Chapter 1 : EL ÚLTIMO ESPADACHÍN
La lluvia caía con fuerza sobre el campo de batalla, convirtiendo la tierra en un lodazal cubierto de sangre. El cielo estaba oculto detrás de gruesas nubes negras y, cada pocos segundos, los relámpagos iluminaban los cuerpos de los soldados esparcidos por el terreno. A lo lejos, una ciudad ardía mientras enormes columnas de humo se elevaban hacia el cielo.
En medio de aquel paisaje desolador permanecía un solo hombre.
Kael Draven.
Su armadura estaba destrozada y varias heridas atravesaban su cuerpo. La sangre descendía desde su frente hasta su barbilla, mezclándose con el agua de la lluvia. En su mano derecha sostenía una espada cuya hoja había sido destruida casi por completo.
A pesar de su estado, ninguno de los soldados que lo rodeaban se atrevía a acercarse.
Todos conocían su nombre.
Durante años, Kael Draven había sido considerado uno de los espadachines más poderosos del mundo. Había derrotado monstruos capaces de destruir ciudades, atravesado campos de batalla donde otros guerreros apenas lograban sobrevivir y enfrentado enemigos que parecían imposibles de derrotar.
Pero aquella noche era diferente.
Frente a él se encontraban cientos de soldados, acompañados por varias figuras vestidas con túnicas negras. No llevaban los colores de ningún reino conocido ni portaban insignias militares. Lo único que los identificaba era un extraño símbolo bordado sobre sus túnicas: un círculo atravesado por tres líneas.
Kael observó aquel símbolo durante unos segundos.
Lo había visto antes.
—Así que eran ustedes...
Su voz era débil, pero todavía conservaba la firmeza de alguien que había pasado toda su vida enfrentándose a la muerte.
Uno de los hombres de túnica negra avanzó lentamente.
—Llegaste más lejos de lo que esperábamos.
Kael soltó una pequeña risa mientras limpiaba con el dorso de la mano la sangre que cubría su rostro.
—Después de todo lo que hicieron, ¿eso es lo único que tienes que decirme?
Miró a su alrededor.
Sus compañeros estaban muertos. Aquellos que alguna vez habían luchado a su lado habían desaparecido, y algunos de los hombres en los que había depositado su confianza se encontraban entre los responsables de aquella emboscada.
Durante años había creído que todo aquello formaba parte de una guerra entre reinos. Había pensado que sus enemigos simplemente habían esperado el momento adecuado para traicionarlo.
Ahora comprendía que estaba equivocado.
Había una nueva amenaza detrás de todo aquello.
Una amenaza que había permanecido oculta mientras las naciones se destruían entre sí.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre de la túnica negra no respondió.
Simplemente levantó una mano.
Los soldados comenzaron a avanzar.
Kael apretó con fuerza la empuñadura de su espada. Cada parte de su cuerpo le pedía que se rindiera. Había perdido demasiada sangre y apenas podía mantenerse de pie, pero todavía conservaba algo que sus enemigos no habían conseguido arrebatarle.
Su voluntad.
Con un último esfuerzo, Kael se lanzó contra ellos.
La espada rota chocó contra el escudo del primer soldado y lo atravesó. Antes de que los demás pudieran reaccionar, Kael ya se había movido hacia el siguiente enemigo. Sus movimientos seguían siendo precisos, producto de décadas de experiencia, y durante unos instantes volvió a parecer el guerrero legendario que todos conocían.
Sin embargo, su cuerpo ya no podía seguirle el ritmo.
Un dolor agudo atravesó su pecho cuando una lanza consiguió alcanzarlo por la espalda.
Kael se quedó inmóvil.
Miró lentamente hacia abajo y vio la punta de la lanza sobresaliendo de su abdomen. La sangre comenzó a caer sobre el suelo mientras sus piernas finalmente cedían.
La espada escapó de sus dedos.
Escuchó los pasos del hombre de la túnica negra acercándose mientras la lluvia golpeaba su rostro.
—Finalmente.
Kael levantó la cabeza con dificultad.
—¿Qué quieren?
El hombre lo observó durante unos segundos antes de responder.
—Eso no es algo que necesites saber.
Aquellas palabras hicieron que Kael apretara los dientes.
Había luchado durante toda su vida para proteger a quienes amaba y había llegado hasta la cima creyendo que la fuerza suficiente podía permitirle controlar su propio destino.
Pero ahora estaba muriendo sin conocer siquiera la verdad.
Cerró los ojos mientras su respiración se volvía cada vez más débil.
En sus últimos momentos recordó su infancia, a sus maestros, sus primeras batallas y a todos aquellos que había perdido en el camino. Recordó también a Elena, su madre, cuyo rostro no había podido olvidar desde el día en que la perdió.
Había pasado toda su vida buscando hacerse más fuerte.
Y aun así, había terminado perdiéndolo todo.
Cuando la oscuridad comenzó a envolverlo, escuchó la voz del hombre de la túnica negra una última vez.
—Cuando llegue el momento, comprenderás que tu muerte solo fue el comienzo.
Kael quiso preguntar qué significaba.
Pero ya era demasiado tarde.
Su conciencia se desvaneció.
Lo primero que sintió fue silencio.
Kael no escuchaba lluvia, gritos ni el sonido de las espadas. Tampoco sentía dolor.
Durante unos instantes permaneció perdido en aquella oscuridad, sin saber dónde se encontraba. Entonces escuchó unos golpes en la puerta.
—¡Kael! ¡Levántate! ¡Vas a llegar tarde!
Los ojos de Kael se abrieron de golpe.
Respiró profundamente y se incorporó.
Por un momento pensó que todo había sido un sueño, pero algo no estaba bien.
Su cuerpo no sentía ninguna de sus heridas.
Miró sus manos.
Eran más pequeñas.
Su piel estaba limpia y no había ninguna cicatriz.
Se levantó de la cama y caminó lentamente hasta el espejo situado junto a la pared.
Cuando vio su reflejo, dejó de respirar por un instante.
Un joven lo observaba desde el otro lado.
Tenía el mismo cabello oscuro y los mismos ojos, pero su rostro era mucho más joven.
Era él.
Solo que tenía dieciséis años.
—No puede ser...
Kael retrocedió mientras intentaba comprender lo que estaba viendo.
Entonces miró el calendario que se encontraba sobre el escritorio.
La fecha confirmó aquello que su mente se negaba a aceptar.
Había regresado al pasado.
Muchos años antes de la guerra.
Mucho antes de su primera gran batalla.
Mucho antes de conocer a quienes terminarían traicionándolo.
La puerta se abrió y Elena Draven entró en la habitación.
—¿Todavía estás durmiendo?
Kael levantó la mirada.
La reconoció inmediatamente.
Durante su primera vida había visto morir a Elena y había cargado con ese recuerdo durante años.
Pero ahora estaba frente a él.
Viva.
Elena lo observó con preocupación.
—¿Qué te pasa?
Kael intentó responder, pero ninguna palabra salió de su boca.
Había enfrentado monstruos, ejércitos y guerreros mucho más poderosos que él sin mostrar miedo, pero en ese momento no pudo contener las lágrimas.
Elena se acercó lentamente.
—Kael, ¿por qué estás llorando?
Kael bajó la mirada mientras una sonrisa aparecía lentamente en su rostro.
Todavía no entendía por qué había regresado. Tampoco sabía quiénes eran aquellos hombres de túnica negra ni cuál era el propósito de la amenaza que había descubierto antes de morir.
Pero tenía algo que en su primera vida había perdido demasiado pronto.
Una segunda oportunidad.
Kael miró a Elena y comprendió que aquella vez no permitiría que su destino siguiera el mismo camino.
Mientras el mundo continuaba su curso sin saber que algo había cambiado, Kael cerró lentamente los puños.
Había vuelto a los dieciséis años.
Había vuelto a una época en la que todavía podía cambiarlo todo.
Y aunque todavía no lo sabía, aquella segunda vida sería el comienzo de un camino que lo llevaría mucho más lejos de lo que jamás había imaginado.




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