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HERIDAS DE GUERRA

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Summary

Elowen Solís tiene veintitrés años, y lleva la vida de alguien que ha aprendido a no hacer ruido para no asustar lo que la rodea. Es alta, de hombros suaves pero firmes, como si cargara algo invisible desde niña. Su piel es blanca, tan pálida que a veces parece translúcida bajo la luz tenue de la cafetería donde trabaja, y cuando el frío la toca, se le tiñen las mejillas y el puño de las manos de un rojo profundo, como manchas de vino tinto sobre la nieve. Su cabello es castaño, oscuro y abundante, ondulado de forma natural aunque siempre lo lleva recogido en una trenza gruesa que le cae sobre el hombro derecho; algunos mechones se le escapan constantemente, pegándose a su frente y a sus sienes, como si el viento no quisiera dejarla ver el mundo entero. Pero son sus ojos lo primero que la gente recuerda: grandes, de un verde intenso, el mismo tono de las agujas de pino que sobreviven bajo la nieve, o del agua del arroyo que pasa detrás de su casa. No es un verde claro ni alegre: es un verde antiguo, profundo, como si en su mirada habitara el bosque entero, y en él se lee siempre una calma que no es paz, sino la quietud de quien ha aprendido a respirar bajo el agua. Vive sola en esa cabaña a las afueras de Sitka, desde que cumplió veintiuno. No es que no quiera compañía: es que ha aprendido que la gente se va, los lugares se queman, y las cosas que se aman con demasiada fuerza

Status
21h ago
Chapters
32
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
18+

LOS DÍAS ANTES DEL FRÍO

Elowen Solís no recuerda un tiempo en que el mundo no tuviera el sonido de los pasos de su madre antes del amanecer. Creció en una casa pequeña, de paredes de madera y suelos que crujían si no se pisaban con cuidado, en un pueblo donde el sol se escondía temprano y la lluvia parecía nunca irse del todo. Era solo ella y su madre, Clara: dos pares de manos, dos corazones latiendo bajo el mismo techo, y un silencio suave que llenaba los espacios entre ellas, no por falta de amor, sino porque el día empezaba demasiado temprano y terminaba demasiado tarde para muchas palabras.

Clara trabajaba desde que el cielo aún era gris, mucho antes de que el sol rozara las copas de los árboles, y regresaba cuando las farolas ya llevaban horas encendidas, con el abrigo empapado, las manos ásperas y un cansancio que le pesaba en los hombros como una manta mojada. No había nadie más. No había un padre que partiera ni que volviera, ni abuelos que vivieran cerca, ni hermanos con quienes compartir juegos o secretos. Eran ellas dos, y Elowen, desde muy pequeña, aprendió a ser la guardiana de su propio mundo, la que mantenía el orden para que su madre pudiera al menos descansar.

Cada madrugada, Elowen se despertaba sin que nadie la llamara. Aún no había luz, y el aire de la habitación era fresco, pero sus oídos, ya entrenados, captaban cada movimiento: el roce de la tela del vestido de su madre al vestirse, el suave clic de la puerta del armario, el sonido del agua cayendo en el lavabo, el zumbido débil de la cafetera que se encendía en la cocina. Ella se sentaba en la cama, con las rodillas pegadas al pecho y la manta hasta la cintura, y escuchaba todo, sin hablar, sin pedir que se quedara. Sabía que su madre tenía que irse. Lo había sabido siempre. Y entonces llegaba ese momento: el paso final hacia la puerta, el sonido de la llave girando con cuidado para no despertarla del todo, y el cierre suave, casi susurrado, que dejaba la casa en silencio. Entonces Elowen respiraba hondo. Ya se fue, pensaba. Ahora toca esperar.

No le molestaba estar sola. Aprendió a entretenerse, a conocer cada rincón de la casa como si fuera un mapa secreto. Al despertar por completo, hacía la cama con esmero, estirando las sábanas hasta que no quedaba ni una arruga, tal como le había enseñado su madre. Recogía sus juguetes, lavaba su taza del desayuno, barría el suelo de la cocina y ordenaba la mesa, dejando siempre un espacio libre y limpio, justo donde Clara se sentaba al llegar por la noche. No lo hacía por obligación, ni por miedo a un regaño. Lo hacía porque quería que, cuando su madre cruzara la puerta, encontrara un lugar donde no tuviera que esforzarse en nada más. Quería que la casa fuera un regalo: un lugar limpio, tranquilo, ordenado, donde el cansancio pudiera aflojarse un poco.

Aprendió a no hacer demasiadas preguntas. No preguntaba adónde iba, ni por qué tardaba tanto, ni por qué a veces sus ojos se veían tristes aunque sonriera. Si Clara no hablaba de ello, Elowen entendía que no era momento para preguntar. En cambio, aprendió a observar: miraba el color de su rostro al entrar, si caminaba derecho o arrastraba los pies, si su voz sonaba fuerte o débil. Y según lo que veía, se adelantaba: le dejaba lista una taza de té caliente, encendía la lámpara más suave, y cuando Clara se sentaba, Elowen se acercaba y se quedaba de pie a su lado, esperando, sin decir nada, hasta que su madre la tomaba de la mano o la abrazaba con fuerza, como si ella fuera el único ancla en medio de una tormenta invisible.

Y había días —esos días dorados que Elowen guardaría para siempre en el corazón— en los que el trabajo aflojaba, o el clima impedía salir, y Clara estaba en casa cuando ella despertaba. Esos días olían a pan recién horneado y a jabón suave, y la casa se siente más cálida, más llena de vida. En esos momentos, su madre la abrazaba fuerte, la apretaba contra su pecho y le decía, con la voz entrecortada como si estuviera prometiendo algo más que palabras: “Te amo, mi Elowen. Eres lo más hermoso que tengo. Gracias por esperarme”. Y Elowen, que apenas tenía siete u ocho años, sentía que su pecho se llenaba de algo tan grande que casi no cabía en él. No necesitaba más. Con esas palabras, todo el silencio, toda la soledad de las mañanas, todo el esperar, valía la pena.

También estaban los días de lluvia, los días en que el cielo se volvía gris y el agua caía sin detenerse, golpeando el techo y lavando el mundo por fuera. Esos eran los días favoritos de Elowen. Cuando la lluvia caía con fuerza, salía al porche, descalza y con el vestido ligero, y empezaba a correr en círculos, levantando los brazos hacia el cielo, sintiendo cómo el agua le mojaba el cabello y le resbalaba por la cara. Reía a carcajadas, una risa clara y libre que se mezclaba con el sonido de la lluvia, y en medio de su juego, cuando daba la vuelta, siempre la encontraba ahí: su madre, apoyada en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa suave, inmensa, dibujada en los labios. No la llamaba para que entrara. No le decía que se mojaría o que se enfermaría. Solo la miraba, con esos ojos llenos de un amor silencioso, y dejaba que su hija fuera libre, que corriera, que fuera niña, aunque fuera solo bajo la lluvia y por unos minutos. Y en ese instante, entre el agua que caía y la mirada de su madre, Elowen se sentía completa. No le faltaba nada. Eran ellas dos, la lluvia, y el mundo entero.

Esos momentos eran su tesoro. No había lujos, ni viajes, ni grandes fiestas. Había abrazos que llegaban tarde, palabras contadas, silencios largos que se llenaban de amor. Había una niña que aprendió a cuidar de su madre antes de que nadie cuidara de ella, y una madre que daba todo lo que tenía, aunque a veces solo le quedara una sonrisa y un abrazo al final del día. No era una vida perfecta, pero era su vida. Y para la pequeña Elowen, era todo lo que necesitaba. No sabía entonces que esos días, tan llenos de luz y de lluvia, serían el refugio al que volvería toda la vida, cuando el frío llegara y el mundo dejara de ser tan suave. No sabía que esas horas, sentada en la cama escuchando los pasos de su madre, se convertirían en el ritmo de su propio corazón, y que el amor que aprendió a dar en silencio sería tanto que, años después, cuando todo se viniera abajo, seguiría siendo lo único que no se rompería.

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Buen inicio

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