1. Mi mejor amigo es virgen y no lo sabía
La habitación estaba muy caliente, y eso que el calentador se había roto días atrás; si bien afuera hacía frío no se notaba en el calor del cuarto cerrado. Las ventanas estaban empañadas y cada respiración era más pesada que la anterior.
Gavi miraba un punto fijo detrás del cuerpo macizo que tenía frente a él: una foto que se le hacía borrosa por las lágrimas que le nublaban los ojos, pero en la que se reconocía a sí mismo junto a su novio, sonriendo.
Ah, su novio. Cierto. Leandro lo tenía de rodillas en el suelo, con la mano enterrada fuertemente en su cabello castaño, guiándole el ritmo de la cabeza con cierta brusquedad, hacia adelante y hacia atrás. Pablo sintió que se desconectaba un segundo.
—Abrí más la boca, dale —gruñó, tironeando con fuerza.
Pablo saboreó el espeso miembro, caliente y grueso deslizarse en la boca y golpeando su garganta con rudeza. Respiró por la nariz, mientras su propia polla goteaba por el placer de ser abusado de esta manera.
—Decime cuánto te gusta tener mi pija en la boca —alejó la cabeza quitándole la longitud por completo, haciendo un desastre en su barbilla.
—Mucho, m-mucho… —jadeó agitado, parpadeando, pasando la lengua por sus labios rojos llenos de líquido salado.
—Mostrame lo mucho que te gusta entonces —dijo hundiéndose nuevamente en la cavidad caliente y apretada, cogiéndole la tráquea sin delicadeza.
El castaño intentó chupar con fuerza pero a la vez, relajar la garganta para no ahogarse tanto, aunque sabía que el mayor amaba cuando se atragantaba.
Pablo sentía el piso congelado clavándose en sus rodillas. Su novio cogió ritmo y la polla le estaba partiendo la boca, se la metía hasta la garganta para luego sacarla, haciéndolo toser un poco. Sus ojos seguían aguados por las lágrimas, sin saber dónde fijar la vista. De su mentón corría saliva mezclada con semen, que se deslizaba hasta su cuello, y algunas gotas caían en el suelo.
No se apartó, aun si le faltara el aire o se sintiera desfallecer en medio del sexo; jamás se apartaría. Le encantaba sentirse usado de esta manera, como si fuera un juguetito de desahogo sexual. Y el argentino se lo recordaba a cada rato.
—Te dije que no dejaras que se escape nada, estás haciendo terrible quilombo en el piso.
—Mng… —no podía hablar ni tocarse sin permiso, así que apretó la tela de sus shorts holgados.
El mayor tironeó de su cabello hacia atrás para que lo mirara directo a los ojos azules y cargados de excitación. Un problema menos de a dónde mirar, pensó Gavi.
Sabía lo mucho que al morocho le gustaba observar sus ojos enormes, casi ingenuos y suaves, en situaciones tan obscenas. Así que siguiendo el acting, parpadeó inocentemente, sin apartar la mirada relamiéndose la boca.
Sentía los labios hinchados y húmedos; le hormigueaban por el esfuerzo reciente. El tirón en su cabello se hizo más fuerte, así que automáticamente, como una zorra bien entrenada, abrió más la boca, relajando la mandíbula y sacando la lengua.
—Uuuf, sí, así…
Paredes embistió su boca nuevamente, sin delicadeza ni aviso, con una sonrisa hermosa en el rostro que Gavi amaba mirar y de la que nunca se cansaba: la lengua pasando por los labios, la barba prolija, los lunares, el pecho tatuado… Su novio era perfecto en cualquier aspecto posible. Le encantaba por muchísimas razones, pero una en especial es que adoraba sentirse sin aliento, con la boca llena o con el culo roto. Para qué mentir.
El sonido de su garganta cerrándose alrededor de la longitud, que lo follaba era lo único que resonaba en la pieza.
Estaba en absoluta rendición por el argentino. Así había sido desde que lo conoció cierta noche cerca de año nuevo: Paredes lo había mirado en una fiesta en un pub de Barcelona al que fue con amigos de la universidad. Se acercó descaradamente, sin titubear. Estuvo detrás de él un rato y eso a Pablo le dio pereza, incluso le molestó bastante. Pero cuando el morocho de ojazos azules, lo besó contra la pared sucia con la boca llena de alcohol, y casi se lo coge en un costado de la barra frente a todos, pensó que tal vez no era tan molesto después de todo, al contrario. Era muy bueno y le gustaba más de lo que admitía.
—Sos terrible putita, qué bien te queda mi pija en la boca, por favor… —gruñó el mayor con un tono grave y bajo cargado de excitación, acariciando la nuca con el pulgar—. Si pudiera te la dejaría metida toda la semana…
No es mala idea, pensó Gavi; estaría totalmente de acuerdo. Tan solo si no tuviera obligaciones, como estudiar e ir a la universidad. Tenía 23 años, y para recibirse le faltaba un buen tramo, lamentablemente.
Y siendo honestos, le gustaba más la idea de vivir metido en la cama de su novio, en vez de estudiar números y aprobar los exámenes de mierda. Pero si no aprobaba, sus padres lo matarían.
En algún momento, Leandro lo levantó sin esfuerzo, y lo tiró encima de un sofá, con la jeta presionada a la felpa. Le bajó los pantalones cortos holgados, y le separó con fuerza las piernas, luego las nalgas. Pablo amaba sentir los dedos callosos en su piel.
—Abrí, quiero verte el orto —murmuró mordiendo y besando sus muslos; la barba le hacía cosquillas y Pablo temblaba.
Hizo caso y separó más las piernas, lo máximo que pudo, a la merced del otro. Intentó arquear la espalda para mirarlo, pero la mano en su nuca se lo impidió, hundiéndolo en el sofa.
—Te garcho todos los días y seguís apretado, sos de no creer, eh.
—Joder, vamos —sollozó el castaño con el rostro escondido en la esquina del mueble.
Leandro escupió su entrada con una sonrisa, y apoyó la cabeza, resbalosa por la mamada anterior, sobre la zona arrugada, frotando la cabeza, jugando con él y su poca paciencia.
—Pedímelo bien, dale nene —dijo azotando el culo, dejándole una marca de su palma.
—¡Ah! —gritó Pablo, mientras el placer le recorría el cuerpo.
—Te dije que me lo pidas bien, pendejo —volvió a golpearlo con más fuerza; esta vez el sonido fue tan estruendoso por la fuerza desmedida que seguro se escuchó en otras habitaciones.
Pablo gritó nuevamente, respirando con dificultad, arqueando su columna por el dolor y el placer simultáneos. Su piel ardía; ansiaba que lo siguiera haciendo, aunque a la vez, si lo provocaba, Leandro iba a castigarlo. La idea era increíble, pero luego del sexo, tenía cosas pendientes que hacer, y poder caminar era importante.
—Vas a pedir por favor antes de que te la meta toda —azotó una vez más, con el cachete del culo brillando con la forma de una palma grande y roja.
—Por favor, métemela, p-por fav… ¡aah!
Hasta que el morocho empujó de una, sin mucho preámbulo, metiéndose todo de golpe. Pablo pegó un alarido contra el sofá cuando la enterró de una estocada hasta el fondo, notando cómo su interior quemaba con fuerza, sintiendo el ardor sobre la piel que palpitaba por los azotes de recién.
—Cómo apretás, hijo de puta —gruñó enterrando los dedos en la cadera pálida y suave.
El argentino tenía un importante tamaño, y aunque Gavi recibía su verga a diario, porque follaban todos los días, (menos cuando tenía que estudiar, aunque a veces el mayor lo distraía), a veces creía, no, aseguraba que el miembro crecía y crecía más dentro de él, si eso era posible. Sentía cómo se contraía a su alrededor: el glande llegando casi a su estómago, la electricidad que le daba cuando frotaba su zona sensible; todo era demasiado bueno.
El argentino se hundió más, presionando más las manos en las caderas del español, deteniendo el empuje un segundo para sentir cómo lo apretaba alrededor, pidiendo más sin decir una palabra, para luego volver a embestir con más brusquedad.
—¿Sentís como te la clavo ahí? ¿Eh? ¿Te gusta? —jadeó tironeando del pelo, sin importarle arrancarle el cuero cabelludo en el proceso—. ¿La sentís?
—¡S-sí! ¡aah!
—Mirá la cara que ponés cuando te la meto, no das más de puta regalada.
El estómago de Gavi se tensaba ante cada palabra, haciendo que el calor le recorriera el vientre, bajara por su pierna y terminara en su polla, que goteaba sin parar.
—Decime qué querés que te haga con mi pija, dale.
—M-más fuerte… ¡Ah! Sí, sí, ¡sí!
Cada embestida era más certera y profunda que la anterior; la verga le golpeaba sin descanso justo en la próstata, haciéndolo ver blanco del placer, por lo que Pablo solo podía dejarse hacer, y recibir, aferrándose a lo que podía con sus dedos temblorosos. Se dejaba usar, llenar y marcar a gusto, disfrutando cada momento.
El sonido húmedo y el calor entre los cuerpos rebotaban en las paredes. El olor fuerte del perfume del mayor le tapaba las fosas nasales, mezclado con el aroma a sexo: tantas sensaciones en tan poco tiempo que Pablo pensó seriamente en desmayarse del placer. El argentino sabía darle lo que necesitaba, y lo que merecía.
—Te voy a dejar el culo lleno de leche, ¿entendiste?
Pablo solo podía asentir con dificultad, gimiendo contra la felpa sin parar, cada vez más fuerte.
El mayor soltó la cadera y agarró con ambas manos las muñecas del castaño, cruzándolas detrás de su espalda, para seguir dándole por el culo sin parar, en un ritmo mucho más veloz y profundo.
El sexo con Leandro era lo mejor que había tenido en su vida, sin duda. Al mayor le gustaba atarlo, cubrirle los ojos, amordazarlo, golpearlo, escupirlo, usarlo como si fuera un objeto, azotarlo, ponerle collares, y al español también le fascinaba dejarse llevar.
Un empuje particularmente fuerte, que juró sentir atravesarle las entrañas, lo hizo correrse sin tocarse, gimiendo agudamente. Notó su culo palpitando alrededor de la polla que aún se enterraba en él una y otra vez, sintiendo el calor y los jadeos graves del argentino, que empujó dos veces y terminó bien profundo, llenándolo de abundante semen caliente.
—Mierda, qué buena puta que sos, te bancás todo… —susurró entre jadeos, dejándose caer encima de la espalda temblorosa del más joven.
El argentino besó su hombro, dejando un rastro de saliva, mordiendo el cuello y succionando la piel entre sus dientes, creando marcas rojas por la pálida tez. Aspiró el olor del menor bajo él, mientras Pablo se recuperaba del orgasmo potente que acababa de tener. Y eso que era el tercero en el día.
Coger con el mayor jamás era aburrido ni monótono: probaban cosas nuevas, excepto la parte en la que Pablo, en todo momento, iba abajo, porque Leandro tendía a dominar siempre; aunque no lo intentara. Incluso si Gavi probaba tomar la iniciativa, sabía que el morocho en algún momento, terminaría por darlo vuelta contra alguna superficie para sodomizarlo a su gusto. No se quejaba, era innato de la personalidad de su novio y parte de su carácter sexual. Además, él era sumiso por naturaleza, por eso ambos funcionaban tan bien.
Aunque a veces pensaba si no era un poco perezoso de su parte; sólo recibía el placer sin hacer nada más. Y mucho no podía hacer; quejarse no era opción, porque usualmente tenía la boca cubierta, separar las manos imposible porque se las ataba, moverse menos porque el peso del más grande lo aplastaba sin dejarle margen de movimiento.
Pero eso no quitaba el hecho de que Gavi estaba maravillado por la extensa experiencia que tenía el morocho, como si supiera bien dónde tocarlo, cuánto tiempo sobreestimularlo, lo suficiente para llevarlo al límite, pero nunca para lastimarlo realmente. Conocía mucho del tema, al punto de que con dos o tres palabras podía ponerlo duro y mojarlo en cuestión de segundos.
En el fondo sentía un poco de envidia sana, Leandro sabía tanto y él nada en comparación. Se justificaba diciendo que era por la diferencia de edad: su novio había podido experimentar más y probar muchas cosas antes. El argentino había tenido un extenso historial de parejas desde muy joven, él nunca iba a alcanzarlo en cantidad ni mucho menos en vivencias. Empezando porque Leandro era un tío guapo y encantador: encaraba sin miedo, mascando chicle y mirándote a los ojos sin parecer tener vergüenza alguna, mientras Gavi… era más retraído y callado. Apartaba la mirada, y sonreía con cierta timidez.
Pero eso no importaba, Pablo era bueno haciendo mamadas, siguiendo órdenes, regalando placer y complaciendo en la cama. Leandro amaba eso de él, el resto no importaba.
Pablo cerró los ojos sintiendo el semen caliente queriendo salir de adentro suyo, frunciendo el ceño con molestia. Estaban intentando recuperar el aliento, agitados. Leandro le dio un cachetazo más suave en el culo, antes de retirarse por completo.
—Te dejé toda la mano marcada, mejor busco crema o algo si querés sentarte —se rió el mayor, yendo al baño por el pomo para roturas anales. Él le llamaba la milagrosa “Repara ojetes”.
—Joder… —se pasó la lengua por el labio superior, arrugando la cara por el latir de la zona caliente.
—Limpiate, no seas pajero Pablo —gritó Paredes desde el baño.
—Tráeme una toalla —pidió con la voz ronca por la polla que se había comido hace 15 minutos—. Porfa.
—Qué mandón sos —contestó mojando una toalla, y escurriéndola.
Pablo se quedó un ratito más en el sofá, todo doblado y culiado. Le temblaban las piernas cuando sintió el esperma caerle por los muslos, mientras la piel le ardía por los azotes, casi a carne viva. Sintió la mano de Leandro poniéndole el ungüento en la cola, y suspiró de alivio por la frescura; luego él lo limpió rápido y suave, con cuidado. Rato después pudo levantarse solo, y caminar al baño con precaución.
—Me dejaste todo marcado, cabrón —se quejó Gavi cuando ya pudo caminar mejor, y verse al espejo.
—No me pienso disculpar ni ahí. Es más, si te seguís quejando te vuelvo a agarrar y no jodo.
El español tenía moretones en todos lados, en las caderas, chupones en el cuello enormes, y una palma entera marcada en la nalga derecha. Igualmente sonrió de lado, formando pliegues en su mejilla, absorbido por la imagen de su cuerpo marcado.
Estos eran los resultados de salir con alguien que le gustaba el sexo rudo, y él era totalmente culpable por disfrutar cuando lo rompían así, llenándolo y partiéndolo al medio.
El sonido de la ducha se empezó a escuchar a lo lejos, mientras Paredes limpiaba y arreglaba el living.
—Estoy impresentable, de verdad —comentó mientras el agua le recorría el cuerpo y se limpiaba bien semen, saliva y sudor.
—No te quejés, si tu vieja no te va a ver así, boludo.
Salían hace más de un año, y todavía no había tenido el valor de presentárselo a sus padres, porque en el fondo sospechaba que la idea no les iba a gustar para nada. Y entendía por qué: su novio le llevaba unos 10 años de diferencia, tenía un departamento propio, una vida medianamente resuelta, entre otras cosas. Él era un simple estudiante que jugaba a la Play con futuro incierto.
Pero a Gavi eso le daba igual. Lo amaba tanto que era capaz de pelearse con su hermana y madre por él cuando llegara el momento de presentárselo, si era necesario. Siempre defendería a su novio sin duda. No importaban las circunstancias.
Eso hacían los buenos novios, ¿no?
—Me voy a lo de Pedri —comentó saliendo del baño ya vestido, secándose el cabello con una toalla, yendo al comedor principal. La crema en el culo ayudaba, pero igual escocía.
—¿A qué? —el mayor ya estaba sentado en la mesa de la cocina, tomando mate y comiendo budín de naranja.
—A estudiar, te dije que tenemos exámenes.
—No tengo problema en que estudien acá, eh. Vengan cuando quieran.
—Ni de coña, te me tiras encima siempre. Así no se puede. E incomodas a Pedri.
—Tampoco la boludés, che.
—Nah, en serio. No hace falta, además la casa de Pedri tiene calefacción, ¿sabes? Hace un frío de mierda afuera.
—Ah, disculpá señorito inglés, no sabía que estabas acostumbrado a tantos lujos —dejó el mate haciendo un gesto con la mano echándolo, en tono burlón—. Andate, entonces. Desagradecido.
Gavi se rio, porque, en teoría era cierto. Provenía de una buena familia, algo acomodada. Así que, sí, tenía razón.
—Igual lo vienen a arreglar pasado mañana, tranqui —mordió el budín de naranja y tragó chupando el mate.
—Lo que digas, tonto.
—¿Te llevo? No podés caminar —saltó de la silla y se abalanzó a besarle la mejilla y el cuello, jugando con él.
—No es tan lejos, tío —cerró un ojo, riendo ante la muestras de cariño de su pareja pesada.
—¿Te paso a buscar? Vas a venir de noche, ¿no?
—Vale, eso sí me vendría bien.
—Mandame mensajito cuando termines entonces.
—·—
El barrio era tranquilo, con edificios viejos y árboles pelados debido al frío. Las hojas se caían y hacían ruido al pisarlas mientras caminaba con las manos metidas dentro de su campera de cuello alto, cubriéndose media cara y escondiendo la nariz congelada. Una mochila colgaba de su hombro, con algunos apuntes mal escritos, más que nada por llevar algo.
Sopló un poco de aire, viendo el humo saliendo de sus labios. Hizo eso para luego meter rápidamente la boca nuevamente dentro de la ropa, joder.
Enero no solo era el mes más frío, sino que las ganas de estudiar para los parciales eran especialmente nulas en esas épocas. El cuerpo todavía le palpitaba un poco por el sexo reciente, aunque era de esos dolores agradables. Igualmente sonrió recordando a Leandro.
Cuando llegó, pegó un grito fuerte asustando al vecindario entero. Podría haber golpeado la puerta como haría una persona civilizada, pero estaba más cerca de tocar el timbre con la nariz que de lo otro; cualquier cosa antes que sacar las manos congeladas de su chaqueta.
Pedri abrió rápido, con el cabello algo mojado y las mejillas rojizas por a ducha caliente de recién. Tenía un suéter amplio y unos pantalones holgados, bien de entrecasa. Se arrastraba en unas pantuflas con medias gruesas, el pésimo estilo persistía siempre, no importaba la ocasión.
Gavi sin saludar, se metió adentro como un rayo, sintiendo la calefacción curándole hasta el alma, que si verdaderamente existiera, aseguraría que estaba totalmente escarchada.
—Pues hola, supongo —el mayor cerró la puerta rápido. Un segundo de brisa gélida le bastó para sentir como una cuchilla se le clavaba en la mejilla.
—Joder, qué bien se está aquí —murmuró Pablo tiritando un poco, aclimatándose a la nueva temperatura, frotándose los brazos.
—Ta congelao, hermano.
—¿Tu madre?
—No está en casa, salió.
Gavi no tardó nada en entrar en calor, se calentaba rápido, por suerte. Estaba seguro de que por esa razón no murió aquellos días visitando el departamento de Paredes sin un puto calentador.
—Ahora te traigo un café, que justo estaba preparando la merienda —entró a la cocina poniendo las cosas en una bandeja sin esperar respuesta. Conocía tanto a su amigo, que sabía de calle que iba a querer tomar algo calientito.
Pablo se tiró en el sofá de la sala, gimiendo por el dolor. Dio un salto cuando la zona donde Leandro azotó le ardió otra vez. Se removió incómodo hasta encontrar una posición agradable para su culo.
En ese momento, Pedro apareció con una bandeja que tenía tazas de café calientes; las dejó en la mesa y se restregó las manos.
—Mi madre hizo galletas temprano y las he calentado, no he quemado nada —dijo el mayor sentándose al lado de su amigo—. ¿Estás bien?
El rostro de Gavi por lo general era relajado, pero ahora tenía la cara fruncida y molesta. A Pedri le parecía divertido verlo enojado, masticando una galletita con chips de chocolate.
—Sí, sí.
—¿Te has venido caminando? Tú estás loco, hermano.
—Estaba con Lean, son unas ¿10, 15 cuadras?
—Ya veo —soltó rápido, sacando sus cosas de estudio: unos libros y algunos apuntes. Preguntó cambiando de tema—. ¿A qué le damos hoy?
—No sé tío, a mi en contabilidad me está yendo fatal. No entiendo una mierda —apoyó los labios en el café caliente y cerró los ojos bebiendo un sorbo—. Y el exámen es mañana.
—Yo tampoco, que no entiendo nada —admitió Pedri, que en teoría era al que mejor le iba de los dos.
Ambos estudiaban administración de empresas en una universidad de Barcelona, la madre de Gavi manejaba un resort y esperaba que Pablo en un futuro se hiciera cargo del negocio; y Pedri por otro lado, más modesto y humilde, quería poner un restaurante propio con su hermano, en algún lugar de Las Islas Canarias, de donde venía. Todo en honor a la peña de su padre.
Entre los dos no hacían una sola neurona funcional, pero de alguna manera se las arreglaban para aprobar cada exámen sin tener una puta idea de lo que hacían. Pedri sacó sus apuntes, y le mostró ejercicios, mientras Pablo repasaba en voz alta la parte teórica, como si entendiera lo que estaba leyendo.
Hacían como que el tema se esclarecía, pero en el fondo solo se frustraban por no agarrar una. Tenían muchas cosas en común, y odiar contabilidad era una de ellas.
Gavi se tomó de un sopetón el resto de café humeante, sintiendo más calor. Estaba algo encabronado consigo mismo por ser un poco imbécil con el estudio. En ese instante se abrió la chaqueta, quitándosela en un movimiento rápido, y la tiró al costado del sofá. A veces le daban ataques repentinos de calor, y se desnudaba hasta sentir frío y abrigarse de nuevo.
Se inclinó dejando unas hojas en la mesa, y olvidó que, por toda su tez expuesta, tenía floreciendo muchísimos chupones que iban desde el cuello descubierto, pasaban por las clavículas que se asomaban bajo el inicio de la camiseta, y terminaban en el pecho tapado. Eran mordiscos notorios para nada disimulables, más aún en la prenda blanca.
Pedri vio de reojo al castaño, y clavó su mirada en los chupetones, que parecían dibujar un camino de hematomas que desaparecían dentro de la camiseta. Parpadeó, y desvió la mirada rápidamente sin decir una sola palabra.
Pablo notó el gesto en seguida, y sintió un calor raro en el estómago, dándose cuenta de que su amigo le estaba mirando las marcas en su piel pálida.
Mierda. El silencio fue incómodo de cojones, y Pedri era tan malo disimulando, que, aunque llevaban años siendo amigos, estas cosas… bueno, simplemente no estaba acostumbrado a hablar sobre estas cosas con él.
No era el tipo de amigo con el cual charlaba abiertamente de sexo, ni siquiera recordaba haber tocado ese tipo de temas con él antes. Para eso tenía otros amigos, como Lamine, Fermín o incluso Pau. Pero con Pedri era distinto, y eso que era su mejor amigo de todo el grupo, a quien conocía desde hacía muchos años, más tiempo que al resto.
El sevillano se cubrió inconscientemente el cuello con una mano, mordiendo la lapicera entre sus dientes, sin decir nada.
—Bueno, voy a buscar un libro importantísimo que quedó en mi habitación, ya vengo —dijo levantándose y subiendo las escaleras con rapidez, desapareciendo de la nada.
Volvió al rato con un libro, y lo tiró sin importancia en la mesa. Al parecer no era tan importante, pensó Pablo.
—¿Ya entendiste lo último de Costos?
—Hostia tío, que no entiendo nada —respondió Gavi de mala manera sin saber por qué.
—Bueno, pues seguimos con otro tema y ya está —dijo el anfitrión, abriendo otro libro en una página al azar.
Pablo se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos. El canario evitaba su mirada, y se había apartado un poco más, casi atrincherado a la punta del sofá, jugando nerviosamente con el bolígrafo entre los dedos. Su actitud exagerada empezaba a cansarlo.
—Oye ya está, para —soltó Pablo algo molesto, un poco serio—. ¿Por qué te has puesto tan raro?
—¿De qué hablas hombre? —levantó la mirada de los apuntes, algo sorprendido—. No estoy raro.
—A mi no me jodas, desde que me viste el cuello te has puesto incómodo, no me mientas.
Pedri bajó la mirada, hizo contacto con los ojos avellanas de Gavi antes de volver a observar los chupones, y apartar la mirada como si quemara. Sus mejillas ardieron levemente.
—No es para tanto, solo que son bastante grandes y los vi.
El sevillano se pasó la lengua por el labio superior, levantando la mano para tocarse el cuello. Rozó su propia piel caliente, acariciando las magulladuras recientes que ahora decoraban su tez de manera obscena. Su polla se sacudió imperceptiblemente al recordar las palmas del argentino sobre su cuerpo, abriéndolo, acariciándolo, marcándolo y besándolo.
—Fue Leandro, siempre se pasa y me deja marca —dijo directo sin disfrazarlo.
—Ah, ya veo —susurró Pedri sin saber bien qué contestar.
—¿Qué? ¿Nunca has visto un chupón en tu vida? —preguntó el castaño, intentando hacer el ambiente más ameno, con una suave sonrisa burlona. Aunque en el fondo le cabreaba—. No te hagas, que seguro tú también has hecho algo así, que no es nada de otro mundo.
Gavi lo miró esperando alguna risa, una respuesta irónica, algún comentario divertido de esos que Pedri se soltaba sin contexto, cosa que lo hacía único y particularmente el más gracioso del grupo de amigos. Pero nada de eso llegó, solo silencio.
—Pues, yo no hago esas cosas.
—Claro que sí, tío. Yo voy y me lo creo.
Pedri se encogió de hombros, sacando el labio inferior en un puchero suave.
—No sabía que eras tan puritano, joder —Gavi manoteó con violencia una pila de hojas sobre la mesita.
—Que no lo soy, ¿tú eres tonto?
—Es solo follar, lo normal, tú también lo has hecho, ¿no? —comentó como si fuera una obviedad.
Pedri se paralizó un segundo; miró sus apuntes, apretando la hoja entre sus dedos releyendo nada en particular, sin contestar. Se quedó completamente mudo.
—¿Pedri?
El canario apartó la mirada hacia la ventana, con las mejillas rojas, y las orejas ardiendo. Sacó el labio inferior hacia afuera, antes de contestar algo, moviendo nerviosamente la pierna, se rascó la nuca evidentemente incómodo.
—Pues… ¿no?
—¿Qué? —Pablo giró la cabeza rápido, completamente anonadado. Casi se le resbala la taza de café de la mano.
—Que no, hombre. Nunca.
Se quedó mirándolo unos segundos, como si no pudiera creer para nada la revelación de la boca del mayor. No había forma de que Pedri, con casi 25 años, fuera virgen. No había chance.
—¿Nunca? —repitió más bajito—. ¿Ni siquiera…?
Pedri resopló, encorvándose de hombros, rascándose la cabeza. Sentía vergüenza del tema, pero intentó disimularlo, ya era un tipo grande para que estas cosas le dieran pena.
—Bueno, pues he besado a gente, eso sí.
Gavi casi tosió fuerte, no podía creérselo. Pedri era virgen, en plan. Realmente virgen.
—¿Pero no tuviste novia?
—Sí, pero que no se ha dado.
Pablo tragó saliva confundido. Por un momento pensó que lo estaba jodiendo, porque era demasiado absurdo y Pedri vivía haciendo pullas tontas. Su propia piel latía bajo la ropa que llevaba, por las marcas que Leandro le había dejado horas atrás, mientras que a la vez su mejor amigo jamás había sido tocado por nadie.
—Me estás vacilando, pringao.
Era tan ajeno a la situación sexual de su mejor amigo que jamás se le había cruzado por la cabeza la idea de que no hubiera tenido contacto físico con nadie. Se le hacía imposible, Pedri ligaba, incluso Ferran le presentó a su novia Alejandra. Bueno, ahora era su ex novia, pero habían salido bastante tiempo como para que no pasara nada.
Igualmente, Pablo pensó que debió haberlo sospechado cuando iban a discotecas juntos, y el canario se quedaba jugando jueguitos en el celular con dos mujeres al lado a las que ni miraba. Pero, nunca lo había analizado tanto, porque Pedri era Pedri. Ahora todo tenía sentido.
—No.
—¿Hablas en serio?
El mayor asintió otra vez, escribiendo algo lentamente en las hojas, avergonzado.
—No lo sabía, jamás me lo has contado.
—Pues ahora lo sabes —respondió—. Puedes reírte si quieres, no es algo que me quite el sueño.
—No iba a reirme.
Pedri empezó a mover la pierna, la rodilla y el talón; gesto que hacía cuando la ansiedad le ganaba un poco la batalla.
—¿Nunca hiciste nada con Alejandra? Se os veía muy… juntos.
—Hemos intentao’, pero nunca pasábamos de los besos. Que yo no tengo experiencia, y me sabe mal, supongo —se confesó en un susurro suave.
Gavi se pasó los dedos de la mano por el cabello, tirándoselo hacia atrás. Iba a intentar evadir el tema, hasta que el mayor volvió a hablar, suave, casi en un susurro avergonzado.
—Creo… que me da cosa quedar como un tonto.
Pablo sintió una electricidad recorrerle el cuerpo, que decantó en un calor apretado en el vientre, que palpitó. Conocía bien esa sensación, estaba muy familiarizado.
Mierda.
—No hagas esa cara fea, no es para tanto, hermano. No me lo pienso tanto, qué va —dijo Pedri sacudiendo su cabello negro.
Pablo se pasó la lengua por el labio superior, es cierto. ¿Por qué estaba haciendo tanto espamento? Pedri era virgen y listo, tampoco le confesó que había matado a alguien. Pero en su cabeza la declaración le daba vueltas sin parar.
Usualmente su modus operandi, incluso para el estudio era el siguiente: recibía información, le daba una vuelta por la cabeza y luego lo olvidaba. Sin embargo, esta vez, no podía apartar el pensamiento ni expulsarlo de su mente.
Gavi observó a su amigo, que le evitaba la mirada, fingiendo que leía sus apuntes. Pero era claro que su mente divagaba en otra cosa: se mordía el labio, parpadeaba seguido. Su manzana de adán se movía por tragar saliva seca, el rubor en las mejillas era más notorio; por alguna razón no podía dejar de mirarlo. De la nada, le parecía muy interesante. Como cuando alguien encuentra un espécimen extraño.
—¿Y… no te da curiosidad? ¿Nunca te ha dado? —preguntó intentando sonar casual, como un mejor amigo indagando en temas normales.
—A veces, creo yo —murmuró casi titubeando.
—Y para no tener, se siente bien.
—Eso porque tú tienes novio y experiencia, es fácil hablar cuando ya sabes cómo va todo.
—Puede ser —admitió—. Pero eso de la experiencia da igual.
—Pues, a mí me da igual —dijo el canario con una expresión rara, intentaba sonreír pero se notaba que le molestaba.
Pablo levantó la mano para continuar, pero la bajó de inmediato cuando no tuvo qué responder. Atinó a soltar una risa con los dientes entrecerrados. Su cabeza estaba maquinando estupideces, por razones que no entendía. No tenía un puto sentido.
—Bueno, si pasa me puedes contar, soy tu amigo. O te puedo dar consejos.
—¿Me estás ofreciendo clases o qué? —se rió Pedri relajadamente, comiendo una galleta y bebiendo el resto del café, que ya estaba frío—. No te creas tanto, eh.
El sevillano abrió los ojos, enderezando su postura. Por primera vez en el día, la figura de Leandro no apareció en ningún momento por su cabeza.
Ahora pensaba en la escasa distancia que lo separaba de Pedri, y que sería tan fácil acercarse para tocarlo.
Basta. Debía cortarlo aquí, ya.
—Pues volvamos al lío, que si desapruebo otra vez, no voy a vivir para cuando me cuentes si por fin logras follar —soltó pasando la lengua por su labio superior.
Y funcionó, volvieron a estudiar sin mucho problema; el mayor se soltó más, leyendo y mostrándole los ejercicios resueltos, haciendo como si la conversación de antes no hubiera pasado. Más bien, como si Gavi no hubiera reaccionado como un gilipollas inmaduro.
Se rieron, hablaron de una serie, e incluso se tiraron cojines del sofá riendo. El dueño de la casa hizo más café en un break, como si nada hubiera pasado, una conversación truncada por el bien de los dos.
Mientras lo acompañaba en la cocina, veía la espalda de Pedri moverse haciendo las cosas lentamente, preparando todo con movimientos gentiles, suaves. Su amigo se movía despacio, algo encorvado, con la atención en lo que estaba haciendo, enfocado.
Ese chico era su mejor amigo, el más preciado que tenía, con total favoritismo ante los otros, sin ofenderlos. Pero era la verdad.
Le parecía injusto que no hubiera jamás sentido placer del sexo, ese tipo de placer.
Cuando anocheció, Pablo le mandó un mensaje a Leandro para que lo fuera a buscar. Y llegó rápido, porque no estaba lejos. Pedri lo acompañó hasta la puerta, despidiéndose.
—No se lo digas a los chicos, eh. Que no quiero a esos pesados molestándome por una tontería así.
—Lo juro, queda entre tú y yo, hermano.
—Te veo mañana entonce’.
El auto azul se estacionó en la vereda de enfrente, y Gavi cruzó la calle saludando a su amigo con la mano.
El corazón del español estaba acelerado, demasiado. No podía calmarlo, no entendía por qué estaba tan desbocado.
—¿Estudiaron algo? —preguntó Leandro, besándolo mientras le agarraba bruscamente la barbilla, para luego arrancar al departamento.
—Sí, bastante.
—Dejá de mentir, seguro se la pasaron pelotudeando ustedes.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque yo también tuve tu edad y estudié con amigos y lo que menos hacíamos era agarrar un libro, Pablo.
El español se rió, mirando por la ventana las luces y los edificios nocturnos, inclinando un poco el asiento hacia atrás, poniéndose cómodo. El auto de Leandro era muy cómodo.
—Pero yo no soy como tú, tío. Mañana apruebo seguro.
—Si desaprobás, te rompo el orto. Y si aprobás, te rompo el orto igual, ¿te parece?
El menor se volvió a reír, cerrando los ojos. Al menos ya no pensaba en la voz de Pedri diciendo que no había estado con nadie, o en el nerviosismo que mostró en su cuerpo al confesarlo. Fue la sorpresa del momento, al final del día no había nada que pudiera hacer para cambiar eso, ¿no?
Ya se le iba a pasar.
—·—
No se le pasó una mierda.
Al otro día rindieron el exámen temprano y Gavi estuvo más tiempo viendo a Pedri, que concentrado en lo que escribía en la hoja. El parcial duró como una hora y media.
Por suerte su amigo no se dio cuenta, agradecía que fuera tan despistado. O eso creía el sevillano.
Al final, ambos aprobaron, Pedri con buena nota y Pablo casi que no pasa. Merecido por idiota, en vez de calcular costos estaba más ocupado observando como su mejor amigo se pasaba la mano por el pelo negro, cómo se mordía el labio concentrado, o cómo borraba alguna cosa mal escrita. Gavi sentía una tensión en su pecho, que no debería sentir. Estaba consciente de eso.
—Vente en la semana y le damos a Macroeconomía —comentó el canario feliz por su nota—. Si quieres, claro.
—Vale.
Parecía hasta morboso no poder dejar de pensar en lo apuesto que se había vuelto Pedri desde que se enteró que nunca había estado con nadie. Quería darse la cabeza contra la pared, ¿desde cuando se volvió así de imbécil? Tanta polla diaria de Leandro, y los golpes que le proporcionaba el mayor durante el sexo lo estaban dejando más gilipollas que nunca.
Ellos dos se conocían muy bien, y en todo ese tiempo a Pablo ni una sola vez se le había cruzado por la cabeza la idea de pensar que su amigo era atractivo. Siempre fue pura amistad, los dos eran casi como hermanos. Tal vez eso hacía que sus pensamientos se sintieran más indecentes.
Qué. cojones. Le pasaba.
No tenía una respuesta, y eso le generaba ansiedad. Desde que su amigo le había hecho esa confesión, como si fuera algo de otro mundo, (que no lo era) no podía dejar de repetirlo en su cabeza. Y fue controlable hasta que empezó a imaginar situaciones físicas y vívidas: Pedro sin saber qué hacer, con manos temblorosas, labios titubeantes. Siendo totalmente sumiso, dejándose guiar, jadeando avergonzadamente…
Gavi podría hacer con Pedri, lo que Leandro hacía con él.
La idea se instaló rápidamente en su cabeza como ningún capricho antes, la chispa de curiosidad empezó a crecer y a crecer sin parar: podría ayudarlo, podría enseñarle, podría decirle qué hacer, dónde tocarlo, dónde tocarse. Y su amigo le haría caso, porque siempre fue un buen aprendiz.
Era absurdo, incoherente y hasta un poco lamentable. No solo porque Pedri era esa persona que estuvo en sus malos momentos, quién le daba un abrazo cuando lo necesitaba, lo hacía reír y regañaba si la cagaba. Incluso fue quien lo consoló cuando las cosas se pusieron complicadas con su novio al principio, era un tema aparte. Todo eso había quedado en segundo plano.
Lo importante ahora era que pensar tanto en Pedri, lo había hecho olvidarse de que Leandro era su pareja. Le parecía injusto tener ideas inapropiadas con su amigo, cuando seguía disfrutando de la polla de su novio, ¿no?
Debía sacarse ese pensamiento de mierda y expulsarlo de su cerebro antes de que la chispa en su pecho creciera y se hiciera tan grande que no pudiera apagarla.
Mientras regresaba directo de la universidad al departamento de Leandro con buenas noticias, su rostro mostraba más confusión que otra cosa. Apretó entre sus dedos la correa de la mochila cuando entró al piso. Dejó las llaves, y se dirigió a la nevera a buscar una birra fría, abriéndola.
Ahora que lo pensaba, jamás había conocido a alguien que supiera menos de sexo que él, así que seguro la obsesión iba por ahí.
Porque, con todo este rollo se replanteó un poco su situación. No cabía en su cabeza la posibilidad de disfrutar de estar a la completa merced de alguien, como con su novio, y en simultáneo desear ser quien dé las órdenes sobre qué hacer.
Porque al tener más experiencia claro que sabría qué hacer en una hipotética situación.
—¿Cómo te fue? —dijo Leandro mirando algo del trabajo en su celular, apoyado en la mesada.
—Aprobé —comentó bebiendo la cerveza fría, hidratándose.
—Uh, ¿posta? Decíselo a tu cara entonces —el argentino guardó el celular acercándose para felicitarlo.
—Es que fue raspando.
—Pero aprobaste igual —murmuró acercándolo y bajándole el cierre de la campera con una mano observando las marcas notorias en la piel.
El argentino lo besó sin darle pie a quejas, pasando la mano por la cintura estrecha. Lo atrajo hacia su pecho, y lo besó con brusquedad, sosteniéndole la nuca con fuerza para que no pudiera escapar de él. Luego lo giró, pegándolo contra el frío metal de la heladera nueva. Le pasó la lengua por los chupones, y mordió suavemente donde tenía las marcas, sin ganas de romperle la piel.
—¿Qué haces…?
—Y, te voy a dar una recompensa por aprobar —murmuró contra su piel magullada.
—Eres un pelotudo —lo imitó mal, con una sonrisa, mordiéndose el labio de abajo.
—Se dice sos, no eres —jadeó metiendo la mano grande dentro del pantalón, y le apretó la extensión.
Gavi se encontraba algo cansado, pero, cuando Leandro lo tocaba así, no le quedaba otra que entregarse en bandeja. Sabía dónde acariciarlo, como si fuera un aparato con botones: su novio sabía cuáles apretar para ponerlo cachondo.
Al final del día, una buena follada de su novio era lo único que necesitaba para dejar de pensar tonterías, santo remedio.
—Estás re tenso boludo —dijo el argentino, frotándose en el culo del menor.
—El estrés de estudiar, no he pegado un ojo.
—Ah bueno, me hubieras dicho. Yo te saco el estrés.
Mientras le mordía la oreja y tironeaba del cartílago, sintió los dedos callosos masturbarlo para excitarlo. Toda la brutalidad del momento y las bruscas caricias estaba logrando ponerlo duro, de verdad. Con la otra mano le bajó los pantalones de un tirón hasta los muslos, y el frío le pegó de golpe en las piernas. Dejó la cerveza donde pudo, antes de derramarla en el suelo.
Todavía no habían arreglado el calentador y Pablo se cagaba de frío en ese departamento de mierda.
—Te voy a coger hasta que se te olvide cualquier cosa que estudiaste —afirmó el más alto detrás de él.
Eso no era muy difícil, con lo malo que era estudiando, pensó Gavi.
Deslizó la mano por la espalda cubierta de Gavi; últimamente garchaban con ropa porque hacía un frío de re cagarse. Además, por lo general, tenían tantas ganas que no se llegaban a desvestir por completo.
Estrujó entre sus manos una nalga formada y pálida, precisamente la que no estaba toda marcada con su mano. Lo abrió, lamiendo sus dedos para metérselos entre las nalgas, frotando el agujero toscamente.
—Lean… ah…
—Abrí más las piernas.
Pablo las abrió incómodo por el pantalón, sintiendo los dedos entrar dentro sin mucha previa, estirándolo como una mera cortesía. Sabía que si Leandro quisiera, podría metérsela sin preparación previa y él lo amaría igual aunque después no pudiera ni caminar.
El sevillano jadeó contra la heladera, sintiendo el frío en su mejilla, temblando. Otra mano recorrió su abdomen, y subió por su pecho, tironeando un pezón entre los dedos, girándolo y presionándolo.
—¿Te das cuenta de cómo te abrís cada vez que te toco? Sos una puta bien entrenada, eh.
Pablo asintió, porque era verdad. Y le encantaba serlo.
Algo que le gustaba de Leandro, era su lenguaje soez y sucio mientras tenían sexo. El acento junto con las palabras que usaba lo calentaban mucho, y su novio lo sabía. Por eso siempre le hablaba al oído mientras lo degradaba. No había nada que pudiera ponerlo tan duro como sus frases de “Sos mi putita” o “Me encanta romperte el orto”.
Gavi no pudo pensar en nada más cuando sintió la punta gorda del miembro rozando su entrada, resbalándose queriendo introducirse. Señaló la mesada de la cocina, o la encimera de mármol. No quería tirar a la mierda la heladera, al menos no por follar encima.
Paredes entendió la seña, y lo tomó por la cintura llevándolo sobre la mesada, inclinándolo ahí, quedando doblado. Le apoyó el pecho sobre la dureza del material. Le levantó el suéter, y el español sintió sus pezones rozar contra el mármol muy frío. Se aferró al mueble, cerrando los ojos.
—¡Joder! —jadeó cuando Leandro logró meter la cabeza dentro de él, deslizándose hasta el fondo, empujando de una.
Las manos calientes del argentino subieron por su cintura, levantando un poco hacia arriba la tela de su buzo. Leandro clavó la mirada en la espalda marcada y suave, con los músculos tensionados.
—Mierda, ahh —gritó cuando el mayor salió de dentro de él y volvió a metérsela, sin dejar que se acostumbre a su tamaño.
Leandro la sacó un poco, sin quitarla del todo para escupir su propia longitud, intentando mojar su pene y que entre más fácil.
—Métela de nuevo, ya, joder…
—Qué puta desesperada que sos —sonrió inclinándose para besarle la nuca.
—Sí, sí. Muévete.
El argentino lo tomó con ambas manos de las caderas, y por fin, para la felicidad de Gavi, empezó a embestirlo con brusquedad; sin embargo terminó saliéndose un momento para escupirse la punta de sus dedos, impregnándolos bien de saliva para frotarlo por el glande porque aún sentía que costaba la fricción.
El agujero del sevillano de contraía, esperando ser llenado. Y Leandro era débil por lo entregado que era el menor cuando estaba excitado y desesperado por su pija.
En general, Leandro era débil por Pablo.
Volvió a meterse con fuerza, mirando la nuca castaña rosada por el esfuerzo, tentado en morderla y apretarla. Pero se concentró en penetrarlo con rudeza, hasta que el chasquido de las pieles era lo único que se escuchaba en la cocina, mezclado con los lloriqueos del español sobre la mesada.
Gavi sentía como cada embestida le sacaba el aire de los pulmones, no entendía la naturalidad que tenía su novio para encontrar tan rápido en su próstata, fuera la posición que fuera, con poca preparación, de manera tan tosca, con casi toda la ropa puesta… y podría seguir divagando gilipolleces.
Fermín le había dicho una vez, antes de conocer a Leandro, que los argentinos y los brasileros follaban bien (él lo sabía por experiencia), y cuánta razón tenía.
Ninguna otra persona lo había sacudido así de bestia, sucio y animal. Agradecía haber correspondido esa noche de ligue del más alto en el pub. Si no lo hacía, se hubiera arrepentido toda su vida por perderse esto.
—Ahh, ahí, sí, ¡ah!
En general, su novio le recordaba por qué se dejaba usar así.
Tironeó el cabello castaño, escuchando el gemido largo y agudo rebotando en la cocina. Cada vez que la cadera del argentino le golpeaba el culo por la embestida, su pecho aplastado en el mármol, rozaba sus pezones erectos; sentía cómo raspaban contra la mesa de manera incómoda pero a la vez placentera; su cuerpo receptivo se encontraba demasiado sensible.
—Me encanta cuando estás así de puta, ¿la putita de quién sos?
—Tuya… ah, tuya.
—Decilo más fuerte.
—¡Tuya! Ah, ¡joder! Lean… —la presión dentro de él era tanta, que no podía formular oraciones coherentes.
Paredes aceleró los movimientos, bajando la mano para apretarle la base de la polla y que no se corriera tan rápido sin dejar de penetrarlo. Pablo temblaba, y Leandro sabía lo mucho que le gustaba cuando lo trataba mal, lo denigraba y lo resumía en básicamente un agujero para coger cuando quisiera, obediente y sumiso que sólo existía para su pija.
Incluso si lo intentó con todas sus fuerzas, Pablo muy estimulado, se corrió manchando la mesada y el suelo, con las rodillas temblando y los muslos palpitando por el orgasmo.
El argentino lo siguió dándole sin parar, jadeando contra su cuello, hasta que al sentir el ojete apretarlo a cada rato como en pulsaciones, acabó dentro, llenándolo.
—Siempre acabás rápido cuando te trato de putita, boludo.
Pablo tenía la frente pegada a la mesa y desplegó una sonrisa agotada.
Los párpados de Gavi se cerraron sobre la mesada, sintiendo la respiración caliente en su nuca, el pecho del otro sobre su espalda, y sus pezones presionados contra el frío de la mesa.
—Vamos a pegarnos una ducha, dale —lo agarró de la cintura, llevándolo hasta el baño.
Ambos se metieron en el baño, y Leandro lo acarició un rato, besándole los hombros, el cuello y los omóplatos mientras el agua caía sobre ellos. Pablo cerró los ojos y se dejó acariciar, disfrutando del momento tranquilo.
Al menos, por un rato, Gavi se olvidó de cualquier pensamiento de mierda. Sólo podía sentir el cuerpo amplio y ancho que lo envolvía por detrás, los brazos fuertes que lo abrazaban, el calor familiar de su novio y el vapor del agua hirviendo que los envolvía.
Pablo apoyó la cabeza en el hombro contrario, y por un instante, lo demás le dejó de importar.
—·—
Gavi volvió a la casa de Pedri días después, como habían acordado. Tenían que estudiar Macroeconomía, pero en esa materia no le iba tan mal como en otras. Así que estaba relajado.
El más joven se dio cuenta enseguida, o más bien intuyó, que algo raro le pasaba a Pedri cuando llegó a la casa. No es que el morocho se hubiera comportado diferente, pero eran mejores amigos. Pablo se daba cuenta hasta del pequeño detalle anormal en el otro, aunque lo intentara ocultar.
—¿Te… parece ir a mi habitación? Mi madre puede venir y pues, no quiero molestarla —comentó el canario juntando las cosas del living con sus típicos movimientos letárgicos. Era casi como si no quisiera realmente ir.
Pablo lo siguió por las escaleras hasta la pieza en el segundo piso, que al entrar, seguía como siempre, algo desordenada pero cómoda. Una habitación algo infantil, pero que le gustaba: con posters del Barça, trofeos de fútbol de cuando era niño, medallas de la secundaria, póster de películas y videojuegos. Similar a la habitación de su casa en Sevilla.
Esta vez sí estudiaron más que la reunión pasada, releyendo y comentando los apuntes, como dos compañeros normales.
Excepto que Gavi no dejaba de mirar las piernas en movimiento de Pedri, cómo se pasaba la mano por la nuca cuando leía algo, el rostro fruncido murmurando palabras sin sentido. Sus ojos se veían cansados, como siempre, pero eso lo hacía más adorable.
En un momento, decidieron hacer una pausa para mirar un partido de la tarde, comiendo unos snacks, tomando el jugo que trajo el mayor de la cocina. Y ahí fue cuando vino el problema, en ese descanso.
Ambos se encontraban callados, sentados sobre la cama uno al lado del otro frente a la televisión, comiendo sin hablar. El silencio era incómodo y esa era la cuestión: ellos jamás habían tenido un solo silencio incómodo desde que se hicieron amigos.
Pedri, que claramente notó la atmósfera pesada entre los dos, le subió el volumen al televisor con el partido de fútbol de fondo, mirando cada tanto lo que pasaba en la pantalla, sin realmente prestarle atención.
Todo podría haber seguido así, pero Pablo era de no soportar estas situaciones, así que interrumpió la falsa paz montada entre ellos.
Se inclinó y apagó la televisión con el control, cruzando los brazos en su pecho.
—¿Qué haces? —murmuró el morocho levantando una ceja.
—No estamos viendo nada, joder —comentó el castaño—. Y lo sabes.
Pedri se sobresaltó un poco por la respuesta tosca, como si alguna de sus actitudes hubiera molestado a Pablo. No le sorprendía, el menor era fácil de hacer enojar. Soltó un resoplido, dejando el vaso con jugo en una mesa al costado de la cama.
—Que yo sí estaba mirando, hombre.
—Mentira, no prestabas atención, ¿qué cojones te pasa?
—Que no me pasa nada, de verdad.
—Sí, pasa. Tú nunca te quedas callado tanto tiempo cuando estamos solos —susurró el sevillano, pasando la lengua por su labio superior—. ¿Fue por lo de la otra vez? Dime.
El canario juntó sus manos frente a él, encorvándose un poco más, agitando la pierna pensando en qué responder.
—No lo sé, ¿sabes? Siento que me estás mirando raro desde que te conté eso —admitió el canario, recostándose.
Pablo sintió que le volvió el alma al cuerpo; como que el mayor hubiera sospechado de las cosas asquerosas que pensó en hacerle, moría allí mismo. Entonces sí se había dado cuenta de que no podía dejar de mirarlo, hostia puta.
—Que no te estoy mirando raro, cabrón. Me da igual, hombre. No te juzgaría por algo así.
—Entonces fue mi error, lo siento.
El castaño hizo silencio, y con la tele apagada todo empeoraba. Lo único que se escuchaba era a lo lejos, el tráfico de la calle, que por lo general era muy poco. Dirigió su mirada a la ventana, y luego a las rodillas de Pedri, bajó hacia las pantuflas que tenía mal puestas y el tobillo que se asomaba ahí.
—Bueno, espera, es verdad. Sí le he dado vueltas a lo que me dijiste la última vez —soltó mientras se rascaba la nuca, mirando al costado.
—¿No me crees? —se rió el canario, jugando con su dedo y la pantufla que colgaba de su pie—. ¿Tan raro soy?
Pablo pensó un rato cómo decirlo sin que sonara jodidamente extraño y patético, porque mierda, sí que sonaba demasiado raro.
—Solo me había pillado de sorpresa, tío. Pensaba que ya habías hecho algo, no lo sé.
Pedri juntó sus dedos, entrelazándolos sobre su regazo, jugando con sus pulgares.
—Quiero decir, llevamos años conociéndonos y no hemos tocado estos temas, creo que por eso —confesó el castaño.
Pedri bajó la mirada hacia sus propias manos, observando sus uñas.
—¿Crees que eso me hace raro? —insistió el canario, esperando una respuesta.
—No, no he dicho eso joder —se apresuró a aclarar—. Creo que me quedé pensando en cómo sería no haber experimentado nada.
Pedri se movió un poco en la cama, la incomodidad en vez de disminuir, aumentaba. Sabía que Pablo no buscaba hacerlo sentir mal y un rarito por no haber follado nunca, pero era justamente cómo lo estaba haciendo sentir al traer el tema otra vez.
—Lo que creo que es raro, es que llevamos años siendo mejores amigos y nunca hemos hablado de estas cosas, ni de sexo ni nada. Con Lamine o Fermín nos tiramos bromas y nos pinchamos todo el tiempo, pero contigo es como algo que no puedo hablar.
—Bueno, es que yo no soy de pinchar con ese tipo de bromas —contestó Pedri, frotándose un brazo.
—Lo sé, te conozco.
—¿Tú crees?
—Sí, sé que te da vergüenza hablar sobre follar. Pero no pasa nada, siempre puedo hablar sobre eso con Lamine, Fermín o con Cuba.
—Eh, eh, eh, no digas eso. Que no me da vergüenza, hermano, en serio.
—Claro, lo que digas.
—Que no, qué dices —Pedri podría ser un poco tímido a veces, pero odiaba que lo subestimaran—. Puedo hablar de eso sin problema.
—Bueno, aprovechando que tengo experiencia, pregúntame lo que quieras entonces —pinchó el castaño, con una sonrisa creída en el rostro.
El canario hundió los dedos en la cama, algo descolocado por lo que dijo su amigo.
—Vale, a ver… —el morocho buscó cualquier excusa para demostrar que el tema no le avergonzaba para nada—. ¿Cómo… fue tu primera vez?
—Fue con mi primera novia, Ana, ¿la recuerdas?
Pedri asintió recostado contra la pared.
—Fue… caótico, un desastre. Ella tomó la iniciativa porque yo estaba un poco nervioso, ¿sabes? tenía más experiencia que yo.
—Suena divertido, siempre has sido un pedazo de mimado.
—Que te den —se rió Gavi entre dientes, tirando la cabeza hacia atrás—. Yo tampoco fui experto en nada al principio, Lean me ha enseñado casi todo, la verdad. Y todavía me pone nervioso a veces, te lo digo yo.
Pablo al no recibir respuesta, giró su rostro al de Pedri, notando como se tensó dejando de mover sus manos.
El nombre de su novio que ahora había aparecido en la conversación, parecía un fantasma molesto flotando entre ellos. El canario se estiró y bebió un poco del zumo de naranja, relamiéndose los labios.
Gavi sintió su corazón palpitar emocionado. Ver a su amigo expuesto y evidentemente nervioso por el tema sexual, incluso si quería negarlo, le provocó una electricidad placentera. La misma que venía sintiendo días atrás pensando en él. La inseguridad de Pedri, la timidez, todo lo sacudía por dentro. Inconscientemente estaba acorralando al mayor en donde quería.
Pablo se acercó un poco más al canario, haciendo que sus rodillas vestidas se rozaran solo un poco.
Pedri sintió que el menor estaba algo cerca, que hasta podía oler el aroma a jabón del castaño mezclado con el shampoo y el perfume. Los ojos avellana lo miraban fijamente, al punto de hacerlo carraspear.
—Me dijiste que te daba cosa quedar como un tonto, ¿verdad? —recordó Pablo en lo poco que le comentó su amigo aquella vez.
—Sí, no lo he hablado con nadie pero… me da un poco de miedo cagarla —admitió colocando su mano sobre la boca, cubriéndosela.
—Nah. Es cuestión de seguridad, tío —afirmó Gavi, con una voz totalmente seria, estirando la mano para tocarle el brazo al otro—. Si estás con alguien que te dé confianza verás como todo sale natural, te lo firmo yo ahora.
Pedri no pensaría nada extraño de su amigo tocándole el brazo inocentemente, entonces, ¿por qué nuevamente sentía una cosa pesada entre ellos que lo presionaba? Tragó saliva, subiendo la mirada hacia los labios del sevillano. Su respiración se aceleró un poco.
—Tienes razón, quizá no encontré a nadie que me diera tanta confianza, me lo voy a pensar para la próxima, supongo. Gracias.
—Espera, ¿cuando besas lo analizas tanto? Que fatal debes hacerlo, tío.
—Pues no.
—¿Ves? El problema es que te lo piensas demasiado —susurró Gavi, sin apartar la mirada de esos ojos marrones enormes.
El sevillano bajó la palma que descansaba en el brazo de Pedri, deslizándola por el antebrazo, apoyándola sobre el dorso de la mano.
—Deberías ir más relajado, no pensar tanto las cosas —siguió, colocando su otra mano en la espalda, subiéndola hasta la nuca llena de cabello negro.
La respiración de Pedri, ya algo alterada de antes, se trabó en su garganta de la nada. Miró la mano de Gavi en su propia mano, y luego dirigió su mirada a los ojos avellana que estaban a centímetros.
Pablo se acercó un poco más cerca del rostro de Pedri, casi rozando sus narices. Sintió la piel del mayor arder bajo sus dedos.
—¿Pablo…? —susurró Pedri alterado, confundido, como si estuviera a punto de ver espirales con los ojos. Miró los labios entreabiertos y algo rotos de su amigo por la sequedad y el frío, sintiendo su pecho arder—. ¿Qué haces?
—Nada, te estoy aconsejando —contestó el otro sin dudar, sintiendo ese placer de poder de tener al otro bajo su total control—. Confías en mí, ¿no?
El morocho intentó tirar la cabeza hacia atrás, para apartarse un poco. Pero la mano de Gavi enredada en su nuca se lo impidió; el sevillano no lo apretaba, solo lo mantenía ahí.
—Dices que te da miedo cagarla —susurró Pablo cerca sus labios, sintiendo el aliento caliente y agitado de Pedri chocar contra su propio rostro—. Supongo que tienes que dejar que otra persona te guíe un poco, ¿no?
Pedri soltó un jadeo tembloroso, tragando nada, porque la saliva se le había trabado en la garganta y no bajaba. Agachó la cabeza sin soportar verlo por más tiempo porque se iba a hacer agua allí mismo. Movió la boca para contestar pero, el castaño aprovechó eso para acercarse.
Gavi llegó a su límite y no pudo esperar una palabra más; se acercó bajando la mano por el cuello, y rozó sus labios contra los de Pedri, por fin besándolo suavemente para no asustarlo. Cuando sintió que el mayor se tensó y luego se derritió bajo su tacto, relajándose, su vientre cosquilleó. Fue tan fácil.
Siguió explorando sus labios, atento a la respuesta de Pedri, que era algo lenta, ingenua y suave. Los labios de su mejor amigo se sentían gruesos sobre los suyos, pero tímidos. Sí, con Leandro se había besado millones de veces, siempre fue rudo y bruto, así que esto era nuevo, porque él llevaba el control, por ende en cierta parte se sentía nuevo. Colocó la mano en el muslo del canario, solo dejándola ahí, reposando.
Pedri cerró los ojos sin quejarse, ni hablar. Los dedos de Pablo acariciaban suavemente el cuero cabelludo, tranquilizándolo, acercándolo más hacia adelante.
El sevillano lamió el labio inferior, introduciendo de a poco la lengua, y el otro rendido por las caricias y las sensaciones, cedió relajando su boca suspirando suavemente, largando el aliento retenido en cuotas. Gavi contento aprovechó el suspiro para profundizar un poco el beso, introduciendo la lengua en la otra cavidad caliente, sintiendo el sabor de la menta y el jugo de naranja en su boca. Sabía tan dulce.
Los muslos de Pedri se apretaron un poco, mientras sus manos se enterraban en la ropa de sus pantalones holgados, justo sobre sus rodillas porque no sabía dónde cojones ponerlas. Notaba que se mareaba un poco, porque nunca se había sentido así, tan anhelante por un simple beso. Tanto que ni se paró a pensar en la circunstancia cuestionable: que su madre podría entrar y verlos, que Gavi era su mejor amigo, que esto estaba mal porque el otro tenía pareja…
—Relajáte —sonrió Gavi contra su boca, hablando sobre los labios al notar el nerviosismo—. Es solo un beso, hombre.
—Mmh.
Gavi notó cómo el mayor apretaba la tela de sus pantalones; agarró las manos en un movimiento rápido, y las colocó en su propia cadera para que no quedara tan tieso cual piedra.
El canario dubitativo, las apoyó suavemente en los costados, confundido. Pablo sonrió al sentir que el otro estaba bastante entregado a las caricias, y con la mano que había dejado en su pierna, comenzó a subir por su costado, metiéndose debajo del buzo, hasta tocar la piel caliente. Pedro soltó un quejido suave por los dedos fríos del sevillano directo sobre su torso.
—¿Ves? no era tan difícil, tío —murmuró el castaño entre besos.
Y en realidad Gavi estaba siendo hipócrita dando consejos de mierda, porque él mismo había pensado tanto esos días que su cerebro casi se fundió. Pero en algo tenía razón, sí; hacer las cosas al azar funcionaba: hizo esto sin pensar en consecuencias; había besado a su mejor amigo, lo estaba tocando y se moría de ganas por llegar al final, sin duda. Los labios hinchados de Pedri, la respiración apurada, las mejillas ruborizadas, esos ojos de cachorro entrecerrados que parecían necesitados… todo lo alentaba a olvidarse de la situación real.
Estaba demasiado cachondo, y nada se comparaba con la adrenalina de tener el mando de todo lo que pasaba. No había ningún límite en su cabeza, ninguna alarma de peligro. Nada, su cabeza estaba completamente vacía.
Volvió a besarlo, pero más lento, saboreando nuevamente la boca del canario marcando el ritmo que quería llevar, uno más intenso. Sus labios que eran más ásperos, se frotaban con los suaves y más llenos de Pedri, que sólo tendía a suspirar entre los chasquidos, abriéndolos y cerrándolos despacio, metiendo la lengua gimiendo. Ahora, con más confianza, cuando el contacto ya era húmedo y resbaladizo, Pablo le succionó el labio con más rudeza, sintiendo al otro respondía entusiasmado, siguiéndole el juego y devolviéndole los movimientos.
—Pablo… esto… —logró soltar el morocho, todavía atontado por el beso, en 2 momentos de cordura.
Cuando se separaron, sus alientos calientes se mezclaron entre ellos. Estaban respirando agitadamente y Gavi apoyó la frente sobre la del canario, sintiendo como sus pestañas se rozaban. El sevillano se dio cuenta que no necesitaba brutalidad para quedarse sin respiración.
—Mírame —ordenó el castaño, susurrando, mientras acariciaba los costados.
Pedri lo miró, muriéndose de vergüenza por lo excitado que estaba con un beso de mierda. Deseaba desaparecer, pero a la vez sentía que no quería moverse mucho.
Antes de que Pedri recobrara la lucidez y lo apartara, el sevillano pasó sus labios por la mandíbula afeitada, deslizando los labios por la piel, dejando suaves besos en la barbilla. El canario volvió a tensarse, y Pablo lo notó bajo su tacto. Pedri presionó las caderas del otro con algo de fuerza, pero el más joven siguió. Lamió el cuello descubierto, chupando la carne pero sin dejar marcas, solo tomando la piel entre sus dientes y soltándola, pasando la lengua para calmar la mordedura.
El morocho soltó jadeos pesados, y Gavi sonrió al notar la carpa evidente en los pantalones holgados de su mejor amigo.
—Te pusiste muy duro —susurró en el oído, lamiendo el cartílago de su oreja. El canario iba a derretirse ahí mismo.
—No sé qué hacer —titubeó el mayor, confesando con pánico. Estaba a punto de desmayarse, así que era imposible formular un pensamiento decente sobre qué carajo debería hacer ahora.
Pablo podría haber muerto en ese mismo instante, debido a la tensión en su vientre. La inexperiencia de Pedro lo excitaba demasiado.
—Sólo déjame a mí hacer el trabajo, tú disfruta, ¿sí?
—¿Pero de qué hablas? —habló en voz baja el canario.
Pedri dudó, tragando dos o tres veces. Pero igualmente terminó ladeando el cuello mientras recibía las caricias húmedas de la lengua caliente en su piel. Los ojos de su amigo brillaban de deseo, y por alguna razón no pudo decir que no.
Gavi lo empujó suavemente hacia atrás, hasta que Pedri quedó recostado en la pared, con las piernas colgando de la cama. Se adelantó un poco para sentarse justo en el borde, más cómodo. El castaño le abrió los muslos y se arrodilló en el suelo bajando de la cama, acomodándose entre las piernas separadas del otro. Este era el lugar donde solía estar la mayoría del tiempo; pero, esta vez, nadie lo había sometido a agacharse; lo había hecho por voluntad propia y se sentía igual de bien que cuando se lo ordenaban.
El canario se encontraba totalmente descolocado por la falta de calor, agitado e intentando reprimir sus gemidos mordiendo sus mejillas, no dejando escapar el aire por miedo a ser ruidoso. Tenía las pupilas dilatadas, las mejillas rojas y las manos apretadas a cada lado de su cuerpo ahora que Gavi se había bajado de la cama y no podía tocarlo.
—Si quieres que pare, me avisas, ¿vale?
Pablo le bajó el pantalón junto con la ropa interior, notando que Pedri estaba rígido y tembloroso. Pero terminó asintiendo robóticamente igual. Su propio vientre se tensaba del placer de hacer esto.
—Realmente te pones nervioso, eh. Pero que no te voy a morder, tranquilo.
La polla del canario saltó completamente dura de la tela, haciendo sonreír a Pablo al verla erecta frente a él.
—Buah, y apenas te he tocado —comentó sorprendido por la vista. El otro soltó un gemido muy excitado.
El pene de Pedri era más grande de lo que pensó que sería por su complexión menuda: era más grueso que largo, algo curvo y de un color claro. La punta ya estaba rojiza, algo húmeda, y su vello púbico lucía recortado con prolijidad.
La mano del canario se apoyó en su propio abdomen, levantando su suéter para no ensuciarlo, porque lo lavaba su madre y no quería que limpiara algo con semen.
Gavi pensó que eso era tan provocativo, porque las luces en ese ángulo, remarcaban los abdominales del mayor y sus dedos reposando algo temblorosos sobre la piel suave, hacían un lindo contraste. Gavi se moría de ganas de lamer y succionar esa zona.
Pero antes de empezar a hacer cualquier cosa lasciva, Pablo besó un costado del pubis, deslizando los labios por la tez, oliendo el jabón. Allí fue cuando Pedri colocó por acto involuntario la mano cerca del hombro, apoyando los dedos, sin saber si agarrarlo o empujarlo.
El sevillano dejó de besarlo y rodeó el miembro con una mano, apretando la base, empezando a masturbarlo. Lo hacía desde abajo hacia arriba, en un ritmo constante. Se lamió la palma para que resbalara más fácilmente, cerrando la longitud en un puño; pasó el pulgar por la cabeza hinchada y resbalosa, mientras la carne palpitaba caliente.
—¡Ah! —Pedri tiró la cabeza hacia atrás de la nada, y soltó un gemido ahogado cuando sintió el dedo en su orificio, era sensible.
Las caderas se movieron erráticamente sin poder controlarlo bien, jamás había tenido una mano ahí que no fuera la suya.
Luego de pajearlo un rato, sintiendo que la extensión ya estaba algo resbalosa, frotó el glande, acumulando en su mano el líquido transparente que chorreaba de la punta y que servía como lubricante para aumentar el movimiento, acelerando su puño más rápido.
—¿Nunca te habían hecho ni una paja?
—N-no… aah —Pedri negó con la cabeza, dejando escapar un gemido roto y tembloroso como respuesta.
Gavi se mordió el labio apretando más fuerte la erección en su mano, su propia entrepierna palpitó al verlo reaccionar de esa manera tan ingenua.
Era tan predecible y fácil de interpretar, por ende sencillo de complacer: porque cuando apretaba con más fuerza la punta, en la unión de la cabeza y el tronco, las piernas del morocho daban un salto brusco. Cuando bajaba por la base, su amigo se relajaba. Así que, presionaba normal en la parte inferior, pero al subir sostenía con más brusquedad rodeando el glande. A través de sus nudillos se filtraba el líquido seminal, haciendo sonidos obscenos.
Pablo tragó queriendo probarlo.
—¿Te gusta? Estás chorreando.
—Joder… Pablo… s-sí… —jadeó con el mentón hacia abajo, siguiendo con los ojos los movimientos de la mano experta sobre su polla.
Pedri tenía la mirada desenfocada, pero a través de eso, podía identificar los ojos brillosos de Pablo concentrado, y a un costado en el cuello descubierto, relucían los chupones que le había dejado otra persona; ya se estaban poniendo amarillentos.
Después de notar que las palpitaciones en el miembro de Pedri eran bastante seguidas, se apresuró a tomarlo en la boca, no quería que se corriera solo por una paja.
Así que con eso en mente, Gavi se inclinó, y le dio un beso a la punta que goteaba, otro, y otro más. Lamió la cabeza, sintiendo el líquido salado en su lengua, notando al menor tensar el cuerpo, soltando un gemido grave, de sorpresa.
—Aah, Gavi, e-eh…
Las manos del canario, atolondradas, se cerraron sin querer en el cabello castaño, pero fue inconscientemente.
—Lo siento, ahh —soltó el pelo rápido.
—Puedes hacerlo, es más, puedes tirar si quieres. Me gusta —Gavi agarró esa mano y la apoyó sobre su cabeza para que el morocho lo sujete sin miedo.
Pedri pensó que iba a desmoronarse ahí. No podía creer la situación, y ni siquiera lo estaba soñando. Ahora, más seguro, enredó suavemente los dedos en el pelo claro, temiendo de lastimarlo.
Por fin Gavi abrió la boca, sacando la lengua y se metió la polla mojada, con muchísimas ganas. Su estómago se tensó de placer y adrenalina cuando escuchó el sollozo de Pedri salir en un tono alto. Hundió las mejillas y usando toda la experiencia previa que tenía haciendo esto, (que era bastante), y se concentró en darle la mejor mamada de su vida. No quería solo hacerlo sentir bien, ansiaba demostrar que era el mejor haciendo esto para ser su primera vez.
Se la chupaba a Leandro todo el tiempo, así que sabía hacerlo bien. La verga de su novio era mucho más grande, venosa y tosca, así que tomar el miembro de su amigo era mucho más sencillo, como pan comido. Había un placer igual de satisfactorio en no poder respirar y ahogarse con la polla de Leandro, que en la libertad de poder moverse y usar la lengua a su antojo sobre el miembro de Pedri, porque era mucho más manejable debido al tamaño estándar.
—P-Pablo, ¡aah! a-ahí es… ahh…
En cierto punto estaba demasiado acostumbrado a las reacciones de su novio, que le encantaban. Pero, los sollozos tímidos de Pedri, los gemiditos, y el aire saliendo con fuerza por no poder manejar su propio placer… era nuevo y también le gustaba mucho. La voz de Leandro era animal, salvaje y casi siempre gruñía, hablando sucio. Su amigo al contrario; en la cotidianeidad hablaba de por sí en un tono bajo, tranquilo y calmado. Los dos eran diferentes pero le gustaban mucho por igual.
Luego de tragar el glande por completo empezó a sorber, bajando por la extensión, moviendo solo la cabeza, masturbando el resto hasta lograr metérsela toda por completo. Su garganta hacía ruidos, que se mezclaban con los quejidos lastimeros del mayor, que arañaba suavemente su cuero cabelludo cuando succionaba particularmente fuerte.
Pedri sonaba mejor que cualquier video porno que vio en su vida. Y eso que solo se la estaba chupando.
Movió la lengua como un experto, presionando el frenillo, para después girarla en círculos cada vez que subía, colocándose la punta justo entre los labios, jugando con el agujero que goteaba en su boca. Relajaba la mandíbula para comérsela entera, engulléndolo hasta lo más profundo de su cavidad, tragando a propósito para que los músculos de su garganta se contrajeran alrededor de la longitud sensible.
—Mierda, ah, ¡joder!
Cuando se daba cuenta de que Pedri se tensaba demasiado como si estuviera en el límite, o gemía particularmente fuerte, frenaba un poco acariciándole la pierna con la mano libre para relajarlo; luego volvía a tomarlo dentro regulando su orgasmo.
Se quitó la verga un segundo de la boca, haciendo un ruido húmedo y corto. Habló, con la voz rasposa y ronca:
—No te corras todavía, aguanta. Mírame.
Pedri abrió los ojos haciéndole caso: Gavi tenía los labios hinchados, las mejillas hundidas, un rubor en el rostro, y las pestañas algo húmedas. Se veía increíble, más que de costumbre.
El canario no estaba mejor, respiraba agitadamente, tenía mucho calor y quería desvestirse. Su boca estaba entreabierta dejando escapar quejidos patéticos, sin todavía saber qué hacer con las manos o el resto de su cuerpo.
—V-vale, pero por… favor, no pares.
—¿Quieres que me la trague otra vez? ¿Te gusta que te la coma? —sopló aliento caliente sobre el trozo hirviendo en su mano, a propósito. Sintió al otro temblar.
Pedri asintió avergonzado hasta la médula, sin poder pensar en otra cosa que en lo cómodo y caliente que era tener la lengua del menor alrededor de su miembro tan duro.
Gavi volvió al lío, ya succionándolo en un ritmo marcado, subiendo y bajando por toda la extensión ensalivada, separándose solo para juntar el líquido en su boca, y escupirlo suavemente en la punta, para masturbarlo rápido y volver a comerlo sin parar.
Subía despacio, y bajaba un poco más brusco, sin apartar la mirada avellana de los ojos oscuros cargados de deseo de su mejor amigo. La saliva mezclada con el líquido transparente, manchaba los labios del castaño haciendo sonidos mojados muy pervertidos en la habitación completamente silenciosa.
Pablo sospechó que su amigo estaba por acabar, cuando las caderas empezaron a moverse erráticas, golpeando su barbilla al punto de que casi termina con la nariz enterrada en el vello púbico oscuro. Se la sacó, con un hilo de saliva conectando de los labios al glande abusado y estimulado.
—¿Te vas a correr? Dime —masturbó en forma de broma la longitud, apoyándola en su mejilla.
—No… no sé… ah…
Y al parecer, Pedri no mentía. Realmente no sabía, porque acabó justo ahí, de la nada, en un movimiento violento. Hilos espesos de semen caliente que saltaron por todos lados, mancharon todo el rostro del sevillano, sin avisar.
—¡Ah! —se encorvó el canario, tironeando del cabello con algo de fuerza por el clímax repentino. Gavi gimió en placer, mientras sentía su cara ser llenada de líquido blanco, caliente y espeso, salpicándole todo el rostro. Incluso su ojo derecho fue víctima.
—Ay, joder mi ojo —se cubrió la mitad de la cara, apartándose de golpe por el fluido salado en el iris.
—Joder, lo siento, tío —se preocupó Pedri, examinándolo, con el cuerpo pesado por el orgasmo reciente, como si sus extremidades pesaran al querer moverlas.
Se estiró para buscar algún papel en su mesa de luz, limpiándole apresuradamente el rostro con culpa.
—Te dije que no sabía, tonto. Lo siento, lo siento, tío, de verdad. No quería…
—Para ya, cállate de una puta vez —Pablo le quitó el papel de mala gana y se empezó a secar él mismo. Ardía como la mierda.
—Voy a… agua, toalla —se puso se pie tambaleante subiéndose torpemente el pantalón, yendo al baño sin saber bien qué decía.
—No te estoy entendiendo una mierda, tío —mojó con saliva el papel y se lo pasó con cuidado por el lagrimal irritado y lloroso.
Al parecer el ambiente había muerto por completo, la idea de coger con él se había cancelado, al menos por ahora. Pasó la lengua por la comisura, saboreando algo de esperma que había quedado ahí; tenía muchas ganas de que se corriera en su boca…
Pedri volvió y se agachó para limpiarle el rostro con una toalla que mojó con agua tibia, pasándola suavemente por el ojo, la frente y la mejilla, casi acariciándolo con ternura.
—Perdona, no me di cuenta hermano —soltó ya saliendo de su nube mental de placer, recuperándose de a poco.
—Vale, para, ya está, no es nada. Me mojo el ojo y se pasa, que no entres en pánico, bobo.
El canario asintió, pero igualmente pasó el pulgar por uno de los lunares del menor, algo preocupado.
La verga dura de Gavi se había ablandado rápido, joder. Con lo duro, excitado y caliente que se encontraba… no era justo.
Pedri parpadeó al ver la situación con calma, y al comprender lo que había pasado, se echó una risa, tranquilo y relajado. Había sido muy gracioso.
—Estuvo muy bien, la verda’
Gavi frunció el ceño al escuchar esas mismas palabras que el canario usaba cuando terminaba un videojuego que le gustaba; pero luego sonrió contagiado por la sonrisa de su amigo. Esto era el precio de estar con alguien virgen, supuso. Debía afrontarlo con huevos, porque después de todo lo habían disfrutado mucho.
Aunque, su amigo todavía podía mejorar demasiado, lo presentía. Había potencial…
Sí, había mucho ahí que pulir, pero sentía que nada era imposible para él.








