Prólogo
Iván
Dicen que para ser un hombre se necesita sufrir y pasar pruebas que impulsen la masculinidad. No sé si soy más hombre o un ser sin alma entonces.
Mi mirada vacía y oscura que se refleja en el espejo es muy diferente a la de aquel Iván de veintitrés años que creía que era una persona afortunada por tener lo que muchos quisieran en esta vida, pero ahora no tengo nada.
Exactamente nada de lo que en verdad me importaba.
Por eso, lo único que perdura en mí es la sed de venganza y el odio incomparable hacia cierta familia. Nunca antes sentí este sentimiento tan intenso hacia alguien, pero ahora es inquebrantable el dolor que yace en mi pecho.
Mi corazón ahora ya no siente, solo anhela dolor para los Fernández, los causantes de la muerte de mi padre. Ellos acabaron con todo y esto no se quedará impune.
—Señor, lo están esperando —dice Andrés.
Me acomodo la corbata sobre mi cuello e inhalo antes de voltear a verlo.
—¿Está seguro? —inquiere con duda—. Mire que no habrá vuelta atrás si elige...
—Sé muy bien lo que tengo que hacer.
Asiente y paso por su lado decidido. Nada me hará cambiar de opinión porque ya tuve suficiente tiempo para pensar en todo.
Abro la puerta que lleva a la sala del enorme rascacielos en que me encuentro en Marbella. Mis ojos caen rápidamente en la figura de la mujer esbelta que espera con paciencia y que nunca vi en persona en mi vida.
—La Dama —saludo y ella gira sobre tus tacones. Su sonrisa se ensancha y me quedo quieto al ver el mismo color de ojos de un hombre que odio.
—Iván Martínez —saborea mi nombre en sus labios pintados de rojo—. Hasta que por fin nos vemos.
Me acerco decidido hacia ella y para mostrar seguridad le extiendo mi mano que toma después de mirarla con cuidado. Es una mujer bella y no hay duda de que es la madre de mi enemigo. Su mirada arrogante, altiva y oscura es igual a la de él.
—Lamento lo de tu padre, era un buen hombre.
—Gracias —me tenso, pero finjo que no me afecta—. Es mejor que vayamos al grano.
Ríe.
—Claro, me gustan las personas que no pierden el tiempo.
—¿Cuál es tu propuesta?
—La misma que la tuya: acabar de una vez con los Fernández —dice segura y con el atisbo de una sonrisa—. Lo que les sucedió no es ni todo lo que tengo pensado hacerles.
—¿Por qué tanto odio hacia ellos? —indago—. Pensé que estaría agradecida con ellos por darle un lugar a su hijo en su familia.
Suelta una risa.
—Esos desgraciados solo se aprovecharon de él.
Elevo una ceja confundido por sus palabras.
—Su hijo no es una mansa paloma tampoco.
—Lo sé, pero por culpa de ellos me lo arrebataron desde su niñez y nos condenaron a una vida miserable hasta que por sus estúpidas obras de caridad le dieron un lugar en su familia.
No pasó desapercibido el odio que desprende al hablar, incluso sus ojos se oscurecen llenos de rabia.
¿Me pasará lo mismo a mí?
—¿Y para qué me necesita?
—Quieres venganza y bien dicen por ahí que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Nos miramos fijamente y más me convenzo que esta mujer no es cualquier persona. En otro momento de mi vida ni siquiera me acercaría a ella, no por miedo, sino porque hasta una persona ciega distinguiría su aura pesada y oscura.
—El asesino de mi padre por quien usted quiera, ese es mi trato.
Las comisuras de sus labios se alzan en una sonrisa macabra y divertida.
—¿Quién es el Fernández más querido? —indaga.
Me encojo de hombros.
—Para muchos es Hernán Fernández, ese mismo que escapo de prisión.
—¿Sabe dónde está?
—No. Pero si quieres llegar a él debes tocar su punto débil —da dos pasos hacia mí acortando la distancia entre nosotros—. Tú sabes muy bien quién es.
La imagen de aquella mujer viene a mi cabeza y tenso la mandíbula al recordar mi error en el pasado.
—Dennise, su hermana.
—Exacto —sonríe y sigo el movimiento cuando acomoda mi corbata hasta posar sus manos detrás de mi cuello teniendo toda mi atención cuando me mira—. Ve por ella, sedúcela, enamórala y luego... acaba con ella.
Frunzo el ceño.
—¿Hernán es el asesino de mi padre?
—Todos ahí lo son, tal vez fue él o su padre e incluso su madre. Yo te estoy dando la llave del cofre más valioso que tienen y ese es su dulce diamante.
Su pulgar toca mis labios, pero no me inmuto. Es una mujer que se conserva muy bien para sus cincuenta y algo que debe de tener. Pero no me genera nada tenerla enfrente mío, por eso no le demuestro nada.
—Ya estuviste con ella me contó un pajarito.
—Me imagino quién es ese pájaro.
Sonríe y tomo su cara con mi mano.
—No me vaya a traicionar por su hijo, porque no se olvide que frente suyo tiene un hombre que no tiene nada para perder y que es capaz de cualquier cosa por vengarse.
—Lo sé —mira mis labios y parece ni asustarse por mi toque—. Yo fui como tú, por eso sé de lo que eres capaz.
—Entonces no dude que pienso trabajar con usted no para usted.
Ríe.
—Me caes bien, por eso no me equivoque en traerte un regalo para el comienzo de nuestra sociedad.
Aflojo el agarre en su cara y se aparta sin quitarme los ojos de encima.
—Un placer conocerte, Iván Martínez —extiende su mano.
—Espero que así sea, Dama —estampó un beso en el dorso de su mano y la miro fijamente a sus ojos oscuros delineados con negro, resaltando su atuendo rojo al igual que sus labios.
—Estaremos en contacto.
Toma su bolso del sofá y veo como contonea su cadera al caminar pareciendo una gacela. Abre la puerta y mis ojos de inmediato caen en la pelirroja que espera con una mano apoyada en el umbral luciendo tan sensual. Su mirada me recorre sin disimulo y muerde su labio inferior con deseo.
—Disfruta —me guiña un ojo la Patrona antes de pasar por el lado de la mujer e irse.
La pelirroja cierra la puerta tras de sí y desata el cinturón de la gabardina negra que se ciñe a su diminuta cintura. La desliza por sus hombros y cae al suelo dejando a la vista el body rojo estilo corset con medias del mismo color que le llegan a los muslos.
—¿Le gusta la vista, señor?
Juega con un mechón de su cabello color fuego y no puedo quitar mis ojos de ella. Es una mujer que se presta a cualquier fantasía y debo de admitir que me la puso dura.
—Tal vez —la miro.
—¿Cuál fue su mejor experiencia?
Camina hacia mí dejando ver esas piernas largas, los tacones resuenan en el mármol y su mano se posa en mi pecho mientras queda detrás de mí.
—Una rubia.
Suelta una risita.
—Pues ahora será una pelirroja —habla a mi oído enviando una punzada a mi polla.
—Quiero verlo entonces.
Ríe antes de que su mano se deslice al bulto en mi pantalón.
—Buen tamaño, señor.
Es lo último que dice antes que voltee y la jale del cabello para devorar su boca color rojo intenso como mis ganas de ver ese mismo tono en mis manos cuando acabe con mis enemigos.








