Prólogo
Victoria abrió los ojos sin saber dónde estaba. El frío le subía desde la piedra, una humedad rancia, insistente, que se le había metido en la espalda y en los huesos. Parpadeó varias veces hasta que las formas empezaron a recuperar sus bordes. El cielo era un gris pálido, de amanecer de ciudad, ni noche ni día, ese punto indeciso donde todo parece más feo. Y más verdadero. A su lado había una puerta alta de madera oscura, cerrada: una iglesia. No recordaba haber llegado a ese lugar. Tampoco recordaba el camino.
Se incorporó apoyando una mano en el escalón. Las piernas le dolían y la espalda la obligó a detenerse. Entonces apareció el dolor en el centro del pecho, un pinchazo hondo que le llegaba al estómago. Victoria llevó la mano al lugar y presionó con los dedos, esperando que el contacto modificara aquella sensación, pero solo consiguió sentir los latidos bajo la palma.
Miró sus manos. Tenía tierra debajo de las uñas y algo más oscuro, casi negro, secándose en los pliegues de los dedos. Se refregó los dedos entumecidos y se dio cuenta de que tenía las uñas quebradas, algunas hasta la carne, y las palmas rojas, abiertas en pequeños cortes. No supo qué había hecho, ni dónde había estado. Intentó calentarse las manos con el aliento, pero el frío seguía ahí, inmóvil, como si la piedra se lo hubiera cedido a todo.
El silencio de la calle duró apenas unos segundos. Después escuchó el rugido pesado del motor de un colectivo que levantaba polvo tras el chirrido del freno. Victoria levantó la cabeza. El sonido llegó de muy lejos, como si viniera de otra cuadra, de otra ciudad, y un instante después estuvo encima de ella, tan cerca que pudo sentir el aire caliente del motor contra la cara. Algo se contrajo dentro de su pecho. Siguió al colectivo con la mirada hasta verlo alejarse y solo entonces advirtió a una mujer que barría la vereda al otro lado de la calle, empujando la escoba con la paciencia de quien llevaba años barriendo la misma tierra, la misma basura de cada amanecer.
La mujer levantó la vista y la miró más tiempo del que dura una mirada cualquiera.
—¿Está bien?
Victoria no contestó. No habría sabido qué responder.
La mujer bajó los ojos hacia sus manos, después hacia su ropa, pero no dijo nada más. Volvió a barrar y cada tanto levantaba la cabeza para comprobar que Victoria continuaba allí.
La ciudad seguía. El tiempo seguía. La vida de las personas seguía. Victoria tardó un instante en aceptar que ella era la que estaba detenida, ausente.
Bajó la mirada hacia los escalones comprendió que había pasado la noche tirada en ese lugar, a la intemperie, frente a una iglesia cerrada, convertida durante unas horas en una extraña sin casa. Se llevó una mano al cuello y tocó la piel, buscando una prueba de que seguía siendo ella misma. Llevaba la misma ropa que la noche anterior, aunque el abrigo olía a humo, polvo, y un olor metálico y dulzón que no reconoció como propio. El cabello estaba enredado, pegado a la frente la boca seca y un gusto desagradable en la lengua.
Se puso de pie con cuidado. El mundo se movió un poco bajo sus pies y tuvo que apoyar la mano en la pared de la iglesia para recuperar el equilibrio. La piedra era áspera, fría, real. Victoria mantuvo la palma contra ella durante unos segundos y miró nuevamente la puerta cerrada, tratando de encontrar en aquel edificio alguna explicación para su presencia.
Victoria apretó los labios, sin darse cuenta.
—¿Qué pasó? —preguntó, pero la voz le salió baja, quebrada, y nadie respondió.
Miró hacia la calle como si buscara alguna respuesta, pero solo vio la mujer barriendo, la línea de autos que empezaba a formarse, el semáforo cambiando de color y un perro flaco husmeando una bolsa. Todo parecía ocurrir con un segundo de demora, el sonido y la imagen dejaban de coincidir del todo: veía pasar un auto y el ruido del motor llegaba después; una voz llegó desde algún lugar y durante un instante no encontró a nadie hablando. Parpadeó y apretó los ojos, pero cuando volvió a abrirlos la calle seguía allí, idéntica, entregada a la rutina del amanecer.
Sus labios temblaron. Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el teléfono con dedos torpes. Quiso encenderlo, pero el aparato había decidido quedarse sin batería, por solidaridad o por burla.
Trató de respirar hondo y el aire le dolió. No sabía cuánto tiempo había pasado, no sabía cómo había llegado hasta la iglesia, no sabía si había corrido o caminado, si se había golpeado, si había llorado o gritado. Tenía la sensación de que algo había sucedido, pero en su memoria no había escenas, solo fragmentos inconexos.
Bajó los escalones. En la vereda, un charco reflejó su cara y Victoria se detuvo ante aquella mujer pálida, ojerosa, con los ojos tan hinchados que apenas parecían suyos. Apartó la mirada.
Caminó sin rumbo al principio. Después el cuerpo eligió por ella y empezó a llevarla hacia su casa, o hacia lo que todavía conservaba de esa idea. Mientras caminaba, la ciudad fue encendiendo su maquinaria: autos, bocinas, conversaciones cortas en las paradas, el olor a café que salía de un bar, humo mezclándose con el aire frío. Todo lo cotidiano era ofensivo. Cada normalidad era una especie de traición. A ratos el ruido de la calle se apagaba casi por completo y Victoria podía ver las bocas moverse, los autos avanzar, las puertas abrirse sin que nada pareciera producir sonido; después todo regresaba de golpe, fuerte, cerca, y un zumbido le llenaba los oídos hasta obligarla a detenerse.
Victoria cruzó una avenida mirando ambos lados dos veces. Al llegar a la vereda de enfrente descubrió a una mujer observándola desde la puerta de una panadería. Victoria continuó caminando, pero la mujer no apartó los ojos; giró la cabeza hacia el interior del negocio y llamó a alguien. Un hombre apareció detrás de ella y los dos permanecieron en la entrada mientras Victoria se alejaba. Más adelante, dos hombres que conversaban junto a un automóvil dejaron de hacerlo cuando pasó frente a ellos. Uno bajó la mirada hacia sus manos y el otro giró la cabeza para seguirla. Victoria sintió vergüenza sin entender por qué. Su malestar estaba a la vista, adherido al abrigo, a la suciedad de las manos, a los ojos hinchados. No necesitaba explicación.
Apretó el paso. No quería que nadie la detuviera. No quería tener que hablar. No quería escuchar su propia voz diciendo “no sé”.
No sé qué pasó.
No sé dónde estoy.
No sé si…
No pudo terminar la frase.








