El recuento de daños
Han pasado cinco años desde el autoproclamado "Día de la Victoria" estadounidense. Cinco años desde que nuestros vecinos del norte sellaron herméticamente su frontera, barrieron la plaga de su territorio y volvieron a encender las luces. Para México, sin embargo, el reloj dictó otra hora.
Desde el otro lado del Río Bravo, la comunidad internacional nos observa con una mezcla de impaciencia y reproche. Nos critican porque nuestra pacificación no fue un avance militar ordenado, sino una carnicería prolongada. Lo que no entienden es que, en un país tan centralizado y fragmentado como el nuestro, el virus no solo atacó cuerpos; devoró nuestras instituciones. El Estado colapsó, y el país se fracturó casi hasta la extinción. No sobrevivimos olvidando nuestras diferencias sociales, sino que estas dictaron nuestra supervivencia: desde cárteles convertidos en ejércitos privados, hasta comunidades indígenas en la sierra que revivieron tácticas ancestrales de aislamiento.
Hoy, el nuevo gobierno de reconstrucción me ha asignado la tarea de recorrer las ruinas y los refugios, desde el desierto de Sonora hasta las selvas de Chiapas. Mi objetivo es recopilar la memoria oral de quienes vivieron la infección desde el paciente cero hasta la firma de nuestra propia y dolorosa Declaración de Victoria. Este documento busca ser un espejo y una advertencia para las generaciones que heredarán este país cicatrizado.
Estas páginas no son sobre estadísticas ni estrategias geopolíticas. Son las historias de nuestras autodefensas improvisadas, de los militares abandonados a su suerte, y del ciudadano común que tuvo que empuñar un machete cuando el mundo se detuvo.
El viejo México murió, pero uno nuevo nació a sangre y fuego. Estas son las crónicas de la Revolución Z.








