quizás de recuperar lo que le pertenecía, lo que alguien le estaba arrebatando. Todo en su mente era un caos de ideas inconexas, una tormenta de información que había llegado sin previo aviso, sin piedad. Los últimos meses habían sacudido su vida de manera brutal. Sus logros, su tranquilidad, todo se había desmoronado. Pero ya no había más tiempo para dudas. Había llegado el momento de desafiar lo imposible. Después de todo, un fracaso no significaría el final, sino apenas el comienzo.

—Señores, si esto tiene algún sustento en la realidad y mis análisis son correctos, deberíamos empezar a escucharlo en cualquier momento —dijo Pablo, con una mezcla de escepticismo y esperanza.

Tomó un sorbo de agua antes de continuar.

—Mis desarrollos avanzan en tres frentes —prosiguió—. Primero, escuchar al sujeto. Segundo, emular visualmente a partir de sus descripciones. Y por último, lo más complejo, con las menores probabilidades de éxito: recopilar y comprender la mayor cantidad de información sobre ese entorno desconocido.

—¡Increíble! ...Estás muchos pasos adelante que cualquier persona nor... —Marco no pudo terminar la frase.

—¡Silencio! —El grito de Pablo cortó el aire, resonando con una urgencia inesperada—. Me pareció escuchar algo.

El sótano quedó en un silencio absoluto, y segundos después, un sonido ininteligible resonó en los altavoces. Antes de que pudieran decir algo, una voz clara atravesó la habitación.

—¿Me escuchan?

Si no fuera por el significado infinitamente más importante de esas palabras, Marco y Óscar habrían elogiado la precisión del sonido.

Pablo se adelantó, sin apartar la vista de los monitores.

—Sí, te escuchamos claramente.

—Excelente —respondió la voz al otro lado—. Voy a describir todo lo que pueda. Hace unos instantes desperté muy desorientado, estaba acostado en una cama. Es un lugar pacífico, cómodo. La habitación es blanca, bastante amplia. Hay pocos muebles, solo algunas máquinas extrañas acomodadas contra ciertas partes de las paredes.

—¡Perdona la interrupción! —dijo Pablo, inclinándose ligeramente hacia el micrófono—. Antes que nada, ¿puedes decirme la clave?

—La recuerdo clara y perfectamente: 44987.

La mirada de Marco pasaba de Pablo a los monitores y luego de vuelta a Pablo.

—¿Esa fue tu confirmación? ¿Una simple clave de cinco dígitos? —preguntó, sin disimular su desconcierto.

—¿Cuál es el problema? —intervino Óscar, notablemente molesto.

Marco dejó escapar una leve risa y negó con la cabeza.

—La verdad… ¿quién soy yo para cuestionar a Pablo? —dijo con una sonrisa, como si acabara de aceptar una verdad irrefutable.

—Espero que tengas eso bien claro siempre —dijo Óscar.

—¿Estás solo? —preguntó Marco, ignorando a Óscar y dirigiéndose a la computadora de Pablo. En el monitor principal, la simulación se actualizaba en tiempo real.

—No, cuando desperté fui recibido por una mujer —respondió la voz—. Está vestida como una doctora o enfermera. Me pidió amablemente que me sentara en la cama y tomara unos minutos para adaptarme, pero insistió en que no tenemos mucho tiempo.

—Muy bien, es el contacto que les prometí —dijo Marco, girándose hacia Pablo y Óscar, quienes lo miraban con un gesto de aprobación—. Parece que iniciamos con el pie derecho.

—La muchacha me dice que debemos correr, insiste en que no tenemos tiempo.

—¡Adelante! —exclamó Pablo, apoyándolo sin titubeos.

Pasaron tres minutos de absoluto silencio. Entonces, la voz regresó.

—Entiendo, muchas gracias por tu ayuda. Muchachos, había una especie de puerta secreta en el cuarto. Bajamos por ahí y atravesamos unos túneles muy estrechos, pero lo suficientemente amplios para correr sin problemas. Luego subimos unas gradas hasta llegar a una puerta.

Pablo seguía atento al monitor, analizando cada detalle para visualizar mejor lo que estaba ocurriendo al otro lado. Sin embargo, su atención también se dividía entre la pantalla principal y una computadora más pequeña, donde esperaba recibir datos concretos del entorno desconocido. Tal como lo había previsto, la información era escasa por ahora.

—La mujer me entregó un dispositivo parecido a un smartphone y me dijo que hasta aquí llegaba su ayuda —continuó la voz—. Me indicó que debía salir solo y seguir el recorrido que me mostraba el dispositivo. Debo caminar a un ritmo normal, sin detenerme. Me tomará unos cinco minutos en total. Me reiteró que eso era todo lo que podía hacer por mí... y luego se fue.

—Estoy caminando afuera —informó la voz con un tono sereno—. Hay personas alrededor, de apariencia normal y humana. Debo admitir que no es tan extraordinario como lo imaginé, pero hay algo en la atmósfera... todo se siente impecable, casi irreal. Desde el cielo, despejado y vibrante de color, hasta las edificaciones que me rodean. Algunas son sobrias y minimalistas, otras desbordan tecnología y diseños impresionantes. Las calles son como las conocemos, pero todo parece perfecto, limpio, casi de ensueño.

—Aún no nos has dicho cómo te sientes físicamente —interrumpió Marco.

Hubo un breve silencio.

—Es complicado. No mencioné nada aún porque estoy tratando de entenderlo. No sé si es correcto decir “lo que siento” o si más bien debería describirlo como “lo que imagino que siento”. Es... extraño. Pero trataré de explicarlo lo mejor posible.

—Tranquilo, y perdón si fui indiscreto —dijo Marco, moderándose—. Tómate tu tiempo.

—No te preocupes, Marco. Desde que desperté aquí, mi cuerpo se siente diferente. Al principio, la respiración no dependía de mí, era como si algo la guiara sin mi intervención. Ahora, esa sensación ha disminuido y es casi idéntica a lo que estamos acostumbrados. La visión, en cambio, es lo más familiar de todo, no noto diferencia alguna. Pero hay algo más… me siento increíblemente fuerte, como si no existiera la posibilidad de fatiga o dolor.

Hubo una pausa.

—Al principio, todo mi cuerpo estaba adormecido, pero cuando empecé a correr por el túnel, pude percibir mejor mis extremidades. Todavía no siento que mis sentidos estén al cien por ciento, pero van mejorando progresivamente. Tengo la impresión de que, con el tiempo, llegarán a ser exactamente como los conocemos. Es increíble… aunque lamento no tener más tiempo.

Pablo bajó la mirada. Algo en aquellas palabras le pesó profundamente.

—¿Sientes miedo? —preguntó, casi en un susurro.

—No… o al menos, no de la forma en que debería sentirlo. También hay emoción, pero tampoco como debería experimentarla. Es como si algo evitara que las emociones se manifestaran con la misma intensidad a la que estamos acostumbrados.

—Eso me tranquiliza —dijo Pablo, exhalando con discreción.

—Tú sabes mejor que nadie que vine por mi propia voluntad.

Un incómodo silencio se instaló por unos segundos antes de que la voz continuara.

—El edificio del que salí es grande. Imponente. Tiene unas letras enormes que dicen Horizonte. Su apariencia es similar a la de un hospital, pero no parece un lugar concurrido.

Marco asintió lentamente, como si aquella información le resultara familiar. Sin apartar la mirada del monitor, intercambió una breve mirada con Pablo.

—Esta podría ser la primera y única vez que ingresamos por Horizonte —dijo Marco con tono calculador, mirando a Pablo—. Es demasiado arriesgado… aunque todo depende de si nos descubren hoy. Sea lo que sea, sigo insistiendo en que la mejor opción es Escoria.

—A ver, a ver —interrumpió Pablo, levantando una mano—. No perdamos el enfoque ahora. Primero terminemos con esto. Luego discutimos los demás planes.

Marco suspiró, asintiendo.

—Tienes razón.

La voz al otro lado continuó:

—A un par de calles hay un edificio mucho más grande e impresionante que Horizonte. Una torre colosal de cristal y acero que parece tocar el cielo. En la parte superior dice Corporación ABL.

—Ten cuidado —advirtió Marco—. Camina normal y no te detengas demasiado en esa zona.

—Entendido. Según este dispositivo, estoy a tan solo dos minutos del destino. Espero que esto realmente sea útil. Me hubiera gustado conocer más, explorar, aportar más para entender todo esto, pero creo que lo mejor es seguir las instrucciones. Confío en que estén recopilando información y que esta misión valga la pena. Todo queda en sus manos, amigos.

—Estoy de acuerdo —dijo Marco—. Sigue el plan, no te arriesgues más de la cuenta.

Hubo una breve pausa, y cuando la voz regresó, el tono sereno había desaparecido, reemplazado por una urgencia palpable.

—No sé si me equivoco. Dos hombres cerca de la entrada de la corporación. No, no es paranoia. Me están siguiendo. Sus pasos son rápidos, decididos. Demasiado decididos

Un segundo de silencio tenso, pesado. En el monitor principal, la simulación mostró dos figuras indistintas que parecían moverse con propósito hacia el avatar del sujeto.

—Ahora veo que unos metros adelante vienen otros dos hombres en dirección contraria. También caminan rápido… y van vestidos de traje negro. ¿Qué hago, Marco?

El rostro de Marco se contrajo en una máscara de tensión. Sus manos se agarraban a su cabeza con desesperación. Aquello, definitivamente, no lo había previsto.

—¡Maldita sea! ¡Corre, Pablo! —exclamó, casi gritando—. ¡No sé qué decirte, pero corre lo más rápido que puedas y busca dónde esconderte! ¡Si te atrapan, te van a encerrar!

—¡Estoy corriendo! Soy demasiado veloz aquí, no me canso, es increíble... pero ellos también son rápidos, inhumanamente rápidos. Me estoy alejando del destino… Solo veo una calle muy larga con muchas casas y edificios. ¡Siguen muy cerca! ¡No puedo dejarlos atrás! ¡No puedo...!

Pablo se levantó de la silla de un salto y comenzó a caminar de un lado a otro, con los puños apretados y la mandíbula tensa. Sabía que, desde su posición, era completamente inútil. Desde el principio, había comprendido que el plan era arriesgado, sobre todo por la falta de información, pero Marco había advertido que si algo salía mal, las consecuencias podían ser impredecibles. Ahora, ese riesgo abstracto estaba a punto de materializarse.

—Me están alcanzando, Marco… ¡Dime qué puedo decirles! ¡Dame alguna idea, rápido! ¡No puedo escaparme! ¡Están sobre mí!

Marco se quedó mudo. No pudo reaccionar.

—¡Di algo, maldito inútil! —rugió Óscar, girándose bruscamente hacia él—. ¡Tú lo involucraste en todo esto! ¡Eres el responsable de lo que pase!

Marco tragó saliva con dificultad, sintiendo la mirada acusadora de Óscar y la espalda tensa de Pablo. Extendió una mano temblorosa y tocó con torpeza el brazo de Pablo, quien seguía inclinado sobre el escritorio, apoyando el peso de su cuerpo en los nudillos.

—Lo siento, Pablo… —murmuró Marco, con la voz ahogada en vergüenza y temor.

Estaba desconcertado. Había considerado todos los factores que conocía. Quizá el plan no era perfecto, pero debía haber tenido muchas probabilidades de éxito.

—Por eso el recorrido era breve… —susurró Marco, casi para sí mismo—. No entiendo cómo pudieron descubrirlo tan rápido.

—Tranquilos… ¿Por qué me detienen? ¿Hice algo malo? —La voz resonó por los parlantes con un tono sereno, pero todos en la habitación sabían lo que realmente significaba.

El sótano estaba sumido en una tensión sofocante. Tres hombres, tres reacciones completamente distintas. Óscar, sentado con los codos sobre las rodillas y los puños apretados, ardía de furia. No era su estilo perder el control, pero en ese momento, la idea de asesinar a Marco cruzó su mente con escalofriante naturalidad. No tendría que hacerlo él mismo. Solo una llamada. Una palabra. Y Marco desaparecería.

Pablo, con la mirada fija en la pantalla, intentaba procesar lo que acababan de escuchar. Cada palabra del hombre que habían enviado le hacía entender con claridad brutal que ese lugar desconocido no era un sitio donde pudieran jugar con el destino. Y lo peor… lo que le quemaba las entrañas, era que no podían hacer absolutamente nada para salvarlo.

Marco se quedó inmóvil, con el rostro pálido y una capa de sudor frío en la frente. La culpa y el miedo eran un ácido que le subía por la garganta, dejándolo sin voz. No solo había provocado una misión fallida, sino que, con ello, había puesto en riesgo todo por lo que había trabajado. Sus ambiciones, más grandes que cualquier operación de ese día, estaban a punto de desmoronarse.

—¿Por qué no podemos escuchar el entorno? —preguntó Óscar, con un tono cortante, clavando los ojos en Pablo.

—Eso ya me lo suponía —respondió Pablo, sin despegar la mirada de las líneas de código que parpadeaban en un monitor secundario—. Nuestro hombre tiene una configuración especial que le permite conectarse con el sistema de comunicación que desarrollé… pero todo lo demás, personas, sonidos, ruidos de fondo… no cuentan con esa configuración.

Hizo una pausa, pasándose una mano por la barbilla con gesto cansado.

—Estaba fuera de mi alcance… —murmuró, más para sí que para los demás—. Al menos para esta primera misión, estaba completamente fuera de mi alcance.

—No entiendo… ¿ustedes venían?... De acuerdo, de acuerdo, tranquilos.

La voz sonó por los parlantes con un tono diferente. No había desesperación ni urgencia, sino algo más… como si la situación hubiera dado un giro inesperado.

Los tres se miraron en silencio, intentando descifrar lo que acababan de escuchar.

—¿Qué sucede, amigo? ¿Qué está pasando? —preguntó Óscar, impaciente, inclinándose hacia el micrófono—. ¿Puedes darnos alguna idea?

No hubo respuesta. Óscar golpeó la mesa con el puño.

—¿Lo pueden matar? —espetó con frialdad—. ¿Pueden cortarle el acceso a la comunicación?

Pablo no apartó los ojos de la pantalla, aunque las líneas de código no decían nada útil.

—No sé qué clase de tecnología utilicen… —respondió tras unos segundos—. Aunque… me parece muy difícil que logren incomunicarlo en tan poco tiempo.

Entonces, giró lentamente la cabeza hacia Marco, quien apenas se sostenía en su asiento.

—Sobre matarlo… —continuó Pablo—. Tal vez Marco nos pueda responder.

Marco tragó saliva.

—No puedo darles certeza —contestó con voz tensa—. Pero creo que lo más probable es que lo encierren y lo interroguen.

Óscar lo miró con una expresión gélida.

—Yo sí te puedo dar certeza de lo que va a pasarte a ti si esto no se arregla.

—Ya basta, Óscar —intervino Pablo, con un tono controlado pero firme—. Si hay un afectado aquí, soy yo. Además, gran parte de la responsabilidad de este embrollo también es mía, así que yo tomaré las decisiones sobre lo que va a pasar.

Óscar no se movió ni un centímetro, pero su mirada estaba cargada de hostilidad.

—Hemos llegado demasiado lejos con este inútil —espetó—. No teníamos que confiar tanto en él. Esto se tiene que acabar.

Pablo se inclinó, acortando el espacio entre ellos hasta que su mirada fue un taladro perforando los ojos de Óscar.

—Precisamente —dijo, sin apartar la vista—. Hemos llegado demasiado lejos. Y sin él, nada de esto habría sido posible. Te guste o no, nos ha sido útil.

—¿Pero el costo? —replicó Óscar, entrecerrando los ojos.

—El costo lo pago yo —respondió Pablo, y su voz, aunque no se elevó, adquirió una intensidad que hizo estremecer el aire—. El riesgo lo asumo yo. La responsabilidad la asumo yo.

Se hizo un silencio pesado.

—Llegaré hasta las últimas consecuencias —continuó Pablo, sin bajar la voz—. Así tenga que morir una y otra vez… Y no voy a tolerar que nadie interfiera con eso.

Se inclinó apenas un poco más.

—Mucho menos tú.

Óscar solo apartó la mirada. No dijo nada. Solo pensó. Pensó en el tiempo que llevaba intentando entender, buscando alguna pista, alguna señal. Desde el inicio, había entregado su mayor esfuerzo para ayudar a Pablo, pero ese día sentía que sus fuerzas se agotaban. Demasiada intensidad, demasiados riesgos, pero muy poca información. Sin embargo, sabía que no era el momento para hablar de eso.

El súbito sonido de los altavoces interrumpió el silencio opresivo.

—Muchachos, tranquilos, todo está bien. Presten atención.

Los tres contuvieron el aliento.

—Los dos hombres que aparecieron, los que venían en dirección contraria, me libraron de los que estaban en la corporación. Resultaron ser… aliados. Me trajeron al destino. Es como una casetilla, muy extraña, parecido a los teléfonos públicos que existían hace algunos años. Ya tengo que entrar.

El tono del mensaje cambió sutilmente, volviéndose más solemne.

—Cuando entre ahí, simplemente dejaré de existir, tal como lo había dicho Marco.

El nombre de Marco quedó suspendido en el aire del sótano, como una nota disonante y premonitoria.

—Antes de entrar, estos hombres me pidieron que les dejara un mensaje para ustedes.

Los tres intercambiaron miradas.

—Dicen que, por favor, hagan que valga la pena mi sacrificio… y el sacrificio de ellos. Que, aunque no los conocemos, ellos están con nosotros. Confían en que esto será el inicio hacia una libertad que muchos aquí desean. Piden que no los abandonen… y que sigan adelante.

Silencio.

—Ese es el mensaje.

Una pausa que se sintió eterna.

—Yo me despido, muchachos. Ha sido un placer trabajar con ustedes. Marco, Óscar… sin su ayuda, esto no hubiera sido posible. Por favor, no deserten.

Y entonces, la última palabra:

—Adiós.

El canal de comunicación se cortó de inmediato. Silencio. La pantalla de datos se congeló y luego se apagó. No habría nada más.

Óscar se giró bruscamente hacia Marco.

—¿Qué fue eso? —exigió, su mirada penetrante—. No nos habías hablado de esos tipos. ¿Cómo nos conocen? ¿Qué saben de nosotros?

Marco levantó ambas manos, como si intentara demostrar que no tenía respuestas.

—He sido totalmente transparente con ustedes —aseguró, con el tono tenso pero firme—. Solo tengo un contacto. Uno. El que les mencioné. Y él únicamente me habló de la muchacha que recibe a las personas en Horizonte, nada más. No tengo la menor idea de quiénes eran esas personas ni por qué estaban involucradas... Pero les prometo que haré todo lo posible por averiguarlo.

Hubo un largo silencio.

—Lo más importante es que la operación fue un éxito —intervino Pablo, con una serenidad calculada—. Hubo un imprevisto, sí, pero al final salió como lo planeamos.

Marco asintió con vehemencia, sintiendo que una bocanada de aire fresco le volvía el alma al cuerpo.

—Así es.

Pablo fijó su mirada en Marco, su expresión ahora inescrutable, pero cargada de algo más profundo.

—No tienes escrúpulos, ¿verdad, Marco?

Marco frunció el ceño, confundido por la acusación.

—¿A qué te refieres? No entiendo.

Pablo inspiró hondo antes de responder, sin apartar la vista de él.

—Eras el único que lo tenía claro. No había esperanza ahí. O me capturaban y tenía un futuro incierto… o debía acabar con mi vida voluntariamente. Me enviaste a una misión suicida.

Marco parpadeó, todavía sin comprender del todo la reacción de Pablo.

—Disculpa, Pablo, pero en todo momento traté de ser claro —dijo con firmeza—. Tú mismo dijiste estar de acuerdo con el plan. Dijiste que tenías que ser tú mismo, o no ibas a creer nada.

Pablo asintió lentamente, pero su expresión no se suavizó.

—Lo sé, lo sé… —murmuró—. No te preocupes. Es solo que… no podía dimensionar lo que pasaba. Aún no puedo dimensionarlo.

El silencio se impuso por unos segundos.

—Pero sí entiendo una cosa —continuó Pablo, y había una seguridad escalofriante en su voz que hizo que Marco y Óscar lo miraran con aprensión—. Tenías razón. No podemos arriesgar más. La única forma de avanzar, de obtener lo que necesitamos, de proteger lo nuestro… es la fuerza. La fuerza bruta y aplastante.

Óscar sonrió de lado, con una confianza casi arrogante.

—Ya estamos acostumbrados a usar la fuerza. Sabemos hacerlo.

Pablo negó con la cabeza.

—No, Óscar. Esto es diferente.

Se quedó viendo a la nada, como si su mente estuviera calculando un millón de variables al mismo tiempo.

Óscar lo estudió por un momento antes de hablar.

—¿Estás pensando en una especie de guerra o masacre?

Pablo no parpadeó al responder:

—Aún no lo sé con exactitud… pero voy a preparar todo para eso.

Las palabras de Pablo resonaron en el sótano y un calor se extendió por el pecho de Marco. Era triunfo, puro y eléctrico. Al final, la misión suicida había sido un éxito. Y la recompensa era ver a este nuevo Pablo, decidido a enfrentarlo todo. A desafiar lo desconocido con una determinación implacable. A derribar, por la fuerza si era preciso, a aquellos que habían construido un mundo a sus espaldas… y a la vez en sus narices, robando su tecnología y asumiendo un poder tirano que no les correspondía.

PARTE I

El Origen

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