Prólogo
Los ojos desanimados de Nila se posaron en la pequeña casa que había compartido con su madre en Inverness.
Ahora se sentía como una cáscara vacía, un refugio de piedra y musgo que carecía del encanto y la opulencia de un palacio infernal.
Sin embargo, era segura.
Las paredes de piedra gris, cubiertas de musgo y siempre húmedas por la neblina escocesa, estaban impregnadas con runas angelicales de protección e invisibilidad. Su abuela, Cerrydwen, las había grabado cuando aquella pequeña niña pelirroja de nueve años había llegado al lugar de la mano de su madre, Aeliana, alejandoce del aquelarre del Viento Sur por su propia seguridad.
Aquellas marcas les habían otorgado el anonimato necesario para que Vrectum no las encontrara durante años.
Ante los ojos de la joven biplana que se acercaba desde la distancia, las runas palpitaban en luces plateadas, mientras el azul inquieto las recorría de arriba abajo, como estrellas titilantes en una noche despejada.
Un recordatorio constante de que su vida de antaño era un secreto guardado bajo llave.
Una sonrisa amarga curvó los labios de la mujer en quien se había convertido al recordar cómo habían sucedido realmente las cosas.
Su padre no solo sabía dónde estaban Nila y Aeliana.
Las había estado vigilando durante años, con la paciencia de un depredador que observa a su presa desde la espesura.
La ironía de su rostro dio paso rápidamente a la frialdad práctica.
La noche de la captura de Azael y la muerte de su padre Vrectum era una herida abierta que ardía bajo sus costillas. Se repetía una y otra vez en su mente, atormentándola.
Nila sentía que, aunque no supurara, aquella herida quizas nunca dejaría de sangrar.
Era un dolor fantasma, un eco de su ausencia que le recordaba, con cada latido, que una parte de su alma seguía encadenada junto a Azael, en el plano infernal.








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