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Buitres de Micelio: Siniestra Insalvable

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Summary

Sayyed es un joven roto, lleno de miedo, soledad y traumas que vive en constante ansiedad y se detesta a sí mismo. Intenta aferrarse a lo poco que le queda para no perder más de lo que ya perdió. Es mezquino, cínico, desconfiado y paranoico, pero también honesto, torpe y afectuoso con quienes quiere. Aunque se odia, busca ser una mejor versión de sí mismo junto a su grupo: Isis, el amor de su vida y el ancla que evita que se pierda en la desesperación; Miriam, una mujer sabia que es su modelo a seguir y no teme señalarle sus errores; Clint, su mejor amigo, convertido en una máquina eficiente, letal y confiable que no puede hablar pero siempre está cuando lo necesita; y Killian, un militar que funciona como un hermano mayor y busca mantener el orden, la rutina y la decencia humana en pleno fin del mundo. Llevan tiempo siendo nómadas y buscan un lugar seguro donde establecerse para recuperar algo de la cotidianidad perdida. El exterior es un juego de supervivencia de dos bandos contra seres asquerosos de color alquitrán, textura lodosa, olor a azufre, líquido amarillento y filas de dientes listas para matar, sumados a variantes rápidas, manadas artrópodas y líderes con inteligencia superior Sayyed intenta vivir como alguien frío y con temple, pero en cada momento de presión su calma se desvanece y solo quedan sus impulsos y sus sentimientos más primitivos. Su necesidad de tener siempre el control lo lleva a actuar sin pensar, desencadenando una serie de eventos trágicos provocados por sus propias acciones. Cuando las heridas no perdonan y las armas de fuego demuestran su letalidad, el grupo se ve forzado a arriesgarlo todo en busca de suministros médicos escasos. Si fallan, lo perderán todo: la confianza, la estabilidad, la esperanza y su cordura. Para Sayyed, esta no sería solo otra decisión por la que se odie, sino la que vuelva a matar a un ser querido y le demuestre que sigue siendo el cobarde, fracasado y monstruo que tanto desprecia.

Status
2d ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Una Porción

La tragedia , el dolor, el sufrimiento son comunes. Entre todo a lo que podemos enfrentarnos en la vida, el bien va acompañado del mal y la justicia… Siempre o casi siempre deja que desear; siento que es más que nada un consuelo, la forma que tenemos de decirnos que todo va a mejorar, que si pagamos el precio suficiente cosas buenas pasarán; solo que no es verdad: hay precios demasiado grandes o pagos que nunca dan frutos; solo hay pérdida, dolor sin justificación.

El día era gris, o al menos eso recuerdo. Gris como mi vida hasta ese punto: un gris neutro, un color que no es ni bueno ni malo, justo en el punto medio. No es que mi vida fuera horrible, en general fue bastante promedio: una familia nuclear clásica, mamá, papá, una hermana menor y yo. Ellos dos fueron los primeros en morir: murieron por mi culpa, y por mi culpa quedamos solos… Me odio por eso.

¿Cómo pasó?, ¿quién lo inició?, ¿cómo nos salvamos?

Corría sin saber qué hacer, mirando hacia cualquier lado en busca de respuestas: humo, gritos, incendios… La catástrofe me rodeaba sin importar a dónde fuera o dónde buscara; era así para toda la ciudad. La esperanza se volvió más que una mota efímera: la sociedad colapsando y solo un pensamiento en mi mente, volver con mi familia. No la valoraba lo suficiente; una mierda que tuviera que perderlos para valorarlos, pero así de idiota soy, supongo.

Me odio.

¿Cuándo empecé a odiarme?, ¿desde que los abandoné?

En ese momento no había tiempo de pensar, o ese era mi consuelo: el auto arrancando, las puertas cerradas, la gente corriendo, golpeando; mis manos en el volante, mi pie en el pedal, mi vista en el retrovisor, y mis padres corriendo hacia el carro mientras yo arrancaba… Pero no había tiempo… Sí que lo había: solo fui un cobarde y arranqué porque tenía miedo de que nos alcanzaran, tenía miedo de morir; así que los abandoné a su suerte. Al menos no los vi morir, pero sé que murieron.

¿Cómo lo soporté? No tenía opción realmente: desde el principio me quise rendir, pero sus ojos… Sus ojos que miraban hacia mí, la forma en la que parecía idolatrarme, en la que se colgaba de mí, en la que me abrazaba mientras su pequeño cuerpo temblaba, con su cabello desarreglado, sus ojos llorosos; la forma en la que, dentro de la tragedia, podía encontrar consuelo en mí… Así que no podía romperme.

Siempre he sido inútil, no se me da bien la gente, o más bien tenía miedo de interactuar con ellos: miedo de mis padres, de los desconocidos, de lo que todos podían pensar de mí; pero también les tenía rencor por no valorarme, por no respetarme. ¿Cómo se atreven a mirarme desde arriba? La gente mediocre adora hacer sentir menos a los demás para no enfrentar su simplicidad…

En fin, ella no era así; siempre diciendo «Hermanito, ¿cómo sabes tanto?» o frases de ese estilo. Para ella era una especie de superhéroe noble, así que esa fachada, esa máscara, era la que en un principio me ayudó a continuar.

Así que eso, ese era yo: el protector de mi hermana. Mientras ella pudiera ser feliz en esta tragedia, era suficiente; mi felicidad, en cierto sentido, o más bien en todos, dependía de la de ella. A través de ella pude vivir y también esconderme: un héroe no puede ser malo, así que un héroe no abandonaría a sus padres; un héroe lo hizo porque no tenía opción; yo la protegí por encima de nuestros padres, eso fue.

Me odio aún más.

Las cosas no han sido fáciles. A fin de cuentas, nadie —por mucho que lo crea— está preparado para el fin de la sociedad y de la estructura humana, ni siquiera un héroe. Sin importar lo mucho que creas saber, todo cambia cuando tienes que luchar cada día por tu vida. Situaciones como esta fuerzan a… bueno, a sacar lo peor de ti, tanto que un héroe comienza, a veces, a parecer un villano. La situación tensa, el hambre, la sed, el peligro… Todo te lleva a sacar lo peor de ti, aunque hay personas peores que otras.

Me odio a cada momento por esta decisión y en el futuro la llegaré a odiar tanto como a la infección que nos arrastró a todos. Por desgracia o falta de valentía del héroe, terminamos en manos del peor tipo de personas: las que la desgracia consumió y se perdieron, desgraciados… Aunque, de no ser un héroe, podría ser yo.

No lo pensé mucho en ese momento: solo tenía hambre y me ofrecieron una oportunidad de sobrevivir… Si pudiera cambiar esa decisión lo haría sin dudarlo. Las personas a las que nos unimos eran un grupo de desquiciados que ofrecían protección a cambio de trabajo; si tener un dictador sanguinario era malo, cinco de ellos eran una pesadilla como pocas: su horror, su crueldad, se multiplicaba y se retroalimentaba, como si de alguna forma creyeran que su maldad se diluía cuando en realidad no hacía más que concentrarse.

No puedo recordar sus nombres, nos hacían llamarlos a todos «Jefe»; aunque sí hay uno que puedo recordar claramente: Ray. Lo odio, y me odio.

Si tuviera que describirlos, diría que eran repulsivos: hombres de mediana edad, de entre treinta y cuarenta años, con rasgos bruscos y un aliento nauseabundo. Sometían a las demás personas con pura fuerza bruta; era como si hubieran estado esperando el momento para dejar de reprimirse. No dudaban en golpear, humillar o, en algunos casos, violar para satisfacer sus deseos. Llegaban a ti con la idea de una mejor vida, para terminar deseando jamás haberte unido a ellos.

¿Por qué no huí?, ¿por qué me quedé? ¿Fue por los golpes?, ¿fue por los abusos? No realmente, la respuesta es más fácil: soy un cobarde, un estúpido y mis decisiones son pésimas. ¿Y los demás? Poco me importan sus razones para quedarse: ellos no eran protectores, así que por mí podrían morir y mi vida seguiría igual.

Aquellas personas con edad o complexión suficiente se encargaban de las tareas pesadas: creación de herramientas, carga de material, exploración, pelea… De manera que la protección ofrecida en un inicio se convertía en esclavitud a manos de aquellos con más fuerza.

Soy… promedio, gris, no fuerte, no atlético; solo estoy: un lamentable protector. Pero aun así conseguí cuidarla, así que no hay necesidad de pensarlo más; las torturas, los golpes, el cansancio… todo es soportable, es el deber de un héroe. Al menos no era el que peor estaba: aprendí a callarme, a no decir nada; no en mi mente: ahí maldecía, gritaba, golpeaba y mordía, pero siempre adentro, nunca lo demostraba. Eso nos daba un lugar para permanecer, para sobrevivir; una calma, o eso creía en su momento, como el iluso que soy.

Me odio tanto.

Los días empezaban de mañana y terminaban cuando los jefes lo decidieran, o simplemente cuando estaban demasiado ebrios para pensar. No era siempre, pero cualquier botella de licor era tomada de inmediato por ellos. Igual no soy fanático del alcohol: eso está reservado para la gente que no soporta vivir; yo soy un protector, y un héroe no necesita el eso.

¿Cuántas personas estaban en el grupo? ¿Qué me importa? Muchas, supongo, o pocas, como lo quieras ver: mi hermana y yo, la gente común y los desgraciados; solo eso. Cuando no me estaban golpeando era libre de hacer lo que quisiera, todos en verdad: los hijos de puta no se molestaron en poner reglas. Bueno, en verdad sí: una, la regla de oro, la más importante: «No tomar más comida de la que se te da». Bastante fácil y directa: ahí no había confusiones.

Aquellos que rompían esta regla sufrían un castigo desgarrador: no solo eran golpeados hasta la muerte, sino que pasaban a formar parte del plato de quienes ya no tenían escrúpulos —que, a menudo, solo eran los cinco sujetos mencionados antes—. Porque el hambre traiciona, la sed igual, y sientes que es fácil tomar un poco más y que no se den cuenta; de todos modos, ¿cómo lo van a notar? Pero lo hacían; y esa encrucijada, la de morir de inanición o tomar un bocado de más, no tenía respuestas correctas.

Esta regla se cumplía la mayor parte del tiempo: nadie era lo suficientemente estúpido para tomar de más, a excepción de los nuevos. Esos pobres desgraciados no comprendían la magnitud de la regla hasta que sus amigos eran comidos enfrente de ellos; ahí, ahí sí que la respetaban.

No era inusual toparte con un cadáver, alguien muerto de hambre: si no podías trabajar, te tocaba menos comida y menos podías trabajar; cuando te dabas cuenta, ya no tenías ni la energía de escapar, así que solo te quedaba morir. No era mi caso: tenía a alguien a quien proteger, así que me las arreglaba.

Jugándome la vida también: mis porciones solían ir a mi hermana; en cuanto a mí, si no queda prueba no hay sentencia: aprovechaba que salíamos para comer insectos, cucarachas… A veces el hambre era tanta que me planteaba devorar una rata ahí, pero la sangre me delataría, así que solo la cazaba y la llevaba como provisiones. El sabor deja de importar, se vuelve solo energía, y para un héroe eso no es nada.

Odio el maldito sabor de las ratas.

Las últimas semanas fueron duras, demasiado, al punto de que, si me cortaba, succionaba mi dedo sangrante hasta que no fluía más. No por salud, pero no podía dejar que ese líquido carmesí se desperdiciara manchando el suelo. Es difícil darte cuenta, pero cuando tienes hambre se te nubla la mente: es como si tus pensamientos estuvieran amarrados, no fluyen bien y todo es más lento, difícil.

Esto causó que varios grupos de exploración murieran… ¿o escaparan? No importa: jamás regresaron. Llevábamos quizá tres días o más sin comer, solo agua y poca; detesto sentir hambre, pero no había de otra: tenía que salir a buscar comida para protegerla; quizá si consigo algo bueno pueda esconderlo para dárselo a ella.

No, estúpido, casi rompo la regla. Es muy fácil vacilar cuando tienes el estómago vacío. Esta decisión, bueno, ¿cuál es?, ¿la quinta?, ¿la séptima? Perdí la cuenta, pero me odio por salir ese día.

Para sorpresa de todos, la expedición había sido fructífera: tras saquear dos tiendas de autoservicio y una hielera en la calle, el grupo traía comida suficiente para todos. Injustamente, bajo el cielo gris, a lo bueno le viene lo malo.

Cuando regresábamos al campamento improvisado en el estacionamiento, me percaté de que algo no andaba bien. No soy inteligente ni nada por el estilo, cualquier idiota se daría cuenta: había ruido, ruido que el resto de los días no existía; porque si algo tenían de positivo esas malditas cosas es que escuchaban, y mucho, así que el silencio no es solo una necesidad, sino una prueba de supervivencia. Sumado a un cúmulo de voces irreconocibles, había un movimiento inusual de personas.

Sabía lo que significaba: lo había presenciado múltiples veces antes.

Mi corazón casi se detiene: la sensación en mi estómago se vació aún más; quería vomitar pero no había nada para hacerlo; mi cabeza punzaba, mis latidos se aceleraban y mi respiración se agitaba. Pero no podía ser: había pasado muchas veces, un pobre idiota seguramente, no mi problema; aun así, aceleré para ver, empujando a la multitud con fuerzas que no debería de tener para ese punto.

Por supuesto, alguien estaba a punto de ser ejecutado por romper la regla de oro. Cada vez más nervioso, empujaba a la gente para abrirme paso; un nudo en la garganta se me formaba y cada vez respiraba peor.

Entre codazos y empujones avancé. Ese pensamiento retumbaba en mi cabeza como la reverberación en un cuarto cerrado: «Que no sea ella… Que no sea ella… Que no sea…».

Y lo fue… Ahí estaba, frente a mí, la hermana que tanto quería, siendo tirada de los cabellos y golpeada al mismo tiempo. Bastó un segundo para que la pusieran de rodillas. Estuve a punto de caer también: las piernas me temblaban y un millón de pensamientos se arremolinaban en mi interior. Me tomó menos de un segundo comprender que lo siguiente por suceder era inevitable.

En ese momento, el terrible horror de lo que iba a pasar me atravesó de una sola vez, veloz: penetró a través de mi piel, desgarrando músculos y tejido, hasta llegar directo al corazón y atravesarlo de lado a lado. Me había alcanzado de nuevo: acababa de quedar cara a cara con la muerte otra vez.

Protector de mierda que soy, ¿para esto fue que abandoné a mis padres? No, no es posible: no los dejé morir solo para verla morir a ella también; es imposible, pero lo era, y estaba pasando frente a mí.

Es una broma, ¿verdad? Tiene que serlo… O un sueño, sí… Un sueño y pronto despertaré… ¿Verdad?

Mis palabras buscaban sacarme de esta realidad maldita: el héroe no puede dejar que esto pase, así que la salvaría, como lo había hecho antes; la idea de no poder ayudarla, de verla morir, era tan irreal que parecía imposible; pero, aun así, la amenaza estaba más cerca que nunca.

Corrí hacia ella. Un golpe directo al abdomen me detuvo en seco y, antes de que cayera al suelo por el impacto, dos hombres corpulentos me sujetaron de cada brazo. Me revolví, pataleé y luché lo más que mi cuerpo debilitado me permitía, sin ningún resultado… ¿Qué más puedo hacer?, ¿cómo la salvo?

—Por favor… —supliqué—. Por favor… ¡Por favor! ¡Por favor!

Supliqué como nunca:

—¡PAREEEEEEEEEN!

Entre gritos y llantos supliqué, no por mí, sino por ella; no sabía qué más hacer.

—Mátenme a mí…

—¿Qué estupideces balbuceas?

—Mátenme a mí. Puedo dar más carne que ella, podrían alimentarse mejor. No me resistiré, solo tómame a mí, Ray, por favor… Ray…

No había otra cosa que me quedara por hacer; solo podía entregar mi vida para salvar todo lo que me quedaba.

—Jajajaja, eres bastante lamentable: sabes las reglas.

Después de decir esto, el sujeto con cara de ogro, nariz rota y ojos carentes de humanidad comenzó a golpearme y a reírse más.

—Pero no: ella rompió la regla y tiene que pagar. Aunque no te preocupes, te daremos un poco.

Todo lo que dije fue insignificante: no me escucharon. Ella rompió la regla, y qué mejor ejemplo para todos que asesinar a una niña de diez años. Nadie, absolutamente nadie puede tomar más de lo que le toca, excepto ellos… La única misericordia que le dieron fue una muerte rápida.

Ahí estaba ella, con los ojos cerrados, esperando su final. Ya lo había aceptado; no sabía si comprendía lo que significaba morir, pero ya ni siquiera lloraba, a diferencia de mí.

Un hombre corpulento se preparaba para dar el golpe definitivo. Quizá ella lo había aceptado, pero yo no: me negaba a perder a alguien de nuevo. Por tercera y última vez lo volví a intentar. Me aproveché de la distracción de los hombres que me sostenían y corrí. Fue estúpido, lo sé: no tenía un plan, no sabía lo que haría; solo corrí tratando de alcanzarla…

—Maldito…

Ni siquiera recuerdo el dolor del golpe. Mientras caía y mi conciencia se desvanecía, pude ver el bate a punto de alcanzarla; solo vi una escena borrosa, un swing del hombre y, a su lado…

La única misericordia que le dieron fue una muerte rápida.

Una tristeza en lo más profundo de mi corazón tomó el lugar de mis pensamientos. Ni siquiera pude despedirme. Jamás la volvería a ver, no la vería crecer, no podría cumplir mi promesa… No pude salvar a alguien a quien amaba.

Y luego, la más pura oscuridad. No era solo negro: era un vacío tenebroso, como si del espacio se tratara. Me sentía asfixiado, presionado; es difícil de describir. Desearía ser ella, desearía ser yo el que hubiera tomado ese trozo de comida: solo fueron cuatro malditas horas; en ese tiempo tan pequeño todo se había roto.

Me odio hasta el punto de que quisiera morir.

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