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El almuerzo todavía estaba lejos cuando La Rosa di Firenze ya respiraba actividad por cada rincón. Los cocineros se movían entre fogones y encimeras con una coordinación que parecía ensayada durante años, los camareros terminaban de preparar las mesas para la primera gran oleada de clientes y el aroma de pan recién horneado se mezclaba con el de las hierbas frescas que llegaban desde la cocina.
Emma avanzó entre las mesas con una libreta en la mano mientras revisaba algunas reservas. No era una obligación. Marco jamás le había exigido involucrarse en el negocio familiar, pero desde pequeña había crecido viendo aquel restaurante como una segunda casa. Conocía a gran parte del personal por su nombre, sabía cuáles eran los platos favoritos de muchos clientes habituales y podía detectar cuando algo estaba fuera de lugar incluso antes que algunos encargados.
-Mesa doce, cuatro personas para las dos de la tarde -dijo uno de los camareros acercándose.
Emma revisó rápidamente la libreta.
-Sí, ya está registrada. Quieren la terraza.
-Perfecto.
El camarero volvió al trabajo mientras Emma seguía caminando entre las mesas. Al llegar cerca del ventanal principal, sacó su cámara del bolso.
La luz entraba de forma perfecta.
Siempre ocurría a esa hora.
Los reflejos dorados sobre las copas de vino, los manteles impecables y la decoración clásica del restaurante creaban una escena que parecía diseñada para ser fotografiada.
Tomó varias imágenes.
Luego cambió el ángulo.
Después algunas más.
-Empiezo a sospechar que te gusta más la cámara que las personas.
La voz de Marco la hizo sonreír.
Su padre salió de la oficina acomodándose las mangas de la camisa.
-La cámara nunca me discute.
-Porque no puede hablar.
-Exactamente. Esa es una de sus mejores cualidades.
Marco soltó una risa.
-Si sigues diciendo cosas como esa, algún día voy a empezar a preocuparme.
-Lo dices como si no te hubiera escuchado quejarte de clientes durante años.
-Los clientes son distintos.
-Claro. Porque tú tienes permiso para hacerlo.
-Soy el dueño.
-Qué conveniente.
Marco apoyó una mano sobre el hombro de su hija mientras observaba las fotografías en la pantalla de la cámara.
-Esta quedó bien.
-Lo sé.
-Modesta como siempre.
-Si la foto es buena, es buena.
-Tienes argumentos difíciles de rebatir.
Emma guardó la cámara.
-¿Necesitas ayuda con algo más?
-Por ahora no. Todo está tranquilo.
-Entonces aprovecharé para hacer algunas fotos afuera.
-Mientras no te secuestre algún turista.
-Papá.
-Florencia está llena de gente extraña.
-Tú también estás aquí.
Marco abrió la boca para responder algo, pero terminó riéndose.
-Tienes suerte de parecerte a tu madre.
-Eso es lo que dices cuando pierdes una discusión.
-Y funciona.
Emma salió a la terraza exterior antes de que él pudiera seguir molestándola.
El clima era agradable. Algunas mesas ya estaban ocupadas por clientes que aprovechaban el día soleado. A lo lejos se escuchaba el sonido constante de la ciudad. Conversaciones. Pasos. Música callejera.
Tomó algunas fotografías más.
Una pareja compartiendo un postre.
Un anciano leyendo el periódico.
Una bicicleta apoyada junto a una pared antigua cubierta de flores.
Era precisamente ese tipo de escenas las que más le gustaban.
No necesitaban preparación.
Simplemente ocurrían.
-Espero que esas fotos me hagan parecer atractivo.
Emma ni siquiera necesitó girarse para reconocer la voz.
-Llegas cinco minutos tarde y ya estás exigiendo favores.
Zeke tomó asiento frente a ella.
-No llegué tarde.
-La reserva era a la una.
-Son la una y cinco.
-Gracias por confirmar que llegaste tarde.
-Cinco minutos no cuentan.
-Díselo a cualquier profesor universitario.
-Por eso evito hablar con profesores cuando puedo.
Emma soltó una risa.
Zeke se quitó las gafas de sol.
-¿Ya comiste?
-Estoy trabajando.
-Eso no responde mi pregunta.
-Entonces no.
-Perfecto. Así no tendré que sentirme culpable por ordenar media carta.
-Nunca te has sentido culpable por eso.
-Porque siempre tengo hambre.
-Y porque tienes la disciplina alimenticia de un oso.
-Los osos sobreviven bastante bien.
Antes de que Emma respondiera, vio aparecer a los demás.
Pieck caminaba con tranquilidad mientras revisaba algo en el teléfono. Reiner cargaba una mochila sobre un hombro y Porco parecía discutir con ambos por algún motivo desconocido.
O quizás por ninguno.
Con Porco era difícil saberlo.
-No pienso admitir que tenía razón -estaba diciendo.
-Nadie te pidió que lo hicieras -respondió Pieck.
-Entonces deja de mirarme con esa cara.
-Es mi cara normal.
-Eso es peor.
Reiner soltó una carcajada mientras ocupaban las sillas.
-Buenos días.
-Buenos días -respondió Emma.
Porco dejó caer el menú sobre la mesa.
-Necesito comida.
-Acabas de llegar.
-Exactamente. Vine preparado.
-Eso no tiene sentido.
-El hambre no necesita sentido.
-Esa frase explica demasiadas cosas sobre ti -comentó Zeke.
-Habla el hombre que desayunó café.
-Era un café grande.
-Eso sigue sin ser comida.
La discusión provocó varias risas alrededor de la mesa.
Emma observó a sus amigos mientras un camarero se acercaba para tomar el pedido.
Aquellos almuerzos se habían vuelto habituales durante los últimos años. A veces coincidían todos. A veces faltaba alguno. Pero siempre terminaban encontrando una excusa para reunirse.
Cuando finalmente hicieron los pedidos, la conversación volvió a fluir.
-¿Qué has estado haciendo toda la semana? -preguntó Pieck.
-Ayudando aquí.
-Eso es demasiado responsable para alguien de veinte años.
-Gracias por la confianza.
-Lo digo en serio.
-Yo también trabajo -protestó Reiner.
-Sí, pero tú pareces responsable incluso cuando duermes.
-¿Y yo? -preguntó Porco.
Pieck lo observó unos segundos.
-Tú pareces sospechoso incluso cuando respiras.
La mesa estalló en carcajadas.
-Eso fue una agresión gratuita.
-Fue una observación.
-Ahora entiendo por qué estudias medicina. Disfrutas hacer sufrir a las personas.
-La medicina intenta evitar precisamente eso.
-Entonces estás ejerciendo mal.
Emma se cubrió la boca para contener la risa.
Porco fingió indignación durante unos segundos antes de rendirse.
-Bien. Admito que fue gracioso.
-Lo sé -respondió Pieck.
-Eso fue arrogante.
-También lo sé.
Zeke apoyó los codos sobre la mesa.
-Tengo una pregunta.
-Eso suele terminar mal -dijo Reiner.
-¿Por qué todos creen que soy una persona problemática?
-Porque eres una persona problemática -contestaron tres voces al mismo tiempo.
Zeke permaneció inmóvil.
-Es bonito sentir tanto apoyo emocional.
-Siempre puedes buscar ayuda profesional -comentó Emma.
-Creí que eras mi amiga.
-Lo soy.
-Entonces deberías defenderme.
-No cuando las pruebas son tan contundentes.
Porco levantó una mano.
-Yo puedo defenderte.
-Gracias.
-Por una suma razonable.
-Retiro lo dicho.
La llegada de la comida interrumpió temporalmente las bromas.
Durante varios minutos se concentraron en comer.
La conversación bajó de intensidad.
El sonido de los cubiertos reemplazó a las discusiones.
Y por primera vez desde que llegaron, hubo algo parecido al silencio.
-Esto debería ser ilegal -declaró Reiner después de probar la pasta.
Emma levantó una ceja.
-¿La comida?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque después de comer aquí cualquier otro restaurante parece una estafa.
-Voy a decirle eso a mi padre.
-Díselo exactamente con esas palabras.
-Lo haré.
-Perfecto.
-Y también le diré que intentaste conseguir un postre gratis mediante manipulación emocional.
-Eso es difamación.
-Eso fue exactamente lo que hiciste.
-Funcionó una vez.
-Porque tenías diecisiete años.
-Los detalles son irrelevantes.
Pieck negó lentamente con la cabeza.
-No puedo creer que sigas recordando eso.
-Yo sí puedo -dijo Zeke-. Reiner recuerda cosas absurdas durante años.
-Tengo buena memoria.
-No. Tienes una capacidad sobrenatural para almacenar información inútil.
-¿Y eso es diferente?
-Mucho.
Emma tomó su cámara otra vez.
La escena le gustó.
Sus amigos riendo.
Los platos a medio terminar.
La luz atravesando la terraza.
Era exactamente el tipo de recuerdo que quería conservar.
Tomó una fotografía.
Luego otra.
-Espero haber salido bien -comentó Reiner.
-Tú siempre sales bien.
-Eso sonó sospechosamente amable.
-No te acostumbres.
-Ahora sí suena más normal.
La conversación continuó durante casi una hora más.
Hablaron sobre viajes.
Sobre planes futuros.
Sobre películas malas que todos habían visto por separado y terminaron odiando por igual.
Discutieron acerca de qué ciudad tenía la mejor comida.
Pelearon amistosamente sobre música.
Y durante todo ese tiempo Emma se encontró observándolos más de una vez.
Le gustaban esos momentos.
Porque eran simples.
No había eventos importantes.
Ni grandes dramas.
Ni decisiones trascendentales.
Solo amigos compartiendo una tarde cualquiera.
Y a veces eso era suficiente.
Cuando el almuerzo llegó a su fin, Porco fue el primero en levantarse.
-Si sigo sentado aquí voy a pedir otro plato.
-Nadie te está deteniendo -dijo Emma.
-Mi dignidad sí.
-Eso significa que el problema es serio.
-Exactamente.
Pieck soltó una risa mientras recogía sus cosas.
-Nos vemos luego.
-Nos vemos.
Reiner se despidió poco después.
Zeke fue el último en ponerse de pie.
-Voy a pasar por la biblioteca.
-¿Por voluntad propia?
-Alguien tiene que aportar prestigio intelectual a este grupo.
-Y claramente no eres tú.
-Qué cruel.
-Sobrevivirás.
-Probablemente.
Emma observó cómo se alejaban por la calle.
Luego volvió la vista hacia la cámara que sostenía entre las manos.
Todavía quedaban muchas fotografías por revisar.
Y una tarde entera por delante.
La noche había envuelto Florencia con una tranquilidad agradable cuando Emma finalmente se encerró en su habitación. Desde la ventana podía verse parte de la ciudad iluminada bajo el cielo oscuro, las luces dispersas entre edificios antiguos y calles que nunca parecían dormir por completo. Después de pasar prácticamente todo el día en el restaurante, agradecía el silencio. Había algo reconfortante en quedarse sola después de tantas conversaciones, tantas voces y tanto movimiento.
Dejó la cámara sobre el escritorio y encendió la computadora. Como siempre, lo primero que hizo fue revisar las fotografías que había tomado durante la jornada. La pantalla se llenó rápidamente con imágenes del restaurante, de la terraza, de algunos rincones de Florencia y hasta de los platos que habían salido de la cocina aquella tarde. Emma observaba cada fotografía con atención, acercando detalles, corrigiendo pequeños defectos y eliminando aquellas que no la convencían.
Era exigente consigo misma.
Quizá demasiado.
Pero también era la razón por la que sus fotografías terminaban gustándole tanto.
Después de un rato encontró una imagen de la fachada principal de La Rosa di Firenze iluminada por la luz cálida del atardecer. El edificio se veía elegante. Las ventanas reflejaban los últimos tonos dorados del día y las mesas exteriores completaban una escena sencilla pero agradable. No era una fotografía espectacular, pero tenía algo que le gustaba.
La publicó en Instagram.
Sin frases profundas.
Sin reflexiones interminables.
Solo la fotografía.
Luego volvió a concentrarse en las demás imágenes.
Durante más de una hora no volvió a abrir la aplicación. Estaba demasiado ocupada clasificando fotografías cuando el teléfono vibró sobre el escritorio. Al principio lo ignoró. Unos minutos después volvió a vibrar.
Y otra vez.
Finalmente terminó tomándolo.
Tenía varias notificaciones.
Reacciones.
Algunos comentarios.
Mensajes de sus amigos.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que llegó a un comentario que no reconoció.
Emma frunció ligeramente el ceño.
El usuario no le sonaba de nada.
Tampoco seguía aquella cuenta.
Abrió la publicación.
El comentario era simple.
"La arquitectura del edificio es impresionante."
Su primera reacción fue volver a leerlo.
Su segunda reacción fue revisar el nombre del usuario otra vez.
Porque de todos los comentarios posibles, aquel hombre había elegido hablar de la arquitectura.
No de la fotografía.
No del restaurante.
No de la ciudad.
Del edificio.
Emma apoyó un brazo sobre el escritorio mientras observaba la pantalla.
Terminó respondiendo.
"También es una de mis partes favoritas."
No añadió nada más.
No había mucho más que decir.
Después de todo, era solo un comentario.
Sin embargo, antes de cerrar la aplicación, la curiosidad terminó ganando.
Pulsó sobre el perfil.
La cuenta era extraña.
No porque tuviera algo raro.
Sino porque parecía demasiado sencilla.
Pocas publicaciones.
Pocas personas seguidas.
Pocas fotografías personales.
La mayoría de las imágenes mostraban edificios.
Puentes.
Interiores.
Detalles arquitectónicos.
Escaleras.
Fachadas.
Ventanales.
Era casi como entrar en el perfil de alguien incapaz de caminar diez metros sin detenerse a observar una estructura.
Emma continuó bajando por las publicaciones mientras intentaba imaginar qué clase de persona era el dueño de aquella cuenta. Cuanto más observaba las fotografías, más evidente resultaba que sentía una fascinación casi obsesiva por la arquitectura.
Entonces apareció una imagen diferente.
La fotografía había sido tomada durante la noche. En ella aparecía el dueño de la cuenta vestido con un elegante traje negro mientras una mujer descansaba apoyada sobre una barandilla a pocos pasos de él. El paisaje montañoso del fondo estaba apenas iluminado por algunas luces lejanas y la escena parecía sacada de una gala o de algún evento importante.
Emma se quedó observándola durante unos segundos.
La mujer era hermosa.
Llevaba un vestido verde que destacaba incluso bajo aquella iluminación tenue.
Y aunque no estaban abrazados ni haciendo nada particularmente romántico, transmitían una confianza evidente.
Probablemente era su novia.
La conclusión llegó sola.
Y sinceramente tampoco le importó demasiado.
Cerró la fotografía.
Luego salió del perfil.
Y volvió a sus propias imágenes.
Durante varios minutos se olvidó por completo de aquel desconocido.
Retocó fotografías.
Eliminó algunas.
Guardó otras.
Incluso llegó a enviarle un par de imágenes a Pieck para pedirle opinión sobre ciertos encuadres.
La respuesta de su amiga llegó casi de inmediato.
-Las dos son bonitas.
Emma puso los ojos en blanco.
-Esa respuesta no sirve.
-Entonces elige cualquiera.
-Tampoco sirve.
-Por eso estudio medicina y no fotografía.
-Cobarde.
-Práctica.
Emma soltó una pequeña risa mientras seguían intercambiando mensajes durante unos minutos. Finalmente dejaron la conversación cuando Pieck anunció que pensaba dormir.
Emma volvió a concentrarse en sus fotografías.
La habitación permanecía silenciosa.
Solo se escuchaba ocasionalmente el clic del mouse y algún automóvil lejano pasando por la calle.
Entonces el teléfono vibró nuevamente.
Emma pensó que sería Pieck otra vez.
O quizá Zeke enviando algún meme absurdo a altas horas de la noche.
Pero cuando tomó el teléfono descubrió algo distinto.
Era una nueva notificación de Instagram.
La misma cuenta.
El mismo hombre.
@levi.a había comenzado a seguirla.
Emma observó la pantalla unos segundos.
Nada más.
No había mensaje.
No había otro comentario.
Solo el seguimiento.
Ella arqueó una ceja.
-Bueno...
Era un poco inesperado.
Pero tampoco tenía nada de extraño.
Había comentado una fotografía.
Habían intercambiado una respuesta.
Y ahora la seguía.
Fin de la historia.
O al menos eso pensó.
Por simple curiosidad volvió a entrar al perfil.
Seguía siendo exactamente igual de misterioso que diez minutos antes.
Las mismas fotografías.
Los mismos edificios.
Las mismas estructuras.
Y aquella mujer del vestido verde que Emma seguía convencida de que era su novia.
Se quedó observando una fotografía de un puente durante unos segundos antes de salir otra vez.
No le envió ningún mensaje.
No aceptó el seguimiento con entusiasmo.
No se quedó analizando el asunto.
Simplemente bloqueó el teléfono y lo dejó sobre el escritorio.
Había cosas más importantes que hacer.
Como terminar las fotografías.
Durante la siguiente media hora se concentró completamente en eso. Cuando terminó, guardó los archivos, apagó la computadora y estiró los brazos por encima de la cabeza. El reloj marcaba una hora bastante más tarde de lo que esperaba.
Tomó el teléfono una última vez antes de acostarse.
Instinto.
Costumbre.
Abrió Instagram.
Su publicación había recibido bastantes reacciones.
Entre ellas seguía apareciendo aquel comentario.
"La arquitectura del edificio es impresionante."
Emma volvió a leerlo.
Después observó el nombre de usuario.
Luego negó con la cabeza para sí misma.
Era curioso cómo alguien podía parecer tan serio incluso a través de una red social.
Aunque quizá estaba imaginando cosas.
Después de todo, apenas había visto unas pocas fotografías.
Y una fotografía jamás contaba la historia completa de una persona.
Dejó el teléfono sobre la mesa de noche y apagó la lámpara. La habitación quedó completamente oscura mientras ella se acomodaba bajo las sábanas. El cansancio empezó a imponerse poco a poco y sus pensamientos fueron dispersándose lentamente.
La última imagen que cruzó fugazmente por su mente antes de quedarse dormida fue la de aquella fotografía nocturna.
El hombre del traje negro.
La mujer del vestido verde.
Y la certeza absoluta de que acababa de ganar una nueva seguidora una pareja que probablemente vivía al otro lado del mundo.
Después de todo, Nueva York estaba muy lejos de Florencia.
Tan lejos que Emma no volvió a pensar en ello mientras el sueño terminaba por llevársela.
La luz de la mañana entraba entre las cortinas de cristal del departamento, iluminando lentamente el espacio amplio y silencioso que ocupaba una de las plantas superiores de un edificio residencial en Manhattan. Desde aquella altura, Nueva York parecía una ciudad completamente diferente: menos caótica, más distante, como si los edificios fueran piezas perfectamente colocadas sobre un tablero enorme.
Levi estaba acostumbrado a esa vista.
A la mayoría de las personas les habría parecido impresionante despertar cada día rodeados de lujo, con una vista privilegiada de la ciudad, muebles diseñados por arquitectos reconocidos y todas las comodidades posibles al alcance de la mano. Para él, después de tantos años, era simplemente el lugar donde dormía cuando no estaba viajando o pasando largas horas en las oficinas de la familia.
Abrió los ojos antes de que sonara la alarma.
Era una costumbre que había adquirido durante los años de estudio y que nunca logró perder. Dormir más de lo necesario le parecía una pérdida de tiempo, especialmente cuando tenía una agenda llena desde temprano.
Se quedó unos segundos mirando el techo antes de levantarse.
El departamento estaba completamente ordenado. No había objetos fuera de lugar, ni ropa tirada, ni señales de una vida desorganizada. Cada cosa tenía su sitio, igual que en su trabajo.
Caminó hacia la cocina mientras revisaba algunos correos en el teléfono. Varias notificaciones de la empresa ya estaban esperando.
Informes de avances.
Cambios en planos.
Reuniones pendientes.
Un mensaje de su asistente recordándole la reunión con Nathaniel esa mañana.
Levi dejó el teléfono sobre la encimera mientras preparaba café.
A sus veintitrés años, muchas personas todavía estaban intentando descubrir qué querían hacer con sus vidas. Él ya tenía una carrera terminada, varios proyectos importantes en sus manos y un apellido que abría puertas antes de que tuviera que presentarse.
El problema era que esas mismas puertas también traían expectativas.
Terminó de preparar el café y se acercó a la ventana mientras bebía un poco.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de Farlan.
❝¿Ya estás despierto o sigues fingiendo que eres una persona normal?❞
Levi miró la pantalla unos segundos.
Respondió.
❝Trabajo.❞
La respuesta llegó casi inmediatamente.
❝Eso no responde nada. También puedes trabajar mientras estás siendo insoportable.❞
Levi soltó un pequeño suspiro.
Tienes demasiado tiempo libre.
Y tú demasiado trabajo. Alguien tiene que equilibrar el grupo.
Levi dejó el teléfono sobre la mesa sin responder.
Farlan era una de las pocas personas que podía hablarle de esa manera sin que resultara molesto. Quizá porque lo conocía desde hacía demasiado tiempo como para impresionarse por su apellido o por su posición.
Terminó el café, se cambió y tomó el traje que había dejado preparado la noche anterior. No era una obligación vestir de esa forma todos los días, pero las reuniones importantes rara vez permitían demasiada informalidad.
Especialmente cuando el apellido Ackerman estaba involucrado.
Una hora después, Levi entraba al edificio principal de Ackerman Global Construction.
La empresa ocupaba varios pisos de una torre moderna en el centro de Manhattan. Todo en el lugar transmitía precisión: empleados caminando con carpetas digitales, reuniones programadas al minuto y equipos trabajando en proyectos que cambiarían partes enteras de distintas ciudades.
Algunos trabajadores lo saludaban al verlo pasar.
Otros intentaban mantener la formalidad.
Levi estaba acostumbrado a ambas cosas.
Subió hasta la sala de reuniones privada donde Nathaniel ya lo esperaba.
Su padre estaba sentado frente a una pantalla con varios documentos abiertos. A diferencia de muchas personas de su edad, Nathaniel no parecía cansado por la cantidad de responsabilidades que tenía encima. Era alguien acostumbrado a tomar decisiones importantes y cargar con las consecuencias.
Levantó la mirada cuando Levi entró.
-Llegas puntual.
Levi tomó asiento frente a él.
-Era una reunión programada. No había mucho margen para sorprenderte.
Nathaniel revisó unos documentos antes de responder.
-Aprecio que todavía encuentres maneras de responder sin decir directamente que una reunión de trabajo es una obligación básica.
-Me esfuerzo.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Nathaniel antes de desaparecer.
Sobre la mesa apareció el proyecto principal de la reunión: un complejo hotelero internacional que la empresa planeaba desarrollar en Europa.
Levi observó los planos digitales con atención.
Aunque su apellido había influido en muchas oportunidades, nadie podía negar que había trabajado para llegar hasta ahí. Había estudiado arquitectura porque realmente le interesaba, no porque fuera simplemente el siguiente paso dentro del negocio familiar.
Nathaniel señaló una de las áreas del diseño.
-Esta zona todavía necesita ajustes.
Levi acercó la pantalla hacia él.
-El problema no está aquí. Está en la distribución del espacio interior.
-¿Por qué?
-Porque estás pensando en capacidad antes que en experiencia. El edificio puede verse bien en fotografías, pero si las personas sienten que el lugar está diseñado únicamente para impresionar, pierde valor.
Nathaniel lo observó unos segundos.
-Hablas como arquitecto.
-Porque soy arquitecto.
-También eres parte de la familia que dirige la empresa.
-Una cosa no elimina la otra.
Nathaniel apoyó las manos sobre la mesa.
-Ese es precisamente el motivo por el que quiero que participes más.
Levi entendió hacia dónde iba la conversación.
No era la primera vez.
-Estoy participando.
-En proyectos específicos. No en la dirección general.
-Porque todavía no quiero dedicar mi vida completa a reuniones de oficina.
-Eso es algo que dices ahora.
Levi mantuvo la mirada fija en los planos.
-También lo decía cuando tenía dieciocho años.
Nathaniel no respondió inmediatamente.
La relación entre ambos nunca había sido mala. Su padre era exigente, pero no injusto. Sin embargo, había momentos donde parecía olvidar que Levi no era una extensión de la empresa.
Era su propio hijo.
-Tienes talento -dijo Nathaniel finalmente-. Más del que esperaba cuando empezaste.
Levi levantó ligeramente la mirada.
-Eso suena como un cumplido extraño.
-Viniendo de mí, probablemente lo sea.
-Lo tendré enmarcado.
Nathaniel negó con la cabeza, divertido.
-Tu sentido del humor sigue siendo un problema.
-Mi sentido del humor no firma contratos millonarios. Deberías preocuparte más por eso.
La conversación continuó durante casi dos horas.
Revisaron detalles del proyecto, presupuestos, fechas de construcción y posibles modificaciones. Levi no hablaba más de lo necesario, pero cuando lo hacía tenía argumentos claros. No necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar.
Era una de las cosas que más había aprendido de su familia.
El poder no siempre estaba en ser la persona más ruidosa de la habitación.
Cuando la reunión terminó, Nathaniel cerró los archivos.
-Esta noche hay una cena con algunos inversionistas.
Levi tomó sus documentos.
-No recuerdo haber aceptado.
-No te pregunté si aceptabas.
Levi lo miró.
Nathaniel sostuvo la expresión seria durante unos segundos antes de agregar:
-Pero si realmente no quieres ir, puedes negarte.
La respuesta sorprendió un poco a Levi.
-¿Eso fue una opción desde el principio?
-Siempre lo es.
Levi guardó los documentos.
-Podrías mencionarlo antes de los discursos de padre preocupado.
-No hice ningún discurso.
-Estuviste cerca.
Nathaniel sonrió ligeramente.
-Ve a la cena.
-Lo pensaré.
-Eso significa que irás.
-Eso significa que escuché tu opinión.
-Conozco esa diferencia.
Levi salió de la sala de reuniones con la misma expresión tranquila con la que había entrado.
El resto del día continuó igual que todos los demás: llamadas, correos, revisiones y decisiones pendientes. Un ritmo constante que pocas personas fuera de su círculo entendían.
Por la tarde, mientras esperaba que terminara una descarga de documentos en su computadora, revisó el teléfono sin demasiada intención.
Entre mensajes de trabajo apareció una notificación.
Instagram.
La cuenta de la chica de Florencia.
Emma Foster.
Levi abrió la aplicación.
La fotografía del restaurante seguía ahí.
La misma que había visto la noche anterior.
Por alguna razón, volvió a observarla.
No era solo el edificio.
Era la forma en que ella había capturado el lugar.
La fotografía no parecía una simple imagen de un restaurante elegante. Había algo más personal en la manera en que había elegido el ángulo, la luz, los detalles.
Como si conociera el lugar de verdad.
Levi deslizó el dedo por la pantalla y vio algunas fotografías más.
Calles.
Arquitectura.
Momentos cotidianos.
No había demasiadas imágenes de ella.
Eso llamó su atención.
La mayoría de las personas usaban las redes sociales para mostrarse a sí mismas.
Ella parecía más interesada en mostrar el mundo alrededor.
Después de unos segundos cerró la aplicación.
No tenía ninguna razón para quedarse mirando un perfil de alguien que vivía al otro lado del océano.
Volvió al trabajo.
Porque en Nueva York todavía quedaban reuniones pendientes, proyectos que revisar y un apellido que llevaba demasiados años cargando sobre los hombros.
Aunque, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña parte de su atención estaba en un lugar completamente diferente.
Florencia.
La noche había llegado sobre Nueva York con una elegancia casi calculada. Las luces de los edificios se reflejaban en los ventanales del salón principal del hotel donde se celebraba la cena privada de negocios, creando una vista que muchos invitados se detenían a admirar antes de entrar. Era el tipo de lugar donde las conversaciones giraban alrededor de inversiones, propiedades, empresas familiares y acuerdos que podían cambiar millones de dólares con una sola firma.
Para la mayoría de las personas presentes, aquella noche era una oportunidad.
Para Levi era una obligación más dentro de una agenda demasiado llena.
La familia Ackerman ya estaba instalada cuando él llegó.
Nathaniel conversaba con algunos socios cerca de la entrada del salón, acompañado por varios empresarios con los que había trabajado durante años. Kuchel estaba sentada junto a otras mujeres relacionadas con las familias invitadas, manteniendo esa elegancia tranquila que la caracterizaba. A su lado, Kenny observaba la escena con una expresión divertida, como si pudiera leer las intenciones de todos los presentes sin necesidad de que hablaran.
Levi apareció unos minutos después de la hora acordada.
No porque hubiera llegado tarde.
Simplemente había esperado hasta el último momento posible antes de tener que entrar.
Kenny fue el primero en verlo.
-Pensé que tendría que enviar un equipo de búsqueda.
Levi se acercó acomodándose el saco.
-Estuve considerando fingir una emergencia.
-¿Y qué te detuvo?
-La posibilidad de que tú fueras quien apareciera para rescatarme.
Kenny soltó una risa baja.
-Eso habría sido divertido.
-Para ti.
-Probablemente.
Nathaniel se acercó cuando terminó de despedirse de uno de los inversionistas.
-Me alegra que hayas venido.
Levi miró a su padre.
-No parecía que tuviera demasiadas opciones.
-Siempre tienes opciones.
-Eso dices después de organizar una cena con veinte personas esperando conocerte.
Nathaniel no pudo evitar sonreír ligeramente.
-Solo quiero que conozcas a quienes forman parte de nuestro círculo.
-Ya conozco a muchos.
-Entonces conocerás a algunos más.
Levi soltó un pequeño suspiro y observó el salón.
Sabía exactamente lo que iba a pasar.
También sabía que no podía evitarlo.
Desde que había terminado la universidad, las reuniones de este tipo habían cambiado. Antes era simplemente "el hijo de Nathaniel Ackerman". Ahora era Levi Ackerman, el joven arquitecto con una carrera prometedora, heredero de una de las familias empresariales más poderosas del país.
La diferencia era pequeña en palabras.
En la práctica significaba que cada conversación venía acompañada de expectativas.
Y muchas veces, de interés.
Durante la primera hora todo siguió el mismo patrón.
Saludos.
Conversaciones sobre proyectos.
Personas intentando impresionarlo.
Mujeres jóvenes acercándose con sonrisas demasiado perfectas y preguntas que parecían preparadas antes de llegar.
Una de ellas se acercó mientras Levi estaba revisando algunos documentos relacionados con el nuevo proyecto europeo.
-Así que tú eres Levi.
Él levantó la mirada.
La joven sonrió.
-Había escuchado mucho sobre ti.
Levi dejó los documentos a un lado.
-Espero que hayan sido cosas buenas.
-Depende de lo que consideres bueno.
Ella tomó una copa de la mesa cercana.
-Mi padre dice que eres una de las personas más interesantes de tu generación.
-Tu padre parece tener opiniones bastante generosas.
La chica rió.
-También dijo que eres difícil de encontrar.
-Trabajo bastante.
-Eso es algo que admiro.
Levi notó que la conversación iba hacia el mismo lugar que muchas otras.
Preguntas sobre sus planes.
Sobre sus empresas.
Sobre los lugares donde viajaba.
No sobre él.
-¿Qué tipo de arquitectura te gusta más? -preguntó ella después.
La pregunta llamó ligeramente su atención.
Era diferente.
-La que tiene un propósito.
-¿Eso significa?
-Que un edificio no debería existir solo para verse bien. Tiene que funcionar para las personas que lo usan.
Ella asintió, aunque su expresión cambió rápidamente cuando alguien mencionó un detalle sobre una propiedad familiar.
-Debe ser increíble tener acceso a tantos lugares.
Ahí estaba.
Levi tomó un sorbo de su bebida.
-Depende.
-¿De qué?
-De si te interesan los lugares o la persona que puede llevarte a ellos.
La joven quedó en silencio un instante.
Después sonrió incómodamente.
-No quise decir eso.
-No dije que lo dijeras.
La conversación terminó poco después.
No fue una discusión.
Ni una escena.
Simplemente Levi perdió interés.
Y eso era lo que más le molestaba.
Porque por momentos quería creer que alguien podía acercarse sin tener una razón escondida.
Otra joven apareció más tarde. Era hija de uno de los socios de su padre. Habían coincidido varias veces en eventos anteriores.
Ella parecía más directa.
-No entiendo por qué siempre desapareces después de estas cenas.
Levi la miró.
-Porque las cenas terminan.
-Podrías quedarte más tiempo.
-¿Para qué?
Ella sonrió.
-Para conocer gente.
-Estoy conociendo gente.
-Sabes a qué me refiero.
Levi guardó silencio.
Ella jugó con la copa entre sus dedos.
-Siempre pensé que alguien como tú tendría muchas opciones.
-Alguien como yo.
-Ya sabes.
No terminó la frase.
No hacía falta.
Dinero.
Apellido.
Influencia.
Levi lo entendía.
Lo había entendido durante años.
-Ese tipo de descripción suele venir antes de una petición.
Ella soltó una pequeña risa.
-Eres desconfiado.
-Tengo motivos.
La joven intentó cambiar el tono.
-No todo el mundo quiere algo de ti.
Levi la observó unos segundos.
Quería creerlo.
De verdad quería.
Pero después recordó todas las veces que alguien había mostrado interés justo después de enterarse de quién era su familia.
Regalos.
Viajes.
Acceso.
Contactos.
No él.
Nunca él.
-Quizá no.
Fue lo único que respondió.
La conversación no continuó.
Más tarde, cuando la cena terminó oficialmente, Levi salió unos minutos al balcón privado del salón. Necesitaba aire lejos de las conversaciones, las risas demasiado altas y las personas que parecían calcular el valor de alguien antes de conocerlo.
Kenny apareció poco después.
-Tienes la misma cara que cuando probaste aquella comida horrible en París.
Levi miró hacia la ciudad.
-La comida tenía menos intención de decepcionarme.
Kenny soltó una carcajada.
-Sabía que ibas a decir algo así.
-Entonces no preguntes.
-No pregunté. Vine a comprobar si seguías vivo.
-Lamentablemente.
Kenny apoyó los brazos sobre la barandilla.
-Te acercas a alguien, descubres que solo quiere una cosa y después decides que todas las personas son iguales.
Levi no respondió.
Porque sabía que había algo de verdad en eso.
-No dije eso.
-No hace falta que lo digas.
Levi chasqueó la lengua suavemente.
-La mayoría de las personas en estos eventos saben exactamente quién soy antes de hablar conmigo.
-Eso es porque tu apellido es enorme.
-Ese es el problema.
Kenny lo miró de reojo.
-También es parte de ti.
-No elegí que fuera lo primero que vieran.
La respuesta fue más seria de lo que esperaba.
Kenny dejó pasar unos segundos antes de hablar.
-Entonces encuentra personas que miren después de eso.
Levi soltó una pequeña exhalación.
-Suena sencillo cuando lo dices tú.
-No dije que fuera sencillo.
Por primera vez en toda la noche, Levi no tuvo una respuesta sarcástica.
Porque ese era exactamente el problema.
No quería una persona impresionada por su mundo.
Quería alguien que no cambiara al conocerlo.
Alguien que pudiera verlo antes del apellido.
Pero después de tantas experiencias, confiar en eso parecía cada vez más difícil.
Cuando volvió al salón, encontró a sus padres despidiéndose de algunos invitados.
Kuchel se acercó a él mientras tomaba su abrigo.
-¿Todo bien?
Levi la miró.
Con su madre siempre era más difícil fingir que nada ocurría.
-Estoy bien.
Ella lo observó unos segundos, pero no insistió.
-Nos vamos entonces.
Levi asintió.
Mientras salían del hotel, las luces de Nueva York continuaban brillando como si la ciudad nunca descansara.
Y aunque para cualquiera que lo mirara desde afuera su vida parecía perfecta, Levi sabía que había cosas que el dinero no solucionaba.
Una de ellas era saber si alguien podía acercarse a él sin estar buscando algo a cambio.
Por eso, cuando llegó a su departamento esa noche y volvió a abrir Instagram por simple costumbre, no esperaba encontrar nada importante.
Hasta que vio una nueva fotografía de Florencia.
Y por primera vez en mucho tiempo, una persona desconocida no le recordó lo que tenía.
Le recordó algo que le faltaba.

Habían pasado algunos días desde aquella primera interacción entre Emma y el desconocido de Instagram.
Nada importante había ocurrido.
No habían tenido una conversación larga ni nada que pudiera considerarse fuera de lo normal. Solo algunos "me gusta" ocasionales en publicaciones y esa pequeña curiosidad que quedaba cuando alguien parecía tener una forma distinta de ver el mundo.
Para Emma, la vida continuaba exactamente igual.
Las mañanas en La Rosa di Firenze seguían comenzando temprano, con el movimiento constante de los empleados preparando todo antes de la llegada de los clientes. El restaurante tenía una energía que cambiaba según la hora del día. Por las mañanas era tranquilo, casi familiar. Por las noches se transformaba en un lugar más elegante, lleno de conversaciones, música suave y copas de vino chocando entre las mesas.
Ese día Emma había llegado antes del almuerzo con su cámara en la mano.
No era una sesión profesional.
Al menos no oficialmente.
Pero cuando se trataba del restaurante de su familia, le gustaba cuidar cada detalle.
Caminó por la entrada principal buscando un buen ángulo de la fachada. La luz de la mañana caía sobre las paredes antiguas del edificio, resaltando los detalles arquitectónicos que tantas veces había visto y que aun así seguían llamando su atención.
Tomó varias fotografías.
Después entró al interior.
Capturó las mesas preparadas, las flores frescas, las copas perfectamente acomodadas y pequeños detalles que muchas personas pasaban por alto.
Una vela encendida.
La textura de una pared antigua.
La sombra de las ventanas sobre los manteles.
Para Emma, esos pequeños elementos eran los que hacían que un lugar tuviera personalidad.
Después se dirigió a la cocina.
Uno de los chefs estaba terminando algunos platos antes del servicio y, al verla con la cámara, negó con una sonrisa.
-Cada vez que apareces aquí con esa cámara siento que tengo que hacer todo perfecto.
Emma bajó la cámara riendo.
-No exageres. Solo estoy tomando fotos.
-Eso dices, pero después veo la cuenta del restaurante y parece que mi comida salió de una revista.
-Entonces deberías agradecerme.
-Estoy pensando en cobrarte por mejorar mi reputación.
-Puedes intentarlo.
El chef negó divertido y volvió a su trabajo mientras Emma fotografiaba algunos platos.
Cuando terminó, revisó rápidamente las imágenes.
Estaba satisfecha.
Eran exactamente el tipo de fotografías que necesitaba para actualizar la cuenta oficial del restaurante.
Después de elegir algunas, abrió Instagram y comenzó a preparar una historia desde su cuenta personal.
No publicó nada relacionado directamente con ella.
Solo una imagen de su cámara sobre la mesa de madera del restaurante, con parte del lugar desenfocado al fondo. La luz entraba desde una ventana cercana y hacía que todo pareciera más tranquilo de lo que realmente era.
Agregó una pequeña frase. Nada demasiado elaborado. Simplemente:
"Día de fotos."
Y la publicó.
Después dejó el teléfono a un lado y volvió a trabajar.
A varios kilómetros de distancia, en Nueva York, Levi estaba sentado en su oficina revisando unos documentos cuando una notificación apareció en su teléfono.
Al principio no le prestó atención. Pensó que sería otro correo. Pero al mirar la pantalla reconoció el nombre.
Emma Foster.
Abrió la historia por simple curiosidad. La imagen apareció. Una cámara. Un restaurante. Una escena sencilla. Pero algo en la fotografía llamó su atención. No era solo la cámara.
Era el lugar.
Incluso a través de una imagen pequeña podía notar ciertos detalles del diseño. La estructura, los materiales, la forma en que la luz entraba en el espacio.
Levi observó la historia unos segundos más de lo necesario.
Después respondió.
❝¿Eres fotógrafa?❞
Emma estaba revisando unas fotografías cuando vio la notificación. Le sorprendió un poco. No porque fuera extraño que alguien respondiera una historia, sino porque venía de él. Del chico que parecía tener más interés en edificios que en cualquier otra cosa.
Escribió una respuesta.
❝Algo así. No de manera profesional. Tomo fotos para el restaurante de mi padre y las subo a la cuenta del lugar.❞
La respuesta llegó unos minutos después.
❝Entonces no solo te gusta fotografiar edificios. También trabajas con ellos.❞
Emma sonrió ligeramente.
La observación era bastante específica.
❝Supongo que sí. Aunque nunca lo había pensado de esa forma.❞
Levi miró el mensaje desde su escritorio.
Era curioso.
La mayoría de las personas hablaban de los restaurantes por la comida, la fama o la experiencia.
Ella hablaba del espacio.
❝¿Cuál es la cuenta del restaurante? Me gustaría verla.❞
Emma no dudó demasiado.
Después de todo, no había nada extraño en eso.
❝@larosadifirenze❞
Unos segundos después apareció el aviso. Levi comenzó a seguir la cuenta. Luego entró. La primera impresión fue clara. El restaurante tenía historia.
No era solamente un lugar elegante creado para verse bien. Las fotografías mostraban detalles que hablaban de años, de tradición, de una identidad propia.
Vio imágenes del exterior. La fachada. Las ventanas. Los espacios interiores. Después llegaron los platos. Pasta preparada con cuidado. Postres. Vinos. Platos tradicionales italianos presentados de una manera más moderna.
Pero lo que más llamó su atención no fue la comida. Fue la arquitectura.
La forma en que el lugar había sido construido para que cada zona tuviera una sensación diferente.
La terraza parecía pensada para tardes tranquilas.
El comedor principal tenía una elegancia clásica.
La iluminación hacía que las habitaciones parecieran más cálidas.
Levi pasó varias publicaciones.
Sin darse cuenta había dejado de revisar la cuenta por curiosidad y estaba realmente observando el lugar.
Había algo familiar en esa forma de presentar un espacio.
La misma atención a los detalles que él buscaba cuando diseñaba.
Emma, mientras tanto, volvió a recibir un mensaje.
❝El diseño del restaurante es interesante. ¿Es antiguo?❞
Ella leyó la pregunta mientras estaba organizando unas reservas.
Respondió:
❝Sí. La estructura tiene muchos años. Mi familia ha trabajado para mantener la esencia del lugar. Mi padre siempre dice que no tiene sentido cambiar algo que ya tiene una historia.❞
Levi leyó varias veces esa frase.
Porque entendía la idea.
La arquitectura no era solamente crear algo nuevo.
También era conservar algo que ya tenía significado.
❝Tiene sentido. Muchos lugares pierden personalidad cuando intentan modernizarse demasiado.❞
Emma apoyó el teléfono sobre la mesa.
Era extraño.
No porque hablara con él.
Sino porque normalmente las personas no se fijaban en ese tipo de cosas.
❝Pensé que alguien interesado en arquitectura miraría primero los edificios enormes. No un restaurante.❞
La respuesta tardó un poco más.
Levi miró nuevamente las fotografías.
❝Los edificios grandes llaman la atención porque son difíciles de ignorar. Pero los lugares pequeños suelen decir más sobre las personas que los construyeron.❞
Emma se quedó mirando la pantalla.
No era una frase exagerada ni demasiado profunda.
Simplemente era una opinión.
Y de alguna manera eso le gustó.
Respondió:
❝Creo que tienes razón. Por eso me gusta tomar fotos aquí. Hay muchos detalles que la gente no nota.❞
Levi dejó el teléfono sobre el escritorio.
Por primera vez en varios días, una conversación no se sentía como una obligación.
No había preguntas sobre su familia.
No había interés por saber cuánto dinero tenía.
No había alguien intentando acercarse a una versión de él que ni siquiera conocía.
Solo una conversación sobre un lugar.
Sobre algo que ambos entendían.
Y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, ese pequeño intercambio sobre un restaurante en Florencia era el inicio de algo que ninguno había planeado.
La tarde había comenzado tranquila en Manhattan, algo poco común considerando el ritmo de la ciudad. Las calles estaban llenas de personas saliendo de sus trabajos, turistas recorriendo las avenidas principales y vehículos avanzando lentamente entre el tráfico, pero para Levi y sus amigos era uno de esos pocos días donde ninguno tenía una obligación urgente que atender.
La idea había sido simple: salir.
Sin reuniones.
Sin oficinas.
Sin proyectos.
Sin conversaciones sobre negocios familiares.
Aunque en el caso de ellos, incluso algo tan sencillo como "ir de compras" estaba bastante lejos de lo que la mayoría de las personas imaginaba.
Hange había sido la primera en aparecer con una lista mental de lugares que quería visitar, aunque nadie entendía cómo podía necesitar tantas cosas cuando ya tenía más dispositivos tecnológicos de los que una persona normal podría usar durante toda una vida. Farlan, por otro lado, se había encargado de convertir la salida en una competencia absurda sobre quién tenía mejor gusto, mientras Isabel simplemente disfrutaba viendo tiendas y entrando a cualquier lugar que llamara su atención.
Erwin caminaba con la calma de siempre, observando a los demás discutir como si aquello fuera una parte normal de su rutina.
Levi iba unos pasos más atrás.
No porque quisiera alejarse.
Simplemente porque prefería caminar a su ritmo.
Habían pasado por varias tiendas de ropa, una librería especializada en arquitectura y una tienda de artículos de diseño donde Hange terminó comprando algo que ninguno de ellos logró entender completamente.
-Todavía no entiendo qué compraste exactamente -comentó Farlan mientras salían del lugar.
Hange sostuvo la bolsa con satisfacción.
-Es una pieza de diseño experimental.
-Eso no responde nada.
-Sí responde.
-No. Solo usaste palabras que suenan caras juntas.
Isabel miró dentro de la bolsa intentando descubrirlo.
-Parece una lámpara.
-Es una lámpara inteligente.
-Sigue siendo una lámpara.
-Una lámpara con tecnología avanzada.
Farlan negó con la cabeza.
-La forma en que gastas dinero debería estudiarse.
Hange sonrió.
-Habla el fotógrafo que acaba de comprar un lente nuevo porque "la textura de las imágenes será diferente".
Farlan guardó silencio.
Erwin soltó una pequeña risa.
-Creo que ese argumento terminó la discusión.
-Traición -murmuró Farlan.
Levi, que había escuchado la conversación mientras revisaba algo en su teléfono, apenas levantó la mirada.
-Duró más de lo esperado.
Farlan lo señaló.
-Mira quién habla. Llevas veinte minutos mirando la pantalla.
-Estoy revisando algo.
-Eso dices como si no hubieras revisado el mismo mensaje tres veces.
Levi guardó el teléfono en el bolsillo.
-Qué observador. Deberías usar esa habilidad para algo útil.
-La uso. Estoy analizando el comportamiento extraño de mis amigos.
-Entonces tienes demasiado trabajo.
La respuesta hizo que Farlan sonriera porque, viniendo de Levi, aquello era prácticamente una conversación completa.
Después de caminar un rato más decidieron entrar a una cafetería elegante ubicada en una esquina tranquila de una de las avenidas menos llenas. No era un lugar enorme ni llamativo, pero tenía un diseño moderno, con ventanales amplios y una decoración cuidada que hacía que muchas personas fueran más por el ambiente que por el café.
Encontraron una mesa cerca de la ventana.
Erwin se sentó junto a Farlan.
Levi quedó frente a ellos con una taza de té entre las manos.
Hange tomó asiento al otro lado.
Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa menos trabajo. Películas, viajes pendientes, lugares que querían visitar. Era uno de esos momentos donde el apellido de cada uno quedaba en segundo plano y solo eran amigos que habían compartido demasiados años juntos.
En medio de la conversación, Hange tomó su teléfono.
-Esperen.
Nadie reaccionó demasiado.
Era algo normal en ella.
-¿Qué haces? -preguntó Isabel.
-Una foto.
-¿Por qué?
-Porque la escena se ve bien.
Farlan miró alrededor.
-Estamos literalmente sentados tomando café.
-Exacto. Una escena real.
-Esa explicación tiene demasiado sentido para venir de ti.
Hange ignoró el comentario y tomó la fotografía.
No pidió que posaran.
No avisó.
Simplemente capturó el momento.
Erwin estaba distraído leyendo algo en su teléfono.
Farlan miraba hacia la ventana.
Y Levi estaba concentrado en la pantalla mientras sostenía su taza de té con la otra mano, completamente ajeno a la cámara.
La imagen quedó natural.
Sin preparación.
Sin sonrisas falsas.
Hange la revisó unos segundos antes de subirla a su historia.
-Listo.
Levi no prestó atención.
La conversación continuó.
Unos minutos después, mientras revisaba nuevamente el teléfono por costumbre, apareció la historia de Hange.
La abrió.
Vio la fotografía.
Su primera reacción fue simplemente observarla.
-¿La subiste? -preguntó.
Hange levantó la mirada.
-Sí.
-No recuerdo haber aceptado.
-Tampoco recuerdo haber pedido permiso.
Levi la miró unos segundos.
Ella sonrió.
-Tranquilo. Sales normal.
-Ese comentario no mejora la situación.
-Era un cumplido.
Levi negó ligeramente con la cabeza, pero no insistió.
No era una fotografía importante.
Solo una imagen de una tarde cualquiera.
Sin embargo, unos minutos después, en Florencia, Emma acababa de terminar de revisar las fotografías que había tomado ese día.
La noche ya había caído sobre la ciudad.
Después de ayudar en el restaurante y organizar las publicaciones pendientes, estaba en su habitación con la computadora abierta, seleccionando algunas imágenes para la próxima semana. El silencio de la casa contrastaba con el movimiento que había tenido el restaurante durante todo el día.
Eran cerca de las once de la noche.
Emma estaba a punto de cerrar todo cuando revisó Instagram por última vez.
Era una costumbre que había adquirido sin darse cuenta. No porque estuviera esperando algo específico, sino porque después de pasar todo el día entre fotografías, clientes y el movimiento del restaurante, revisar las redes era una manera tranquila de terminar la jornada.
La casa estaba en silencio.
Desde su habitación podía escuchar apenas algunos sonidos lejanos de la ciudad. Florencia a esa hora tenía un ritmo distinto. Las calles seguían vivas, pero de una forma más calmada que durante el día. Ya no había turistas entrando y saliendo de cada esquina ni conversaciones mezcladas en cada calle. Era una ciudad que parecía respirar más despacio.
Emma deslizó la pantalla sin demasiada atención hasta que apareció una historia nueva de Levi.
La abrió.
Era la misma fotografía que Hange había tomado en la cafetería, pero publicada desde la cuenta de él.
La imagen mostraba una parte de su tarde que ella nunca había visto.
No era un edificio.
No era una fotografía perfectamente tomada.
Era simplemente él con sus amigos.
Por primera vez lo veía fuera de esas imágenes de arquitectura que parecía coleccionar.
Emma observó la pantalla durante unos segundos.
Había algo diferente en la fotografía.
Quizá era porque parecía más relajado.
No estaba posando.
No estaba intentando mostrar nada.
Solo estaba sentado con una taza de té en la mano mientras sus amigos estaban distraídos alrededor.
Sin pensarlo demasiado, acercó un poco la imagen.
Sus ojos se detuvieron en pequeños detalles.
La forma en que sostenía el teléfono con una mano mientras con la otra sujetaba la taza. El cabello negro cayendo ligeramente sobre su frente. La ropa que llevaba, sencilla pero elegante, como si incluso sin intentarlo tuviera esa apariencia ordenada. El anillo en uno de sus dedos llamó su atención por un momento, aunque no tenía idea de si significaba algo o simplemente era un accesorio.
Emma se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando una simple historia.
Negó suavemente con la cabeza y estuvo a punto de salir.
Pero antes de hacerlo pensó en algo.
La conversación entre ellos siempre terminaba girando alrededor de arquitectura o del restaurante.
Quizá podía preguntar algo más normal.
Algo que no pareciera una entrevista.
Escribió una respuesta.
❝Tengo una duda importante. ¿El té de esa cafetería realmente es bueno o solo parece una bebida elegante porque la foto lo hace ver así?❞
Envió el mensaje y dejó el teléfono sobre la cama.
Unos minutos después volvió a vibrar.
Levi había respondido.
❝Es té. No tiene demasiada historia detrás.❞
Emma sonrió.
La respuesta era exactamente como esperaba.
Directa.
Sin adornos.
Respondió:
❝Qué decepción. Pensé que ibas a decirme que era una mezcla exclusiva creada por algún experto y que costaba una fortuna.❞
En Nueva York, Levi estaba todavía en la cafetería cuando vio el mensaje.
Los demás seguían conversando alrededor de la mesa. Farlan discutía con Hange sobre algo que ninguno de los dos iba a admitir que no entendía completamente, mientras Erwin observaba la escena con paciencia.
Levi miró la pantalla.
No era una conversación importante.
Y justamente por eso resultaba diferente.
Contestó.
❝Si quieres una historia interesante, probablemente tendrías más suerte preguntando por la cafetería que por el té.❞
Emma leyó la respuesta.
❝Entonces la cafetería tiene más personalidad que la bebida.❞
❝La bebida cumple su función.❞
❝Eso fue una respuesta muy seria para hablar de una taza de té.❞
Levi miró el mensaje unos segundos antes de responder.
❝Tú fuiste quien empezó preguntando por ella.❞
Emma soltó una pequeña risa.
No esperaba que alguien que parecía tan serio pudiera seguir una conversación así.
❝Está bien, acepto la culpa. Mi curiosidad ganó.❞
Pasaron unos segundos.
Después apareció una nueva respuesta.
❝Eso suele pasar cuando alguien toma fotografías de todo lo que encuentra interesante.❞
Emma apoyó la espalda contra la pared de su cama.
❝¿Me estás llamando curiosa?❞
❝Estoy describiendo algo que ya sé.❞
❝Eso suena como una forma elegante de decir que sí.❞
Levi dejó escapar una pequeña exhalación que casi parecía una risa.
Casi.
❝Entonces puedes interpretarlo como quieras.❞
La conversación continuó sin que ninguno de los dos notara cuánto tiempo había pasado.
No hablaron de cosas importantes.
Y precisamente eso hizo que fuera más sencillo.
Emma le preguntó cómo había sido su día.
Levi miró la pregunta.
Por un momento pensó en responder la verdad.
Había tenido una reunión con su padre.
Había revisado planos de un proyecto internacional.
Había pasado horas rodeado de personas hablando de negocios.
Pero decir eso significaba abrir una puerta que todavía no quería abrir.
Así que escribió algo más simple.
❝Normal. Estuve haciendo cosas de la universidad.❞
Emma respondió casi de inmediato.
❝¿Estudias arquitectura entonces?❞
Levi miró la pantalla.
Ahí estaba la mentira.
Pequeña.
Casi insignificante.
Pero mentira al fin.
❝Sí. Licenciatura en arquitectura.❞
Emma sonrió al leerlo.
De alguna manera tenía sentido.
Desde el primer momento había notado que no era alguien que simplemente disfrutaba mirar edificios.
Había conocimiento detrás de sus comentarios.
❝Tiene sentido. Se nota que sabes bastante del tema. Pensé que solo eras alguien con demasiado interés por los edificios.❞
Levi arqueó ligeramente una ceja.
❝¿Eso era una crítica?❞
❝Era una observación. Hay diferencia.❞
La respuesta le recordó un poco a él mismo.
Eso le pareció curioso.
❝Entonces tienes muchas observaciones.❞
❝Soy fotógrafa, necesito prestar atención a los detalles.❞
Levi miró esa respuesta durante un momento.
❝¿Siempre quisiste hacer fotografía?❞
Emma pensó unos segundos antes de responder.
❝No exactamente. Empezó como algo que hacía porque me gustaba. Después mi padre comenzó a pedirme fotos del restaurante y terminé haciéndolo más seguido. Me gusta capturar lugares que tienen algo especial.❞
Levi volvió a mirar la historia del restaurante que había visto días antes.
Entendía esa sensación.
❝Supongo que es parecido a diseñar. Hay cosas que no llaman la atención al principio, pero cuando las observas bien tienen más valor.❞
Emma sonrió.
❝Esa es probablemente la primera vez que alguien compara una fotografía con arquitectura sin que suene extraño.❞
❝Entonces la mayoría de las personas tienen poca imaginación.❞
❝O quizá tú piensas demasiado en edificios.❞
Levi respondió después de unos segundos.
❝Es una posibilidad.❞
Emma rió.
La conversación siguió avanzando lentamente.
Hablaron de Italia.
De Nueva York.
De las diferencias entre ambas ciudades.
Emma le contó que Florencia podía sentirse pequeña comparada con una ciudad como Nueva York, pero que cada calle tenía una historia diferente.
Levi le dijo que Nueva York tenía demasiada gente como para sentirse realmente tranquila, pero que aun así había lugares donde la ciudad parecía detenerse por unos minutos.
No se dieron cuenta de la hora hasta que Emma miró el reloj.
Eran casi las doce de la noche en Florencia.
Bastante tarde.
❝Creo que debería dormir antes de que mañana me arrepienta de haberme quedado despierta.❞
Levi miró la hora.
En Nueva York apenas pasaban las seis de la tarde.
❝¿Tan tarde es allá?❞
❝Sí. Tenemos unas horas de diferencia.❞
Levi se quedó pensando un instante.
Sabía que había diferencia, pero no había calculado exactamente cuánto.
❝¿Cuántas horas?❞
Emma respondió:
❝Seis horas. Cuando tú estás terminando tu tarde, yo ya estoy cerca de terminar el día.❞
Levi observó la pantalla.
Seis horas.
Un océano entero entre ambos.
Y aun así habían terminado hablando como si la distancia no fuera tan grande.
❝Entonces supongo que tendrás que dormir.❞
Emma sonrió.
❝Supongo que sí. Aunque fue una buena conversación para ser una discusión sobre té.❞
Levi respondió:
❝No fue una discusión.❞
❝Claro. Fue un análisis muy serio sobre una bebida.❞
❝Exactamente.❞
Emma negó con una sonrisa.
❝Buenas noches, Levi.❞
Él miró el mensaje.
Después respondió:
❝Buenas noches, Emma.❞
Y cuando la conversación terminó, ninguno de los dos le dio demasiada importancia.
Para Emma solo había sido una charla agradable con alguien que parecía entender su forma de ver los lugares.
Para Levi había sido una conversación extrañamente sencilla.
Sin expectativas.
Sin intereses ocultos.
Solo dos personas hablando desde lados distintos del mundo.
Y por ahora, eso era suficiente.










