Destinos Entrelazados by Yukachan at Inkitt
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Destinos Entrelazados

Summary

Serenity la reina de la luna quería un matrimonio arreglando con el hijo del rey Aknamkanon pero el destino tenía otros planes pues un niño del pueblo llamado Yugi está destinado al principe atem pero las cosas no son tan fáciles pues aparece otro principe destinado llamado Yusei y se hace un triángulo amoroso.

Genre
Romance
Author
Yukachan
Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

El palacio de la gran capital egipcia resplandecía bajo la luz dorada del sol.

Tras los muros de piedra, se respiraba un aire de júbilo inigualable; hace muchos años se alzaba un reino muy próspero que era gobernado por su rey Aknamkanon y lo acompañaban sus queridos sacerdotes estaban Shimon el sabio, quien vigilaba que los rituales se cumplieran con precisión, y Aknadin su hermano menor, cuyo rostro serio siempre ocultaba profundos pensamientos.

La corte bullía de actividad. Entre la multitud se abría paso Ishizu la profeta, portando amuletos sagrados, mientras que cerca del trono real se mantenía alerta Mahad quién también era el guardián del principe heredero atem.

El palacio entero estaba decorado con lino fino y oro, pues todos estaban reunidos para festejar el cumpleaños del principe atem hoy cumplía 10 años su madre Nefertiti lo acompaña, dedicándole una mirada llena de orgullo maternal.

A los costados del salón, la joven generación del reino observaba la fastuosa ceremonia.

Se encontraba allí Seto hijo de Aknadin y primo del faraón quien servía fielmente a su rey, manteniendo una postura rígida y digna de la nobleza.

A su lado, murmurando palabras de aliento, estaba Jonoshi de la edad de seto de buen corazón y fiel al reino, un joven guerrero en entrenamiento que siempre buscaba proteger a los suyos.

Un poco más alejado de los murmullos, se hallaba Shadi también buen sacerdote que le da consejos a su rey, observando el fluir del destino con ojos enigmáticos.

Mientras tanto, jugando con unos destellos de luz para entretener a los sirvientes, se encontraba Por último Mana aprendiz de mahad en la magia, quien trataba de no distraer demasiado a su maestro.

El banquete estaba en su máximo esplendor cuando las trompetas anunciaron a unos invitados muy especiales del extranjero.

A la fiesta llegó la reina Serenity una mujer hermosa que venía del reino de la luna y a su lado venía su hija serena de la misma edad del principe.

La elegancia de las visitantes dejó a la corte en un respetuoso silencio.

La pequeña princesa de cabellos dorados miraba los grandes pilares tallados con asombro, un tanto tímida por la solemnidad del lugar.

Tras los saludos diplomáticos y los brindis por la salud del heredero, la soberana lunar se acercó al trono real con una sonrisa llena de intenciones políticas y afectuosas.

Con voz melodiosa, la reina Serenity comenzó a hablar de la prosperidad mutua y, sutilmente, expresó su deseo de unir el destino de ambas naciones a largo plazo: su intención era comprometer a su hija con el príncipe Atem, sellando así una alianza inquebrantable entre la Luna y la Tierra de los Faraones.

El rey Aknamkanon escuchó con atención, intercambiando una mirada con Shimon y Aknadin.

Sin embargo, el pequeño Atem, sentado en su trono dorado, miró a la dulce Serena y luego a sus padres con una expresión de total desconcierto.

Aunque la pequeña princesa era sumamente agradable, el príncipe no tenía cabeza para esos asuntos.

Atem no va estar interesado porque no tiene esos sentimientos todavía; para él, la vida en ese momento se reducía a aprender las artes de la estrategia con Seto, practicar esgrima con Jonoshi y estudiar los misterios del reino bajo la tutela de Mahad.

El amor y los compromisos matrimoniales eran conceptos abstractos que pertenecían al mundo de los adultos, no al de un niño de diez años que solo quería ser un guerrero digno de su pueblo.

Con una madurez admirable para su edad, Atem miró a la reina Serenity y, tras una reverencia, declaró que recibiría a Serena como una valiosa amiga de su reino, dejando el futuro en manos de los dioses.

La reina de la luna sonrió con ternura, comprendiendo que el tiempo dictaría su última palabra, mientras la fiesta continuaba bajo las bendiciones del Nilo.

Mientras la fastuosa celebración continuaba dentro del palacio, los dos herederos decidieron buscar un momento de tranquilidad lejos de la mirada de los adultos.

Ése día tan especial Atem y Serena salieron a jugar y conocerse como buenos amigos cuando de repente un niño del pueblo se tropieza con el principe cayendo encima aquel pequeño pensaba que lo iban a castigar.

El guardia Mahad observaba a la distancia, listo para intervenir, pero el príncipe levantó una mano para pedir calma.

El susto del intruso era evidente; temblaba levemente sobre la fina arena del jardín real.

Al levantarse con torpeza, Atem pudo notar algo que lo dejó completamente atónito.

El niño era casi igual al principe con ligeras diferencias se llamaba Yugi.

Tenía los mismos cabellos rebeldes con destellos amatistas, pero sus facciones eran mucho más suaves y su mirada reflejaba una inocencia pura que jamás había visto en la corte.

Con la voz temblorosa por el miedo a la severa ley del faraón, Yugi le pide disculpas al principe, manteniendo la cabeza baja y juntando sus manos en señal de súplica.

El silencio se apoderó del jardín, pero no era un silencio de enfado.

El heredero al trono se había quedado sin palabras, atrapado por una fuerza magnética que jamás había experimentado con los nobles o los guerreros de su entorno.

Atem se quedó mirando fijamente los ojos tan hermosos de aquel pequeño sentía mariposas en su estómago y su corazón latía con rapidez.

Era una sensación completamente nueva, un vuelco en el pecho que borraba todo lo que le rodeaba, haciéndole olvidar las lecciones de estrategia, los deberes reales y el banquete de su propio cumpleaños.

En ése momento Serena le dice si está bien a Atem, tocándole suavemente el hombro con genuina preocupación al notar su repentino trance.

Aquella voz devolvió al príncipe a la realidad.

Atem había olvidado de que la princesa serena estaba allí y le dice al pequeño niño como se llamaba, ignorando por completo la etiqueta real con tal de escuchar la voz del recién llegado una vez más.

El pequeño del pueblo alzó la vista, encontrándose con la mirada cálida y protectora del futuro gobernante.

Yugi se presenta con el principe y se vuelve a disculpar,

esbozando una tímida sonrisa al ver que no había furia en los ojos del heredero.

-No hay nada que perdonar, Yugi -respondió Atem, extendiendo su mano para ayudarlo a sacudirse la arena, prolongando el contacto un segundo más de lo necesario.

Al sentir la calidez de la mano de Yugi, el pulso del príncipe se aceleró aún más.

Serena, observando la escena con la agudeza propia de la realeza de la luna, sonrió de medio lado.

Entendió al instante por qué el príncipe se había mostrado tan distante ante la propuesta de compromiso de su madre; el destino de Atem no estaba escrito junto al de ella, sino entrelazado con el de ese tierno niño del pueblo.

A partir de esa tarde, los días del príncipe cambiaron por completo.

Atem comenzó a buscar cualquier pretexto para escapar de sus densas clases con Shimon o de los entrenamientos con Seto y Jonoshi, solo para rondar los límites del palacio donde Yugi solía pasear.

Lo que comenzó como una curiosidad infantil pronto se transformó en un sentimiento mucho más profundo y devoto.

Cada risa compartida a escondidas, cada mirada cómplice entre los pasillos de piedra y cada tarde observando el atardecer sobre el Nilo junto a Yugi, le confirmaban al joven príncipe que aquel hermoso niño era el único dueño de su naciente y sincero amor.

Pasaron 3 días del cumpleaños del principe atem y hoy Seto y Jonoshi le enseñaban el arte de la espada a su futuro faraón.

El sol de la tarde caía con fuerza sobre el patio de entrenamiento, haciendo que el metal de las armas brillara intensamente.

En el centro del terreno, Jonoshi le enseñaba un movimiento muy complicado, girando con agilidad y mostrando cómo equilibrar el peso del cuerpo para lanzar una estocada certera.

Mientras seto le demostraba como evadir los ataques, moviéndose con gracia elegante y firmeza, bloqueando cada uno de los golpes de su compañero con perfecta sincronía.

Ambos guerreros hacían una demostración impecable, digna de los mejores protectores del reino.

Sin embargo, el esfuerzo parecía en vano para su alumno.

Atem trataba de poner atención pero solo podía pensar en el adorable yugi, recordando la suavidad de su voz y la timidez de su sonrisa de hace unos días, y no ponía atención en él tintineo de las espadas.

Mientras tanto, en los balcones altos que daban al patio, la delegación de la Luna observaba la práctica.

La reina Serenity no se daba por vencida he iba a visitar egipto todos los días y le decía a su hija que tenía que ganar el corazón del principe.

La soberana lunar persistía en su idea de una alianza matrimonial fuerte.

Serena le dijo a su madre que el principe ya se había fijado en un niño del pueblo, recordando perfectamente la mirada intensa y las mariposas que Atem había sentido al ver a Yugi.

Pero su madre, con la mente fija en el bienestar político de su reino, le respondió con firmeza: -Serenity mientras el principe no este casado tu podrás estar a su lado haci que no te rindas hija.

Ajenos a las conspiraciones del balcón y notando la total distracción del príncipe, Seto y Jonoshi decidieron dar por terminada la lección del día.

Atem, agradecido por el descanso, se retiró rápidamente hacia los jardines interiores con la esperanza de cruzarse de nuevo con Yugi.

Al quedarse solos en el vasto patio de entrenamiento, el ambiente entre los dos instructores cambió por completo.

La tensión marcial se disipó, transformándose en una atmósfera cargada de un sentimiento que habían mantenido oculto a los ojos de la corte.

Jonoshi envainó su espada, soltando un suspiro largo y dejando caer sus hombros, exhausto por el calor.

Seto se acercó a él a paso lento, abandonando la postura rígida y severa que siempre mostraba ante el rey y los sacerdotes.

-Exageraste con ese último movimiento -murmuró Seto, colocándose a tan solo unos centímetros de Jonoshi.

Su voz, usualmente fría, adoptó un tono extrañamente suave-. Casi haces que el príncipe se corte a sí mismo por estar en las nubes.

-Oye, ¡era un buen movimiento! -protestó Jonoshi, inflando las mejillas con indignación fingida.

Sin embargo, al levantar la mirada y encontrarse con los ojos profundos de Seto, su queja se desvaneció. Un leve sonrojo pintó sus mejillas.

Seto extendió una mano y, con una ternura que nadie en el palacio creería capaz de poseer, tomó un paño de lino para limpiar delicadamente las gotas de sudor de la frente de Jonoshi.

El roce de sus dedos contra la piel hizo que el corazón de Jonoshi diera un vuelco.

-Siempre eres demasiado ruidoso -susurró Seto, acortando la distancia entre ambos hasta que sus respiraciones se mezclaron-.

Pero eres el único capaz de mantener mi ritmo... en todos los sentidos.

Jonoshi sonrió, dejando de lado cualquier rastro de timidez.

Rodeó la cintura del hijo de Aknadin con sus brazos, pegando su cuerpo al suyo.

-Y tú eres un amargado, Seto, pero me vuelve loco cuando te pones así de blando conmigo -respondió Jonoshi en un susurro, justo antes de que Seto rompiera la distancia restante y lo besara con una pasión contenida que llevaba días esperando salir.

Bajo la sombra de las grandes columnas egipcias, protegidos de las miradas curiosas, los dos jóvenes se entregaron a ese tierno y romántico romance secreto, demostrando que el amor no solo estaba floreciendo en el corazón del futuro faraón, sino también en el de sus más fieles defensores.

Esta historia continuará

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