Capítulo I
“¿Cuál es tu nombre? Él contestó: "Legión”.
Las ráfagas de viento chocaban con furia mientras los relámpagos teñían el cielo de tonos anaranjados. La tormenta golpeaba con fuerza la fría noche, cubriendo de granizo las calles de Agua Rica. El padre Filimón caminaba hacia la Casona de los Morales cuando, de repente, de la espesa niebla, unos destellos luminosos proyectaban las siluetas de perros negros con ojos rojos. Al mismo tiempo, se respiraba un olor insoportable a azufre y descomposición.
Como si esto no bastara, fuertes gruñidos comenzaron a resonar desde la oscuridad; ante la situación, el padre quedó paralizado. Sabía que Lucifer estaba ansioso por verlo. Al llegar a la casona, una temperatura gélida lo recibió. Antes de ingresar, se detuvo unos instantes a observar el sitio. De aquel lugar se contaban innumerables leyendas, desde su construcción hasta la misteriosa muerte de Paty Morales. Sin embargo, lo que se contaba de aquel lugar se limitaba a relatos. Estaba tan absorto en sus pensamientos que el rechinar del portón abriéndose provocó que brincara del susto.
«No te alarmes, la señorita debió haber abierto el zaguán desde adentro», pensó mientras intentaba tranquilizarse.
En los pueblos de los alrededores se registraban varios casos de posesión al día. Sin embargo, esta sería la primera vez que la enfrentaría en este lugar. Cuando llegó a Agua Rica, pensó que iba a ser su retiro como sacerdote exorcista; sin embargo, esto no fue así. Para cumplir con su ritual de exorcismo, debía confirmar que la persona no tuviera problemas médicos o psicológicos antes de actuar.
Apenas iba a comenzar el ritual de exorcismo cuando las vigas de madera crujieron. El sonido estremeció toda la estructura. La temperatura era tan baja que, con cada paso, sentía cómo se le congelaba el cuerpo. Las imponentes carcajadas que hacían eco por todo el lugar venían acompañadas de la sensación de sentirse observado. Miraba a su alrededor, pero no había nadie. Ya no había duda de que diversas manifestaciones estaban habitando la casa. No obstante, existía algo que se logra con la experiencia, pues ningún libro de rituales lo menciona: aprender a identificar y conocer a los demonios.
A medida que avanzaba por la casa, los pasos pesados y las risas infantiles que iban de una habitación a otra se hicieron más intensos. No obstante, tras alumbrar el padre con su linterna, tanto las voces como los pasos cesaron. Las reglas del juego estaban a punto de cambiar. Entró en la habitación para revisarla con atención y, de repente, una cajita musical que estaba sobre una vieja cómoda comenzó a sonar. Aquella melodía suave, con notas tétricas casi imperceptibles, perturbaba poco a poco al padre. Alguien más, en sus circunstancias, ya se habría marchado despavorido. Al acabar la canción, se escuchó un arañazo seguido de una risa burlona y, al alumbrar el mueble, aparecieron tres líneas marcadas en la madera. Él sabía que Lucifer lo acechaba como un cazador a su presa. En sus años como sacerdote exorcista, jamás había visto tal grado de infestación demoníaca.
Caminaba por la casona entre ecos nocturnos cuando alguien susurró su nombre; antes de poder moverse, la presencia que lo acechaba desde la oscuridad empezó a recitar sus pecados. No cabía duda, aquella voz era del mismísimo Lucifer. La demonología dice que Lucifer suele enviar a su ejército, Legión, a poseer a las personas que le dan permiso. No obstante, si la víctima es alguien importante, él interviene personalmente y, al parecer, este era el caso. Había una pregunta que aún no tenía respuesta: ¿qué había hecho Anabela Morales para ser víctima del príncipe de este mundo?
—En el nombre de Jesucristo, te ordeno que te manifiestes —gritaba el padre mientras inspeccionaba cada rincón.
No sabía cuánto tiempo le llevaría expulsar al demonio de la casona. En algunos casos, los sacerdotes tardaban meses en exorcizar a las personas y en otros años. Todo esto dependía del demonio que estuviera atormentando a la víctima.
En la habitación contigua a la cocina, encontró a una chica de unos veinte años trepada en el techo, riendo de manera siniestra.
—Filimón —bramó una voz ronca, la cual no pertenecía a la joven—. Estás en mi terreno y no podrás hacer nada. ¿Acaso pudiste salvar la vida de Miriam?
Mientras la joven reía con tono macabro, un muñeco de pilas se puso en marcha hacia Filimón. Aterrorizado, él desenfundó su crucifijo de plata y lo dirigió directamente al techo.
—¡Dime cómo te llamas! —ordenó Filimón al demonio.
—Filimón —Anne esbozó una sonrisa tan grande que sus músculos maxilares terminarían por desgarrarse—. ¿A mí no me puedes ordenar? ¿O quieres que te recuerde qué pasó en Mexticacán?
—Te exijo que me digas cómo te llamas —sentenció Filimón sin dejar de apuntarle con el crucifijo de plata.
—Tú sabes cómo me llamo, si no es la primera vez que nos vemos —comentó Lucifer caminando por el techo—. ¿Quieres que te recuerde por qué te fuiste de Yahualica?
El padre, al oír que Lucifer le reprochaba sus pecados, se paralizó. Sabía que lo ocurrido en Yahualica no estuvo a su alcance para poder hacer algo.









Hola... muy interesante... puedo preguntarte por tu inspiración para esta historia?