Escudo, Espada Y Corona by Elbuscado1 at Inkitt
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Escudo, Espada y Corona

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Capitulo

El viento aullaba como una bestia herida contra los enormes ventanales de cristal reforzado de la Mansión Valhalla, la joya arquitectónica y sede ancestral de la familia Polaris, ubicada en los confines más gélidos de Svalbard, Noruega. Afuera, una tormenta de proporciones bíblicas devoraba el paisaje, sepultando los fiordos bajo un manto de blanco implacable. Adentro, sin embargo, el ambiente era de una calidez engañosa, dictada por el lujo asfixiante y las maquinaciones del mundo corporativo moderno.

Hilda de Polaris se encontraba de pie ante el inmenso espejo de cuerpo entero de su suite principal. Como directora ejecutiva de Polaris Energy & Logistics, el conglomerado de energía sustentable y rutas marítimas árticas más poderoso de Europa del Norte, su vida era un constante juego de ajedrez tridimensional. Pero esta noche, la noche de la Gala del Solsticio de Invierno, el juego se volvía físico, palpable. Las familias más influyentes, los inversores más voraces y los políticos más escurridizos estaban reunidos en el Gran Salón, esperando a que la matriarca hiciera su aparición.

Se ajustó el intrincado tocado que adornaba su cabeza, una pieza de alta costura contemporánea que rozaba lo vanguardista, pero que estaba profundamente arraigada en la tradición familiar. Consistía en un arreglo de plumas estilizadas de un blanco prístino, casi metálico, que se alzaban como alas a los lados de su rostro, unidas por una gema de un rojo profundo, un rubí talla cabujón que parecía latir con luz propia. El contraste con su cabello, liso y de un tono plateado tan claro que parecía hilo de hielo, era hipnótico. Su vestido, una obra maestra de terciopelo oscuro casi negro, presentaba bordados en hilo de plata que emulaban antiguas runas nórdicas en el corpiño, ciñendo su figura antes de dar paso a una falda que revelaba destellos de un rojo carmesí profundo en sus pliegues.

—Señorita Hilda —la voz, profunda y resonante como un violonchelo, provino del umbral de la puerta doble de roble tallado.

Hilda no necesitó girarse para saber quién era. A través del reflejo del espejo, sus ojos amatista se encontraron con la figura imponente de Siegfried. Él era, sin lugar a dudas, el hombre más alto de la habitación y, de hecho, de casi cualquier habitación en la que entrara. Su presencia llenaba el espacio, no solo por su extraordinaria estatura, sino por la gravedad de su porte. Como Jefe Global de Seguridad de Polaris y su protector personal de toda la vida, Siegfried era el muro de contención entre ella y un mundo que constantemente intentaba despedazarla.

En honor a la gala, Siegfried vestía el uniforme ceremonial de la guardia de élite de la familia, una versión modernizada y exquisitamente confeccionada que recordaba a los antiguos rangos militares. El abrigo de cuello alto, de un negro profundo, estaba adornado con herrajes plateados y charreteras estilizadas. Un forro de un púrpura real asomaba por los bordes de su pesada capa asimétrica. Su cabello rubio, largo y ligeramente ondulado, caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones aristocráticas y expresión inescrutable. Sus guantes blancos, inmaculados, descansaban cruzados frente a él, una imagen de compostura absoluta que ocultaba una letalidad afinada durante años de entrenamiento en fuerzas especiales.

—¿Están todos en sus posiciones, Siegfried? —preguntó Hilda, su voz serena, modulada a la perfección para no revelar la fatiga que amenazaba con aplastarla.

—Cada sector de la mansión está asegurado, señorita —respondió Siegfried, dando un paso hacia el interior de la habitación. Su tono era profesional, pero había una suavidad subyacente que reservaba exclusivamente para ella—. Los sistemas biométricos funcionan al cien por ciento, a pesar de la interferencia electromagnética de la tormenta. Sin embargo...

—¿Sin embargo? —Hilda se giró, la seda y el terciopelo susurrando contra el suelo de madera pulida.

Antes de que Siegfried pudiera contestar, una tercera figura emergió de las sombras del pasillo, deteniéndose justo al lado de su hermano menor. Era Sigmund. Aunque ligeramente menos alto que Siegfried, su presencia era igual de intimidante, cargada de una energía mucho más volátil y afilada. Mientras que Siegfried era el escudo inamovible, Sigmund era la espada desenvainada. Su cabello rubio, más corto y peinado en puntas rebeldes que desafiaban la gravedad y la formalidad, contrastaba con su propio uniforme oscuro, adornado con pesados cordones de plata y herrajes intrincados que reflejaban la luz de las lámparas de araña.

—Sin embargo —interrumpió Sigmund, con una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos afilados—, la delegación de Kido Holdings llegó hace una hora, y han traído más 'consejeros' de los que estaban en la lista oficial. Mis instintos me dicen que no vinieron solo a disfrutar del caviar y discutir sobre contratos de energía eólica.

Hilda suspiró suavemente, cerrando los ojos por una fracción de segundo. Kido Holdings, el conglomerado japonés con tentáculos en tecnología, finanzas y exploración espacial, era su mayor competidor y, últimamente, un aliado forzado en varias empresas conjuntas. La relación era un campo minado diplomático.

—Saori Kido siempre juega al límite —murmuró Hilda, abriendo los ojos y caminando hacia los dos hombres.

—He desplegado hombres adicionales en el ala oeste, cerca de los servidores de datos principales —añadió Sigmund, cruzándose de brazos. Las mangas de su abrigo oscuro mostraban un patrón de espinas de plata entrelazadas, un diseño que él mismo había exigido a los sastres de la familia—. Si intentan algún tipo de espionaje corporativo bajo la cobertura de la gala, se encontrarán con una pared de ladrillos. O, en este caso, conmigo.

—Paciencia, hermano —dijo Siegfried, su voz tranquila operando como un bálsamo sobre la fricción de Sigmund—. No podemos acusarlos sin pruebas. Una confrontación injustificada arruinaría la fusión de los proyectos en Groenlandia. Nuestro deber es observar y disuadir.

Sigmund chasqueó la lengua, mirando a su hermano con una mezcla de respeto y leve exasperación. —Tú siempre juegas el papel del diplomático perfecto, Siegfried. Pero en este mundo, a veces la disuasión requiere romper un par de dedos antes de que lleguen al teclado.

—Suficiente, los dos —ordenó Hilda, aunque su tono carecía de verdadera severidad. Sabía que la tensión entre los hermanos Dubhe era su forma de afinar sus sentidos. Eran dos caras de la misma moneda de lealtad absoluta—. Esta noche no habrá sangre en mis salones, ni metafórica ni literal. Somos los anfitriones. Actuaremos con la cortesía que nuestro linaje exige. Si Kido Holdings intenta algo ilícito, lo registraremos, lo bloquearemos y lo usaremos como moneda de cambio en la próxima junta de accionistas.

Siegfried inclinó la cabeza, un gesto de sumisión total. —Como usted ordene, señorita Hilda.

Hilda se acercó a Siegfried. Con un movimiento natural, nacido de años de confianza compartida, extendió su mano enguantada en púrpura. Siegfried, entendiendo el gesto sin necesidad de palabras, ofreció su brazo. Sus manos se encontraron, la inmaculada blancura del guante de él contrastando con la oscuridad de los brazaletes de encaje y plata que adornaban las muñecas de ella. El contacto fue breve, un agarre de soporte y solidaridad, antes de que ella se apoyara ligeramente en él para iniciar la caminata hacia el Gran Salón.

Sigmund se colocó a su otro lado, un paso ligeramente por detrás, sus ojos escaneando el corredor como el radar de un buque de guerra. El trío comenzó su descenso por la gran escalinata de mármol de la Mansión Valhalla.

El sonido de la orquesta de cámara tocando un cuarteto de cuerdas de Vivaldi se filtró a través de las pesadas puertas dobles del salón principal. Cuando los sirvientes abrieron las hojas de caoba, un mar de rostros se giró hacia ellos. La élite del mundo empresarial, político y aristocrático europeo y asiático detuvo sus conversaciones.

La visión era impactante. La heredera de Polaris, flanqueada por sus dos perros guardianes, los legendarios hermanos Dubhe. Siegfried, dominando la sala con su enorme estatura y su aura de autoridad serena, y Sigmund, vibrando con una energía contenida, listo para saltar ante la menor provocación. El trío proyectaba una imagen de invulnerabilidad absoluta.

Hilda descendió los últimos escalones y la multitud se separó como las aguas del Mar Rojo. Sonrisas calculadas, asentimientos de cabeza y murmullos de admiración y envidia la recibieron. Ella comenzó el intrincado baile social, saludando a embajadores, brindando (con copas de agua con gas que aparentaban ser champán para mantener la mente clara) con inversores de Wall Street, y evadiendo las preguntas incisivas de los magnates de la prensa económica que habían conseguido invitaciones exclusivas.

Siegfried permaneció a su lado, una sombra de un metro noventa y nueve, que no emitía sonido alguno, pero cuya mera presencia desalentaba a cualquiera de acercarse demasiado rápido o hablar demasiado fuerte. Cada vez que alguien intentaba sobrepasar los límites invisibles del espacio personal de Hilda, la mirada azul claro de Siegfried se fijaba en ellos, una advertencia gélida que congelaba la sangre más rápido que la tormenta exterior.

Por su parte, Sigmund deambulaba por la periferia del salón. Prefería no estar atado al protocolo. Se movía entre los invitados, intercambiando palabras bruscas con los jefes de seguridad de los otros VIPs, estableciendo dominio. Se detuvo cerca de la barra de hielo tallado, observando a la delegación de Kido Holdings. Eran cuatro individuos vestidos con trajes impecables de corte italiano. No bebían. No socializaban. Sus ojos estaban fijos en las salidas, en las cámaras de seguridad ocultas entre los candelabros, y en Hilda.

Sigmund se llevó una mano al oído, activando el comunicador subdérmico de su auricular de grado militar.

—Siegfried, canal privado —murmuró Sigmund, fingiendo examinar una copa de cristal de bacará.

A quince metros de distancia, la expresión de Siegfried no cambió, pero su dedo índice dio un ligero toque al interior de su cuello alto. —Te escucho, Sigmund.

—Los trajes grises de Kido. Sector cuatro, cerca del bar. Están triangulando la sala. Uno de ellos lleva un reloj inteligente que emite una frecuencia extraña. Podría ser un codificador de señal.

Siegfried, sin apartar la vista de un viceministro noruego que le hablaba a Hilda sobre los subsidios petroleros, respondió a través del micrófono oculto. —Lo veo. He cruzado la base de datos visual. Son contratistas independientes. Ex-agentes de la DGSE francesa. No son simples asesores financieros.

—Lo sabía —siseó Sigmund, una chispa de adrenalina iluminando sus ojos—. Quieren acceder a la red cerrada. Los datos topográficos del nuevo yacimiento en el Mar de Barents. Voy a interceptarlos antes de que se muevan hacia el servidor local.

—Negativo, Sigmund —la voz de Siegfried fue cortante, autoritaria, recordando a ambos que él era el Jefe de Seguridad—. Si te acercas ahora, causarás un incidente diplomático frente a doscientos testigos. Deja que den el primer paso. El sistema de contramedidas cuánticas de la mansión repelerá cualquier ataque remoto.

—A menos que planeen una intrusión física directa —rebatió Sigmund, frustrado por la pasividad táctica de su hermano menor—. La tormenta afuera es un infierno. Si sabotean los generadores primarios y dependemos de los de respaldo, los cortafuegos tendrán una latencia de tres segundos. Es suficiente para un volcado de memoria.

Hilda, percibiendo la micro-tensión en la postura de Siegfried, se disculpó elegantemente con el viceministro y se volvió ligeramente hacia su protector. Sus miradas se cruzaron.

—¿Problemas? —susurró ella, manteniendo una sonrisa plácida para el público.

—Movimientos sospechosos de la delegación Kido, señorita. Sigmund está ansioso por actuar. Le he ordenado contención.

Hilda asintió imperceptiblemente. —Bien hecho. Sigmund a veces olvida que estamos en una sala de juntas, no en un campo de batalla. Pero mantén a tus hombres alerta. Esta tormenta es demasiado perfecta para un apagón "accidental".

Como si sus palabras hubieran sido una profecía invocada por el clima inclemente de Asgard, las luces parpadearon.

La orquesta titubeó. Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Las enormes lámparas de araña de cristal parpadearon una segunda vez, y luego, con un zumbido agónico, se apagaron por completo. El Gran Salón quedó sumido en la oscuridad, iluminado únicamente por el débil y fantasmal resplandor de la nieve que se reflejaba a través de los ventanales azotados por la ventisca y las pequeñas luces de emergencia rojas que se activaron a lo largo de los zócalos.

El silencio duró un segundo antes de que estallara el caos. Exclamaciones de pánico, el sonido de copas rompiéndose y el barullo de decenas de personas ricas e importantes que repentinamente se encontraban vulnerables llenaron el aire.

Siegfried actuó antes de que la primera bombilla terminara de apagarse. Con un movimiento fluido, eliminó la distancia entre él e Hilda, cubriéndola con su pesada capa oscura, protegiéndola de cualquier posible amenaza en la oscuridad. Su cuerpo masivo era un escudo impenetrable.

—¡Atrás! —rugió Siegfried, su voz cortando el pánico del salón como un trueno. Activó una linterna táctica acoplada a su guantelete, cuyo haz de luz blanca y cegadora barrió el área inmediata, deslumbrando a cualquiera que intentara acercarse.

—¡Siegfried, los generadores principales han sido desconectados manualmente! —la voz de Sigmund crepitó en el auricular—. ¡Alguien ha alterado los relés de transferencia en el subsuelo! ¡El respaldo no entra!

—¡Asegura el perímetro de la sala de servidores! —ordenó Siegfried, manteniendo a Hilda cerca de su pecho, sintiendo el ritmo acelerado, pero controlado, de su corazón. Ella no temblaba. Ella era Polaris—. Yo sacaré a Hilda de aquí hacia la habitación de pánico.

—¡Copiado! —La respuesta de Sigmund se perdió en el sonido de pasos corriendo.

—Estoy bien, Siegfried —dijo Hilda, su voz firme a pesar de estar envuelta en la oscuridad y rodeada de la respiración agitada de la élite europea—. No me trates como a una reliquia frágil.

—Mi deber es su vida, señorita. Disculpe mi brusquedad —respondió él, sin soltarla. Liberó su mano derecha, llevándola instintivamente hacia el cinturón táctico oculto bajo el abrigo ceremonial, donde descansaba un bastón telescópico de aleación de titanio. En este nivel de seguridad corporativa, las armas de fuego en eventos sociales eran un tabú que incluso ellos respetaban, pero la fuerza bruta letal no lo era.

Mientras Siegfried guiaba a Hilda con mano experta a través del tumulto ciego, dirigiéndose hacia una puerta secreta panelada detrás de la barra, Sigmund se abría paso hacia el ala oeste.

Los pasillos de servicio estaban iluminados apenas por luces estroboscópicas de emergencia. Sigmund corría en silencio, sus zapatos de suela de goma no hacían ruido sobre el concreto pulido. Conocía la mansión como las líneas de sus propias manos. Llegó a la puerta blindada de acceso a la granja de servidores subterránea. La cerradura magnética parpadeaba en un rojo ominoso. Había sido forzada.

Sigmund no perdió tiempo. Empujó la puerta y se deslizó hacia el interior, inmerso en el zumbido frío de los servidores que, gracias a sus propios bancos de baterías ininterrumpidas (UPS), seguían funcionando en la penumbra.

Entre los pasillos de racks parpadeantes, detectó movimiento. Dos figuras vestidas de negro, trabajando frenéticamente frente a la terminal principal, conectando un dispositivo de clonación de fibra óptica. Eran los "asesores" de Kido Holdings.

—Sabía que los franceses eran rápidos para rendirse, pero no pensé que fueran tan estúpidos como para intentar robar en mi casa —anunció Sigmund, su voz resonando en el frío espacio confinado.

Los dos mercenarios se giraron sorprendidos. Sin perder un segundo, uno de ellos desenfundó una pistola con silenciador, apuntando directamente a Sigmund. Las reglas de no usar armas de fuego acababan de ser descartadas por el enemigo.

Sigmund no dudó. Se lanzó hacia adelante en una finta baja, utilizando una de las columnas de servidores como cobertura justo cuando el sordo pfft del arma disparó, astillando el cristal de un rack de servidores detrás de donde él había estado un segundo antes.

Aprovechando el sonido de los ventiladores de refrigeración y las sombras, Sigmund flanqueó al tirador. Emergió de la oscuridad como un depredador alfa. Con un golpe de canto de mano brutalmente preciso, golpeó la muñeca del tirador, haciendo que el arma saliera volando. Antes de que el mercenario pudiera reaccionar, Sigmund conectó un codazo ascendente directamente al mentón, escuchando el satisfactorio crujido de la mandíbula fracturándose. El hombre cayó inerte al suelo.

El segundo intruso, al ver caer a su compañero, sacó un cuchillo táctico de combate e intentó una estocada frontal hacia el estómago de Sigmund. Pero el mayor de los hermanos Dubhe era un maestro del combate cuerpo a cuerpo. Desvió la hoja con el antebrazo protegido por la gruesa tela del abrigo ceremonial, agarró la muñeca del atacante y, con un giro de cadera, utilizó el propio impulso del hombre para lanzarlo por los aires. El mercenario se estrelló violentamente contra una hilera de servidores, cayendo inconsciente bajo una lluvia de chispas y cables desconectados.

Sigmund se irguió, arreglándose las solapas de su abrigo y sacudiendo el polvo invisible de sus mangas. Miró el dispositivo de clonación conectado a la terminal. La barra de progreso marcaba un mero 12%.

—Siegfried —habló por el comunicador, su respiración apenas agitada—. Ala oeste asegurada. Dos paquetes neutralizados. El volcado de datos ha sido interrumpido.

En el otro extremo de la mansión, dentro del frío y acorazado santuario de la habitación de pánico, Siegfried respiró hondo, sintiendo cómo una fracción de la enorme tensión abandonaba sus hombros. La habitación estaba completamente iluminada por circuitos independientes e insonorizada. Hilda estaba sentada en una silla de cuero de respaldo alto, su tocado de plumas blancas y rubí intacto, su postura tan majestuosa como si estuviera presidiendo una reunión de la junta directiva en lugar de estar refugiada de un ataque.

—Excelente trabajo, Sigmund —respondió Siegfried—. Asegura los prisioneros. Coordina con la policía local de Longyearbyen. Que envíen un equipo cuando la tormenta lo permita. Hasta entonces, los interrogaremos en las celdas del subsuelo.

Hilda cruzó las piernas, acomodando los pliegues rojos y oscuros de su falda. —Supongo que la señorita Kido tendrá mucho que explicar cuando sus 'asesores' confiesen que actuaron bajo sus órdenes.

Siegfried se acercó a ella. En la quietud de la habitación segura, sin los ojos del mundo sobre ellos, su postura se relajó microscópicamente. —Intentarán negar su implicación, señorita. Afirmarán que son actores renegados.

—Por supuesto que lo harán —sonrió Hilda, una sonrisa fría y calculadora—. Pero la duda sembrada en el mercado será suficiente. Las acciones de Kido Holdings caerán cinco puntos en la apertura de la bolsa de Tokio por los rumores de inestabilidad, y nosotros aprovecharemos para renegociar los términos de la empresa en Groenlandia. Un intento de robo convertido en una ventaja financiera.

Siegfried la observó con una mezcla de asombro y devoción inquebrantable. A menudo olvidaba que, bajo esa apariencia de realeza intocable, Hilda era una depredadora en el mundo corporativo, tan letal con un contrato como él lo era en combate.

—Usted siempre ve el tablero completo, señorita.

Ella levantó la vista hacia su imponente guardaespaldas. —¿Cómo está Sigmund?

—Ileso, sin duda, y probablemente presumiendo de ello. Le ordené que detuviera la transferencia de datos y lo hizo con su habitual eficiencia.

Hilda asintió lentamente. —Ustedes dos son los pilares de esta casa, Siegfried. No importa cuántos satélites poseamos, o cuántos billones de euros haya en nuestras cuentas, la verdadera seguridad de Polaris reside en la lealtad de la línea Dubhe.

Siegfried se arrodilló sobre una rodilla frente a ella, bajando la cabeza, su largo cabello rubio cayendo como una cascada dorada. —Nuestras vidas le pertenecen, señorita Hilda. Como fue en los tiempos antiguos con nuestros antepasados, así es hoy en las salas de juntas de cristal y acero. Mi fuerza es su escudo; la furia de mi hermano es su espada.

Hilda extendió una mano y rozó suavemente la mejilla de Siegfried, un gesto de afecto poco común y profundamente íntimo. —Levántate, mi caballero más fiel. No necesitamos juramentos en este búnker; tus acciones ya los han sellado mil veces.

El comunicador de Siegfried zumbó de nuevo. Era Sigmund.

—Hermano. Los técnicos han restablecido los generadores. Las luces volverán al Gran Salón en treinta segundos. He entregado los 'paquetes' al equipo de seguridad de nivel dos para su procesamiento. Limpiando el área.

Siegfried se puso de pie, su estatura dominando nuevamente el espacio. —Recibido, Sigmund. Nos dirigimos de vuelta. La anfitriona no puede dejar a sus invitados a oscuras por mucho tiempo.

—¿Siegfried? —la voz de Sigmund perdió su tono sarcástico por un momento, adoptando una gravedad familiar—. Cuídala.

—Con mi último aliento, hermano. Siempre.

La conexión se cortó. Siegfried se giró hacia la puerta de la habitación de pánico y tecleó el código de anulación, las pesadas cerraduras hidráulicas silbando mientras se retiraban.

—¿Lista para regresar a la jauría, señorita? —preguntó él, ofreciéndole su brazo enguantado una vez más.

Hilda de Polaris se puso de pie, alisando su vestido y asegurándose de que su porte fuera el de una reina inquebrantable. Se apoyó en el brazo de Siegfried, sintiendo el músculo sólido bajo el grueso tejido púrpura y negro.

—Que empiece el segundo acto —dijo ella, sus ojos amatista brillando con determinación—. La tormenta afuera parece estar amainando, Siegfried. Pero la tormenta que vamos a desatar en los mercados mañana recién comienza.

Salieron de la habitación segura y volvieron a ingresar al salón principal justo cuando los enormes candelabros de cristal parpadeaban y cobraban vida, inundando la estancia con una luz cálida y brillante. El pánico se disipó gradualmente, reemplazado por la confusión nerviosa de los invitados.

Cuando vieron aparecer a Hilda en la cima de las escaleras, impecable, serena, intacta, un silencio sobrecogedor se hizo presente, seguido por un estruendoso aplauso espontáneo de alivio. Ella había sobrevivido a la oscuridad, ilesa y soberana.

Y a su lado, inmóvil como una estatua de basalto, permanecía Siegfried. Poco después, desde el otro lado del salón, la figura de Sigmund emergió de las sombras, uniéndose a ellos en el estrado. Tomó su lugar a la izquierda de Hilda.

La imagen que presentaron en ese momento, bajo la luz resplandeciente del Gran Salón, era la manifestación viviente del poder. Hilda en el centro, pálida y regia, una deidad corporativa coronada con plumas blancas; Siegfried a su derecha, el gigante rubio de lealtad imperturbable, el escudo inquebrantable; y Sigmund a su izquierda, la cuchilla afilada y vigilante, dispuesto a derramar sangre por la familia.

Eran una Trinidad del Norte. Intocables, letales e inmensamente unidos mientras la tormenta rabiaba afuera, contra el poder combinado de Polaris y la lealtad incondicional de los hermanos Dubhe, el mundo entero se vería obligado a arrodillarse ante el invierno perpetuo que ellos comandaban.

La gala continuó hasta el amanecer, los negocios se cerraron, las alianzas se formaron bajo falsas sonrisas y las traiciones se ocultaron bajo copas de cristal. Y a través de todo ello, la mirada fría de Siegfried y la sonrisa lobuna de Sigmund mantuvieron el orden, asegurando que el imperio de Hilda de Polaris no solo sobreviviera a la noche, sino que reinara supremo en el frío y despiadado amanecer del mundo moderno.

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