Introducción
El viento del sur no soplaba: aullaba. Cortaba la cubierta del barco de investigación como si quisiera desollarla. Sara, de apenas seis años, se aferraba al barandal de la proa con los nudillos blancos. Sus padres discutían a varios metros, inclinados sobre mapas y muestras de hielo que el frío había vuelto quebradizas. Ella apenas entendía las palabras. Solo sabía que el mar se extendía gris, interminable, y que el barco se mecía con una violencia que le hacía temblar las piernas.
Se inclinó. Quiso ver mejor las olas que golpeaban el casco. Un golpe más fuerte, un resbalón, el grito de su madre que llegó demasiado tarde. El mundo se volvió negro y salado en un segundo.
Hundirse fue extrañamente fácil. El frío le robó el aliento antes de que pudiera gritar de nuevo. El agua le llenó la boca, la nariz, los oídos. Las burbujas subían hacia una superficie que se alejaba como un sueño. Sara pataleó, pero el mar era demasiado grande y ella demasiado pequeña. La oscuridad empezó a cerrarse.
Entonces algo la envolvió.
Gael nadaba con otros de su edad cuando la vio. Eran crías todavía, aunque él ya superaba en tamaño a la mayoría. Su cuerpo medía casi dos metros de la punta de la cola negra hasta la coronilla. El cabello café intenso flotaba alrededor de su rostro como algas vivas. Los ojos oscuros, casi negros, captaron el destello pálido de la niña humana que se hundía. Los demás se apartaron al instante. Murmuraron sobre el peligro, sobre la prohibición, sobre lo que el Consejo haría si alguien tocaba a un humano. Gael no escuchó. Sus aletas, negras con bordes tornasol intensos que brillaban incluso en la penumbra, lo impulsaron hacia ella con una fuerza que sorprendió a todos.
La atrapó contra su pecho. El torso humano, ya marcado por músculos definidos que prometían la potencia de un adulto, se tensó. Sara se agitó, asustada, pero él no la soltó. Con una garra que apenas asomaba de sus dedos, abrió una perla azulada del tamaño de una uva y se la forzó entre los labios. El hechizo actuó de inmediato. El mar dejó de matarla. Pudo respirar. El frío dejó de quemarle la piel. Abrió los ojos y vio, por primera vez, el rostro de quien la había salvado.
Gael la miró en silencio. La niña era pequeña, frágil, de cabello rubio que flotaba como hilos de luz y ojos azules que parecían trozos de cielo robados. Nunca había visto algo así. En las profundidades abisales todo era oscuridad, sombras y destellos fríos. Ella era… cálida. Incluso bajo el agua, incluso medio muerta de miedo, irradiaba un calor que él no entendía.
La llevó a las islas sumergidas cerca de las costas antárticas, donde su comunidad abisal —la más antigua, la más poderosa del Atlántico Sur— habitaba cavernas de basalto negro y corrientes gélidas. El viaje fue largo. Sara se aferraba a su cuello con las dos manos, temblando. Gael nadaba con cuidado, protegiéndola con el cuerpo, sintiendo cada pequeño temblor de ella contra su pecho.
Cuando llegaron, su padre lo esperaba en la entrada de la caverna principal. Era un tritón imponente, de casi tres metros, cuya cola oscurecía el agua a su paso. La madre de Gael, de ojos de plata antigua y aletas grises, se acercó de inmediato.
—Un humano —dijo el padre. La voz era grave, cargada de poder abisal—. Una cría humana.
—Respira —respondió la madre, examinando a Sara con dedos cuidadosos—. El hechizo de la perla sostiene. Pero no puede quedarse.
Gael apretó más a la niña contra sí.
—La encontré. Se estaba ahogando. Los otros se alejaron.
—Y tú no —dijo el padre, con una mezcla de orgullo y reproche—. Siempre has sido demasiado impulsivo.
Se quedó tres días.
En esos tres días el mundo de Sara se transformó. Al principio solo tenía miedo. El agua era oscura, las formas que se movían a su alrededor eran grandes y extrañas, y las voces que escuchaba no eran humanas. Pero Gael no se separó de ella. Le mostró las corrientes suaves cerca de la superficie de las islas, donde la luz filtrada creaba destellos verdes y azules. Le enseñó a moverse sin miedo, a confiar en la perla que le permitía respirar. Cuando ella se asustaba, él la sujetaba contra su pecho y nadaba en círculos lentos hasta que el temblor cesaba.
Sara, poco a poco, empezó a reír. Era una risa pequeña, clara, que resonaba bajo el agua de una forma que a Gael le resultaba casi dolorosa de tan hermosa. Le tocaba el cabello café intenso con curiosidad, enrollando los dedos en los mechones. Él le dejaba hacerlo. Le mostraba cómo las aletas tornasoladas podían cortar el agua como cuchillos, cómo las garras salían cuando cazaba peces pequeños para ella. Sara lo observaba con ojos enormes, fascinada.
Por las noches —o lo que pasaba por noches en las profundidades— se acurrucaban en una cavidad de roca suave. Sara se dormía abrazada a su cuello. Gael permanecía despierto, sintiendo el calor ajeno, tan frágil, tan vivo. Nunca había sentido nada parecido. En su sangre abisal latía algo antiguo y posesivo. Esta cría humana era suya. La había salvado. La había traído. Y aunque sabía que no podía quedársela, la idea de devolverla le resultaba insoportable.
El segundo día nadaron más lejos. Gael la llevó a un jardín de algas bioluminiscentes donde las luces se movían como estrellas caídas. Sara extendió la mano y las tocó. Él la observaba en silencio, memorizando cada detalle: la curva de su mejilla, el modo en que el cabello rubio flotaba, la forma en que sus ojos azules se abrían de asombro. Cuando ella se giró y le sonrió, algo se quebró dentro de él. Una promesa silenciosa nació en ese instante.
El tercer día llegaron las voces humanas.
Barcos. Gritos. Luces que cortaban el agua desde la superficie. El padre de Gael regresó con la mandíbula tensa y los ojos oscuros de furia contenida.
—La buscan. Devuélvela.
Gael se plantó frente a él. Ya era más alto que muchos adultos de otras estirpes. El torso marcado por músculos jóvenes pero potentes se tensó. Las aletas negras se desplegaron con un destello tornasol.
—No.
La orden del padre fue una sola palabra cargada de poder abisal. Gael sintió el peso de la sangre, de la jerarquía, de todo lo que su linaje significaba. Obedeció. No porque quisiera. Porque no le quedaba otra opción.
La madre preparó la segunda perla. Esta era más oscura, casi negra. Borraba. Sara la miró sin entender. Gael se arrodilló frente a ella en el agua y le sostuvo el rostro con ambas manos. Por un momento el mundo se redujo a esos ojos azules.
—Te encontraré otra vez —murmuró en la lengua antigua, con una voz que ya no era de cría—. Y serás mía. Aunque no me recuerdes. Aunque pasen años. Aunque el mar se seque. Te encontraré.
Sara no entendió las palabras, pero sintió el peso de ellas. Él le puso la perla entre los labios. Ella la tragó. El hechizo actuó al instante. El agua dejó de ser su hogar. El recuerdo de los tres días empezó a disolverse como tinta en la corriente.
Gael la llevó él mismo. Nadó con ella contra su pecho hasta una playa cercana a donde los humanos peinaban la costa buscando un cuerpo. La depositó entre las rocas, con cuidado infinito. El cabello rubio quedó pegado a su cara. Los labios, antes rosados, se volvieron azules por el frío que ya no podía soportar. Él se quedó un momento más, inclinando la cabeza hasta rozar su frente con la suya. Luego se hundió. Las aletas negras desaparecieron en la oscuridad sin dejar rastro.
Horas después, los gritos de los rescatistas rompieron el aire. La niña estaba viva. Sin recuerdos. Solo una sensación extraña en la lengua, como si hubiera tragado el mar, y un hueco en el pecho que nadie pudo explicar.
Años después, en una fortaleza flotante anclada sobre las mismas aguas remotas del Atlántico Sur, Sara —ya mujer, ya doctora en biología marina, ya obsesionada con las sirenas que nadie creía reales— miraba por el cristal del laboratorio. El cabello rubio caía sobre los hombros. Los ojos azules, los mismos de entonces, contemplaban el océano con una inquietud que no sabía nombrar.
Debajo de ella, en las profundidades abisales, algo se movía. Algo que había prometido volver. Algo que, después de tantos años, por fin había sentido su presencia otra vez.
Gael abrió los ojos en la oscuridad de su caverna. El torso de dos metros quince, ahora completamente adulto, se tensó. Las aletas negras con bordes tornasol se desplegaron. Los ojos oscuros brillaron con una intensidad antigua.
—Te encontré —murmuró, aunque nadie pudiera oírlo—. Esta vez no te devolveré.



![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)




![Werewolf Hollow [GALATEA DATE TBA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_76bbf380fa2e8dc2f70694197487ab81.jpg)
